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La confianza del proxy que se siente impune

En el peor día posible, con toda la atención política mundial centrada en Caracas, Ucrania celebró el sábado una reunión que llevaba días preparando y que esperaba que fuera un gran acto de relaciones públicas. Días antes, Volodymyr Zelensky había presentado el importante acuerdo para celebrar dicha cumbre de asesores de seguridad nacional de los países de la Coalición de Voluntarios en Ucrania. Se mantenía entonces la falsa esperanza de que Steve Witkoff y Jared Kushner, ninguno de ellos asesor de seguridad nacional de Trump, acudieran de forma presencial a una reunión en la que nunca iban a implicarse en exceso. Estados Unidos tiene claro cuáles son los formatos en los que se toman decisiones y la Coalición de Voluntarios no es uno de ellos. Sin atención mediática, la reunión quedó reducida al insulso comunicado de Kirilo Budanov, el primero de su nueva etapa de político respetable.  

“Por encargo del presidente de Ucrania, se celebró una importante reunión con los asesores de seguridad nacional de los países socios de Ucrania, miembros de la Coalición de Voluntarios, que habían llegado a Kiev”, explicaba Budanov con un mensaje que hasta la semana pasada habría correspondido a Rustem Umerov. Como indicaba la semana pasada el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, el nombramiento del exlíder de la inteligencia militar y principal patrón de los grupos neonazis y otras gamas de marrón fascista armados y entrenados para matar en el frente y en la retaguardia es un paso más en la consolidación del dominio del Estado “securocrático”, es decir, de la dictadura de las estructuras de seguridad del país, esas de las que forman parte quienes hasta ahora han sido asociados o subordinados de Budanov en el GUR.  

Insulso en su redacción, evidentemente a cargo del equipo de la Oficina del Presidente, hay dos párrafos en los que se da información sobre el estado de las negociaciones internas que el bloque occidental lleva semanas gestionando. » Debatimos y coordinamos nuestras posiciones en diversas áreas de cooperación militar y política para acercarnos al resultado esencial para todos: garantías de seguridad fiables. Ucrania exige a sus socios garantías de seguridad auténticas, sólidas y legalmente vinculantes que eviten futuras agresiones”, afirma el comunicado en la parte en la que describe las exigencias de Ucrania. El subtexto de este fragmento es la misma demanda que Zelensky tiene para Estados Unidos: unas garantías de seguridad que sean reales, que comprometan recursos y pasos concretos que cada país daría en términos de intervención militar en caso de agresión rusa, y que provengan del Estado y no del Gobierno.  

Ucrania no se conforma con los acuerdos bilaterales que ha firmado a lo largo de estos años y que, sin comprometer tropas en caso de invasión, son para Kiev una declaración política de apoyo que resulta útil para la propaganda en la situación actual de guerra. Con ellos, Zelensky ha querido mostrar fortaleza política y utilizarlos como herramienta para justificar que Ucrania forma parte de la familia occidental, pero que no son suficientes como compromiso futuro. Kiev no desea firmas en un documento, sino saber cuántas tropas comprometería cada país en caso de que fueran necesarias, una petición excesiva para un país que no ha comprendido que su estatus de proxy le da ciertos beneficios, pero no derecho a exigir por encima de sus posibilidades.  

El resultado de ello es el siguiente párrafo del comunicado de Budanov, dedicado a los acuerdos. “Acordamos que, en este difícil camino, es crucial preservar nuestra unidad y mantener el ritmo acelerado que hemos alcanzado. La próxima semana, el trabajo continuará a nivel de líderes estatales, así como entre las fuerzas armadas de los estados socios”, escribe con un estilo que recuerda peligrosamente a los anuncios de acuerdo de seguir negociando con los que concluían los encuentros del Grupo de Contacto durante los años de Minsk.  

Los comentarios del sábado de Volodymyr Zelensky, que lleva semanas anunciando que el acuerdo de paz está prácticamente listo y es Rusia quien lo obstaculiza, por lo que merece un aumento de las sanciones, indican que Kiev sigue sin conseguir lo que quiere, quizá porque cada deseo que se le concede implica una nueva exigencia ucraniana. En 2022, Ucrania exigía a sus aliados las garantías de seguridad que Biden y Johnson le negaron. En 2024, en su Plan de Victoria, Zelensky exigió a los países occidentales un paquete de misiles y otro armamento de largo alcance con el que amenazar territorio ruso más allá de la paz. Conseguidos ambos compromisos, el presidente ucraniano ha llegado a la conclusión de que su país necesita algo más, ya que ideas abstractas recogidas en documentos firmados en ceremonias solemnes y misiles que no estén acompañados de miles de tropas con las que proteger el territorio o atacar el del enemigo no son suficientes.  

