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Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Fuerza militar, fuerza negociadora

El jueves por la tarde, Vladimir Putin anunciaba la captura de la localidad de Seversk, al norte del oblast de Donetsk, que se ha convertido en el centro del debate político transatlántico al suponer uno de los puntos que encallan la posibilidad de acuerdo entre Estados Unidos y Ucrania por un lado y Estados Unidos y Rusia por otro. Como afirmó ayer Zelensky desde las afueras de otra zona caliente, Kupyansk, la fortaleza militar proyecta fuerza en la negociación, algo esencial en un momento en el que las negociaciones se aproximan a un punto de inflexión que va a determinar si Rusia y Ucrania se dirigen a una resolución -al menos temporal- o si, por el contrario, el fracaso de la mediación estadounidense deriva en una nueva escalada. La imagen de Zelensky en Kupyansk, ciudad que Rusia había afirmado falsamente controlar en su totalidad y donde Ucrania avanza de forma relevante, buscaba ayer dar una buena noticia a su población y desviar la atención de la mucho más importante situación en Seversk.

Al fin y al cabo, todas las versiones del documento que se negocia con Estados Unidos obligarían a Rusia a devolver a Ucrania todos los territorios más allá de Crimea, Jersón, Zaporozhie y Donbass, cuyas fronteras y estatus es uno de los principales motivos de discordia. Cualquier avance ucraniano en Járkov puede utilizarse como propaganda de la fuerza militar ucraniana, pero no va a determinar el sentido de la diplomacia, especialmente mientras Rusia avanza en el frente en disputa, el de Donbass. “Por cada Kupyansk hay un Mirnograd y un Seversk. El contraataque de Ucrania en el norte ha tenido éxito, pero, por decirlo suavemente, la situación no pinta bien en otros lugares”, comentó ayer Oliver Carroll, corresponsal de The Economist, veterano de la información de la guerra de Ucrania desde 2014 y a quien no puede acusarse de basar sus percepciones del frente en los informes rusos.

En este sentido, la importancia de Seversk, donde las tropas rusas han sido vistas en el centro de la ciudad y no se ha anunciado de momento ningún contraataque de Ucrania, es doble, ya que no solo se trata de un argumento político, sino que es un cambio notable en términos militares en un sector en el que Moscú había chocado durante tres años contra el muro ucraniano. El aparente colapso del frente de Seversk, donde desde hace días se hablaba de una terrible escasez de soldados ucranianos para la defensa, supone un momento militar importante también por la posición en la que queda Ucrania tras haber perdido otro de los escasos puntos fuertes de Donetsk aún en su poder. Perdida Pokrovsk, o prácticamente perdido, ya que Syrsky se niega a aceptar que Rusia ha tomado la ciudad, a punto de quedar sitiada Mirnograd y amenazada Konstantinovka, el frente de Seversk era el único que aún permanecía relativamente estático en el norte de Donetsk, donde Rusia proyecta la batalla final por el lugar en el que, en 2014, comenzó todo, la aglomeración urbana de Slavyansk y Kramatorsk.

“Todo Donbass es ruso”, afirmó ayer Yury Ushakov, uno de los principales asesores de Vladimir Putin en política exterior. Como ha reafirmado repetidamente el presidente ruso, Moscú seguirá luchando por lograr el control de todo Donetsk -Rusia tiene ya el control de Lugansk- si Ucrania rechaza el planteamiento estadounidense de retirada de ese territorio. Sin embargo, Ushakov añadió un matiz importante teniendo en cuenta que las negociaciones se encuentran en el momento de la creatividad. Rusia aceptaría, según el asesor del Kremlin, un Donbass desmilitarizado en el que ambos ejércitos retrasaran sus posiciones y no hubiera presencia militar rusa. “Ushakov dice que Rusia podría aceptar algún tipo de zona desmilitarizada en Donbass si permanece bajo control de Rusia y pudiera enviar a la Guardia Nacional o a la policía para gestionar la seguridad en lugar del ejército. Eso no caerá bien en Ucrania, pero puede ser suficiente para hacer que Estados Unidos piense que Rusia está haciendo concesiones”, escribió ayer Max Seddon, corresponsal de Financial Times en Moscú. La guerra por la percepción de Donald Trump sigue siendo uno de los aspectos prioritarios para Rusia y Ucrania, que se enfrentan en una lucha en la que tratan de cubrir sus reproches a los planes estadounidenses con propuestas aparentemente favorables con las que lograr que el no será percibido como un sí que posteriormente pueda ser matizado.

Con siete años de experiencia, Ucrania lleva ventaja en este combate. Ayer, Mijailo Podolyak, que ha sobrevivido de momento al cese de Andriy Ermak, de quien era asesor, afirmó a la prensa francesa que “Ucrania está dispuesta a aceptar un Donbass desmilitarizado como concesión para detener la guerra”. Eso es, al menos, lo que quiso entender Le Monde, que cita a Podolyak afirmando que ambos países retirarían sus tropas para crear esa zona buffer que estaría monitorizada por una fuerza internacional, “idealmente incluyendo Estados Unidos. Ucrania se ha apresurado a afirmar que las palabras de Podolyak no eran sino especulaciones sobre “modelos teóricos que podrían discutirse”, pero sobre los que no se ha tomado ninguna decisión. Para Ucrania, la parte importante del argumento no era abrir la puerta a realizar concesiones en busca de la paz, sino la propuesta de introducir una fuerza internacional en Donbass, algo que Kiev exigió por primera vez -por aquel entonces a Naciones Unidas- en abril de 2014, cuando decretó su operación antiterrorista para resolver por la vía militar un problema político. El objetivo seguiría siendo el mismo, que tropas extranjeras consigan para Ucrania aquello que Kiev no puede lograr por su cuenta.

