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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Sanciones, Ucrania

Amenazas híbridas, amenazas reales

Ayer por la mañana, Andriy Ermak, mano derecha de Volodymyr Zelensky y encargado de ejercer de lobby ucraniano en busca de la imposición de sanciones contra Rusia, se congratulaba por el avance del proceso que, de forma que cada vez parece más certera, llevará a que Ucrania pueda disponer de una cantidad equivalente a la de los activos rusos retenidos en la Unión Europea. “Los líderes del Reino Unido, Francia y Alemania anunciaron el viernes que durante una llamada telefónica acordaron proceder a utilizar el valor de los activos rusos inmovilizados para apoyar a las fuerzas armadas de Ucrania. Según un comunicado publicado por el gobierno alemán, los líderes del E3 dijeron que lo harían en coordinación con Estados Unidos. Nuestro grupo de sanciones propuso este enfoque por primera vez en 2022. Valoramos este importante avance y las decisiones que avanzan en la dirección correcta.”, escribió para dar las gracias, siempre sin evitar lanzar un sutil reproche por la habitual queja de Ucrania, que no obtiene las cosas cuando las solicita sino cuando sus aliados deciden que es el momento. La escalada progresiva que se ha aplicado como estrategia de entrega de armamento se ha utilizado también en la cuestión de las sanciones, que tras el fracaso de la opción nuclear que era la desconexión del sistema internacional de pago SWIFT, que debía aislar a Rusia y destruir su economía, ha optado por el incremento constante de la coerción económica contra Rusia.

El esquema en el que se basaría esta entrega sería el de un crédito que Ucrania solo tendría que devolver una vez recibidas las reparaciones de guerra rusas. De procederse a la concesión de ese peculiar préstamo, la Unión Europea estaría poniendo cifra mínima a la compensación que Rusia tendría que pagar a Ucrania a causa de la guerra, algo que solo puede exigirse en una negociación final y en posición de fuerza. Moscú, que en un momento dado sugirió la posibilidad de utilizar esos activos retenidos -dados por perdidos hace mucho tiempo- para la reconstrucción de todo el territorio, también las zonas que quedarán bajo su control, ha insistido en que la ausencia de reparaciones es una de sus principales exigencias. De la misma forma que el aumento del suministro de armamento, la continuación de la conversación sobre unas garantías de seguridad para Ucrania que impliquen la presencia de tropas de países de la OTAN en el territorio, la imposición de reparaciones de guerra como condición para la paz es la herramienta perfecta de Bruselas para hacer imposible cualquier proceso de diálogo.

Con escasas posibilidades de una ruptura definitiva en el frente para dar lugar a una victoria completa de uno de los bandos, la continuación de la guerra hasta que uno o ambos estén exhaustos es el escenario más probable. De ahí la preparación de todas las partes para un invierno que será tan complejo como los anteriores. Detenida la diplomacia y tras el inicio de una dura campaña ucraniana contra refinerías y otros objetivos energéticos, Rusia ha reanudado sus bombardeos contra infraestructuras de producción y distribución eléctrica. La consecuencia más clara es el empeoramiento de una situación que ya era grave. Como publicaba ayer Kirilo Shevchenko, presidente del Banco Nacional de Ucrania entre 2020 y 2022, “la factura de importaciones de Ucrania duplicó la de sus exportaciones en 2025: 60.100 millones de dólares frente a 29.500”. “Las importaciones están lideradas por la maquinaria, los productos químicos y el combustible, lo que refleja la dependencia del país de la producción y la energía extranjeras. Esto representa un desequilibrio estructural. Las pérdidas industriales, la interrupción de las cadenas de suministro y el gasto de recuperación impulsan la dependencia, mientras que el crecimiento sostenible y la capacidad de exportación siguen siendo frágiles y dependen de #Donornomics”, continúa. En su explicación, queda clara la creciente dependencia de los donantes extranjeros, que han de compensar el saldo negativo de esa factura de importación. Teniendo en cuenta que los datos más recientes se refieren a agosto, antes de que comenzaran los ataques rusos a las infraestructuras energéticas, es todo indica que ese saldo negativo habrá aumentado.

