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Donbass, Donetsk, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Una visita que no fue como se esperaba

Como en cada ocasión en la que se produce un cambio de rumbo hacia un camino desfavorable, los países europeos no han perdido el tiempo en su intento de recuperar el control de la narrativa tras la reunión de Volodymyr Zelensky en la Casa Blanca. Manifiestamente molesto, el presiente ucraniano se aferró a que Trump no había dicho que sí al envío de la última arma milagrosa, los misiles Tomahawk, aunque tampoco había dicho que no. Esa pequeña apertura de la puerta de la esperanza contrasta con la euforia ucraniana de apenas unas horas antes, cuando representantes del Gobierno daban por hecho su suministro y se frotaban las manos anunciando los daños causados a la economía rusa, y es coherente con la frustración que Zelensky mostró en la reunión. Ante la prensa, el presidente ucraniano intentó aprovechar cada ocasión para insistir en la necesidad de obtener los misiles solicitados, posiblemente sin comprender que su entrega no va a depender de los argumentos ucranianos, de la situación en el frente o la oferta de drones que Kiev pueda hacer a Washington, sino de lo que Rusia vaya a decir en su reunión con Marco Rubio y, sobre todo, en la cumbre Putin-Trump que se espera celebrar próximamente. Para Estados Unidos, Ucrania sigue siendo un actor secundario en un conflicto en el que su capacidad de decisión se ve severamente limitada por su dependencia exterior, una situación que no se repite al otro lado del frente, donde Rusia se basa en sus recursos y adquisiciones comerciales para suministrar a su ejército y mantener la economía a flote.

Tras la reunión en la Casa Blanca, el presidente ucraniano se apresuró a informar a sus socios europeos del desarrollo de los acontecimientos. Como anunció Zelensky, en la llamada participaron Keir Starmer, Friedirch Merz, Giorgia Meloni, Alexander Stubb, Jonas Gahrstore, Donald Tusk, Úrsula von der Leyen, Antonio Costa y Mark Rutte. Lo extendido del formato es un indicador de la necesidad de apoyo que Volodymyr Zelensky sintió tras la decepción de Washington y la reanudación del peligro de una diplomacia en la que Rusia y Estados Unidos puedan llegar a algún tipo de entendimiento que, como ocurrió tras el encuentro rusoestadounidense de Alaska, los países europeos posteriormente tengan que deshacer. En su diálogo con el Reino Unido, Alemania, Italia, Finlandia, Noruega, Polonia, la UE y la OTAN –una lista representativa de cuáles son los países e instituciones que Zelensky considera preferentes-, el presiente ucraniano insistió en que “la prioridad ahora es proteger tantas vidas como sea posible, garantizar la seguridad de Ucrania y fortalecernos a todos en Europa. Esto es precisamente en lo que estamos trabajando”. La retórica ucraniana, los pasos que se han dado recientemente y los eufemismos habitualmente utilizados indican que proteger vidas significa exigir más sistemas de defensa aérea; garantizar la seguridad de Ucrania, avanzar en esas garantías de seguridad que implican la presencia de tropas de países de la OTAN como prerrequisito para un acuerdo con Rusia (una medida que hace cualquier entendimiento inviable) y fortalecer Europa, aumentar el nivel de militarización del llamado flanco del este para presionar a Rusia y mantener la ruptura continental más allá de un futuro alto el fuego.

