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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Con ayuda de Estados Unidos

El desarrollo de los acontecimientos a lo largo de las últimas semanas ha confirmado que la única estrategia del trumpismo es combinar su fallido plan de incentivos y amenazas con la escalada progresiva utilizada en la era Biden y que había llevado al conflicto a un estado en el que la vía militar era considerada la única razonable para lograr una resolución. La administración Trump no ha sido capaz de ofrecer a ninguna de las partes los alicientes necesarios para apostar por la diplomacia y ni siquiera ha sabido, tras meses de conversaciones, reuniones y presiones a ambas partes, lograr una hoja de ruta de puntos de partida que los bandos enfrentados pudieran negociar. Zelensky, que nunca ha revocado su decreto prohibiendo negociar con Vladimir Putin, solo ha ofrecido a Rusia una reunión de presidentes similar a las que la experiencia en el Formato de Normandía enseña que no son capaces de resolver un conflicto enquistado. Rusia, por su parte, tampoco ha sido capaz de ofrecer a Ucrania unos términos de partida que pudieran hacer posible el diálogo. La consecuencia principal es que las conversaciones -directas e indirectas- se limitan a los procesos de intercambios de prisioneros y entregas de los cuerpos de soldados caídos en el frente y de menores que habían quedado separados de sus familias.

La segunda consecuencia es la frustración de Donald Trump, cuya capacidad de prestar atención a un tema es limitada en el tiempo y que no está acostumbrado a procesos complejos de negociación en los que no tiene todo el poder. En junio, permitiendo -o alentando- el bombardeo israelí y los asesinatos sumarios de militares y científicos iraníes, Estados Unidos dejó claro cuál es su preferencia negociadora: dialogar mientras es posible imponer términos de rendición sobre su enemigo y utilizar la fuerza si el oponente no está dispuesto a ceder. En el momento en el que Donald Trump se cansó de una negociación que se prolongaba en exceso para gusto de un hombre incapaz de respetar los tiempos de la diplomacia, Israel comenzó una guerra de ciudades en la que obtuvo éxitos de ataque, pero fracasos en defensa. Las acciones suelen conllevar reacciones y los bombardeos israelíes minaron seriamente la de por sí escasa capacidad de defensa aérea iraní -una carencia causada por las reticencias de aquellos países que Occidente afirma que son sus aliados, Rusia y China, a suministrar material avanzado-, pero no su potencial ofensivo. Protegido por la distancia y por su poderío, Estados Unidos sufrió únicamente el desgaste en su arsenal de interceptores de defensa aérea. Su proxy de Oriente Medio, el portaaviones imposible de hundir que es Israel para Washington, sin embargo, mostró debilidad defensiva e Irán, una potencia no nuclear, prácticamente rodeada por aliados de Estados Unidos y bajo sanciones desde hace décadas, fue capaz de infligir importantes daños materiales y económicos.

Suya desde de principio a fin, esa guerra de doce días en la que Trump pudo darse el placer que tantos de sus predecesores habían ansiado, bombardear Irán, no fue, como afirma que es la rusoucraniana, una mala guerra, una guerra estúpida o una guerra que nunca se habría producido si él hubiera sido presidente. Pese a las evidentes diferencias entre ambos enfrentamientos y también en lo que respecta a la participación directa -tanto ofensiva como defensiva a favor de Israel- de Estados Unidos y otros países de la OTAN, el proceso de negociación, ataque y alto el fuego ilustra perfectamente el modo en el que Donald Trump espera negociar con sus oponentes. Al igual que Zelensky, que siempre ha buscado una negociación interna del bando occidental para llegar a una hoja de ruta que imponer a Rusia sin que Moscú tuviera margen de maniobra para renegociar, Donald Trump también ve en las negociaciones un proceso en el que el otro lado da el sí, incondicional o con modificaciones muy limitadas, a las condiciones que se le ofrecen. De lo contrario, la paz por medio de la fuerza se convierte en un proceso que tiene más de fuerza que de paz.

