“Una postura impresionante del líder de la potencia económica indiscutible de Europa. Esperemos que la acción siga a la retórica”, escribió ayer, en referencia al liderazgo alemán en favor de Ucrania, Meaghan Mobbs, habitual propagandista proucraniana e hija de Keith Kellogg, que hace apenas unos días se lamentaba de cómo algunos miembros del equipo negociador han sido excluidos del proceso diplomático. Aunque varios son los nombres que han desaparecido de los titulares, entre ellos Dan Driscoll, apartado aparentemente por Pete Hegseth por restarle protagonismo, tener excesiva presencia y presionar demasiado en busca de un acuerdo rápido, el nombre más relevante es el de Keith Kellogg. Teóricamente enviado de Trump para Ucrania, el general continúa teniendo actividad y hace unos días publicaba imágenes de un acto con veteranos ucranianos. Sin embargo, su ausencia en las negociaciones indica el paso a una fase diferente del extraño e intermitente proceso de paz dirigido por el trumpismo.
El sábado, The Wall Street Journal descubría la pólvora y proclamaba que “Zelensky intenta reescribir el plan de Trump en lugar de rechazarlo”, algo que Ucrania ha dejado abierto desde que se publicó el plan de 28 puntos de Steve Witkoff. A enmendar ese plan se han dedicado las largas negociaciones que Rustem Umerov ha realizado en Florida y para ello llevan dos semanas exigiendo ser incluidos en las conversaciones los líderes de las capitales europeas. Ellos son la esperanza de Zelensky, el establishment europeo, el Demócrata y la parte más intervencionista del mundo trumpista, entre las que destacan personas como Mobbs, cuyo comentario se refería al discurso del sábado de Friedrich Merz en un acto de su partido.
“Desde 2022 lo sabemos: se trata de una guerra de agresión de Rusia contra Ucrania y contra Europa. Y si Ucrania cae, no se detendrá, del mismo modo que en 1938 los Sudetes no fue suficiente. Putin no se detiene. Y quien no lo crea, que analice con atención sus estrategias, sus documentos, sus discursos, sus apariciones”, afirmó Merz con una comparación que se produce cada vez más a menudo, con una intensidad que crece en cada momento en el que se produce un nuevo intento de devolver el conflicto rusoucraniano del plano militar al diplomático. De esta forma, el plan de 28 puntos que los países europeos tratan de reescribir para lograr que sea más favorable a sus intereses o que sea rechazado por Rusia, posiblemente la opción preferida por quienes siguen teniendo la fijación de derrotar a Rusia, es un equivalente a Múnich, como también lo fue la cumbre de Alaska, que finalmente no llegó a absolutamente nada.
Pese al nerviosismo de las capitales europeas, que temieron un acuerdo entre Rusia y Estados Unidos, pocas semanas después, Donald Trump anunciaba junto a Zelensky que una victoria ucraniana era posible, exigía a sus aliados europeos el cese de las adquisiciones de productos energéticos rusos, impuso aranceles abusivos contra India por su cooperación con Rusia y finalmente sancionó a las dos grandes empresas rusas del sector, Lukoil y Rosneft. Los halcones volvían a cotizar al alza y todo parecía volver a la normalidad con la que las capitales europeas se sentían a gusto: la continuación de la guerra, presiones contra Rusia, recepciones con Zelensky y conversaciones periódicas de la Coalición de los Dispuestos que nunca avanzaban hacia ninguna decisión. El motivo no ha sido casual: la medida estrella de ese grupo, el despliegue de una misión militar de disuasión tras un acuerdo de alto el fuego, no depende de los países que la negocian, sino de un acuerdo de paz con Rusia y la participación de Estados Unidos para aportar la inteligencia, cobertura aérea y garantías de seguridad.
