Escudándose en la mención del vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitry Medvedev -al que hace presidente de la institución-, en los zombis de The Walking Dead, Donald Trump, que aún se considera presidente de paz, ha cruzado este fin de semana una línea que fue roja incluso para el mucho más beligerante Joe Biden: la movilización de submarinos nucleares como un elemento más de la escalada de tensión en la que actualmente se encuentra el conflicto. Este aumento de la presión militar, política y económica que se ha producido a lo largo de los últimos siete días, en los que Donald Trump ha puesto fecha al momento en el que su estrategia de incentivos y amenazas se aplicará contra Moscú y algunos de sus aliados de los BRICS y clientes del sector energético. Ucrania, que ha celebrado la pronta imposición de sanciones del más alto nivel contra Moscú y Beijing como cuando recibió la noticia de la entrega de las anteriores armas milagrosas -los Bayraktar, la desconexión de Rusia del sistema SWIFT, los Javelin, los HIMARS, los Patriot, los misiles de largo alcance-, intenta equilibrar su posición entre la euforia de creer que, por fin, la intervención de Estados Unidos conseguirá para Kiev lo que sus fuerzas armadas no han conseguido, y la necesidad de mantener el discurso de la posibilidad de derrota en caso de que Occidente no entregue a Ucrania la cantidad y la calidad de armas que exige.
Este momento de máxima incertidumbre, en el que aún no hay suficientes indicios para saber cuáles serán los pasos que darán los diferentes actores una vez venza el plazo que Donald Trump ha dado a Vladimir Putin para aceptar un alto el fuego y dar paso a un proceso de negociación en el que Rusia es consciente de que los países europeos y Ucrania no buscarán una resolución, está marcado por una retórica exaltada, la ausencia prácticamente total de análisis y, sobre todo, tanto falsas esperanzas como falsos peligros.
A la cabeza de las falsas esperanzas están quienes ven en las nuevas sanciones el arma definitiva para derrotar a Rusia, con Andriy Ermak, que ya ha proclamado que “las sanciones funcionan”, como punta de lanza. Sin embargo, el aura de victoria que ilumina Ucrania de forma prematura cada vez que está a punto de recibir un arma milagrosa contrasta con la necesidad de mantener el discurso de peligro para garantizar que el suministro militar continúe. Buen ejemplo de esa contradicción es Kirilo Budanov, que en 2023 afirmaba que Rusia se quedaba sin misiles y que sus tropas estarían en Crimea antes de ese verano, pero que ahora advierte que existe la posibilidad de que se produzca un colapso de la UE y de la OTAN, que Rusia estaría preparándose para invadir antes de 2030. De las falsas esperanzas a los falsos peligros solo hay un paso.
El subtexto de ese comentario, evidentemente exagerado y aprovechándose de que no se exige que el discurso de esta guerra tenga especial coherencia, es el de destacar la importancia del aumento del suministro militar. “Un nuevo suministro de armas de defensa antiaérea, incluidos Patriots de fabricación estadounidense, interceptores de drones y aviación ligera para derribar drones, podría ayudar a frustrar los ataques rusos, destacó Syrsky. Un mayor número de misiles de medio y largo alcance, incluidos los sistemas ATACMS y Taurus alemanes de fabricación estadounidense, permitirían a Kiev -si se distribuyen sin restricciones en su uso- frenar la producción de armas rusas apuntando a la infraestructura que fabrica sus misiles y aviones no tripulados”, escribía la semana pasada The Washington Post en un reportaje sobre el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania, cuya estrategia es la misma que hace un año: utilizar misiles occidentales para bombardear objetivos en la Federación Rusa, algo que confía en que pueda hacer en breve con el apoyo de Donald Trump. Esa ha sido siempre la forma en la que Zelensky ha deseado la paz por medio de la fuerza, bombardeos masivos de la industria militar, puestos de mando y logística a lo largo y ancho de la Federación Rusa para obligar al Kremlin a un cese de la guerra según los términos de Ucrania.
“Hay buenas posibilidades, hay muchos signos que indican que la guerra rusoucraniana puede al menos suspenderse en un futuro cercano”, afirmó la semana pasada, siguiendo esa misma línea, Donald Tusk, cuyas palabras han pasado relativamente desapercibidas, quizá por su falta de concreción y contradicción con la apariencia de escalada a la que se dirige la guerra. El periodista opositor ruso Leonid Ragozin ofrecía tres posibilidades para explicar ese posible alto el fuego: un colapso del frente de Pokovsk y posterior efecto dominó; la posible salida de Zelensky, ya fuera por iniciativa propia o por la de sus aliados extranjeros; la posibilidad de que existan conversaciones secretas lejos de las cámaras. Ninguno de esos tres escenarios y tampoco el de la aceptación rusa del alto el fuego impuesto, ya sea para evitar las sanciones masivas, bombardeos ucranianos o temor a acercarse a un enfrentamiento directo con Estados Unidos, son imposibles, aunque sí improbables.