A lo largo de los últimos ocho meses, el proceso de diálogo entre las partes -Estados Unidos con Rusia, con Ucrania y con la Unión Europea y la Unión Europea con Ucrania- ha pasado por todo tipo de fases, desde el primer amago de detente entre Washington y Moscú que tanto alertó a las capitales europeas a la aparente ruptura actual o desde la humillación en la Casa Blanca a las sonrisas del último encuentro Trump-Zelensky en el que el presidente de Estados Unidos volvió a poner sobre la mesa la posibilidad de victoria de Ucrania. El motivo del cambio de opinión de Trump no es un cambio de estrategia, ya que sigue aplicándose lo planteado por Kellogg y Fleitz en 2024 en una propuesta que ofrecía alicientes a la negociación y castigaba por medio del uso del suministro de armas cualquier intento de sabotear la diplomacia. La parte coercitiva se aplicó contra Ucrania el pasado invierno, cuando Donald Trump detuvo el suministro de armamento e inteligencia a Kiev durante cinco días, una medida con la que señaló a Ucrania como culpable de la falta de avances y castigó a las Fuerzas Armadas de Ucrania, entonces luchando sin mucho sentido por aferrarse a la parte de Kursk bajo su control desde el ataque de agosto de 2024.

La evolución de la postura de Donald Trump está más vinculada a su decepción por no haber logrado obligar a Vladimir Putin a aceptar sin rechistar el tipo de paz que plantean las negociaciones entre Ucrania y sus aliados europeos para la introducción de una misión armada de países de la OTAN en el territorio. Incapaz de acudir a una mesa de negociación en posición de igualdad, dialogando con un interlocutor al que no puede reducir el flujo militar o amenazar con imponer aranceles -el comercio entre Rusia y Estados Unidos ha quedado tan reducido que la capacidad de Washington de utilizar el arma del arancel contra Moscú no es viable-, Donald Trump ha vuelto a su estado natural del uso de la fuerza y de la amenaza. El primer paso anunciado fueron las sanciones secundarias a India para obligar, ahora se sabe que infructuosamente, a Nueva Delhi a renunciar al petróleo ruso con el que ha podido ofrecer a su población energía barata y ha obtenido enormes beneficios reexportando el crudo refinado a los mercados más lucrativos, fundamentalmente el europeo, y también al ucraniano.

Las amenazas a India, habitualmente considerado como el más prooccidental de los países asiáticos y utilizado como herramienta para la contención de China, fueron una admisión clara de que las amenazas a Rusia no iban a dirigirse únicamente en forma de aumento del flujo militar a Kiev, aunque es evidente con la próxima entrega de misiles Tomahawk que está produciéndose, sino tratando de minar la industria petrolífera rusa. De ahí que no pueda sorprender que Estados Unidos no haya criticado los ataques ucranianos contra refinerías de petróleo en Rusia, ni tampoco los bombardeos de infraestructuras necesarias para la exportación de crudo, incluso aunque afectara directamente al país cuyo Gobierno es más favorable al trumpismo, Hungría.

La información publicada ayer por Financial Times confirma, no solo el interés de Estados Unidos por la destrucción de la industria petrolera rusa, sino su participación directa en los ataques ucranianos de los últimos meses. “Ucrania atacó instalaciones energéticas rusas con ayuda de Estados Unidos. La administración Trump ha apoyado las operaciones de Kiev desde el verano en un esfuerzo coordinado para debilitar a Moscú. La inteligencia estadounidense ayuda a Kiev a planificar las rutas, la altitud, el momento y las decisiones de la misión, lo que permite a los drones de ataque de largo alcance y de un solo uso de Ucrania evadir las defensas aéreas rusas, según funcionarios familiarizados con el asunto”, escribe el medio en un artículo coescrito por tres periodistas con amplia experiencia en Ucrania, Christopher Miller, Amy McKinnon y Max Seddon, todos ellos con buenas fuentes en las altas esferas de la política de esta guerra. El centro de sus revelaciones es que Estados Unidos participa en todas las fases del proceso: determinar objetivos, diseño, planificación y ejecución. Ucrania es solo la parte que ejecuta el plan, ejemplo paradigmático del significado de guerra proxy y de utilización de un aliado para sus objetivos propios, que en este caso son ajenos a la situación bélica, ya que la rivalidad Rusia-Estados Unidos precede en muchos años a la invasión de Ucrania o a la guerra de Donbass. El conflicto bélico es solo el catalizador perfecto para los intereses comerciales de Washington.

