Sorprendida por el retorno a las políticas de grandes potencias, por el ascenso de países a los que acostumbraba a dar órdenes o colonizar y sin comprender cómo Occidente ha podido perder parte de su poder blando y ya ni siquiera puede obligar al Sur Global a unirse a sus sanciones, la Unión Europea sigue perdida en el mundo de Francis Fukuyama en el que la historia llegó a su fin en los años 90 con la implosión del socialismo realmente existente y la victoria del capitalismo y de su superioridad moral que imponer al resto del mundo. “El mundo se mueve bajo nuestros pies”, afirmó el pasado septiembre Kaja Kallas en un discurso geopolítico en el que insistía en que Europa, como ha hecho siempre, sería uno de los factores que determinarán el mundo del futuro. En su discurso, Kallas no especificaba cómo la UE iba a incidir en los cambios geopolíticos en un mundo en el que su peso ha quedado reducido debido a múltiples factores, entre los que se encuentra la realidad de su peso económico, el relativo declive del poder de Occidente, el desinterés de su aliado estadounidense por el Viejo Continente o el ascenso de polos como China o India, a los que Bruselas sigue intentando dar órdenes.
Ayer mismo, la Agencia EFE escribía sobre la reunión de los presidentes chino y francés que “Emmanuel Macron, insta a su par de China, Xi Jinping, a implicarse en pasos concretos hacia un alto el fuego en Ucrania y reclama corregir los desequilibrios económicos entre Pekín y Europa”. Es decir, Francia exige a China, la segunda potencia económica mundial en términos de PIB, que se preste a equilibrar la relación comercial con la UE y que haga por los países europeos lo que ellos mismos no han logrado con 19 paquetes de sanciones y tres años y medio de continuo suministro militar. La realidad supera a la ficción y las antiguas potencias coloniales, las mismas que condenaron a China al siglo de la humillación, tratan de perpetuar una relación cuyos términos no se sostienen desde hace varias décadas. Esa postura europea de exigir mucho y ofrecer muy poco es muestra de debilidad geopolítica, pero también de desesperación al seguir chocándose siempre contra el mismo muro, la incapacidad de infligir a Rusia la derrota estratégica que erróneamente creyó en febrero de 2022 que sería capaz de provocar.
La Unión Europea “necesita ser independiente o, al menos, estar preparada para ser fuerte en el desarrollo geopolítico, incluyendo tener nuestros propios planes sobre cómo se puede llevar la paz a Ucrania y discutirlos con nuestros aliados transatlánticos”, declaró ayer Andrius Kuilios comisario de Defensa de la Unión Europea, que apuntaba en las dos direcciones que actualmente preocupan a Bruselas: Ucrania y Estados Unidos. Contribuye decisivamente al nerviosismo político de la UE la postura de Washington. Quizá nadie en el mundo se ha aferrado más a la falsa acusación de aislacionismo que ha otorgado a Donald Trump como el bloque europeo, que prefiere ver en ello el motivo por el que Estados Unidos desea reducir su papel en el continente. Esa opción es más favorable que asumir que la UE no va a marcar los cambios geopolíticos del futuro y que el continente ha perdido gran parte de su interés como teatro de operaciones de la principal lucha de potencias entre bloques hegemónicos, motivo por el cual Estados Unidos desea poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania y concentrar sus esfuerzos en la contención del único rival real, China, y en la hegemonía absoluta en el continente americano.
Las palabras de Kubilius son relevantes en dos sentidos. Por una parte, Kubilius admite la necesidad de que la UE plantee algo más que el plan de dos puntos de Kaja Kallas -más sanciones contra Rusia, más armas para Ucrania-, pero la formulación no apunta a un plan de paz sino a ideas sobre cómo puede llegar la paz, un matiz curioso teniendo en cuenta que, por primera vez, está sobre la mesa un documento que negocian tanto Rusia como Ucrania en lo que puede considerarse el principio de un proceso de paz liderado por Estados Unidos. Sin ninguna certeza, Washington ha iniciado ese camino que, con sus actos y sus declaraciones, la Unión Europea deja claro que rechaza. Como la pasada primavera, cuando la Unión Europea fue más lenta en dar el giro retórico hacia el discurso de paz -o de alto el fuego- que Ucrania, Bruselas se lanza a la carrera a insistir diariamente en que Vladimir Putin no quiere negociar, Rusia planea la invasión de la Unión Europea y la nación ucraniana está en serio peligro, todo ello con el habitual contrapunto de que, según la narrativa europea, falta poco para dar la vuelta al equilibrio de la guerra y Rusia podría estar siempre al borde del colapso. Mientras tanto, personas tan relevantes como Dmitro Kuleba, exministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, publica vídeos en los que, mientras pasea tranquilamente a su perro por Kiev, alaba las bonazas de un posible alto el fuego o Sergiy Kyslytsya, el radical exembajador de Ucrania en la ONU y actual miembro de la delegación negociadora de Zelensky declara a The Economist que “estamos dando vueltas”, para precisar que “sin embargo, estamos ascendiendo. Piénsalo como una espiral de paz”.