Si las palabras y la expresión del presidente ucraniano durante y tras la reunión no eran la prueba definitiva de cómo había transcurrido la reunión con Donald Trump, la reacción de los dirigentes europeos confirma su preocupación. Antes incluso de la llegada de Zelensky a Washington, el Gobierno alemán se había desmarcado de la declaración de la Comisión Europea, que restó importancia a la posible llegada de Vladimir Putin a Hungría, y exigió al Gobierno de Victor Orbán que, en caso de recibir la visita del presidente ruso, su obligación sería ejecutar la orden de arresto de la Corte Penal Internacional. Al margen de la dosis de uso selectivo del orden internacional basado en normas, la declaración de intenciones de Alemania es clara: la diplomacia no es la prioridad. Esa postura alemana es compartida con las autoridades ucranianas que, pese a la declaración del sábado de Zelensky dando la razón a Trump sobre “detenernos donde estamos”, mostró una postura mucho más beligerante durante la reunión. “El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, discreparon sobre el futuro de la guerra”, escribió CNN, a lo que Axios añadió que “Trump subrayó que la actual propuesta estadounidense para una solución diplomática es que la guerra termine con el frente congelado, una propuesta difícil de aceptar para Ucrania”.

Como ha quedado claro desde 2022 y especialmente desde que Donald Trump comenzó su caótico y hasta ahora infructuoso intento de lograr la paz, una resolución sobre la base de las fronteras de facto actuales es también considerado inaceptable por los países europeos, dispuestos a luchar contra Rusia hasta el último ucraniano. “La visita no fue lo que Zelensky deseaba”, se lamentó Friedrich Merz, canciller del país que es el segundo mayor donante militar de Ucrania, que añadió que, a partir de ahora, los países europeos han de ayudar más a Ucrania “financieramente, políticamente y, por supuesto, militarmente”, ya que la guerra solo puede acabar si Ucrania es militarmente fuerte. La lógica para rechazar toda paz por medio del compromiso es considerar una capitulación ucraniana cualquier resultado que no pueda presentarse como una victoria clara. Según este razonamiento, una capitulación no es una opción, ya que provocaría que Rusia atacara otro país europeo. Adjudicando a Rusia unas intenciones que no ha mostrado y unas capacidades que no tiene, los países europeos han hecho de la guerra la única receta para evitar otra que ni siquiera existe.

A la postura de Merz se han sumado otros líderes europeos que, como Donald Tusk, afirman que “una cosa está absolutamente clara: la solidaridad de Europa con Ucrania contra la agresión de Rusia es hoy más importante que nunca”, a lo que Marko Mihkelson, presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Parlamento de Estonia, añadió que “en un futuro cercano, tenemos que estar preparados para nuevas escaladas agresivas de Rusia contra Europa”. En ese juego, Ucrania es una herramienta que merece solidaridad en forma de más armas y más guerra.

Las opciones planteadas por las capitales europeas y Kiev pasan por rechazar cualquier opción de compromiso en favor de continuar luchando hasta lograr una posición de fuerza de cara a una negociación o imponer unos términos de negociación en los que Rusia no tenga voz ni voto. Esta última parece ser la opción planteada durante la llamada telefónica colectiva por sir Keir Starmer, que según indica Axios, apostó por desarrollar el equivalente ucraniano al plan de 20 puntos que Donald Trump celebró por todo lo alto el pasado lunes y con el que afirma haber resuelto el conflicto en Oriente Medio. La opción es exactamente lo que Volodymyr Zelensky lleva más de un año persiguiendo y fue la lógica de su Fórmula de Paz y del Plan de Victoria. La primera era una hoja de ruta que indicaba los pasos de la capitulación rusa y comenzaba por la retirada unilateral de todos los territorios ocupados según las fronteras internacionalmente reconocidas. El segundo era simplemente la lista de tareas que los países occidentales debían acometerá para dar a Ucrania la victoria y crear una estructura de seguridad que garantizara la militarización del país más allá de la guerra. Aunque no se especificaba, el modelo de esa futura militarización de Ucrania sigue el ejemplo que Zelensky ha mencionado en tantas ocasiones, el de Israel, para quien se ha desarrollado el plan de 20 puntos que Starmer quiere replicar ahora.

