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Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Fraude preventivo

“La guerra de Rusia contra Ucrania siempre ha sido y es una guerra contra algo más grande que las propias tierras de Ucrania. Y por eso Rusia nunca se conformará con tal o cual parte de nuestro territorio. Si alguien le da algo, no se conformará con nada”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, que añadió que “Putin está prolongando la guerra no solo por nuestro Donbass, quiere apartar a los pueblos de la toma de decisiones sobre el destino de sus países”. Desafiante en sus palabras y en sus actos, Zelensky insiste repetidamente en que “no aceptaremos que nos controle nadie”. Las palabras del presidente ucraniano forman parte de un cuidado discurso formado por dos ideas fundamentales. La primera es presentar la guerra y su continuación hasta conseguir el resultado esperado -que queda claro que no será la victoria, pero que espera que no sea el que se le está ofreciendo actualmente en lo que respecta a la solución territorial- como la lucha de liberación nacional de un Estado que ve amenazada su existencia como ente soberano. La segunda es alegar que Rusia desea mucho más de lo que afirma querer conseguir y que en cada una de sus palabras y de sus actos hay implícita una voluntad de agresión futura, contra Ucrania, contra Europa o contra el mundo.

Más allá del discurso, la soberanía ucraniana está amenazada, no solo en el plano militar, sino también en el económico y político, no necesariamente por Rusia. Ucrania ha comprometido parte de sus recursos a sus aliados occidentales, está dispuesta a hipotecar el país para dejar una parte cada vez más importante del Estado en manos del gran capital occidental y pierde población en cantidades preocupantes. Sin embargo, ninguno de esos aspectos se tiene en cuenta y la narrativa de Zelensky se limita a repetir hasta la saciedad que Moscú trata de destruir, no solo el Estado, sino la nación ucraniana. Aunque la pérdida de territorios es notable, -alrededor del 20% del segundo país más grande del continente-, lo que pone en peligro la viabilidad del Estado actualmente es la situación económica, la dependencia del exterior y la guerra, no la posibilidad de que Rusia vaya a capturar todo el territorio o incluso aquel sin el que el país no podría resistir por sí mismo, por ejemplo, la salida al mar Negro en Odessa. Pero la exigencia de cada vez más asistencia requiere para Kiev de una constante amenaza que utilizar ante sus aliados como reclamo para conseguir una mayor cantidad de financiación, armas o presencia política y militar en el país.

La manipulación de los hechos y de las palabras forma parte del discurso de cualquier guerra y la propaganda es parte integral de la comunicación política de las partes en conflicto. Dar la vuelta a las palabras de Vladimir Putin ha sido una constante de Ucrania y los países occidentales, una práctica que se lleva a su máxima expresión en los momentos en los que la amenaza de la paz comienza a asomar. Las palabras de Zelensky sobre la voluntad rusa de apartar a los pueblos del proceso de toma de decisiones es significativo por el momento en el que se produce. Por una parte, el presidente ucraniano se refiere a Ucrania, cuya soberanía define en términos de capacidad de decidir unilateralmente su adhesión a bloques como la OTAN sin la intervención de terceros países, fundamentalmente Rusia, pero también Estados Unidos que, en el momento actual, ejerce de barrera de contención de unas aspiraciones que Kiev ha convertido en exigencia. En ese sentido, la declaración de Zelensky es un alegato por el derecho de Ucrania a adherirse a un bloque que le ofreció un camino irreversible, que en privado le ha negado esa posibilidad, pero sigue insistiendo en mantener abierta la puerta, aunque solo sea para hacer perdurar el conflicto con Rusia.

Pero las palabras de Zelensky se produjeron poco después de que, en su habitualmente maratoniana rueda de prensa de final de año, Vladimir Putin anunciara la orden de facilitar la participación de la población de los territorios bajo control ruso en unas posibles elecciones ucranianas, cuya celebración ha sido una exigencia rusa que en los últimos tiempos se ha convertido también en la de Donald Trump. Aunque no había duda de que Ucrania tomaría las palabras del presidente ruso como una provocación, una demostración de las malas intenciones del enemigo ruso, la rapidez con la que ha respondido Zelensky es relevante. Es obvio que, pese a la insistencia ucraniana en la despoblación masiva, si no expulsión, que alega que se ha producido en los territorios bajo control ruso, el peso demográfico de las regiones de Zaporozhie, Jersón, Donetsk, Lugansk y Crimea sigue siendo relevante. A diferencia de la población de Jersón y Zaporozhie, considerada a todas luces propia, la de Crimea y Donbass siempre ha sido vista con desprecio y desinterés. Tanto es así que, en 2021, Zelensky recomendó mudarse a Rusia a la población de Donbass y Crimea que se sintiera rusa, una forma sutil de exigir su autoexpulsión del territorio del país. El interés de Ucrania en ambos casos ha sido siempre el territorio, no la población.

