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La nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos

“Trágico”. Con esa palabra resumió Michael McFaul, embajador de Estados Unidos en Rusia en tiempos de Obama y durante los últimos años uno de los lobistas de cabecera de Andriy Ermak -con quien creó que grupo de presión Ermak-McFaul en busca de sanciones contra Rusia- la respuesta de Moscú a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. La respuesta del exdiplomático, ahora profesor de Stanford, se debía a una noticia de Reuters en la que se afirmaba que “el Kremlin dio el domingo la bienvenida a la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump y afirmó que coincide en gran medida con las percepciones de Rusia, primera vez que Moscú elogia con tanta efusividad a su antiguo enemigo de la Guerra Fría”. Pese a los titulares y análisis catastrofistas que ha provocado, el comentario de Moscú se debe fundamentalmente a tres factores.

En primer lugar está la necesidad de halagar constantemente a Donald Trump, una de las máximas de las relaciones internacionales del momento y con la que se consigue una mejor relación directa con el presidente de Estados Unidos, conocido por hacer de las relaciones personales el eje de sus decisiones económicas y políticas. En segundo lugar, Moscú aprecia no ser señalada como enemigo en la Estrategia de Seguridad Nacional del país más potente del mundo y líder de la OTAN, la Alianza militar cuya expansión hacia sus fronteras trata de detener o revertir. Finalmente, el Kremlin también ve positiva la afirmación de “reestablecer las condiciones de seguridad en Europa y la estabilidad estratégica con Rusia” como uno de los objetivos de Estados Unidos.

Centrada en los aspectos positivos, Rusia ha preferido ignorar aquellas menciones que no lo son tanto y que se centran, no solo en la guerra de Ucrania, sino en las relaciones entre Moscú y el resto de Europa y, sobre todo, en la cuestión energética. Criticando la “falta de autoconfianza” de los países europeos, el documento afirma que “los aliados europeos disfrutan de una ventaja significativa de poder con respecto a Rusia en casi todas las medidas, excepto las armas nucleares”. La percepción estadounidense de debilidad rusa no preocupa a Moscú, especialmente teniendo en cuenta que su posición en la configuración que presenta la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos sería equivalente a un sistema-mundo ajeno a Occidente, pero no un enemigo con el que confrontar ni una zona periférica del sistema-mundo occidental.

Mucho más incómoda es la posición en la que quedan los aliados tradicionales de Estados Unidos en Europa, que han tenido que leer el documento de forma aún más selectiva que el Kremlin para encontrar algo positivo. “Lo leo y veo que seguimos siendo aliados”, afirmó la sonriente Kaja Kallas en su aparición en el Doha Forum el pasado fin de semana. El error de la jefa de la diplomacia comunitaria está en no comprender la palabra aliado en el contexto en el que se plantea. “Seguimos siendo los más grandes aliados”, insistió Kallas en un momento en el que la Unión Europea, al igual que el Reino Unido, trata de forzar de alguna manera su presencia en las negociaciones sobre la resolución del conflicto de Ucrania. Las humillantes palabras de Marco Rubio en Ginebra, donde afirmó no tener constancia de una respuesta europea al plan de 28 puntos de Estados Unidos, no han conseguido que Bruselas comprenda que no hay igualdad de posición entre los aliados de uno y otro lado del Atlántico.

Además de ratificar la voluntad de Washington de lograr un final rápido a la guerra de Ucrania que la UE trata de prolongar dos años más, la Estrategia de Seguridad Nacional añade que Estados Unidos busca en Europa “apoyar a nuestros aliados en la preservación de la libertad y la seguridad de Europa, al tiempo que restauramos la confianza en sí misma de la civilización europea y la identidad occidental”. El tono intervencionista y condescendiente con el que, sin grandes sutilezas, Estados Unidos anuncia que promocionará abiertamente a los partidos y movimientos de extrema derecha antiinmigración es evidente y apenas ha causado sensación en Europa, más preocupada por mantener el estatus de aliada que analizar los términos en los que se le presenta como hecho consumado una relación desigual en la que su papel es claro: mercado en el que Estados Unidos pretende colocar sus productos energéticos, tecnológicos y agrícolas -uno de los motivos por los que critica la excesiva regulación europea, que hasta ahora ha impedido la entrada masiva de productos alimentarios estadounidenses que no cumplen con ciertos estándares- y lugar en el que imponer su poder blando a base de promocionar a sus movimientos políticos afines. La evidencia de los últimos meses y años, con el apoyo de personas como Steve Bannon, Elon Musk, JD Vance, Donald Trump Jr o el propio presidente de Estados Unidos a figuras como Le Pen, Meloni y Nigel Farage o partidos como AfD es suficiente para afirmar que se trata de una opción política de promoción de las tendencias chovinistas y nativistas que no solo rechazan la inmigración de países no blancos, especialmente de los de mayoría musulmana, sino que pretenden expulsar migrantes sea cual sea su situación legal en lo que califican como “remigración”. “El declive económico se ve eclipsado por la perspectiva real y más cruda de la desaparición de la civilización”, sentencia la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos sobre la situación en Europa con esa referencia clara a la teoría de la conspiración del “gran reemplazo”, que desde hace décadas afirma que las élites globales -o globalistas, término históricamente utilizado con un evidente tono antisemita- buscar sustituir a la población blanca de Europa y Norteamérica por la población migrante procedente de los países del Sur Global, fundamentalmente musulmanes.