El último episodio de ataque de nervios de la Unión Europea se produjo ayer, con la filtración claramente interesada de la conversación mantenida por varios líderes europeos y Volodymyr Zelensky, una comunicación que deja claras las prioridades y los temores de las capitales europeas ante el reciente empuje en busca de una resolución al conflicto. “La UE se apresura a responder después de que los negociadores del presidente estadounidense —el magnate inmobiliario Steve Witkoff y el yerno de Trump, Jared Kushner— se reunieran el martes en Moscú con el líder ruso Vladimir Putin para discutir la última propuesta de paz”, escribía ayer Politico¸ uno de los medios que dieron la información, corroborada posteriormente por Der Spiegel, que publica la transcripción íntegra de la conversación.
“Europa se ha visto sorprendida por el plan de paz de 28 puntos elaborado por Witkoff y el ruso Kirill Dmitriev, que incluía la prohibición de la adhesión de Ucrania a la OTAN y una limitación del tamaño del ejército ucraniano. Ese borrador fue modificado tras una intervención desesperada de los aliados europeos y Ucrania, pero existe recelo ante otra iniciativa de paz liderada por Trump. Los países europeos no estuvieron representados en el Kremlin durante la reunión con Putin, a pesar de que el futuro de Ucrania es crucial para la seguridad del continente. A los funcionarios de la UE les preocupa que, aunque este nuevo plan de Trump no salga adelante, en unos meses habrá otro nuevo”, afirma Politico para resumir la postura europea ante una propuesta de paz que no están dispuestos a permitir, pero que están sufriendo más dificultades para obstaculizar que en ocasiones anteriores. En primavera y tras la cumbre de Alaska, von der Leyen, Rutte, Macron, Starmer y Merz apenas necesitaron unos días para reconducir las propuestas estadounidenses, consideradas excesivamente favorables a Rusia, y convertirlas en favorables a Ucrania e inviables para Rusia, deteniendo así cualquier posibilidad de avance. La valoración final, que en unos meses habrá otro plan similar, es la parte más cercana a la realidad, ya que todos los planes, incluido el actual, son versiones de una misma idea: paz y garantías de seguridad para Ucrania a cambio de territorios y sobre la base de la realidad sobre el terreno. Puede que ese plan que emergiera en unos meses fuera aún más negativo para Ucrania en términos territoriales debido a que, pese a los deseos de Kaja Kallas de revertir el equilibrio de la guerra enviando más armas, la posición de Ucrania en la línea de contacto se deteriora a medida que las tropas rusas avanzan hacia Guliaipole, Seversk, Konstantinovka, terminan de capturar Pokrovsk y asedian Mirnograd.
La preocupación europea es máxima y se muestra en la conversación filtrada ayer por los medios europeos. “Macron advirtió de que Estados Unidos podría traicionar a Ucrania en una llamada de líderes políticos filtrada, afirma Spiegel”, titulaba Politico, mostrando la gravedad percibida por los aliados europeos de Zelensky, que se apresuran a tratar de hacerse con los activos rusos retenidos en su territorio para permitir a Kiev seguir luchando y hacer un poco más difícil que Rusia acepte un plan que causa más rechazo en Bruselas, París y Berlín que en las capitales de los dos países en guerra.
“Hay una posibilidad de que Estados Unidos traicione a Ucrania en la cuestión del territorio sin claridad sobre las garantías de seguridad”, afirmó el presidente francés según Der Spiegel. Las palabras de Macron olvidan deliberadamente que junto al plan de 28 puntos -que Ucrania supuestamente ha mejorado a su favor en las negociaciones- existía un segundo documento de garantías de seguridad que Estados Unidos ha calificado de similar a las del Artículo V de la cláusula de seguridad colectiva de la OTAN. Sin embargo, el presidente francés insistió en el “grave peligro” para Zelensky. “Están jugando, tanto con vosotros como con nosotros”, afirmó el canciller Merz en referencia a Steve Witkoff y Jared Kushner con una frase que suena a la actuación de un lobista que trata de convencer a alguien de que el acuerdo que se le presenta no es de su interés. Con la que quizá es la parte más representativa de la conversación, Alexander Stubb, presidente de Finlandia y uno de los europeos que mejor ha conectado con Donald Trump, advierte de que “no podemos dejar a Ucrania y a Volodymyr a solas con estos tíos”. Nada es más peligroso que la actual espiral de paz. Ayer, Rustem Umerov viajó nuevamente a Florida para volver a reunirse con Steve Witkoff -apenas cuatro días después de su última reunión y dos días después del encuentro de Witkoff en Moscú- para analizar aquellas cuestiones que no pueden tratarse por teléfono. Mientras Estados Unidos intenta continuar con su proceso de negociación, los países europeos pretenden reinsertarse en un proceso en el que intentan conseguir que Ucrania pueda bajarse de un tren que se dirige a un destino que no les complace.
Y, sin embargo, el único plan europeo es seguir financiando la guerra con la esperanza de que, por algún motivo que no alcanzan a atisbar, los equilibrios de la guerra cambien de repente y la negociación se parezca más a un monólogo ucraniano que a un diálogo en el que la otra parte de la guerra no solo tendrá voz, sino que también tendrá que tener voto.
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