Las referencias de Merz no quedaron ahí y en un mundo que ha oficializado la equivalencia entre nazismo y comunismo, es decir, entre lo que, como afirmó Efraim Zuroff, de la Fundación Wiesenthal, era equiparar “al régimen más genocida de la historia de la humanidad con el que liberó Auschwitz y ayudó a acabar con el reino del terror del Tercer Reich”, la referencia soviética era prácticamente obligada. “Aquí se trata de un cambio fundamental de las fronteras en Europa, de la restauración de la antigua Unión Soviética dentro de las fronteras de la antigua Unión Soviética, con una grave amenaza, también militar, para los países que en su día formaron parte de ese imperio”, proclamó Merz. En el simplista mundo de las autoridades europeas, el proceso de paz es Múnich, mientras que la guerra es la Unión Soviética.
“¿Nos dirigimos hacia un Múnich 2.0? En 1938, el Reino Unido y Francia obligaron a Checoslovaquia a ceder territorio clave a Hitler. ¿El resultado? En cuestión de meses, Checoslovaquia dejó de existir, y pocos meses después, Europa estalló en guerra abierta”, ha escrito estos días Carl Bildt, el radical exprimer ministro de Suecia, destacado halcón de la visión europea de la guerra hasta el final. Como otros defensores de la guerra de Iraq entre los que se encuentran Ana Palacio, David Milliband o José Manuel Barroso, veterano de la fotografía de las Azores, y otras personalidades entre las que se encuentra Arseny Yatseniuk, primer ministro de la Ucrania que decidió resolver por la fuerza militar el problema político de Donbass, formará parte del consejo asesor del ministro de Defensa de la UE, Andrius Kubilius en la labor de militarización del continente.
La versión de halcones como Bildt coincide con la de sus homólogos al otro lado del Atlántico. “Es casi como si la administración Trump no quisiera admitir o no pudiera entender que la guerra solo terminará cuando se ejerce presión sobre Rusia”, afirmó, con la seriedad de quien se cree su propia propaganda, Anne Applebaum, periodista neocon y cuyo marido es, Radek Sikorski, actual ministro de Asuntos Exteriores de Polonia y el hombre que dio las gracias a Estados Unidos el día en el que un atentado destruyó tres de las cuatro tuberías del Nord Stream.
“Es la solución más obvia al problema y es la que simplemente no quieren adoptar”, insistió Applebaum. Tres años y medio después de que comenzara un flujo sin precedentes de asistencia, financiera, económica, militar y diplomática, las y los halcones, tanto quienes alertan de la posibilidad de una guerra europea como quienes ignoran el peligro de seguir presionando a la potencia militar más fuerte del continente, insisten en que aún no se ha hecho nada. En este mundo en el que la única paz posible es aquella que se impone por medio de la victoria militar, solo cabe la presión, no hay lugar para ningún intento de rebajar tensiones o mantener puentes abiertos y cualquier desvío del camino es visto como una traición. “Viktor se ha ganado su orden de Lenin”, escribió ayer Sikorski en referencia a un comentario de Viktor Orbán, que se quejaba de que “eludiendo a Hungría y violando la legislación europea a plena luz del día, los de Bruselas están intentando confiscar los activos rusos congelados. Mientras tanto, exigen 135.000 millones de euros a los países miembros para alimentar el conflicto”.
La pelea por los activos rusos continúa y un país mucho más importante que Hungría, la Italia de la atlantista Meloni, parece, según publica Politico, estar acercándose a la postura de Bélgica en relación con el famoso préstamo de reparación, con el que la UE quiere dejar en manos de Ucrania los activos rusos congelados, que desde el viernes, están permanentemente retenidos en la Unión Europea y que, como exige Alemania, han de ser utilizados para el gasto militar. El argumento alemán es el mismo que el de Kaja Kallas. A los comentarios de Merz hay que añadir los de otros políticos de su partido que están recibiendo gran atención mediática. Entre ellos destaca Norbert Röttgen, que en su gira para colocar el mensaje de Merz en medios europeos y norteamericanos ha insistido en que “Ucrania es la primera línea de nuestra defensa”. “«Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no está de nuestro lado en una cuestión de guerra y paz en Europa», afirmó Norbert Röttgen, legislador de alto rango del partido conservador del canciller Friedrich Merz de Alemania. «Se ha puesto del lado del agresor en contra de los intereses del país atacado, Ucrania, y en contra de los intereses de seguridad europeos en general. Quiere mediar entre la OTAN y Rusia, lo que significa que Estados Unidos ya no se define a sí mismo como el miembro líder de la OTAN y define a Europa como un objetivo estratégico»”, citaba la semana pasada The New York Times para reflejar el enfado europeo tras la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional y haber negociado un plan para Ucrania sin tener en cuenta la opinión y los intereses de los países europeos.
