Por segunda vez desde la publicación del plan de 28 puntos propuesto por Estados Unidos como punto de partida para una negociación de paz, Vladimir Putin se refirió el jueves al nuevo intento de lograr un avance diplomático. “En general, estamos de acuerdo en que puede ser una base para futuros acuerdos”, afirmó el presidente ruso en su visita de trabajo a Bishkek, Kirguistán. “Vemos que la parte estadounidense toma en cuenta nuestra postura en algunos aspectos”, añadió el presidente ruso, “pero, en otros puntos, claramente tenemos que sentarnos y hablar”. Negociado por Estados Unidos y la Federación Rusa, el documento original filtrado a la prensa hace una semana es, sin duda, el escenario más favorable a Moscú que se ha presentado desde que el trumpismo iniciara su torpe e intermitente proceso diplomático en busca de una resolución a la guerra de Ucrania. Los 28 puntos habrían dado a Rusia la respuesta que buscaba en términos de prohibir la expansión de la OTAN a Ucrania y cumplirían las actuales expectativas territoriales rusas. Pese a que las autoridades europeas llevan una semana insistiendo en que Rusia no ha modificado sus exigencias maximalistas, es evidente que Rusia aceptaría con agrado congelar el frente en todos los territorios a excepción de Donetsk si la cuestión de la OTAN se resolviera a su favor.
Técnicamente, Rusia reclama todos los territorios de los oblasts de Jersón y Zaporozhie. En las últimas horas, Ucrania se ha visto obligada a movilizar reservas para impedir la irrupción rusa en Guliapole, al sur de Pokrovsk, última gran ciudad en dirección a la capital regional de Zaporozhie, una gran ciudad para cuya captura se precisaría una cantidad de recursos humanos y materiales que Rusia no dispone sobre el terreno. El objetivo de aumentar la actividad en esa dirección no es tanto la aspiración a capturar la ciudad de Zaporozhie, sino insistir en el creciente desequilibrio militar entre Rusia y Ucrania, una forma de presión para mejorar la posición negociadora rusa y empeorar la ucraniana. En 2022, en su retirada, Rusia se llevó consigo los restos del príncipe Potemkin, una figura relevante en la historia del Imperio Ruso. Con ese acto, Moscú dejaba claro que, más allá de las reclamaciones retóricas, comprendía que no disponía de los recursos para regresar a la ciudad. Con el tiempo, la exigencia de obtener la totalidad de las dos regiones del sur de Ucrania ha quedado olvidado y cualquier presión militar en esta zona es defensa activa para impedir cualquier intento ucraniano de recuperar territorio o simple herarmienta para conseguir concesiones en otros aspectos de una posible negociación.
La postura rusa parte de la base del plan inicial de 28 puntos y no de los 19 a los que ha quedado reducido tras la negociación en Ginebra. “Sería descortés hablar de versiones definitivas, ya que no hay ninguna”, afirmó Vladimir Putin en referencia al plan estadounidense de resolución, al que, como incluso Donald Trump admitió que esperaba, Rusia aspira a realizar sus propias modificaciones. Dando por buena la lógica de la propuesta, Rusia admite implícitamente que no conseguirá todo aquello que deseaba lograr hace tres años y aceptará un ejército ucraniano reforzado, modificado y con capacidad de ser suministrado desde el extranjero. En uno de los puntos que la Unión Europea aspira a eliminar con su reescritura del plan -que, sin duda, es la que Ucrania negocia directamente con Estados Unidos pese a la afirmación de Marco Rubio de desconocer la existencia de una propuesta europea-, Kiev perdería las garantías de seguridad en caso de “disparar misiles contra Moscú o San Petersburgo” y tendría que renunciar oficialmente a la OTAN, pero no habría prohibición de recibir todo tipo de armamento enviado por sus socios. Medios estadounidenses han afirmado esta semana que Estados Unidos se plantearía incluso enviar los deseados misiles Tomahawk a Ucrania como parte de la militarización de la Ucrania de posguerra, a modo de garantías de seguridad y elemento de disuasión de posibles ataque rusos en el futuro.
