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«Por fin de nuestro lado»: las exigencias de Trump a la Unión Europea

“Se suponía que íbamos a recibir sanciones, pero en cambio recibimos a Alaska. Desde entonces, los ataques se han intensificado. Espero que Trump cumpla lo que dijo”, afirmó ayer en una aparición en Fox News, televisión favorita del presidente de Estados Unidos, Radek Sikorski. A raíz de la incursión de 19 drones, gran parte de ellos, si no todos, simples señuelos sin carga explosiva, el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia ha adquirido esta semana el protagonismo del que tanto disfruta y que aprovecha para colocar su beligerante mensaje en los grandes medios. La postura de Sikorski, siempre sonriente al hablar de la guerra, representa a la perfección la del establishment europeo, dispuesto a mantener activo el conflicto ucraniano hasta conseguir una mejor posición negociadora, pero reticente a participar en ella. El radical jefe de la diplomacia polaca, casado con una periodista de opiniones aún más radicales contra Rusia, Anne Applebaum, se destacó en septiembre de 2022 por ser más explícito que el resto -en aquel momento no era cargo público- al celebrar el atentado contra el gasoducto Nord Stream en lugar de denunciar el crimen acusando a Rusia. “Gracias, Estados Unidos”, escribió entonces, mostrando un punto de vista que ahora, cuando ya es evidente que la mano de Moscú no puede encontrarse en el ataque, se ha generalizado: considerar algo bueno lo que habría sido calificado de acto de terrorismo internacional si se hubiera podido probar la culpabilidad rusa.

Actualmente, Sikorski se identifica absolutamente con los sectores que abogan por aumentar el suministro militar a Ucrania, eliminar cualquier restricción al uso de armas e incentivar los ataques en Rusia para llevar la guerra a la puerta de la población rusa, que aparentemente merece ese castigo colectivo. Sin embargo, Sikorski no se ha cansado de desmentir las informaciones que a lo largo de los últimos meses han sugerido que Polonia se uniría a los tres grandes -Alemania, Reino Unido y Francia- en el envío de tropas a Ucrania como parte de la misión de la “Coalición de Voluntarios”. El ministro polaco desmintió incluso al general Kellogg, que dio por hecha la participación de Varsovia en esa misión que sigue siendo hipotética. Polonia argumenta estar demasiado cerca de Rusia como para destinar parte de sus fuerzas a otra misión que no sea defender las fronteras del país -generalmente de los y las migrantes, no de una invasión rusa que es consciente de que no va a llegar-, una actitud que, en términos generales puede definirse como un intento de mantener activa la guerra, pero esperar que sean otros quienes luchen. Lo mismo puede aplicarse al proceso político con el que los países europeos y Ucrania esperan que Estados Unidos les entregue la victoria sobre Rusia en bandeja de plata.

Así pudo observarse el pasado mayo, cuando Alemania, Francia, el Reino Unido y Polonia plantearon el ultimátum de 48 horas que exigía a Rusia iniciar negociaciones de paz. De lo contrario, Moscú sentiría las consecuencias. En realidad, sin ya prácticamente nada que sancionar y sin capacidad militar para suministrar a Ucrania armamento que utilizar en Rusia -incluso los misiles franceses y británicos Scalp y Storm Shadow requieren de aprobación de Washington al contener componentes norteamericanos-, esas consecuencias siempre han dependido de Estados Unidos. Rusia evitó las represalias que los dirigentes europeos habían advertido debido a que, por aquel entonces, Donald Trump mantenía aún el optimismo de ser capaz de lograr un final rápido a la guerra. El episodio puso de manifiesto la inexistencia de autonomía estratégica europea y destacó su debilidad, imagen que se ha repetido a lo largo de las semanas hasta culminar en la fotografía del Despacho Oval, en la que un aburrido Donald Trump aleccionó al puñado de dirigentes continentales dispuestos a soportar cualquier humillación si la contrapartida era lograr una postura más favorable del dirigente estadounidense. En este tiempo, la Unión Europea ha aceptado lo aranceles que Estados Unidos ha impuesto a sus productos, ha abierto su mercado a sectores estadounidenses que no cumplen la legislación del bloque y se ha comprometido algo que Bruselas no puede prometer, como la adquisición de centenares de miles de millones de euros en material militar y energía, algo para lo que no tiene jurisdicción, ya que compete a las empresas y sus países. Todo ello para garantizar la felicidad de Donald Trump y comprar con ello el apoyo que los países europeos necesitan para mantener la guerra de Ucrania hasta que se considere que Kiev ha conseguido la posición de fuerza en la que obligar a Rusia a negociar según las condiciones occidentales.

