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La importancia de Donbass

Budapest o Ginebra son las dos primeras ubicaciones que se han manejado para una cumbre, la primera reunión cara a cara de Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky desde el encuentro del Formato Normandía de diciembre de 2019, que ni siquiera se ha confirmado aún. “Putin ni siquiera menciona el nombre de Zelensky. ¿Se sentará a negociar con él?”, se preguntaba ayer The New York Times, que añadía que “el Kremlin mantiene abiertas sus opciones, pero los analistas afirman que el líder ruso probablemente solo se reuniría con su homólogo ucraniano para aceptar una capitulación”. Los analistas, es decir, aquellos cuya postura hace que sean citables por la prensa occidental, se mueven entre la exigencia de la capitulación -pese a que ni los términos que ofrece Rusia actualmente ni los de Estambul en 2022 o Minsk en 2014-2015 sean una exigencia de rendición- y el miedo a Zelensky. De forma más pragmática, el Kremlin parece estar valorando la forma en la que mostrar disposición a realizar gestos exigidos por Donald Trump, entre los que destaca claramente un encuentro de presidentes, cediendo el menor terreno posible en el plano diplomático, en el que Ucrania, siempre acompañada de sus aliados, cuenta con una fuerza superior a la que muestra su relativa debilidad en el frente y su completa dependencia económica.

Sin molestarse en recordar lo sucedido entre la firma de los acuerdos de Minsk, que concluyeron la fase caliente de la guerra de Donbass,y la invasión rusa, los medios han trazado una línea directa entre “la primera invasión de Ucrania” y el 24 de febrero de 2022. De esa forma, se ha eliminado de la memoria colectiva el flagrante incumplimiento ucraniano de los compromisos adquiridos con su firma, el bloqueo económico, bancario y de transporte y los años de insultos a la población de la región, esa de la que Petro Poroshenko afirmó que “nuestros niños irán a la escuela; los suyos se sentarán en sótanos”, una frase que sentenció añadiendo la causa, “porque no saben hacer nada”. El desprecio por la población de la región industrial aumentó con la oleada nacionalista ucraniana de 2014 y alcanzó su máxima expresión en el momento en el que una parte de la población tomó las armas para defenderse de la agresión ucraniana, pero no nació tras la victoria de Maidan, sino que simplemente reprodujo unas actitudes que ya habían aparecido en Ucrania occidental en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. El discurso de unidad de Ucrania siempre ha ignorado las diferencias culturales y económicas de las regiones y las particularidades de Donbass, más dependiente del mercado ruso que otras áreas rusófonas como Járkov. Ignorado durante años ante el desinterés de los medios occidentales, el desprecio de la clase política y de sus influencers perdura incluso ahora, cuando la región vuelve a ser el centro del debate político.

“Donetsk, Luhansk y Crimea son las regiones más problemáticas de Ucrania. La concentración de vatniks por kilómetro cuadrado antes de 2014 era absolutamente devastadora. Lo único que recuerdo de aquellos días es que se sentían constantemente ofendidos sin motivo alguno y que, francamente, nadie los apreciaba. Solo hablaban de lo grandiosa que es Rusia comparada con Ucrania y de lo duro que es Putin”, escribió la semana pasada Lesia Dubenko, habitual publicista de esta guerra que ha llegado a escribir para el Atlantic Council. Comparando Donbass con otras regiones de habla rusa como Járkov, Dubenko añadía que “Una de las razones por las que los rusos no tuvieron tanto éxito allí es porque no son bien vistos. La población local no los ayuda, a diferencia de Donetsk, donde, según admiten muchos, los lugareños a menudo ayudan al enemigo. Es una mierda, e incluso la mera perspectiva de tener que volver a vivir con un grupo de zombis vatnik que arrastrarán a Ucrania a una oscura situación geopolítica me da dolor de cabeza, la verdad. Quiero que Ucrania se una a la UE y sea un país socialmente homogéneo sin todos estos cabrones amantes de Rusia, muy responsables de sus propias decisiones y sueños”. El país socialmente homogéneo y en el que solo sea aceptable el discurso nacionalista, impuesto como narrativa nacional oficial, ha sido desde hace once años el principal objetivo de Ucrania, que siempre ha insistido en la necesidad de recuperar Crimea y Donbass, pero nunca ha dejado de odiar a la población que allí reside.

Tras años de ignorar su existencia, imponer un bloqueo económico con el que tratar de hundir su economía y sugerir a quienes se sintieran rusos que abandonaran sus vidas y se mudaran a Rusia, Ucrania ha recordado la importancia de Donbass. De repente, el explícito anuncio de Donald Trump ordenando a Ucrania aceptar concesiones territoriales y la apariencia de posibilidad de que Estados Unidos pueda no ser absolutamente contrario a que todo Donbass quede en manos rusas, ha vuelto a hacer de Donetsk y Lugansk eje del debate político. Generalmente sin especificar si se está hablando de las partes aún bajo control ucraniano (el 1% de Lugansk y el 24% de Donetsk, solo en este último caso con ciudades importantes en el lado de Kiev) o de todo el territorio, es decir, de la RPD y la RPL, el discurso occidental, empezando por el del canciller Merz y continuando, por supuesto, por Volodymyr Zelensky es destacar lo inaceptable de ceder territorio a Rusia. No se puede, por ejemplo, dejar en manos rusas aquello por lo que ni siquiera se ha luchado y que Moscú no ha capturado militarmente, un argumento curioso teniendo en cuenta que Ucrania aspiró a recuperar los territorios perdidos tras no haber ganado la guerra y admitiendo de forma explícita que no tenía intención siquiera de realizar las concesiones políticas, culturales y económicas mínimas que planteaban los acuerdos de Minsk.