El escenario, tal y como esperan los países europeos, que buscan la forma de hacerse rápidamente con los activos rusos para impedir que sean utilizados para la reconstrucción de Ucrania y sean empleados para el rearme, apunta a unas aspiraciones limitadas en términos de resolución política del conflicto. La aplicación del plan estadounidense tal y como fue inicialmente filtrado sugiere un escenario de paz entendida como ausencia de guerra, no ausencia de conflicto. Con la cuestión territorial sin resolver de forma definitiva, se crearía entre los territorios rusos y los ucranianos una frontera de facto tremendamente militarizada. Y al margen de si los países europeos son capaces de crear y enviar su fuerza de disuasión para situarla a una distancia de seguridad del frente -líderes como Emmanuel Macron quieren mostrar músculo militar, pero no desean exponerse al peligro de tener que luchar contra Rusia en la estepa de Zaporozhie-, aumentando aún más la cantidad de efectivos militares en la zona, se encontrarían frente a frente los dos ejércitos más grandes de Europa.
“Sus comentarios sugieren que se mantiene fiel a su enfoque con el presidente estadounidense Donald Trump, en el que ha señalado repetidamente su disposición a negociar, al tiempo que se mantiene firme en sus exigencias de línea dura. Mientras tanto, Rusia avanza lentamente en el campo de batalla”, comentaba en relación a la exigencia rusa de retirada ucraniana de Donbass un artículo de Financial Times. Rusia exige en términos territoriales aquello que cree que es capaz de lograr por la vía militar. Con creatividad limitada por parte de Estados Unidos y con la intención de evitar realizar concesiones territoriales y de seguridad por parte de los países europeos, nadie parece haber caído en la cuenta de que la forma con la que conseguir que Rusia modere sus exigencias territoriales es utilizando el aspecto de seguridad.
Como se demostró en 2022 en las negociaciones de Estambul, la seguridad, entendida como la limitación de fuerzas ucranianas, pero, ante todo, la renuncia a la OTAN es la principal prioridad de Rusia que, en aquel momento, estaba dispuesta a abandonar todos los territorios capturados desde el 24 de febrero más allá de Donbass. Ya entonces, Donetsk y Lugansk eran los únicos territorios que Rusia exigía, teóricamente en su totalidad, pero que quedaban para una negociación final entre los dos presidentes. Como entonces, las exigencias territoriales están supeditadas a la cuestión de seguridad y la obtención de la renuncia ucraniana a la OTAN a cambio de garantías de seguridad y la firma de la Alianza ratificando ese compromiso de no expansión sería la vía más sencilla a la moderación de las demandas territoriales de la Federación Rusa, que ha de ser consciente de que habría sido bien recibida por una parte importante de la población en Slavyansk o Kramatorsk en 2014, pero posiblemente no ahora, tras la muerte y destrucción que han supuesto los últimos tres años y medio.
Las negociaciones continuarán esta semana, pero tendrán que hacerlo en un formato diferente al previsto por Volodymyr Zelensky. En lugar de Andriy Ermak, el derrocado exjefe de la Oficina del Presidente, será Rustem Umerov, el hombre que conocía el plan de 28 puntos y que, según The Wall Street Journal negoció eliminar el punto en el que Estados Unidos buscaba fiscalizar toda la asistencia militar a Ucrania para que fuera sustituido por la amnistía general por todos los actos durante la guerra, una modificación en la que muchos vieron un intento de camuflar la corrupción que se ha llevado por delante al número dos de Zelensky. “Umerov representa un enfoque moderado y de compromiso para las conversaciones de paz. Yermak es el mister nyet [señor no] de Ucrania. Ambos aparecen en el escándalo de corrupción, pero uno permanece en su cargo y en el equipo negociador, mientras que el otro no”, escribió el viernes Leonid Ragozin. La sustitución del duro y férreo Ermak por el aparentemente más dialogante Umerov, que encabezó la delegación ucraniana en los encuentros de este año con Rusia en Estambul y fue claramente el más optimista al respecto, puede suponer una cierta relajación de parte de la tensión de la negociación, al menos por el momento. Pero más allá de la visita de Umerov a Estados Unidos y las conversaciones de la delegación ucraniana, las palabras de Zelensky sugerían que la semana será importante también para él mismo. El presidente ucraniano sugiere así que se reunirá con autoridades estadounidenses, quizá incluso con Donald Trump, la reunión que trata de obtener Kiev, que quiere consolidar los cambios realizados en el plan de 28 puntos antes de que Steve Witkoff viaje a Moscú y dé al Kremlin la posibilidad de modificar a su favor algunos postulados.