Ucrania no dudó en iniciar su operación antiterrorista en 2014, una forma de criminalizar una protesta que era generalizada y reducirla a un pueblo desleal al servicio del enemigo ruso. En estos años, las muestras de interés por el bienestar de hombres, mujeres y menores al otro lado de la línea de separación se ha manifestado en forma de bombardeos de artillería, la interrupción del pago de salarios, pensiones y prestaciones sociales a personas ancianas, discapacitadas o menores vulnerables y una década de insultos. Desde 2014, se han producido en Ucrania dos elecciones presidenciales, legislativas y locales, comicios en los que la posibilidad de voto de la población ucraniana residente en esos territorios nunca fue un factor de interés para Kiev, consciente de que el grueso del voto no iba a ir a ninguna de las grandes candidaturas de los grupos de poder que resultaron victoriosos en Maidan.

En aquel momento, la guerra en el este había sido ya de gran utilidad para crear un ambiente nacionalista que justificara la prohibición del Partido Comunista, de prácticamente toda opción de izquierdas -parlamentaria o no- y la demonización de parte de los partidos considerados prorrusos. Sin embargo, perduraban aún opciones políticas como el partido de Medvedchuk u otros resquicios del Partido de las Regiones, que había tenido en Donbass y Crimea sus principales caladeros de votos. Permitir la participación de la población de los territorios bajo control ruso -e incluso de la parte de Donbass bajo control ucraniano, donde Kiev intentó cancelar las elecciones locales por temor a victorias de partidos prorrusos– era garantía de obtener resultados menos favorables.

Ahora, cuando la exigencia electoral no es solo del enemigo ruso, sino del amigo americano, la situación es mucho más simple. La guerra hizo posible para Zelensky la prohibición de todo tipo de partidos considerados desleales y a los que, de forma justificada o no, acusó de prorrusos. Las formaciones herederas del Partido de las Regiones han sido deslegitimadas, demonizadas o cooptadas y han dejado de ser un factor electoral. El peligro de que la población de Donbass o Crimea pudiera tener relevancia votando a favor de bloques que el establishment ucraniano considerara incómodos es inexistente. Los once años transcurridos desde la victoria de Maidan y las dos guerras que se han vivido en el territorio de Ucrania han eliminado la división que existía entre partidos nacionalistas y prorrusos. Con todos los partidos no nacionalistas o críticos con Maidan prohibidos o eliminados, no existe ninguna opción mínimamente crítica que pudiera minar el statu quo.

La seguridad, el coste y la pregunta de cómo podrían ejercer su derecho al voto la población refugiada en el extranjero, las tropas de servicio o quienes han quedado atrapados al otro lado del frente han sido los argumentos con los que Zelensky ha rechazado hasta ahora celebrar unos comicios que la población no exige y en los que sus perspectivas dependerían del resultado de la guerra. Todas las encuestas publicadas muestran un mismo escenario: no hay deseo de celebrar unas elecciones de forma inmediata, Zelensky mantiene la confianza de la mayoría como presidente de guerra, pero no es la opción electoral con más opciones de disputar la presidencia. El riesgo para Zelensky o para el resto de futuros candidatos no es la población al otro lado del frente, que no contará con ninguna opción política de ruptura, sino el caos de la guerra y el posible malestar de la población por la situación en la que puede quedar el país en un futuro a corto plazo tras un hipotético alto el fuego. Y aun así, Zelensky no ha perdido el tiempo y se ha apresurado a rechazar la solución que Vladimir Putin ha querido dar a la pregunta de qué ocurrirá con el derecho al voto de la población ucraniana bajo control ruso. “No se pueden celebrar elecciones en territorios no controlados por Ucrania, temporalmente ocupados”, afirmó Zelensky, sin ningún pudor a contradecir una de sus exigencias habituales para negar la posibilidad de celebrar comicios. El argumento utilizado también ha sido el más previsible. “Porque está claro cómo se celebrarán, como siempre hace Rusia. Primero habla del resultado, incluso de sus propias elecciones internas, y solo después cuenta los votos”, afirmó Zelensky proclamando ya el fraude electoral de unos comicios que no desea. Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, el presidente ucraniano es capaz de condenar que la población de Donbass o Crimea participe en los procesos electorales rusos, exige saber cómo participará en las elecciones ucranianas y niega cualquier posibilidad de que participen alegando preventivamente fraude electoral ruso. Cuando la situación no es favorable, las preguntas se entremezclan con las respuestas, creando un escenario en el que todo son reproches y ninguna opción es aceptable.

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