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Tendencias autoritarias: críticas internas a la gestión de Zelensky

Volodymyr Zelensky se encuentra ya en Nueva York para aprovechar la semana de diplomacia que supone la celebración de la Asamblea General de Naciones Unidas y hacer lo que mejor sabe, colocar el mensaje de Ucrania en los medios y recabar apoyos entre la diplomacia occidental. En su primer día en Estados Unidos, donde pretende impulsar una agenda basada en la negativa rusa a buscar la paz y el riesgo que supone para el mundo, la necesidad de obtener más apoyo de sus socios y la cuestión humanitaria, especialmente el discurso de los “niños secuestrados”, Zelensky se reunió con el general Kellogg. En su reunión Zelensky informó al enviado de Trump para Ucrania de la situación en el frente, incluidas las “operaciones contraofensivas en Dobropilia y Pokrovsk”, bastante más modestas de lo que le gustaría al presidente, y abordó “el desarrollo de la cooperación entre Ucrania y Estados Unidos, incluyendo los acuerdos mutuamente beneficiosos sobre drones y la adquisición de armas estadounidenses que Ucrania ha propuesto a Estados Unidos”. En línea con el cambio de discurso forzado por los reproches de JD Vance en la célebre reunión del Despacho Oval, Zelensky culminó el mensaje agradeciendo a Kellogg “su apoyo y asistencia, y al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sus esfuerzos para poner fin a la guerra y detener las matanzas”.

Zelensky no se equivoca en su interlocutor y en tratar de mantenerlo satisfecho e informado, siempre con la información más optimista posible. En los meses en los que la administración Trump ha tratado, por el momento sin ningún resultado relevante más allá del éxito que supone haber conseguido que Rusia y Ucrania se reunieran por primera vez en persona y sin mediadores después de tres años, Keith Kellogg no solo se ha distinguido como el más proucraniano de los oficiales de política exterior del trumpismo, sino que ha luchado por conseguir mejores condiciones para Kiev. Poco a poco, el general ha reinsertado en la administración la idea que había guiado la política estadounidense hacia Ucrania en la era Biden, no dudar de las palabras llegadas de Kiev, incluidas las referencias a la paz y a la voluntad de reunirse con Vladimir Putin sin condiciones previas -sin escuchar las condiciones previas que se especifican a continuación- , y considerar cada declaración del Kremlin como potencial propaganda. En una de sus últimas apariciones públicas, Kellogg ha mostrado por qué Zelensky aprecia tanto poder contar con él en la administración Trump, especialmente desde que el descrédito de Steve Witkoff tras su última visita a Moscú haya consolidado al general como la principal voz a la que escucha el presidente para saber cuál es el estado de la guerra.

En sus declaraciones, Kellogg insistió en la idea a la que se siguen aferrando Zelensky y las capitales europeas, el alto el fuego como prerrequisito a cualquier avance, una idea ya fracasada y que Rusia no va a aceptar, ya que supondría renunciar a su principal fortaleza sin garantías de una proceso de paz posterior. “Putin sabe que una vez se pare, va a ser muy difícil volver a comenzar”, afirmó en referencia a la posibilidad de una reanudación de las hostilidades tras un posible alto el fuego. El argumento flaquea si hay que atenerse estrictamente al argumentario ucraniano. Anunciando que “la cumbre anual de la Plataforma de Crimea, que en 2025, por primera vez, se celebrará en un escenario mundial, subrayando la naturaleza global de los cambios provocados por esta guerra, la guerra que Rusia comenzó en Crimea. Recordamos las causas de la agresión rusa”, Zelensky volvió a trazar una línea directa entre marzo de 2014 y la invasión rusa de 2022, es decir, una reanudación e intensificación de las hostilidades tras un alto el fuego.

Las contradicciones del discurso ucraniano que Kellogg intenta imponer no se limitan a las posibilidades de un alto el fuego, sino que se extienden a cómo comenzó la guerra. Si la guerra comenzó, como afirma Zelensky, en Crimea, una verdadera operación militar especial en la que Rusia no disparó un solo tiro y actuó siempre por detrás de la población, que se levantó clara y contundente contra Ucrania, Kiev tendría que admitir que su narrativa de unidad de la nación hace aguas. Sin embargo, en guerra el discurso es tan importante como los hechos y es más sencillo alegar que Rusia prefiere extender la guerra en lugar de pactar un alto el fuego incondicional como exigen Kiev, las capitales europeas y Keith Kellogg, que admitir que esta vía de resolución implica pasar de la guerra sin fin al conflicto eterno sin perspectivas de negociación política real y, por lo tanto, con escasas posibilidades de lograr la resolución vinculante que Ucrania trata de evitar.

