En el fin de semana más nacionalista del año, el Día de la Independencia siguió al Día de la Bandera, continuando con un mensaje claro: Ucrania es fuerte, está unida y cuenta con el apoyo de sus aliados, que están ahí para asistirle en su lucha, siempre sin tratar de robar el protagonismo ni dar órdenes. “El pueblo ucraniano tiene un espíritu inquebrantable y la valentía de su país inspira a muchos. Al conmemorar este importante día, sepan que Estados Unidos respeta su lucha, honra sus sacrificios y cree en su futuro como nación independiente”, escribía, en un estilo bastante diferente al de los mensajes claramente escritos por el propio presidente, la nota en nombre de Donald Trump para conmemorar la independencia de Ucrania. El mensaje, que concluye con un “Dios bendiga a Ucrania”, es similar al de otras autoridades occidentales, que destacan el valor de la lucha ucraniana y, sobre todo, la unidad de su pueblo. Hace doce años, antes de que estallaran las protestas de Maidan y comenzara un ciclo político de situaciones revolucionarias en Kiev y en Simferópol, el cambio irregular de Gobierno, la respuesta de Donetsk y Lugansk en forma de Repúblicas Populares, la operación antiterrorista ideada para justificar el uso del ejército en territorio nacional, la guerra de Donbass, los siete años de bloqueo en el proceso de Minsk y finalmente la invasión rusa de febrero de 2022, Viktor Yanukovich celebró en 2013 el último Día de la Independencia en el que podía hablarse de unidad, al menos en el aspecto territorial.
Sin embargo, incluso entonces, las fisuras en la sociedad ucraniana eran evidentes. Las evidentes diferencias territoriales, culturales, económicas e incluso de clase que podían observarse entonces hicieron posible, tanto la victoria de Maidan como la respuesta de una parte de la sociedad contra lo que se percibía, no como una revolución, sino como un golpe de estado apoyado desde el exterior. Lo mismo puede decirse de la respuesta de Crimea, donde pese a la narrativa de invasión rusa, incluso las encuestas occidentales han mostrado sistemáticamente y año tras año que la población no se ha arrepentido de la opción de mirar a Moscú en busca de protección contra lo que -correctamente- se percibió desde el primer momento como un Gobierno de tintes nacionalistas que pretendía borrar aspectos sociales, culturales y lingüísticos esenciales de la identidad de diferentes regiones.
Dispuesto a utilizar cualquier argumento presente o pasado como arma política contra sus oponentes, Donald Trump ha insistido repetidamente en que fue Barack Obama quien “entregó” Crimea a Rusia. Como comprendió incluso el beligerante Consejo de Defensa y Seguridad Nacional presidido por un radical, Andriy Parubiy, Ucrania no disponía de argumentos con los que luchar en esa situación. En la distancia, los patrocinadores de la Ucrania independiente, entre ellos Barack Obama, Hillary Clinton o Victoria Nuland, tampoco pudieron más que observar horrorizados cómo su nueva adquisición para la civilización occidental perdía uno de sus territorios más importantes. Su única opción para actuar implicaba ir a la guerra contra Rusia. La aplastante mayoría favorable a la secesión hizo posible una operación rápida, limpia y en la que Ucrania no pudo esperar en la distancia y evacuar a la parte de su ejército que quiso regresar a Ucrania mientras un porcentaje importante se unía al ejército ruso. Nada dice unidad como la secesión de una parte del territorio espoleada por la participación popular en la toma de bases militares y en la adhesión al país vecino sin que las tropas extranjeras presentes en el territorio tengan que disparar un solo tiro.
En Donbass, la reacción de la población fue menos contundente por un cúmulo de circunstancias. Al contrario que en Crimea, el rechazo a Kiev y el deseo de buscar la protección de Moscú no era una opinión tan aplastante. Al fin y al cabo, colectivos como los mineros habían sido uno de los más enaltecidos por su papel en la consecución de la independencia -generalmente exagerando su influencia- y, salvo pequeñas organizaciones rápidamente ilegalizadas como la República de Donetsk, no había habido en Donbass movimientos separatistas. En 2014, la unidad de Ucrania se tradujo en la toma de las armas de una parte de la población de Donetsk y Lugansk contra la operación antiterrorista decretada por el Gobierno de facto de Tuchinov y Yatseniuk, que optaron por enviar fuerzas especiales, batallones como Azov y vehículos blindados equipados con reclutas que rápidamente se entregaron a la ciudadanía organizada de Slavyansk, que detuvo con sus cuerpos a los primeros convoyes con intenciones violentas.