Las prioridades de Trump: América Latina, China y Europa

La Estrategia plantea sus prioridades de forma claramente jerarquizada en términos geográficos: el “hemisferio occidental”, es decir, América; el Indo-Pacífico, fundamentalmente China; Europa; Oriente Medio y África. El resultado es un mundo en el que Estados Unidos controle el continente americano, influya decisivamente en Europa por medio del patrocinio de tendencias políticas afines (libertarian en lo económico y de extrema derecha en lo social y político) y mantenga la economía más potente a base de obligar a sus aliados a aumentar su compra de productos estadounidense y la mayor fuerza militar. El aislacionismo que falsamente se adjudica a Trump, que solo renuncia al nationbuilding o construcción de naciones, pero no a influir en todas las regiones del planeta y a aprovecharse de sus recursos naturales, queda reducida a la nada especialmente en los capítulos dedicados a América Latina y el Indo-Pacífico.

En lo que respecta a América Latina, el trumpismo no esconde su vocación de hegemonía comercial, económica y política. “Queremos garantizar que el hemisferio occidental siga siendo razonablemente estable y esté lo suficientemente bien gobernado como para prevenir y desalentar la migración masiva hacia los Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de activos clave, y que apoye las cadenas de suministro críticas; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras, afirmaremos y aplicaremos un «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe”, afirma el documento, que describe la actual actuación de Estados Unidos en el continente americano. Apoyo a las derechas, demonización de cualquier gobierno de izquierdas con acusaciones de terrorismo o narcotráfico, presión para obtener preferencias comerciales y limitar el comercio con China y la persistente amenaza militar son las señas de ese Corolario Trump, una referencia al Corolario de Roosevelt, fase ofensiva de la más defensiva Doctrina Monroe. Con sus amenazas contra Venezuela, Colombia o México, Donald Trump ha llevado el América para los americanos, es decir, para Estados Unidos, a su máxima expresión.

Aunque no se habla abiertamente de contención de China, ese es el aspecto claro que define la estrategia estadounidense en Asia-Pacífico, cuya base es la supremacía económica, contención del crecimiento del comercio chino y uso activo de los aliados para ejercer, vía proxy, ese papel de policía del mundo al que Estados Unidos no renuncia de ninguna manera. Washington propone así “un enfoque sólido y continuo en la disuasión para prevenir la guerra en la región Indo-Pacífico. Este enfoque combinado puede convertirse en un círculo virtuoso, ya que la fuerte disuasión estadounidense abre espacio para una acción económica más disciplinada, mientras que una acción económica más disciplinada conduce a mayores recursos estadounidenses para mantener la disuasión a largo plazo”. La intención intervencionista y vocación de contención de China son evidentes en este pasaje, pero lo son más aún teniendo en cuenta lo que el documento añade sobre los aliados regionales.

“En segundo lugar, Estados Unidos debe colaborar con nuestros aliados y socios del tratado —que juntos suman otros 35 billones de dólares en poder económico a nuestra propia economía nacional de 30 billones (lo que en conjunto constituye más de la mitad de la economía mundial)— para contrarrestar las prácticas económicas depredadoras y utilizar nuestro poder económico combinado para ayudar a salvaguardar nuestra posición privilegiada en la economía mundial y garantizar que las economías aliadas no se subordinen a ninguna potencia competidora”, es decir, a China, que ha de ser contrarrestada con un aumento de las relaciones económicas con India, el país que Occidente había designado como contrapunto del gigante chino. No hay cambio sustancial en la estrategia de Trump en este sentido más allá de la claridad con la que Estados Unidos indica que pretende lucrarse de las relaciones económicas con sus aliados.