La cronología del inicio de esta actuación común de Estados Unidos y Ucrania contra los objetivos energéticos rusos también es importante. “El apoyo, del que no se había informado anteriormente, se ha intensificado desde mediados del verano y ha sido crucial para ayudar a Ucrania a llevar a cabo ataques que la Casa Blanca de Joe Biden desaconsejaba. Los ataques de Kiev han provocado un aumento de los precios de la energía en Rusia y han llevado a Moscú a recortar las exportaciones de diésel e importar combustible. El cambio se produjo tras una llamada telefónica entre Donald Trump y Volodymyr Zelensky en julio, cuando Finacial Times informó de que el presidente estadounidense preguntó si Ucrania podría atacar Moscú si Washington le proporcionaba armas de largo alcance”, continúa el artículo. Diez días después de esa conversación, Donald Trump se lamentaba de que tras sus buenas conversaciones con Vladimir Putin, al llegar a casa, su esposa le anunciaba que “han bombardeado otra ciudad”. Ya entonces, Estados Unidos participaba en la planificación de ataques en territorio ruso. Trump esperaba que Rusia cesara el fuego mientras planificaba ampliar el rango de los ataques ucranianos y dirigirlo contra un activo económico importante a nivel nacional, pero también internacional. Ese fue precisamente el motivo por el que Joe Biden vetó los ataques ucranianos a las infraestructuras petrolíferas rusas. La estrategia de empeorar la guerra para obligar al enemigo a negociar en posición de debilidad se mantiene, pero por el camino se ha perdido la relativa contención que mostró Joe Biden, al menos en ciertos aspectos.

El resultado de la implicación directa de Estados Unidos en la planificación -aunque no en la ejecución- de los ataques es conocido. Como puede observarse en el gráfico publicado por la BBC en un artículo en el que Zelensky se jactaba de los éxitos de Ucrania, que como casi todo en esta guerra tiene un factor externo, los bombardeos han aumentado notablemente. Con ellos han aumentado las dificultades para Rusia, pero más de dos meses después, no se ha producido lo que Donald Trump esperaba. Según el medio, “Trump dio su aprobación a la estrategia para que «ellos [los rusos] sientan el dolor» y para obligar al Kremlin a negociar”. A día de hoy, una negociación parece mucho más lejana que hace apenas dos meses, cuando Donald Trump recibía a Vladimir Putin en Alaska y se anunciaba un “entendimiento” que no sobrevivió a la reunión que tres días después mantuvieron en la Casa Blanca Estados Unidos, Ucrania y sus escuderos europeos. En todo momento, Estados Unidos participaba activamente en el intento de destruir la industria energética rusa apoyando a Ucrania en sus ataques en profundidad.

La actuación de Estados Unidos, clave en el mayor éxito del que actualmente se jacta Ucrania en sus bombardeos de larga distancia, es también la constatación del uso de la guerra como herramienta para sus objetivos nacionales de reducir la cuota de mercado de una potencia petrolera que le ha hecho la competencia en el mercado que quiere capturar, Europa, y que ha aumentado su peso en otros emergentes como India. La guerra no es solo un escenario de aumento de venta de armas, quizá el más lucrativo de los negocios que se aprovechan del sufrimiento ajeno, sino una forma de utilizar la fuerza para conseguir lo que no se ha conseguido por la vía comercial.

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