“Cuando se le preguntó si las garantías significarían que los países europeos estarían diciendo que estarían listos para enfrentarse militarmente a Rusia en caso de una futura agresión contra Ucrania, Stubb dijo: «Esa es la idea de las garantías de seguridad por definición»”, escribió Shaun Walker para presentar su entrevista al presidente de Finlandia. Gracias a la diplomacia del golf, Stubb posiblemente sea el dirigente europeo que ha logrado tener una relación más cercana con Donald Trump, líder del país imprescindible para hacer posible cualquiera de las partes de ese escenario, desde las garantías de seguridad para Ucrania como un enfrentamiento militar con Rusia. En la entrevista, el líder finlandés afirma algo obvio, “las garantías de seguridad son, en esencia, un elemento disuasorio”, del que afirma que “debe ser plausible y, para que lo sea, debe ser sólido”. Como hace unos días, con una sinceridad que no han mostrado otros diplomáticos, Radek Sikorski aclaró que el tipo de garantías de seguridad a las que se ha referido Stubb son la promesa de declarar la guerra en caso de una nueva guerra, es decir, ir a la guerra con Rusia en defensa de Ucrania. Tanto Sikorski como Radek ven favorablemente esa idea y se adhieren a la proclama de Emmanuel Macron de que la opinión de Rusia sobre una posible misión militar de países de la OTAN en Ucrania no es de la incumbencia de Moscú y, por lo tanto, no es precisa su aprobación. “Rusia no tiene absolutamente nada que decir en las decisiones soberanas de un Estado nación independiente… Por lo tanto, para mí no es una cuestión de si Rusia estará de acuerdo o no. Por supuesto que no lo estará, pero esa no es la cuestión”, insiste Stubb en sus declaraciones a The Guardian. Teniendo en cuenta que las garantías de seguridad serían parte de un acuerdo de paz en el actual contexto de guerra, es evidente que Rusia tiene algo que decir al respecto.
La falta de realismo de la Unión Europea no se limita a la que apuntaba Sikorski, cuya crítica se basaba en que no ve la voluntad de entrar en guerra con Rusia actualmente, sino que se extiende a la creencia que su opinión es la única relevante, una máxima que ha colocado a Bruselas en una situación geopolítica comprometida y en la que se ve obligada a exagerar su fuerza para seguir pretendiendo ser un actor relevante. El bloque ha vinculado su suerte a la de Estados Unidos sin comprender que Washington no es un aliado sino un rival que ha dejado claro que es quien marca los términos e impone las condiciones. Así ha sido en la negociación del acuerdo comercial, en el que Úrsula von der Leyen no solo ha admitido que todas las concesiones han venido de la parte europea, sino que ha insistido en que debía ser así. En su propuesta para el nuevo paquete de sanciones contra Rusia, el 19º y que no será el último, la Unión Europea inicia el camino que, según las órdenes anunciadas públicamente por Donald Trump en un post en su red social personal, deben llevar a la imposición de sanciones secundarias y aranceles contra dos economías que Bruselas no puede permitirse alienar, India y China. Esas son las condiciones para que Estados Unidos se suba a la solución europea de armar al máximo a Ucrania e intensificar la guerra económica contra Rusia y aquellos países a los que se considera sus aliados.
Las preocupaciones diarias de la Unión Europea están vinculadas a Ucrania, centro de gravedad de su ambición geopolítica de expansión y control de las dinámicas políticas, económicas y militares del continente. La realidad, no solo el fracaso del intento de derrotar a Rusia en el campo de batalla ucraniano, ha puesto en cuestión ese proyecto, que nunca ha tenido en cuenta la creciente evidencia de que el peso político de Bruselas en el mundo se reduce mientras asciende el de potencias a las que la Unión Europea y Estados Unidos siguen queriendo dar órdenes. El establishment europeo aún aspira a ocupar en Rusia, Bielorrusia y los Balcanes el papel que Estados Unidos juega en la Unión Europea, la capacidad de imponer las normas y condiciones y exigir el cumplimiento de las promesas.
Privada de la influencia colonial perdida, herencia del siglo XIX y de los decadentes imperios desmantelados gracias a los movimientos anticoloniales posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, expulsada de los últimos países africanos que aún ofrecían su territorio para mantener bases militares a la exmetrópoli francesa y perdiendo peso económico y político en un tablero geopolítico mundial en el que ahora hay más jugadores que le superan, la Unión Europea busca su sitio en una coyuntura de reconfiguración de bloques y renovación de la lucha de grandes potencias. Sin la potencia económica y militar de Estados Unidos, sin recursos naturales relevantes ni capacidad de producción de las tecnologías necesarias en la economía del futuro, la capacidad de la Unión Europea de labrarse una esfera de influencia pasa por su constante expansión en el continente europeo, actualmente en puja por esos espacios hasta ahora considerados cercanos a Rusia. Aunque Occidente intenta simplificar el origen de la guerra de Ucrania achacándolo al imperialismo de un país, la Federación Rusa, o un hombre, Vladimir Putin, el conflicto es la manifestación más gráfica de una lucha que no comenzó en 2022 o en 2014, sino al final de la Guerra Fría, con las ampliaciones de la Unión Europea y la OTAN, siempre de la mano, hacia las fronteras rusas.