Ucrania trata de reafirmar su intención de no realizar concesiones en ninguno de los dos aspectos fundamentales de la guerra, seguridad y territorios. Tratando de colocar el mensaje ucraniano en los medios estadounidenses, esta semana, Andriy Ermak buscó en un periodista afín, Simon Schushter, que escribió una biografía de Zelensky, el espacio para presentar la causa ucraniana al público estadounidense. En el artículo publicado en The Atlantic, su última entrevista antes de verse obligado a dimitir de su cargo el viernes, Ermak afirmaba que “nadie en su sano juicio firmaría a día de hoy un documento que renuncie a territorio”. “«Mientras Zelensky sea presidente, nadie debe contar con que renunciemos a nuestro territorio. Él no firmará la cesión de territorio», me dijo por teléfono desde Kiev. «La Constitución lo prohíbe. Nadie puede hacerlo a menos que quiera ir en contra de la Constitución ucraniana y del pueblo ucraniano»”, añade el artículo.
La lógica de la exigencia responde a las necesidades de reafirmar a su propia población que no habrá pérdidas territoriales, pero, sobre todo, busca apoyo entre el establishment estadounidense en busca de unas mejores condiciones para el acuerdo. A lo largo de esta semana, han sido muchos los gestos de apoyo de altos cargos de los dos partidos de Estados Unidos hacia la necesidad de armar a Ucrania y castigar a Rusia para conseguir unas mejores condiciones de resolución de la guerra. A esas muestras de apoyo en Estados Unidos hay que añadir, las europeas. En realidad, el discurso de Ermak, que es el que Zelensky lleva días repitiendo sin cesar, es similar al de la moción presentada por el Parlamento Europeo, que en cuatro ocasiones se refiere a la integridad territorial de Ucrania como exigencia básica. Sin embargo, como la narrativa ucraniana, se trata de una mención mentirosa. Nadie, posiblemente ni siquiera Moscú, espera que Ucrania acepte oficialmente la pérdida de territorios, sino la aceptación de facto de una realidad que ni el ejército ucraniano ni la Constitución de Ucrania pueden negar. Tras apelar a las fronteras de 1991, la moción del Parlamento Europeo exige que no haya reconocimiento oficial a la soberanía rusa de los “territorios temporalmente ocupados”. Todo es relativo, incluso la integridad territorial, y está sujeto a la dialéctica entre las condiciones sobre el terreno y la negociación.
Con su participación en la negociación y aceptación del marco de los 28 puntos como base de partida, tanto Rusia como Ucrania admiten implícitamente los límites de aquello que pueden conseguir. Aprovechándose de la forma en la que Trump ha decidido gestionar el proceso, con una doble negociación bilateral, Kiev y Moscú aspiran esta semana a mejorar su posición apelando respectivamente a Marco Rubio, el más antirruso de los oficiales de alto cargo de la Casa Blanca, y a Steve Witkoff, claramente el más favorable. Todo sigue dependiendo de las habilidades negociadoras de Rusia y Ucrania, pero, sobre todo, de la hasta ahora fallida capacidad del trumpismo de conseguir que dos interpretaciones opuestas de un mismo plan den lugar a un documento sobre el que el Kremlin y Bankova puedan negociar los detalles.
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