“Una coalición de líderes europeos ha convencido al presidente estadounidense Donald Trump de que Rusia no está interesada en poner fin a la guerra en Ucrania y debe ser obligada a sentarse a la mesa de negociaciones. Ahora tienen que persuadir a una Casa Blanca impredecible para que acuerde cómo lograrlo”, afirmaba ayer Politico que, con cierto optimismo, da a entender que los países europeos han logrado lo que buscaban desde hace meses. “Trump por fin quiere apretar a Rusia”, titula el medio, que añade, sin embargo, que “ahora llega la parte difícil”. Los términos en los que se está hablando son ya representativos. De forma continua, se insiste en la idea de obligar a Rusia a sentarse en una mesa de negociación, algo que Moscú hizo ya hace meses y que recuerda a las exigencias de Kaja Kallas y otros dirigentes continentales a Irán, cuando Teherán participaba en la diplomacia y creía que su interlocutor, Washington, negociaba de buena fe. Irán no solo estaba en la mesa de negociación realizando propuestas que implicaban importantes concesiones, sino que no dejó de responder a las llamadas europeas incluso tras ser atacado por Estados Unidos e Israel. Su estatus de potencia nuclear protege a Rusia de recibir el tratamiento que sufrió su aliado de Oriente Medio, bombardeado por los B2 enviados por Donald Trump, pero las menciones de obligar al país a negociar tienen el mismo significado: no se trata de negociar, ya que ni siquiera existe un proceso diplomático para tratar las cuestiones políticas y militares de la guerra, sino de que Rusia acate los términos que se le imponen. La decepción de Trump con respecto a Vladimir Putin no se debe a la continuación de los bombardeos, algo inevitable desde el momento en el que no se vislumbra ningún tipo de proceso diplomático y, por el contrario, se observa un mayor apoyo occidental en la producción de armas ucranianas con las que atacar territorio ruso. El enfado de Trump, que va y viene, para disgusto de los y las dirigentes continentales, que siguen sin saber a qué atenerse, se debe a la negativa rusa a aceptar los términos que Estados Unidos creía que harían sencilla la resolución de esta guerra. Sin querer ver que la cuestión prioritaria para Moscú es la de la seguridad, Washington solo ha sido capaz de ofrecer a Rusia un pacto de territorios –de facto, ni siquiera de iure– a cambio de una paz que implicaría presencia de países de la OTAN en Ucrania. La frustración de Trump está causada por su propia incapacidad de resolver un conflicto que no comprende. Sin embargo, el motivo de su enfado no es importante para los países europeos, felices de ver que finalmente consiguen algunos resultados de su aliado norteamericano.

Pese a la decepción que ha supuesto para dirigentes y analistas que el presidente de Estados Unidos haya dado credibilidad a la posibilidad de que la incursión de drones rusos en Polonia fuera un simple error, la postura de Trump vuelve a virar hacia la búsqueda de sanciones contra Rusia. Tras garantizar el aumento del suministro militar a base de pactar con Washington un mecanismo según el cual los países europeos aportan la financiación y Estados Unidos vende las armas llevándose el beneficio, el principal interés de Londres, París, Berlín y Bruselas es el de la guerra económica contra Rusia, en la que el papel de la Casa Blanca es indispensable.