El proyecto funcionó durante los años en los que la debilitada Rusia de Yeltsin, que había dilapidado la herencia soviética dejando en manos de un puñado de oligarcas corruptos el patrimonio del pueblo, se desangraba económica y políticamente por la incompetencia de su presidente, la voluntad de bombardear el Parlamento para frenar protestas y un programa económico dirigido por los chicos de Chicago. Pasados los años en los que portadas como “Yanks to the rescue” (Yanquis al rescate) describían la democracia rusa, Francis Fukuyama se lucraba vendiendo su “final de la historia” y Estados Unidos podía permitirse hacer abiertamente lo que hasta entonces había hecho en la sombra, intervenir en asuntos ajenos y cambiar gobiernos, se produjeron tanto la recuperación de Rusia como el ascenso de países a los que Occidente había mirado por encima del hombro hasta entonces, como India o China, al estatus de potencias mundiales. La culminación de ese proceso, al menos a ojos de la actual dirección de la Unión Europea, fue la imagen de Xi Jinping, Narendra Modi y Vladimir Putin sonrientes y cogidos de la mano en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai. Días después, durante las celebraciones del 80º aniversario de la victoria contra el fascismo en Asia, los países participantes reivindicaron su papel en ese logro común. Ambas imágenes, la fotografía de Xi, Modi y Putin por una parte y la imagen de Xi flanqueado por Putin y Kim Yong Un provocaron la respuesta europea en boca de Kaja Kallas, que en primer lugar se mostró sorprendida al saber, “algo que es nuevo para mí”, que Rusia y China se consideran vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, motivo por el que, como debería conocer la líder de la diplomacia europea, disfrutan de puestos permanentes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Kallas y el posicionamiento geopolítico de la Unión Europea
El 3 de septiembre, en la conferencia anual del Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea, la Alta Representante de la UE para Política Exterior y de Seguridad y vicepresidenta de la Comisión Europea, pronunció su discurso más geopolítico, un intento de presentar la visión del mundo actual y la posición que en él ha de jugar Bruselas. La declaración de Kallas, que en coherencia con la importancia de la UE en las actuales relaciones internacionales pasó prácticamente desapercibido, comenzó con un simple mensaje, “hoy, mientras estoy aquí, el suelo se mueve bajo nuestros pies. Creo que todos lo sentimos. Todos lo sentimos cada día al abrir nuestros teléfonos y ver lo que ha sucedido”, una forma ingenua de admitir que en el mundo se está produciendo una serie de cambios ante los que Bruselas no sabe cómo reaccionar. Los “temblores se hacen más fuertes”, continuó Kallas para insistir en que “este desastre no tiene un origen natural”, sino que “estamos experimentando intentos deliberados de cambiar el orden internacional” y “se está gestando un nuevo orden global”. Para los defensores del orden internacional basado en reglas, esas que sus países han impuesto al resto del mundo y de cuyas normas se han eximido para invadir Irak, desmantelar Yugoslavia o someter al Sur Global a sus intereses económicos, el desastre es la aparición de nuevos actores que reclaman que su peso político, económico y demográfico se vea reflejado en unas instituciones creadas por y para una minoría occidental que sigue creyéndose imprescindible. Este nuevo orden mundial que, aunque con reticencias, Kaja Kallas admite que está en ciernes, “no se creará sin Europa. Estará marcado por lo que Europa está dispuesta a hacer”.
“Para aquellos que aún dudan de si Europa debe desempeñar un papel en la escena mundial, siempre lo hemos hecho cuando ha sido necesario. Lo mismo ocurre hoy en día”, prometió tratando de aferrarse a la posibilidad de que la diplomacia europea sea capaz de seguir siendo relevante. Para conseguirlo, Kallas se plantea dos preguntas: “si estamos dispuestos a reconocer la necesidad de que Europa desempeñe un papel geopolítico” y “si estamos dispuestos a desarrollar nuestro poder geopolítico para hacerlo”. En otras palabras, el peso geopolítico de la Unión Europea en el mundo del futuro depende única y exclusivamente de lo que “Europa” esté dispuesta a hacer, una seguridad en las posibilidades propias que ignora al resto del mundo y que muestra la persistencia del mismo supremacismo europeo que perpetuó la colonización y que, en los últimos años, ha conseguido alienar completamente a países a los que hace mucho tiempo que la UE y sus países miembros debieron comenzar a hablar como iguales.
Todo el análisis sobre la situación actual se resume, al más puro estilo báltico, en una cuestión: Rusia. “Rusia ha vuelto a llevar la guerra al continente europeo. Putin quiere neutralizar a Ucrania y restablecer la esfera de influencia soviética anterior a 1991. Estos planes no son ningún secreto. Quedaron patentes ante los ojos del mundo cuando el ministro de Asuntos Exteriores ruso aterrizó en Estados Unidos con ellos escritos en el pecho”, afirmó Kaja Kallas, confundiendo análisis con un comentario sobre la célebre sudadera soviética con la que Sergey Lavrov troleó a la diplomacia occidental. “La agresión de Rusia ha exigido una respuesta colectiva y común por parte de Europa”, continuó para jactarse del papel que los países europeos han jugado en la respuesta a la invasión rusa.