La mención de Zelensky a Crimea es la reafirmación del intento de ampliar el alcance de la Plataforma Crimea, origen de la Declaración Crimea, que afirma que Ucrania utilizará todas las herramientas a su disposición para recuperar el territorio -perdido, ante todo, con el favor de una amplia mayoría de la población local-, documento que Rusia percibió prácticamente como una declaración de guerra. Sin posibilidades de lograr una paz entendida como ausencia de conflicto, ya que no existen las condiciones para un acuerdo político integral que resuelva cuestiones imposibles como la de Crimea, Zelensky se aferra a su discurso oficial con la intención de mantener el statu quo tanto a nivel externo como interno.

La rigidez y autoritarismo que Zelensky ha mostrado en su forma de gestionar la posibilidad de un proceso de paz con Rusia, en el que se ha negado a dialogar con Moscú cuestiones más allá de aspectos humanitarios, se repite en lo que respecta a la política interna. Así lo denuncian, al menos, algunos sectores incluso de su partido, Servidor del Pueblo, creado por y para la figura de Zelensky, hasta hace apenas unos meses absolutamente incuestionable. “En una reunión parlamentaria a puerta cerrada celebrada la semana pasada, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky no ocultó su indignación con los críticos nacionales”, escribe esta semana un artículo publicado por Politico. La disidencia interna no está permitida. No se trata del primer reportaje crítico con el Gobierno ucraniano que publica el medio, que hace unos meses desveló el rechazo que Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky y principal escudero también esta semana en Naciones Unidas, causa en el establishment de los dos grandes partidos estadounidenses.

Politico presenta una situación caótica al referirse al estado del partido de Zelensky, que en las elecciones de 2019 obtuvo una mayoría absoluta con la que ha dominado la Rada hasta que la guerra, su autoritarismo y las amenazas contra quienes osaran criticarle han hecho necesarias alianzas con otros partidos. El medio recuerda, por ejemplo, la reciente huida del exministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Dmitro Kuleba, que abandonó el país, en sus propias palabras “como un ladrón”, cruzando la frontera con Polonia sin autorización tras la gratuita obligación de permanecer en territorio nacional a los exministros. La situación se extiende a los oficiales y diputados actuales, dispuestos incluso a filtrar los problemas del partido a la prensa, dando así buena munición preelectoral a rivales como Poroshenko o, más preocupante aún para el partido de Zelensky, a Valery Zaluzhny.

El eje del argumento es la creciente percepción de la Oficina del Presidente como lo que ha sido desde la invasión rusa, la usurpación, no solo del poder ejecutivo, sino incluso del legislativo, una actitud dictatorial que los aliados extranjeros de Zelensky no pueden permitirse el lujo de comentar públicamente si desean mantener viva la ficción de la lucha entre la democracia y el autoritarismo. “Aunque se muestran reticentes a emitir críticas públicas por temor a dar a Moscú una oportunidad propagandística, según tres enviados europeos con sede en Kiev que pidieron no ser identificados para este artículo, los aliados occidentales han expresado en privado su preocupación. Y algunos de los legisladores del partido de Zelensky también cuestionan los recientes acontecimientos, entre los que se incluyen el despido de alcaldes electos y la presión ejercida sobre organismos estatales que se supone que son independientes”, escribe Politico.

Uno de los ejes de las quejas tanto de los cargos electos insatisfechos como de la representación europea es la cuestión del ataque gubernamental contra las instituciones anticorrupción creadas a instancias de los países occidentales. Aunque sutil, existe una diferencia en el argumento de esos dos colectivos. Si para los países europeos esas instituciones son importantes para mantener un grado de control, diputados y diputadas sienten más de cerca el descrédito que la actuación supuso. “La Oficina del Presidente había ordenado a los legisladores del partido, muchos de los cuales se mostraban reacios, que respaldaran la legislación que subordinaba las agencias al fiscal general, nombrado políticamente. Pero al día siguiente de firmar la ley, Zelensky se vio obligado a dar marcha atrás ante las protestas y las advertencias europeas sobre el retroceso democrático. Sus asesores intentaron entonces culparlos a ellos de todo el fiasco, una táctica nada infrecuente cuando las políticas impulsadas por la Oficina del Presidente resultan impopulares, se quejan”, explica el artículo, dejando claro que el Gobierno obligó a sus representantes a votar una resolución y posteriormente otra que la contradecía absolutamente. El caso es la representación perfecta del estado del Gobierno y del Parlamento de Ucrania, controlados por un círculo cada vez más cercano.

Esa situación no se limita a las cuestiones de política interna, sino que se extienden también a la forma en la que el Gobierno ucraniano ha gestionado el conflicto con Rusia, tanto en su versión actual como antes de la invasión rusa. Para el presidente de guerra, no puede haber compromisos en lo que respecta a la negociación con Moscú, algo que Occidente admira y que los países europeos abiertamente alientan. Pero aunque haya quedado olvidado, tampoco había espacio para el compromiso en la mente del presidente de paz, que llegó a la presidencia junto a esos diputados que ahora dudan de sus credenciales democráticas, y que olvidó sus promesas de paz prácticamente en el momento en el que llegó a la presidencia. Imponerse sobre el enemigo siempre fue más importante para Zelensky, cuyo autoritarismo comenzó muchos años antes de la invasión rusa de Ucrania.

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