Ese año, y en los once posteriores, la unidad del pueblo ucraniano tantas veces repetida por el discurso oficial ucraniano, sus aliados occidentales y la prensa afín ha podido observarse en la existencia de una línea del frente en la que ciudadanos ucranianos luchaban contra otros ciudadanos ucranianos a los que Kiev trataba de imponer la única visión posible del país y del significado de su ciudadanía. Los tanques enviados por Turchinov y Yatseniuk en la primavera de 2014, sumados a la forma en la que Kiev había reaccionado a la masacre de Odessa y se había mostrado dispuesta a permitir ataques contra la población civil como el que se produjo el 9 de mayo de ese año mientras la población trataba de celebrar el Día de la Victoria, habían hecho imposible compaginar la identidad política ucraniana con la cultural y social rusa. Desaparecía así la única opción de unidad en un país diverso y con sensibilidades ideológicas y nacionales muy diferentes. Frente a esa realidad, palpable en las diferencias de opinión con respecto a la Unión Europea, Rusia o la OTAN y también en la reacción de los diferentes sectores de población a la victoria de Maidan, la secesión de Crimea, la masacre de Odessa, la rebelión de Donbass o la reacción ucraniana causando la guerra, la táctica europea y occidental ha sido simplemente negar que esa otra parte del país exista o haya existido nunca.
De esa forma, culpando a Rusia de la reacción de la población de Crimea, calificando la rebelión de Donbass de invasión y alegando que Minsk era, a la vez, la paz del vencedor con la que Moscú quería someter a Kiev, y un acuerdo que el Kremlin se negaba a cumplir pese a que Ucrania ya había implementado su parte, se ha conseguido presentar una visión simplificada de la guerra en la que el discurso de unidad sigue resultando creíble para una parte de la población occidental. Eso ha permitido también que los países occidentales, especialmente los europeos, luchen por proteger a Ucrania de una paz que no les gusta ahora, pero que tampoco les gustaba cuando Kiev era la parte agresora que se negaba a recuperar Donbass por medio del compromiso de conceder a una parte de Donetsk y Lugansk una autonomía política, cultural, lingüística y económica limitada, inferior a la que disfrutan regiones europeas como el País Vasco o Cataluña o la de una habitual causa política del activismo occidental como el Kurdistán iraquí. En su mensaje de ayer, Volodymyr Zelensky insistió de nuevo en el rechazo a la paz por medio del compromiso con Rusia, algo que no depende de Kiev sino de Washington, que sí apuesta por una resolución por medio de un acuerdo de paz por territorios, pero que cuenta con el apoyo de los países europeos.
“Cada día, el pueblo de Ucrania demuestra coraje y fuerza. Los apoyamos firmemente. Solo Ucrania puede decidir sobre las fronteras y el futuro de Ucrania. Debemos asegurarnos de que esto nunca ocurra bajo presión y seguiremos presionando a Rusia para que ponga fin a la guerra”, escribió en su mensaje de felicitación del Día de la Independencia de Ucrania el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania, uno de los dos países europeos que negociaron para Kiev una hoja de ruta hacia la paz que nunca tuvo intención de cumplir. El pueblo ucraniano, entendido como aquel residente en el territorio bajo control ucraniano y considerado leal, tenía derecho a elegir también qué puntos cumplir del único acuerdo de paz firmado a lo largo de los once largos años de conflicto. El resultado, pactado con los países europeos, que nunca presionaron a Ucrania en busca del cumplimiento de un acuerdo cuyo principal objetivo era ganar tiempo para el rearme, fue el incumplimiento ucraniano de todos y cada uno de los puntos del acuerdo de paz, incluyendo el que obligaba a Ucrania a reanudar las relaciones económicas con Donetsk y Lugansk. En lugar de hacerlo, Kiev optó por implantar un bloqueo económico, bancario y de transporte que abrió aún más la brecha entre Donbass y Ucrania.