La lógica de esa propuesta es clara: una negociación interna del bloque occidental en la que la otra parte de la guerra no tenga voz ni voto y cuyos intereses y exigencias no sean tenidos en cuenta, como tampoco sería un factor la población bajo su control. Es así como se ha desarrollado el plan de Trump para Oriente Medio y como Zelensky espera que se logre una resolución a la guerra de Ucrania. El hecho de que Estados Unidos no condene como infracción del alto el fuego un bombardeo israelí que mató a 11 civiles, 7 de ellos menores pero sí la lentitud con la que Hamas está entregando a Israel los cuerpos de los rehenes fallecidos, cuerpos para cuya extracción es necesaria, en ciertos casos, material de retirada de escombros que Tel Aviv se ha encargado de destruir es otro indicio de por qué el plan de 20 puntos es un ejemplo para Starmer.

Repetir la experiencia del plan de Trump para Oriente Medio, negociado y acordado con los países árabes -aunque no con una representación palestina- para que finalmente fuera enmendado por Israel y anunciado sin que los demás interlocutores fueran conscientes de los cambios es actualmente la opción más favorable a Ucrania, que en las últimas horas ha visto un notable empeoramiento de su posición en puntos importantes del frente. En realidad, el cambio en el último minuto de una propuesta que era considerada final es algo que los países europeos ya lograron hacer en este proceso, cuando la oferta final de Steve Witkoff se convirtió, con la intervención de Marco Rubio y Keith Kellogg, en la propuesta europea y ucraniana, que hacía inviable el acuerdo. Como entonces, el problema actual para imponer ese tipo de resolución es el equilibrio de fuerzas. Es más difícil imponer una resolución sobre una potencia nuclear con recursos propios y cuya situación militar y económica no es ni mucho menos desesperada que sobre una milicia que ha perdido a sus líderes y se encuentra sitiada por un Estado con incondicional y continuo apoyo militar de Estados Unidos.

Este intento europeo de recuperar el control muestra también el enésimo viraje de la administración Trump, que después de meses de culpar a Vladimir Putin de la continuación de la guerra, ha vuelto a moderar esa postura. “Un oficial afirmó que Trump tiene la impresión de que Ucrania está buscando escalar y prolongar el conflicto y está preocupado por las potenciales pérdidas durante el próximo duro invierno”, escribía el sábado CNN. Tras su determinante papel en la negociación del alto el fuego en Gaza, Steve Witkoff parece haber impuesto también parte de su punto de vista en la opinión de Donald Trump. Según The Washington Post, Witkoff intervino en la reunión para exigir a Ucrania la entrega del territorio de Donetsk a cambio de un alto el fuego. Ayer, desmarcándose de sus declaraciones de victoria y posibilidad de recuperar la integridad territorial, Donald Trump volvió a insistir en que Kiev perderá territorio en caso de un acuerdo.

El mismo medio insiste en que es ahí, en esa “estratégica región”, donde se encuentra la clave de la resolución del conflicto. “En la llamada entre Trump y Putin, el líder ruso sugirió que estaría dispuesto a ceder partes de otras dos regiones de Ucrania que ha conquistado parcialmente, Zaporozhie y Jerson, a cambio del control total de Donetsk, según dijeron los funcionarios. Se trata de una reivindicación territorial ligeramente menos amplia que la que hizo en agosto en una cumbre entre Trump y Putin en Anchorage. Algunos funcionarios de la Casa Blanca lo describieron como un avance, según uno de los dos altos funcionarios, que fue informado sobre la llamada de Putin”. La ambigüedad de la afirmación no aclara si Vladimir Putin estaría dispuesto a ceder, como Rusia ofrecía en 2022 en la oferta rechazada por Ucrania y Occidente, todos los territorios capturados en esas regiones, algunos de ellos o si se trata del compromiso de no tratar de avanzar más allá de los territorios actualmente bajo su control. En cualquier caso, la postura rusa deja clara la importancia que para el Kremlin tiene la región de Donbass, donde hace once años comenzó la rebelión contra el cambio irregular de Gobierno que dio inicio a la disputa y donde Ucrania prefirió resolver por la vía militar un conflicto político que nadie hasta ahora ha sabido solucionar.

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