Ayer, Ukrainska Pravda comentaba que “Zelensky subrayó que aún no existe una versión definitiva del acuerdo sobre garantías de seguridad que formará parte del paquete de paz y, por lo tanto, aún no se han acordado detalles importantes, incluidos los relativos a la presencia militar de los Estados socios en Ucrania. Sin embargo, considera que este elemento es obligatorio”. Ese aspecto obligatorio, por supuesto, es la presencia militar de países de la OTAN en Ucrania como parte integral de las famosas garantías de seguridad que negocia desde hace meses, por una parte, con Estados Unidos y, por otra, con la Coalición de Voluntarios, la herramienta más útil para conseguir un documento que Rusia no pueda aceptar. “Sin duda, su presencia es importante para nosotros. Y sin duda, no todo el mundo está preparado para ello… Pero la presencia es uno de los factores importantes, e incluso la existencia de la Coalición de Voluntarios depende de si están preparados para reforzar su presencia”, afirmó Zelensky confirmando unas exigencias maximalistas en lo político y posiblemente irrelevantes en lo militar, pero que son capaces de destruir las posibilidades de éxito de la negociación de paz. Tras meses de reuniones y preparación logística y política intensa, la Coalición de Voluntarios planea un contingente de 15.000 tropas, insuficiente en cualquier zona acotada del frente, como su medida estrella. Militarmente subordinados a Estados Unidos, los países europeos precisan de la asistencia de Estados Unidos incluso para ese ínfimo despliegue.  

Teniendo en cuenta el tipo de presencia militar que se está planteando, absolutamente insignificante como garantía de seguridad salvo por el hecho de que un ataque contra un grupo de soldados bajo banderas de países de la OTAN corre el riesgo de activar la cláusula de seguridad colectiva, es difícil no ver en reuniones como la del sábado en Kiev un ejercicio vacío de propaganda política. Como se ha podido comprobar a lo largo de los últimos cuatro años, en los que los ejércitos europeos han admitido haber aprendido más de los soldados ucranianos que al revés, no son los países europeos los que pueden garantizar la seguridad de la Ucrania del futuro. En realidad, la presencia de los países europeos no es más que un argumento de Kiev para exigir más presencia a Estados Unidos, a quien Zelensky sigue pidiendo lo deseable, lo posible y, sobre todo, lo imposible.  

Tras las represalias iraníes contra Israel a raíz de los ataques sufridos, Zelensky vio cómo Estados Unidos, Francia y el Reino Unido intervenían directamente para derribar misiles y drones iraníes. Ucrania, sin comprender que su estatus como proxy no puede competir con el de aliado prioritario del que disfruta Israel, no tardó en iniciar una campaña para exigir un tratamiento similar. “¿Sobre Venezuela? ¿Cómo debería responder a eso? Bueno, ¿qué puedo decir? Si… Si es posible actuar con dictadores como este, significa que Estados Unidos sabe qué hacer. Gracias”, afirmó, con total ligereza, Volodymyr Zelensky el sábado, apenas una semana después de desear sutilmente la muerte a Vladimir Putin en su discurso navideño. Ajeno al hecho de que una de las escasas críticas que pueden leerse actualmente en los grandes medios es que el secuestro de Nicolás Maduro, un jefe de Estado en ejercicio, bajo premisas que resultan menos creíbles que las armas de destrucción masiva de Sadam Husein, legitimaría a Rusia o China a hacer lo propio con jefes de Estado de sus países enemigos, el presidente ucraniano se jacta de actuar con una impunidad propia solo de la gran potencia hegemónica. Siempre dispuesto a ver solo la cara amable de los acontecimientos, Zelensky solo ha visto en la agresión contra Venezuela la capacidad de Estados Unidos de derrocar a enemigos a su voluntad. Casualmente, el presidente ucraniano ha prestado menos atención a las palabras de su aliado indispensable cuando se refirió a quien era considerada la proxy designada para tomar rápidamente el poder, María Corina Machado, como una mujer sin legitimidad.  

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