“Estados Unidos está comprometido con el futuro de Ucrania como nación independiente. Creemos en una solución negociada que defienda la soberanía ucraniana y garantice su seguridad a largo plazo, conduciendo a una paz duradera”, escribió Marco Rubio, una influencia clave en la persona más importante para saber cuál será el futuro de esa Ucrania que afirma tomar sus propias decisiones. Pese al triunfalismo que acostumbra a mostrar, la dependencia de Kiev de la financiación extranjera para mantener el Estado, pagar los salarios públicos, suministrar al ejército y desarrollar armas propias no desciende sino que aumenta y se mantendrá -ese es, al menos, el objetivo de Kiev- más allá del alto el fuego. “Hoy, tanto Estados Unidos como Europa coinciden: Ucrania aún no ha ganado, pero definitivamente no está perdiendo. Su lugar está en la mesa; no se le dice: «Espérenme afuera». Se le dice: «Vosotros decidís»”, afirmó Zelensky en el vídeo promocional del país en la celebración del 34º Día de la Independencia, conmemorado cuando la soberanía, autonomía y la independencia en la toma decisiones de Ucrania está más limitada que nunca. Hace solo una semana, una cumbre en la que no participaron Ucrania ni los países europeos sentó algunas de las bases del posible proceso de negociación. Tres días después, Zelensky precisó de la presencia de seis dirigentes europeos a modo de escolta para garantizar que Ucrania sea tenida en cuenta por la Casa Blanca.
“Seguimos apoyando a Ucrania. Esto no es sólo un recordatorio del Día de la Independencia de Ucrania: el Parlamento ha apoyado constantemente la independencia, la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”, escribió el Parlamento Europeo. El sábado la Comisión anunció que había coordinado el pago del siguiente tramo de su aportación económica a Ucrania para hacerla coincidir con el Día de la Independencia. A los discursos triunfalistas y al enaltecimiento a la unidad y a la soberanía se sumaba una cifra, 168.000 millones de euros, cantidad entregada hasta ahora por los países miembros de la UE, sin los que la independiente y soberana Ucrania no habría podido seguir luchando, ni tampoco permitirse continuar con sus reformas de liquidación de los escasos remanentes del Estado social que heredó en 1991. Sin ninguna posibilidad de mantenerse a flote sin la financiación continua y masiva de sus aliados y los créditos privilegiados que sabe que no podrá devolver al FMI, Banco Mundial y otras instituciones extranjeras, Ucrania insiste en que es independiente y soberana pese a ser el ejemplo perfecto de la dependencia económica. Y para aligerar el lastre que supone para sus patrocinadores, la única solución que Kiev propone no pasa por buscar la paz y normalizar la situación política y económica, sino dejar en sus manos los fondos públicos y privados rusos retenidos en la UE desde febrero de 2022. Para superar su dependencia de la financiación extranjera, Ucrania espera que los países de la UE se apropien de unos fondos que solo podrían ser legalmente expropiados en caso de ser propiedad de un país al que se ha declarado oficialmente la guerra.
Pese a los millones de personas que han huido, al territorio perdido y como uno de los países más pobres de Europa, completamente dependiente de sus aliados, Kiev se jacta de su posición. “Ucrania no pide, ofrece. Alianza y asociación. El mejor ejército de Europa. Tecnologías de defensa avanzadas. Experiencia en resiliencia. Decimos: «Necesitamos a la UE». Sí. Pero ella no nos necesita menos. Y todos lo reconocen. Y así es como se reconoce a Ucrania. No como un pariente pobre, sino como un aliado fuerte”, afirmó Zelensky en su mensaje del Día de la Independencia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
“¿Qué dicen los amigos y vecinos sobre el Día de la Independencia? Yo: Orgullo, pero también cansancio: 4 años de guerra, bombardeos, pérdidas. Seguiremos siendo independientes. Esperamos que Trump, Zelensky y Europa logren la paz, pero dudamos que suceda pronto”, escribía en las redes sociales describiendo su intervención en la CNN Timofey Mylovanov, primer ministro de Economía de Volodymyr Zelensky y ahora propagandista a tiempo completo de la causa ucraniana. Nada dice soberanía como desear que sean los aliados extranjeros los que entreguen al país el resultado que espera de la guerra.
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