Sin embargo, ni las cifras económicas ni las escasas posibilidades de Ucrania y sus aliados occidentales de imponer sobre Rusia el tipo de resolución del conflicto al que aspiran va a cambiar la deriva actual hacia la consolidación de la guerra como estado natural del continente. Garantizarlo depende de todo tipo de medidas políticas y económicas. La Unión Europea, principal financiador de esta guerra, ha creado junto a Estados Unidos un mecanismo según el cual Kiev espera obtener mensualmente armas por valor de mil millones de dólares. Washington vende armas a los países europeos miembros de la OTAN, que posteriormente las envían a Ucrania. Si finalmente se confirma la llegada, será la fórmula por la cual se entregue a Kiev los deseados misiles Tomahawk. En esta guerra en la que el objetivo es aguantar un día más que el enemigo, la clave no solo está en las armas, sino en la financiación y, ante todo, en negar la del oponente. Todo pasa por aumentar la financiación de Kiev, elevando aportaciones de los países donantes y dando acceso a Ucrania a los activos rusos retenidos, y limitar a base de sanciones las posibilidades económicas de Rusia.

La única fortaleza de Ucrania en esa contienda de guerra de desgaste en términos militares, de infraestructuras y economía es contar con el respaldo continuo y prácticamente incondicional -roto únicamente en el momento en el que Zelensky cometió el grave error de tratar de acabar con las instituciones anticorrupción creadas por y para Occidente- de sus aliados, fundamentalmente la Unión Europea. Solo así, Kiev ha podido incluso externalizar una parte de su producción militar a Dinamarca, poniéndola así a salvo de los ataques rusos. Pero la estrategia de tensión que está siendo utilizada actualmente por los países europeos no solo implica el apoyo a Ucrania, sino la presión total a Moscú. El aumento del suministro militar a Kiev y de las sanciones contra Rusia no ha sido suficiente para minar las capacidades rusas, por lo que elevar la tensión precisa de otros métodos.

Aprovechando varios incidentes -reales o no, ya que hay diferentes versiones sobre algunos de ellos- en los que Rusia habría violado el espacio aéreo de países de la OTAN, los países europeos han optado por elevar la apuesta en una nueva forma de presión. La quincena de señuelos de drones o los doce minutos que una aeronave rusa sobrevoló, de camino a Kaliningrado, el espacio aéreo de Estonia nunca supusieron un peligro para la OTAN, pero han sido suficientes para elevar el nivel de alerta de invasión rusa de países europeos e iniciar una nueva fase de presión. “La OTAN valora una respuesta armada a la guerra híbrida de Vladirmir Putin”, titulaba esta semana Financial Times en un artículo en el que, como es habitual, solo se mencionan casos de amenazas híbridas supuestamente cometidos por la Federación Rusa.

“«Se trata de una campaña deliberada y dirigida contra Europa en la zona gris. Y Europa debe responder», declaró el miércoles la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. «Rusia quiere sembrar la división. Tenemos que responder con unidad», declaró ante el Parlamento Europeo. «No solo debemos reaccionar, debemos disuadir. Porque si dudamos en actuar, la zona gris no hará más que expandirse»”, escribe el medio, que da por hecha la campaña rusa de acciones híbridas rusas, pero no se molesta en mencionar el caso más claro de este tipo de actuación que se ha producido en esta guerra, el atentado contra el Nord Sream, un ataque organizado y deliberado contra las infraestructuras críticas de dos países, Rusia y Alemania.

Ese caso está olvidado, justificado y, como ha afirmado esta semana Donald Tusk, el problema no fue su explosión, sino su existencia. Si Rusia no es culpable es mejor pasar página y centrarse en aquello que puede justificar una mayor militarización. “Los aliados de la OTAN están debatiendo una respuesta más contundente a las acciones cada vez más provocadoras de Vladimir Putin, como el despliegue de drones armados a lo largo de la frontera con Rusia y la flexibilización de las restricciones a los pilotos para permitirles abrir fuego contra aviones rusos”, escribe Financial Times, que describe una cierta división interna en los países europeos, separados entre radicales y moderados, pero unidos en la idea de aumentar las amenazas. No hay en la UE ninguna voz oficial que opte por rebajar tensiones y buscar romper la dinámica de escalada que amenaza con perpetuarse.

“Las propuestas incluyen armar drones de vigilancia utilizados para recopilar información sobre las actividades militares rusas y reducir los requisitos para que los pilotos que patrullan la frontera oriental puedan derribar amenazas rusas. Otra opción es realizar maniobras militares de la OTAN en la frontera con Rusia, especialmente en las zonas más remotas y desprotegidas de la frontera”, insiste el artículo, que con la habitual ligereza presenta la opción de derribar drones rusos cercanos al frente o incluso aeronaves rusas en el Báltico. Sin sorpresas, este beligerante intento de avanzar un paso más hacia el enfrentamiento con una potencia nuclear partió de los países bálticos, dispuestos a arriesgar el bienestar de su población por su deseo de lograr una gran guerra contra su enemigo ruso, a los que se han sumado Francia y el Reino Unido.

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