La reacción europea pasó de la sorpresa inicial, con la mofa de Kaja Kallas y su plan de dos puntos, a aferrarse a la herramienta económica para reinsertarse en la negociación eliminando de un plumazo uno de los tres aspectos clave de un posible acuerdo, la financiación de la reconstrucción. Con su intento de utilizar los fondos rusos para financiar dos años más de guerra, los países europeos buscan colocar a Ucrania en una mejor posición negociadora. Ese es el discurso desde hace meses. Pero lo que esconden esas palabras es que no se trata de mejorar la posición de negociación de Ucrania frente a Rusia sino frente a Estados Unidos y su plan de paz. “Rusia podría aprovechar cualquier retirada de las tropas ucranianas de las zonas controladas por Kiev, según afirmaron fuentes familiarizadas con el tema bajo condición de anonimato, ya que las conversaciones se están llevando a cabo a puerta cerrada. Esto hace que el principal objetivo de Europa en los próximos días y semanas sea garantizar que cualquier acuerdo de paz no contenga un caballo de Troya ruso”, explica Bloomberg.
El artículo refleja la postura que los países europeos llevan a las negociaciones con Steve Witkoff que continuarán hoy, pero comenzaron ayer con la presencia de Volodymyr Zelensky. El presidente ucraniano llegó a Berlín con una concesión que solo lo es en apariencia. Ucrania, afirmó, está dispuesta a renunciar a la exigencia de adhesión a la OTAN para centrarse en garantías de seguridad similares al Artículo V, pero bilaterales. La fórmula que Zelensky ha elegido para presentarse a Trump como un hombre dispuesto al compromiso es llamativa, ya que la exigencia de adhesión no era a Rusia, sino a sus aliados. La inevitabilidad del camino euroatlántico de Ucrania continuaría reflejada en la Constitución de Ucrania, por lo que el compromiso sería solo una forma de no renunciar a nada y simplemente esperar el momento.
La treta de Zelensky de renunciar a la exigencia pero no a la aspiración refuerza el objetivo de Ucrania y sus aliados europeos para esta serie de encuentros con Steve Witkoff: reescribir el plan de Estados Unidos para rechazar concesiones en materia de seguridad y territorios utilizando el veto económico que supone para las capitales europeas poder amenazar con la expropiación de los fondos rusos para financiar, contra la opinión de Washington, dos años más de guerra con la esperanza de que más dinero solucione todos los problemas de Ucrania o, al menos, los posponga a un futuro a medio plazo.
En esta misión, los riesgos son irrelevantes. Entre ellos está, por supuesto, la respuesta militar rusa contra Ucrania en caso de aumento de la financiación europea o el envío de armas capaces de atacar su territorio en profundidad, como los Taurus que personas como Mobbs siguen exigiendo a Alemania. Fuera de la dinámica del día a día de la guerra, la respuesta rusa a la prohibición de repatriar los activos rusos retenidos hasta que la UE lo considere oportuno ha tenido ya la primera respuesta. “El banco central de Rusia ha presentado una demanda en Moscú en la que reclama una indemnización por daños y perjuicios al depositario Euroclear, con sede en Bruselas, por congelar sus activos soberanos, y se ha comprometido a impugnar los planes europeos de inmovilizar las reservas. Esta medida abre la puerta a que Rusia embargue los 17.000 millones de euros en activos de Euroclear en el país, reclame más indemnizaciones por daños y perjuicios a la empresa en otras jurisdicciones y presente otras demandas si la UE sigue adelante con sus planes”, escribía Financial Times. El escenario está preparado para la cronificación del conflicto Unión Europea-Rusia que tanto parecen desear las autoridades comunitarias y de gran parte de los Estados miembros.
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