“Necesitamos algo más que un pedazo de papel”, afirmaba ayer, evidentemente en referencia al Memorando de Budapest, tan manipulado como utilizado como argumento para continuar la guerra, una diputada del partido de Zelensky citada por la BBC. La reunión en la que pudo verse el papel de las potencias europeas, escoltar a su proxy para alabar al patrón común y conseguir, a base de halagos, no dio grandes resultados, pero sí ha dejado claro cuál va a ser el tema en el que van a centrarse las discusiones. Ucrania, que trató los acuerdos de Minsk como un trozo de papel que nunca tuvo intención de cumplir, no busca un tratado, como tampoco lo hacen sus aliados europeos, precisamente por su carácter vinculante. Ser capaces de manipular los términos para lograr un proceso de negociación prolongado y en el que nunca llegue a realizar las concesiones propias mientras tratan de aumentar las ajenas ha sido siempre la estrategia clara de los países europeos y Ucrania, con una experiencia de siete años en ese arte de compaginar esquivar sus compromisos y alegar que ya los ha cumplido.
En esta guerra que al contrario de lo que alega Donald Trump no ocurrió por su derrota electoral, pero que pudo evitarse si, en 2021, Estados Unidos hubiera negociado con Rusia la cuestión de la expansión de la OTAN y los países europeos que negociaron los acuerdos relativos al conflicto de Donbass hubieran presionado a Kiev para que cumpliera lo firmado, las cuestiones fundamentales siguen siendo las mismas: seguridad y territorios. El desarrollo de las cumbres de Alaska y Washington, las declaraciones de Donald Trump -árbitro, juez y parte de esta guerra y de su diplomacia- muestran los límites de lo que Kiev y Moscú pueden llegar a conseguir en las circunstancias actuales. Aunque domina claramente en el frente, Rusia es consciente de que no puede infligir una derrota severa sobre Ucrania con la que imponer sus términos. Zelensky, por su parte, ha de ser consciente de la debilidad que implica su completa dependencia de sus socios, pero sabe que seguirá teniendo el apoyo incondicional de los países europeos y, aunque con alguna limitación, también de Estados Unidos, lo que supone su principal activo.
A juzgar por las palabras de Donald Trump en los últimos días -siempre con la cautela de saber que sus opiniones pueden cambiar rápidamente y contradecirse en cualquier momento-, los aspectos en los que las partes deberán ceder en busca de un acuerdo están claros. Tras la cumbre de Washington, cuando tanto los medios como el presidente de Estados Unidos anunciaron que Vladimir Putin había aceptado celebrar una reunión bilateral y otra trilateral con Volodymyr Zelensky, para la que los países europeos -desesperados por garantizar que no puedan quedar excluidos- ya han propuesto Ginebra, Yuri Ushakov, portavoz extraoficial del presidente ruso en la cuestión ucraniana, precisó que Moscú apoyaba continuar las conversaciones entre las delegaciones de los dos países. Según esta versión, Rusia ha aceptado aumentar el perfil de representantes de ambos países, aunque no se ha confirmado una reunión entre los dos dirigentes. Aun así, parece evidente que, poco a poco, Rusia modera su postura de evitar una imagen junto a Volodymyr Zelensky hasta que hubiera un documento que firmar, evitando así la posibilidad de que el encuentro se convierta en un espectáculo propagandístico. No molestar a Donald Trump es demasiado importante como para contrariarle en aspectos que pueden ser considerados menores, por lo que, antes o después, Rusia tendrá que ceder en este aspecto, que no será el único. También Zelensky ha recibido explícitamente y de manos de Donald Trump la orden de “hacer lo que tiene que hacer. Tiene que mostrar cierta flexibilidad”. En la misma intervención telefónica en su programa favorito, Fox & Friends in the Morning, añadió que espera que “Putin sea bueno. Y si no lo es, va a ser una situación dura”.