“Un equilibrio militar convencional favorable sigue siendo un componente esencial de la competencia estratégica. Es lógico que se preste mucha atención a Taiwán, en parte debido al dominio de Taiwán en la producción de semiconductores, pero sobre todo porque Taiwán proporciona acceso directo a la segunda cadena de islas y divide el noreste y el sudeste asiático en dos teatros distintos. Dado que un tercio del transporte marítimo mundial pasa anualmente por el mar de la China Meridional, esto tiene importantes implicaciones para la economía estadounidense. Por lo tanto, disuadir un conflicto sobre Taiwán, idealmente preservando la superioridad militar, es una prioridad. También mantendremos nuestra política declaratoria de larga data sobre Taiwán, lo que significa que Estados Unidos no apoya ningún cambio unilateral del statu quo en el estrecho de Taiwán. Crearemos un ejército capaz de repeler cualquier agresión en cualquier punto de la primera cadena de islas. Pero el ejército estadounidense no puede, ni debe, hacerlo solo. Nuestros aliados deben dar un paso al frente y gastar —y, lo que es más importante, hacer— mucho más en defensa colectiva. Los esfuerzos diplomáticos de Estados Unidos deben centrarse en presionar a nuestros aliados y socios de la primera cadena de islas para que permitan al ejército estadounidense un mayor acceso a sus puertos y otras instalaciones, gasten más en su propia defensa y, lo que es más importante, inviertan en capacidades destinadas a disuadir la agresión”, escribe el documento en lo relativo a la contención militar de China con Taiwán como base y los aliados regionales como proxy elegido para su puesta en marcha. Tampoco en este sentido el objetivo es diferente, aunque sí la voluntad de exprimir a los socios asiáticos para que sean ellos quienes realicen parte del trabajo y corran a cargo de los costes que supone. El escenario no es, como se ha alegado desde que comenzaron a filtrarse los primeros datos sobre la nueva estrategia el pasado septiembre, una relajación de las tensiones con China, sino una forma de socializar los costes de la contención económica y política y disuasión militar con el objetivo siempre de privatizar los beneficios.

Bases de la Estrategia de Seguridad Nacional

La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump es la suma de cuatro sencillos puntos: el imperialismo económico que ya describió Lenin en “Imperialismo, fase superior del capitalismo”, el discurso de Pete Hegseth marcando las prioridades militares ante los aliados europeos de la OTAN, el de JD Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich para determinar las prioridades políticas y el realismo de Elbridge Colby, número tres del Pentágono, en su libro Strategy of Denial.

En febrero, Pete Hegseth, entonces aún secretario de Defensa, no de Guerra, sorprendió a los aliados europeos anunciando que “Estados Unidos se enfrenta a amenazas importantes para nuestra patria. Debemos centrarnos en la seguridad de nuestras propias fronteras, y así lo estamos haciendo. También nos enfrentamos a un competidor de igual nivel, la China comunista, con la capacidad y la intención de amenazar nuestra patria y nuestros intereses nacionales fundamentales en la región del Indo-Pacífico. Estados Unidos está dando prioridad a disuadir a China de entrar en guerra en el Pacífico, reconociendo la realidad de la escasez y haciendo ajustes en los recursos para garantizar que la disuasión no falle. La disuasión no puede fallar, por el bien de todos. Mientras Estados Unidos da prioridad a estas amenazas, los aliados europeos deben liderar desde la primera línea. Juntos, podemos establecer una división del trabajo que maximice nuestras ventajas comparativas en Europa y el Pacífico, respectivamente”. Con esas palabras, Hegseth presentaba las prioridades de Estados Unidos, la contención de China, y anunciaba las intenciones de retirada del continente europeo, del que se esperaba un aumento sustancial del gasto militar dedicado a la OTAN, una organización al servicio de Estados Unidos, para hacerse cargo de la seguridad continental.

Poco después, en Múnich, JD Vance, a quien antaño encumbrarían medios liberales como The New York Times, hacía lo propio en términos políticos. “Creo profundamente que no hay seguridad si se teme a las voces, las opiniones y la conciencia que guían a su propio pueblo”, afirmó en un discurso centrado en la “libertad de expresión” entendida como defensa de los partidos de extrema derecha y su discurso de odio y en el que insistió en que “no hay nada más urgente que la migración masiva” y en el que, con cierto humor, sentenció que “si la democracia estadounidense puede sobrevivir a diez años de reprimendas de Greta Thunberg, ustedes pueden sobrevivir a unos pocos meses de Elon Musk”. El comentario equiparaba el activismo climático de una activista con la propaganda política y financiación de partidos de extrema derecha por parte del hombre más rico del mundo.