“Una serie de visitas diplomáticas durante la última semana ha reunido a altos funcionarios de ambos lados del Atlántico para hablar sobre nuevas restricciones financieras y planes para cortar el flujo de petróleo y gas rusos. Incluso se envió un equipo técnico de alto nivel de la UE a Washington para trabajar en los detalles de las propuestas, cuyos objetivos principales gozan de acuerdo mutuo, según informaron funcionarios y diplomáticos”, afirma Politico que cita a un oficial europeo explicando que “Trump por fin está de nuestro lado. La pregunta es cómo reconciliar las dos aproximaciones”. Los países europeos, que públicamente se jactan de estar preparando el 19º paquete de sanciones, en privado son conscientes de que solo Estados Unidos puede imponer medidas que dañen seriamente la economía rusa.

“Y aunque existe un amplio consenso sobre la necesidad de presionar a Putin para que se siente a la mesa de negociaciones, la administración Trump prefiere utilizar herramientas comerciales como los aranceles para agotar los fondos destinados a la guerra del Kremlin, mientras que la UE presiona para que se impongan sanciones formales a las empresas y las instituciones financieras que mantienen relaciones comerciales con Moscú”, escribe Politico. “Estamos listos para empezar, listos para empezar ahora mismo, pero solo lo haremos si nuestros socios europeos se unen a nosotros”, escribe Financial Times citando a un oficial estadounidense en referencia al aumento de sanciones contra Rusia. Otro miembro del Gobierno estadounidense que ha realizado declaraciones para el medio añade que Estados Unidos está dispuesto a igualar cualquier arancel que la Unión Europea imponga a India y China. Esta declaración es cuestionable, teniendo en cuenta que Washington sigue negociando con China y no ha osado imponer sanciones a Beijing como represalia a la continuación de las adquisiciones energéticas rusas. Según Financial Times, “Donald Trump ha exigido que la Unión Europea imponga aranceles de hasta el 100%  a India y China como parte del esfuerzo común para aumentar la presión para que Rusia termine su guerra en Ucrania”.

La exigencia de Estados Unidos es un triple golpe a la Unión Europea. Por una parte, Bruselas tendría que renunciar a una de sus señas de identidad, al menos teórica. Pese a evidentes formas de proteccionismo, Úrsula von der Leyen ha argumentado en el pasado que “los aranceles son impuestos” y la UE se ha definido a sí misma como un bloque comercial y exportador contrario a los aranceles. En segundo lugar, sancionar a los dos países más grandes del planeta, uno de ellos segunda potencia mundial y principal socio comercial del bloque, supondría un inmenso gol en propia puerta para Bruselas, que necesita más de Beijing que China de la Unión Europea. Y Ante todo, obligar al bloque a imponer esos aranceles contra los países que siguen adquiriendo crudo ruso -algo que también la UE hace a través de terceros países-, una medida que acarrearía importantes consecuencias económicas, supondría la confirmación de la subordinación absoluta a los intereses de Estados Unidos. Como golpe de gracia, “el secretario de Energía, Chris Wright, aterrizó el jueves en Bruselas para asistir a una serie de reuniones, en las que esperaba concretar los detalles de un acuerdo alcanzado entre Trump y Von der Leyen para que la Unión Europea compre gas, petróleo y combustible nuclear estadounidenses por un valor adicional de 750.000 millones de dólares”. Consciente de que esas promesas no corresponden a la Comisión Europea sino a los países y las empresas, von der Leyen creyó estar firmando un brindis al sol cuyo cumplimiento Estados Unidos se dispone a exigir ahora.

Antes de la invasión rusa, Trump exigía a la UE renunciar al Nord Stream-2, aún en construcción. En septiembre de 2022, Radek Sikorski agradeció a Estados Unidos que alguien hubiera destruido el gasoducto, que nunca entró en funcionamiento. Con ello, la UE renunciaba voluntariamente a una fuente de energía barata que ahora Washington le exige que sustituya con su más caros productos energéticos. Garantizada la subordinación de la UE a los intereses de Estados Unidos, dispuesto a lucrarse mientras observa en la distancia cómo los países europeos se desangran manteniendo activa la guerra de Ucrania, Washington exige también que Bruselas cometa un suicidio económico cerrando su mercado a China e India. Es el precio que quiere hacerle pagar para darle por fin lo que lleva tres años y medio suplicando: el apoyo que necesita para una nueva ofensiva económica contra Rusia. Si es que para entonces queda algo de la economía europea.

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