La actitud de Estados Unidos, único árbitro real en la situación actual, indica que Rusia tendrá que ceder en la cuestión de la seguridad, mientras que Ucrania habrá de hacerlo en lo que respecta al territorio. Pese a la imagen dada en la Casa Blanca, sentados en fila frente al escritorio de Donald Trump a modo de quien recibe órdenes de un superior, los países europeos quisieron sacar pecho a base de halagar al presidente de Estados Unidos y colocar tan solo unas pinceladas de sus intenciones para impresionar a su interlocutor y garantizar su atención. Las once ocasiones en las que, como escribía ayer The Washington Post Zelensky agradeció su papel a Donald Trump en menos de cinco minutos es un buen resumen de la cumbre de la Casa Blanca. Lo es también la delegación que eligieron los países europeos para representar al continente en Washington: Úrsula von der Leyen, que se ganó a Trump cediendo en todas y cada una de las exigencias estadounidenses; Mark Rutte, que llamó papi a Trump y le agradeció su papel histórico en la OTAN; Emmanuel Macron y Keir Starmer que alimentaron el ego del presidente invitándole a ser protagonista en un desfile militar en los Campos Elíseos y entregándole una carta manuscrita del rey respectivamente; Giorgia Meloni, con su política antiinmigración; Friedrich Merz, que ha aceptado sin reproches un modelo económico de renuncia a la energía rusa, una de las bases de la competitividad de la industria de su país y Alexander Stubb, que se ganó la amistad del líder estadounidense poniéndose unos pantalones de cuadros e invitándole a jugar a su deporte favorito, el golf.
En una semana en la que se había repetido insistentemente la cuestión territorial, más concretamente las concesiones que exige Rusia para llegar a un acuerdo, los países europeos quisieron vincular territorios y seguridad para defender un modelo en el que Kiev saliera relativamente bien parada en ambos. “La unidad entre los líderes de la UE en la Cumbre virtual de hoy fue palpable. Todos estamos comprometidos con una paz duradera que proteja los intereses de seguridad vitales de Ucrania y de Europa”, escribió ayer Kaja Kallas, que anunciaba que los países europeos participarán en las garantías de seguridad a Ucrania, propuesta que, según se afirmó en Washington, estará lista en dos semanas, y que la UE continuará imponiendo sanciones contra Rusia. Bruselas ha adoptado como propia la exigencia de alto el fuego -que la Casa Blanca ha dado orden que no vuelva a repetirse en público pese a que el canciller alemán y el presidente francés insisten en esa propuesta inviable-, pero espera sustituir la guerra sin fin por el conflicto (político y económico) eterno. Para ello es preciso continuar con un incesante y multimillonario suministro de armas procedentes, por supuesto, de Estados Unidos. En Washington, Zelensky se comprometió a adquirir armas estadounidenses por valor de 100.000 millones de dólares, una gran inversión para un país completamente dependiente, que solo es posible porque la financiación procederá de la Unión Europea.
La paz armada que preparan Londres, París, Berlín, Bruselas y Kiev precisa también de garantías de seguridad en forma de botas sobre el terreno, una misión armada de los países europeos a la que Rusia se ha resistido estos años al entender que se trataba de una presencia de la OTAN camuflada por las banderas nacionales. Tras el pesimismo que reinaba la semana pasada en la Coalición de Voluntarios, que habían filtrado que la misión armada no sería de disuasión sino de “tranquilidad”, las palabras de Donald Trump sobre las garantías de seguridad han vuelto a poner sobre la mesa la presencia militar de los países europeos sobre el terreno como parte de las garantías de seguridad que Occidente pretende obligar a Rusia a aceptar y que Estados Unidos entiende como una forma de compensar a Ucrania por las pérdidas territoriales que exige que acepte (de facto, ya que hace tiempo que se ha dejado de hablar incluso del reconocimiento parcial, solo de Estados Unidos, de la soberanía rusa de Crimea).
El plan de Estados Unidos parece reducirse a ofrecer a Rusia mantener los territorios actualmente bajo su control, con la probable devolución de las áreas de Járkov, Sumi y Nikolaev actualmente en manos rusas, y participar en las garantías de seguridad similares a las del Artículo V de la OTAN a Ucrania. Ese “paso histórico” resaltado por Zelensky y sus aliados europeos contrasta con la postura que los países occidentales mostraron en 2022, cuando Rusia y Ucrania negociaban una resolución diplomática al conflicto. “Estados Unidos y sus aliados han estado sopesando cómo Occidente podría proporcionar a Ucrania garantías de seguridad alternativas en caso de que renunciara a su solicitud de adhesión a la OTAN como concesión a Rusia para poner fin a la guerra, según informan a CNN múltiples fuentes familiarizadas con el asunto. Las conversaciones, en las que han participado directamente los ucranianos, se encuentran en una fase muy temprana, ya que los funcionarios estadounidenses, occidentales y ucranianos no tienen claro que las negociaciones rusas sean algo más que una cortina de humo. Sin embargo, señalaron que es poco probable que Estados Unidos y sus aliados ofrezcan finalmente a Ucrania el tipo de protecciones legalmente vinculantes que solicita”, escribió el 1 de abril de 2022 Natasha Bertrand en CNN. Los países occidentales no estaban dispuestos a ofrecer a Ucrania las garantías de seguridad que Moscú sí le ofrecía. Por lo tanto, pese a que ya está siendo presentado como una concesión que se exige a Rusia, una forma de utilizarlo en el futuro como una debilidad de Moscú, la aceptación del Kremlin de ese tipo de escenario, que tendrá, además, letra pequeña, no debe considerarse una novedad. Solo resignarse a ver al otro lado del frente un contingente de países de la OTAN sería una muestra de debilidad rusa en el proceso de negociación.