Para la preocupada Kallas, “la urgencia y la necesidad práctica del papel geopolítico de Europa son mayores hoy en día por dos razones”, ambas, por supuesto, vinculadas a Rusia, la potencia que dificulta la expansión hacia el este de la Unión Europea y que hace imposible un control efectivo a nivel continental por parte de Bruselas. “En primer lugar, Rusia no actúa sola. China proporciona a Rusia el 80% de sus importaciones de doble uso. Como sabemos, durante la guerra no hay doble uso en la guerra. Todo se utiliza con fines militares. Esto permite que continúen las matanzas en Ucrania. China y Rusia también hablan de liderar juntos cambios que no se han visto en cien años y de revisar el orden de seguridad mundial. Y, en segundo lugar, hay alianzas crecientes de países que ven el mundo de una manera fundamentalmente diferente a Europa”, continuó. La queja de la Unión Europea es que Rusia no está sola, una forma de admitir que su intento de derrotarla en el frente económico-militar y de aislarla del resto del mundo ha fracasado, y que se estén formando, al margen de la Unión Europea, alianzas que dificultan mantener el statu quo. Sin suficiente potencia para librar por sí misma, sin ayuda de su aliado estadounidense, la guerra que ha convertido en el centro de su política exterior, Bruselas, que trata de perpetuar el trato de superioridad sobre rivales que, como China, le han superado hace tiempo, se lamenta de que el mundo avance sin tenerla en cuenta.
La reducción de la situación internacional a Rusia y sus alianzas, las recetas para superar la situación tienen que ser necesariamente simples. “Para participar como igual en el juego, Europa debe construir su poder geopolítico”, insistió la líder de la diplomacia de la UE, que insiste en confundir el continente con el bloque político. “El poder político”, continuó, “se basa en la potencia militar y la fuerza económica”. “No hay duda de que Europa tiene poder económico. Somos una de las economías más grandes del mundo y un bloque comercial líder a nivel mundial. Tenemos la segunda moneda más utilizada y la segunda moneda de reserva más importante del mundo”, reflexionó Kallas, dirigiendo el discurso de la forma más previsible hacia la solución a todos los problemas, la militarización.
“Europa se ha embarcado en la mayor iniciativa militar de la historia reciente: 2 billones de euros en gasto adicional en defensa de aquí a 2031. Estamos desarrollando nuestras capacidades militares. La capacidad anual de Europa para producir munición es seis veces mayor que hace solo dos años. Ahora debemos hacer lo mismo con las principales carencias en materia de capacidades, como la defensa aérea y los misiles de precisión. Y estamos eliminando poco a poco las barreras en el mercado único. Se trata de un trabajo en curso. Lleva tiempo, pero se está llevando a cabo, y eso es un comienzo”, proclamó.
Incluso Kallas, cuya política exterior se limita a la cuestión ucraniana y a la expansión de la UE a otros países como Moldavia, donde lucha contra la “influencia rusa” que supone que existan opciones electorales no proeuropeas y por las que la población puede votar libremente, es consciente de que el discurso de militarización no es suficiente. “Cuando Europa refuerza su poder, nunca lo hace a expensas de otros”, continuó, sin ofrecer ningún ejemplo, para insistir en que “no basta con reforzar nuestro poder geopolítico. Solo se nos toma en serio cuando estamos dispuestos a utilizar ese poder. Y lo que se necesita para ello es nuestra unidad. Hay buenos ejemplos de casos en los que ya lo estamos haciendo, como Ucrania. Sí, cada vez es más difícil mantener una posición unida, incluso ante la flagrante agresión rusa. La financiación del Instrumento Europeo de Paz podría utilizarse también para comprar armas para Ucrania a los Estados Unidos”. Potencia geopolítica es militarización y usar el poder, nunca a expensas de otros, es ser capaz de utilizarlo.
Con el este de Europa como único espacio vital en el que tratar de imponer su supuesta superioridad, un acuerdo definitivo y vinculante según el cual Rusia volviera a ser aceptada como un país más en las relaciones internacionales occidentales supondría una derrota estratégica para la Unión Europea, que perdería definitivamente sus posibilidades de expansión e imposición de sus normas a nivel continental. Por eso, Bruselas se aferra a mantener activa la guerra hasta que Ucrania pueda imponer sus condiciones sobre Rusia, centrándose en cualquier opción que no implique la creación de una arquitectura de seguridad continental con la que garantizar una paz definida, no como ausencia de guerra, sino de conflicto. Fruto del intento de ampliar su zona de influencia, la guerra muestra un conflicto político entre este y oeste del continente que va más allá de Ucrania y que ni las capitales europeas ni la líder de su diplomacia están dispuestas a resolver por la vía del compromiso, que implicaría sacrificar gran parte del proyecto geopolítico al que ha quedado reducida la agenda de Bruselas.
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