Ese es también el juego de los aliados europeos de Ucrania, que a lo largo de toda esta semana han mostrado una actividad diplomática frenética para lograr acercar la negociación a su terreno. “En un continente que ya se prepara para el invierno, Europa se prepara ahora para algo mucho más escalofriante: un presidente estadounidense con prisa. Los líderes europeos han estado organizando una contraofensiva diplomática de emergencia para evitar que el presidente Donald Trump obligue a Ucrania a firmar lo que temen que sea un acuerdo de paz apresurado y favorable a Rusia, según múltiples funcionarios informados sobre las conversaciones. La ansiedad que se apodera de Berlín, París y otras capitales se reduce a un cálculo contundente: la velocidad, en este caso, puede equivaler a la rendición” escribía ayer The Kiyv Post, que se basa en una información de The Wall Street Journal que afirma que Estados Unidos presiona para acelerar la negociación y resolver la guerra antes de enero, cuando se conoce que Keith Kellogg abandonará el cargo de enviado de Trump para Ucrania y se cree que Steve Witkoff podría hacer lo propio como enviado para Rusia.

Como era obvio teniendo en cuenta que esa había sido su actuación cuando se dieron situaciones similares de publicación de propuestas que consideraron excesivamente favorables a Rusia, los países europeos han buscado dilatar los tiempos, ofuscar el proceso a base de largas negociaciones, envío de propuestas y llamamientos a celebrar encuentros en terreno europeo. Ese ha sido el objetivo de Friedrich Merz, que se ha erigido como principal figura europea contra los términos en los que se mueven las propuestas del plan de paz de Trump. El modus operandi del canciller alemán se ha basado en el uso constante de dos argumentos que no son nuevos: la idea de que “cualquier solución negociada ha de preservar los intereses de seguridad europeos” y el rechazo a obligar a Ucrania a aceptar compromisos territoriales o de seguridad. A ello hay que añadir la épica lucha europea por conseguir obligar a Bélgica, a quien se amenaza con ser “tratada como Hungría”, a aceptar la expropiación efectiva de los activos rusos congelados en la Unión Europea. Las capitales europeas tratan de modificar los términos en los tres aspectos más relevantes de la guerra.

Los dirigentes europeos no han escatimado en esfuerzos para lograr sus objetivos. Especialmente llamativa es la afirmación de Friedrich Merz en referencia al compromiso territorial. “Solo Kiev puede decidir qué acuerdo territorial aceptará en última instancia. Sería un error obligar a Zelensky a una paz que su población no apoyará después de cuatro años de sufrimiento y muerte”, afirmó el canciller alemán, un argumento que comparten el resto de líderes destacados de la Coalición de los Dispuestos, que según The Wall Street Journal presionan a Ucrania para conseguir que Kiev no acepte un compromiso territorial sin garantizar la cuestión de la seguridad. Solo las capitales europeas pueden presionar a Ucrania en lo que respecta a la cuestión territorial.

El principal aliado de Merz en el aspecto de seguridad esta semana ha sido Mark Rutte, que ha complementado la declaración del líder alemán, que afirmó que la resolución de la guerra de Ucrania “no se puede producir a costa de la unidad de la Unión Europea y de la OTAN. Ninguna paz se puede hacer sin nuestra participación”. El argumento de Rutte ha vuelto a compaginar la idea de que Rusia pierde cantidades masivas de soldados en el frente, un síntoma de debilidad, con la exaltación exagerada del peligro existencial ruso. “El conflicto está a nuestras puertas”, afirmó el líder de la OTAN en un discurso pronunciado en Múnich, en el que anunció que “Rusia podría estar preparada para usar la fuerza militar contra la OTAN en cinco años”.

Los titulares que afirman que el ejército nacional se prepara para un escenario militar comienzan a aparecer en Francia o el Reino Unido con la ligereza propia de quien prefiere evitar la próxima guerra a base de exagerar los peligros y militarizar el continente en lugar de conseguir cerrar el conflicto actual y crear una estructura de seguridad que rebaje las tensiones. En lugar de eso, Rutte proclamó en Alemania que “tenemos que estar preparados para la escala de guerra que soportaron nuestros abuelos y bisabuelos”. La mención a la Segunda Guerra Mundial es evidente, una referencia que busca causar temor extremo en la población para justificar el empuje por lograr la continuación del actual conflicto y el rearme masivo en previsión a una guerra mundial que sería nuclear y que, pese a no existir, ya tiene culpables. Primero Zelensky y horas después Rutte han marcado ya la línea que va a seguirse de aquí en adelante. “El 80% de los componentes críticos de los drones y misiles rusos son hechos en China. China es un salvavidas para la guerra de Rusia”, afirmó el líder de la OTAN poco después de que el presidente ucraniano afirmara que “en la historia de Rusia, nadie ha cedido tanto su soberanía en favor de China o de cualquier otra nación más fuerte, y es fenomenal lo que Putin está pagando sólo para evitar el fin de esta guerra”. Desde un país que depende de los subsidios de sus aliados para sostener el Estado, pagar salarios y pensiones y continuar luchando por una victoria imposible, Ucrania se permite el lujo de ese tipo de comentarios, con los que vuelven a caer en la misma incoherencia según la cual Rusia es, a la vez, un peligro existencial para Occidente y una colonia que depende de China para continuar luchando. Es la contradicción de quien se jacta de fortaleza militar mientras empiezan a colapsar partes de su frente más importante.

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