Confiada otra vez en su capacidad de ganar presencia sobre el terreno con una misión armada que, según Donald Trump, estaría coordinada por Estados Unidos, que ofrecería la cobertura aérea, vigilancia e inteligencia que Biden era reticente a ofrecer, la UE busca ahora proteger a Ucrania contra las pérdidas territoriales. Negándose rotundamente a concesiones territoriales más allá de lo actualmente bajo control ruso, los países europeos muestran también su debilidad, ya que legitiman lo que era inaceptable hace unos meses, admitir que Ucrania no recuperará la integridad territorial, ni siquiera los territorios perdidos desde la invasión rusa. En 2022, cuando Occidente rechazó ofrecer garantías de seguridad y optó por la guerra para recuperar territorio, Moscú, que controlaba una parte de Donbass mucho más limitada, se comprometió en Estambul a devolver a Ucrania los territorios de Zaporozhie y Jersón, renunciando incluso al corredor terrestre a Crimea.
Tras conseguir para Kiev lo que Rusia ofrecía en 2022 en el aspecto de las garantías de seguridad y menos territorio del que el enemigo estaba dispuesta a devolver, los países europeos buscan ahora que Donald Trump no fuerce a Ucrania a renunciar a más territorios en Donbass. “Supongo que todos habéis visto el mapa. Ya sabéis, se ha tomado una gran parte del territorio y ese territorio ha sido tomado. Ahora están hablando de Donbass, pero Donbass, como sabéis, está en este momento en un 79% en manos y bajo control de Rusia”, afirmó ayer Donald Trump. Los socios de Ucrania, que durante siete años jamás presionaron a Kiev para que implementara los acuerdos de Minsk, con los que habría recuperado el 100% de Donetsk y Lugansk, buscan evitar la pérdida del 24% de Donetsk aún bajo control ucraniano. Conscientes de que la idea de que el control de Donbass daría a Rusia una mejor posición para volver a invadir Ucrania, algo que es improbable que sea creíble para Trump, el finlandés Stubb utilizó un argumento que los países europeos han utilizado históricamente para mostrar el supremacismo de su civilización contra la barbarie ajena. “Slavyansk y Kramatorsk son un fortín contra los hunos”, afirmó Stubb según cita The Wall Street Journal¸ que afirma que el argumento impresionó a Donald Trump.
El comentario, que implícitamente califica de bárbara a Rusia, recuerda a otros realizados a lo largo de la historia, que no se repite, pero rima. “Los hunos, esas tribus bárbaras del norte, se unieron a otros pueblos salvajes para acelerar la ruina del Imperio Romano, con costumbres desprovistas de la civilidad que se encontraba en las naciones sedentarias”, escribió Montesquieu. “Los feroces y turbulentos hunos, junto con otras naciones bárbaras, arrasaron las provincias romanas, con sus costumbres salvajes totalmente incompatibles con el orden de la sociedad civilizada”, añadió Hume. La jungla había invadido el jardín.
Sin embargo, procedente de un país que colaboró con el nazismo en, por ejemplo, el sitio de Leningrado, uno de los grandes crímenes de la historia, que mató de hambre a centenares de miles de ciudadanos soviéticos hasta que el Ejército Rojo logró romper el cerco, es inevitable que el comentario de Stubb recuerde a otro algo más reciente. “Conocéis a nuestros aliados, empezando por el norte: el valiente y heroico pueblo finlandés, que una vez más ha demostrado su valía más allá de toda medida. Pero a ellos se suman: eslovacos, húngaros, rumanos y, por último, aliados de toda Europa: italianos, españoles, croatas, holandeses, voluntarios daneses, incluso voluntarios franceses y belgas. Puedo decir con toda sinceridad que, en el Este, quizá por primera vez, toda Europa está luchando con un objetivo común: al igual que en su día contra los hunos, esta vez contra este estado mongol de un segundo Gengis Kan”, afirmó el 8 de noviembre de 1941 Adolf Hitler, que cinco meses antes había invadido la Unión Soviética. Con ayuda finlandesa, la Alemania nazi ya cercaba Leningrado.
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