Más agraviados por los comentarios sobre la falta de libertad de expresión en el continente que por el anuncio de la promoción estadounidense de la extrema derecha europea, los países europeos prefirieron no leer el subtexto de los mensajes. Lo mismo ocurrió en la negociación del acuerdo comercial, en el que Úrsula von der Leyen admitió que las únicas concesiones corrían a cargo de la Unión Europea, ya que, adhiriéndose estrictamente al discurso trumpista, habría que considerar que el statu quo era injusto para Estados Unidos. Dar a Donald Trump exactamente lo que pedía en el ámbito económico era la fórmula para conseguir una posición más favorable en el aspecto que más interesaba a la Unión Europea, el militar. Los aliados europeos de Estados Unidos, aceptando que eran considerados un mercado lucrativo en lugar de un socio, prefirieron no recordar la advertencia de Hegseth ni comprender que la actuación de Donald Trump hacia Europa se dirigía precisamente a cumplir lo que en febrero les anunció el ministro de Guerra. De ahí que se sorprendieran con el plan de 28 puntos con el que Trump quiere acabar la guerra en Ucrania, aún no hayan comprendido por qué no fueron consultados y que estén teniendo dificultades para entender el mundo que refleja la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, en la que su papel es a Europa lo que la República de Corea o Filipinas son a Asia, la contención de un oponente y una herramienta de apertura de los mercados a beneficio de Estados Unidos, un privilegio que no es gratis, sino que han de costear.

En términos políticos, la lógica de esta contención por proxy y uso -o abuso- de los aliados por motivos puramente egoístas ha de encontrarse en el realismo trumpista que Elbridge Colby planteó en Strategy of Denial, un libro publicado en 2018 y en el que las relaciones internacionales se limitan a garantizar que no pueda haber en ninguna de las regiones estratégicas del planeta un “bloque antihegemónico”, es decir, contrario a Estados Unidos. El papel de los aliados en ese juego en el que Estados Unidos ordena y manda para que Rusia o Alemania en Europa, China en Asia-Pacífico o Irán en Oriente Medio es ejecutar la política exterior de Washington. La tesis de Colby, que ve en la existencia de la OTAN todo lo necesario para impedir un bloque contrahegemónico alrededor de Moscú o incluso de Berlín -un aliado al que Estados Unidos nunca ha acabado de dejar de ver como un potencial oponente-, explica tanto el desinterés por Europa como la renuncia a una expansión continua de la Alianza.

En su libro, Colby utiliza el ejemplo de Lituania para explicar por qué la expansión ha sido excesiva. Desde su punto de vista, esas alianzas hegemónicas favorables a Estados Unidos deben ser lo suficientemente potentes para impedir un bloque contrario, pero aglutinar únicamente a aquellos países o territorios capaces de aportar un valor añadido y que la alianza pueda defender a un coste racional. No es el caso, por ejemplo, de Lituania, difícil de defender en caso de un ataque ruso e insignificante como valor añadido. La visión de Colby es que el grueso inicial de la OTAN era suficiente para impedir un bloque contrahegemónico en Europa, argumento que explica por qué el trumpismo siempre estuvo dispuesto a aceptar la exigencia rusa de excluir a Ucrania de la Alianza.

Desde este punto de vista, no existe una OTAN asiática que pueda jugar ese papel de contención en la región más importante, Asia-Pacífico, donde se encuentra China, un país con potencial económico, tecnológico y puede que en un futuro a medio plazo militar para rivalizar con Estados Unidos y con capacidad para tejer una red de alianzas económicas que pudieran convertirse en el bloque contrahegemónico que tanto teme Colby.

Ese es el núcleo de la estrategia nacional de Estados Unidos, centrado en utilizar las herramientas económicas, políticas y militares, aprovecharse de sus aliados y saquear los recursos naturales de países como la República Democrática del Congo para mantener la supremacía, contener el comercio chino y su capacidad de crear alianzas que pongan en peligro el statu quo. En ese mundo, Rusia puede estar tranquila, ya que, percibida como una potencia menor y sin capacidad de crear un bloque contrahegemónico en Europa, queda al mismo nivel que los aliados europeos, en un continente que ha dejado de ser una prioridad. Y al contrario que la Unión Europea y el Reino Unido, cuyo principal aliado parece haberles degradado a un nivel inferior, Moscú tiene otro activo a su favor. Una de las cuestiones en las que no entra la Estrategia de Seguridad Nacional es la alianza China-Rusia, capaz de crear un bloque euroasiático, y que se consolidará al menos coyunturalmente mientras ambos países se vean presionados por Estados Unidos o sus aliados -o subordinados- regionales.

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