“Rusia intenta convencer al mundo de que la ocupación de una parte de Ucrania es un camino hacia la paz. Pero este chantaje violento puede volverse interminable. Hoy es «renuncien a esto», mañana será «renuncien a aquello», o habrá guerra. Ucrania, en cambio, quiere hablar con legalidad. Tomemos como ejemplo los acuerdos bilaterales, los mapas de delimitación de fronteras y las obligaciones internacionales. Muéstrennos dónde justifican la confiscación de territorio como resultado de una guerra de agresión”, escribió ayer Mijailo Podolyak ignorando que él mismo negociaba en 2022 un acuerdo según el cual las pérdidas territoriales ucranianas se habrían limitado a Crimea, entregada a Rusia por su propia ciudadanía organizada -con una participación militar rusa que se limitó a la disuasión- mientras Ucrania reaccionaba a las protestas retirando la autonomía de la región, y a Donbass, cuya recuperación exigía el cumplimiento de unos términos que, pese a haber firmado, Kiev siempre consideró una capitulación inaceptable. Bankova prefiere olvidar también que “ATO”, la operación antiterrorista que inventó para justificar el uso de las fuerzas armadas en territorio nacional, fue también una guerra de agresión en la que Ucrania intentó resolver por la vía militar un problema político. Antes de la cumbre de Alaska, Podolyak escribió que Kiev valoraría sus resultados en base a tres criterios: “Alto el fuego inmediato, incondicional y completo”, “principios del futuro proceso de paz acordados con Ucrania y Europa, sin que Moscú tenga poder de veto” y “una señal clara a todos los demás países que reciben recursos rusos: apoyar la guerra implica aislamiento y pérdida de acceso al mercado”.

Aunque el encuentro entre Putin y Trump dejó reveses para Ucrania en los tres aspectos, Podolyak no ha perdido su arrogancia y desea una cumbre entre presidentes por motivos de imagen ante el Sur Global. El asesor de Andriy Ermak, que cuando la contraofensiva de 2023 había fracasado ya alegaba que los planes de Kiev no pasaban por luchar por la integridad territorial pueblo a pueblo hasta Crimea, dando por hecho que la fortaleza diplomática de Ucrania conseguiría el objetivo, aún sueña con el aislamiento internacional de Rusia que la UE prometió en febrero de 2022 y que sigue siendo una quimera 18 paquetes de sanciones y tres años y medio después.

Podolyak, que en 2023 soñaba con el tipo de castigo colectivo que Ucrania iba a infligir contra la desleal población de Crimea parece sufrir de flashbacks a los tiempos de Minsk. “No habrá comercio de territorios ni estatus especial para las regiones ocupadas”, escribió en aparente mención al estatus especial para Donbass que Kiev se comprometió a conceder a las partes de Donbass bajo control de la RPD y la RPL como condición para recuperar los territorios. “Primero, la gente debe dejar de morir. Solo entonces podrá empezar la política”, escribía cuando su principal patrón, Donald Trump, había renunciado ya a la exigencia de alto el fuego como prerrequisito para un proceso político y abiertamente se decantaba por una resolución bajo la premisa de “paz por territorios” que ahora Podolyak adjudica a Vladimir Putin y presenta como un signo de debilidad ruso.

“Cualquier proceso que comience con una invasión debe culminar con la rendición de cuentas del agresor. El apaciguamiento solo allanará el camino a nuevos ultimátums”, insistía ayer, cuando incluso los países europeos se limitan ya a luchar por evitar que Rusia adquiera más territorio del que actualmente controla y han renunciado de momento a reclamar Crimea y las partes rusas de Lugansk, Donetsk, Jersón y Zaporozhie. Y como una broma macabra después de 11 años de ataques, 8 años de bloqueo e impago de pensiones y prestaciones sociales para hacer el mayor daño posible a la población más vulnerable y dos años de ataques indiscriminados contra la ciudad de Donetsk con el único objetivo de aterrorizar a quienes aún residen en la ciudad del millón de rosas de la que ahora intentan hablar con nostalgia, el asesor de la Oficina del Presidente se permite sugerir incluso que, en esa reunión entre Putin y Zelensky que es necesaria para que el Sur Global comprenda cuáles son las malvadas intenciones de Rusia “la parte ucraniana describa claramente los mecanismos legales para la reintegración de los territorios temporalmente ocupados, la representación ciudadana y las garantías de seguridad”. Mientras Donald Trump da por hecho que, a cambio de la paz y de garantías de seguridad en la que participará Estados Unidos, Ucrania cederá una parte del Donbass aún bajo su control y los países europeos se aferran a Slavyansk y Kramatorsk, en algunos casos utilizando símiles abiertamente racistas y deshumanizadores, miembros del Gobierno ucraniano, desde su realidad paralela, siguen soñando despiertos con una quimera que siempre fue imposible. Porque no es Moscú quien arrebata Donbass a Kiev, ni será Ucrania quien renuncie a gran parte de Donbass, sino que fue un porcentaje importante de la población de Donetsk y Lugansk el que, hace más de una década, renunció a Ucrania.

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