Los avances rusos en Donbass se aceleran, como admitía abiertamente el sábado The Daily Telegraph y confirman, aunque con más sutileza y sin grandes titulares, también otros medios. Las tropas rusas han izado su bandera en la parte central de Chasov Yar e incluso según los medios ucranianos la lucha- se limita ya a parte de uno de los barrios de la periferia. La situación es similar en Toretsk, donde la batalla se ha trasladado más al norte. El cúmulo de esos dos avances complica la situación en Konstantinovka, siguiente punto fuerte que Ucrania tiene que defender para evitar que la situación se complique alrededor de la principal aglomeración urbana de la parte de Donetsk bajo su control, Slavyansk-Kramatorsk. A ello hay que sumar los avances rusos, relevantes en las últimas horas, hacia la ciudad de Kupyansk y también Pokrovsk-Mirnograd, por lo que el riesgo para Ucrania se extiende por todo el frente del este. Sin embargo, el riesgo de colapso es limitado y Ucrania cuenta aún con reservas que movilizar para impedir que Rusia, cuyos recursos no son ilimitados y no dispone de las enormes cantidades de tropas que varios medios presagiaban que utilizaría en una ofensiva, avance peligrosamente hacia finalizar con éxito la captura de todo Donbass.
La posición de Zelensky ha quedado dañada después del grave error cometido con el intento de poner bajo su control unas instituciones que Occidente exige que sean independientes, es decir, que estén al servicio de una sociedad civil que financia y controla. Sin embargo, también en este sentido, las decisiones dependen de Donald Trump, cuya administración mostró en el pasado interés en que Ucrania celebrara elecciones, pero que ha variado notablemente su postura desde que el Gobierno de Zelensky firmara el acuerdo de minerales.
La posibilidad de que estén produciéndose negociaciones más allá de los breves encuentros de Estambul tampoco es imposible, como no lo fue la continuación de los contactos ente Kiev y Moscú mucho más allá de la ruptura de abril de 2022. Lejos de las cámaras y sin que se filtrara ningún dato sobre las conversaciones, Rusia y Ucrania estuvieron, según los académicos que han examinado los documentos, más cerca de lograr una resolución del conflicto de lo que se pudo imaginar. El viernes, en una comparecencia junto a Alexander Lukashenko, Vladimir Putin mencionó la necesidad de unas negociaciones lejos de los espectáculos y con silencio. Ayer, Volodymyr Zelensky se reunió con Andriy Ermak y Rustem Umerov para preparar las siguientes sesiones de las negociaciones de Estambul. Sin embargo, pese a la aparente voluntad de diálogo, las posturas de Rusia y Ucrania siguen siendo opuestas en el aspecto más importante de esta guerra, la seguridad, por lo que también es improbable esperar avances diplomáticos en las actuales circunstancias. Rusia avanza en el frente, por lo que, pese a la presión a la que está siendo sometida, no cuenta actualmente con incentivos para negociar en la posición de debilidad que esperan Kiev y Washington, que exigen la aceptación completa de los términos propuestos por la hoja de ruta de Kellogg. A punto de entrar en vigor sanciones aún mas fuertes contra Rusia y los países que no han renegado de sus relaciones económicas con Moscú y con la esperanza de que lo que fracasó hace un año -el uso de misiles de largo alcance para someter a Moscú- pueda funcionar ahora, Kiev tiene aún menos incentivos para iniciar un diálogo político en el que tenga que realizar las concesiones a las que se negó hace tres años.
Pese a los innumerables anuncios de ofensiva rusa, la dinámica no ha cambiado y no se esperan grandes avances en un frente muy fortificado y poblado de drones, sino la continuidad de la guerra de desgaste con la que Rusia espera minar las capacidades del ejército ucraniano causando más bajas entre muertos, heridos y desertores de la capacidad ucraniana de reclutamiento. Los datos dados la pasada semana por la conocida activista militar Maria Berlinska cifraba las pérdidas netas de Ucrania en 26.500 efectivos disponibles al mes. Según su información, se produce una media de 300 muertos, 750 heridos y 500 desertores al día, un total de 46.500 en un periodo de 30 días, mientras que estima el reclutamiento en 20.000 personas al mes. El desgaste es evidente incluso según las fuentes ucranianas. Pero aun así, Ucrania se mantiene firme en su exigencia de la paz justa, el eufemismo utilizado en 2024 para definir una resolución en la que, al margen de los resultados de la guerra, Ucrania consiga política y diplomáticamente lo que exige: la recuperación de sus territorios, el avance hacia la adhesión a la OTAN y la perpetuación del estatus de paria internacional para la Federación Rusa, en la que ahora Zelensky exige abiertamente un cambio de régimen.
Los últimos tres años y medio han demostrado que Ucrania es capaz de infligir daños a Rusia, pero que no es capaz de expulsar a las tropas rusas de sus territorios del sur y menos aún de Donbass y Crimea. Para no renunciar a sus objetivos, Ucrania apela a sus aliados y a que su presión sea tan elevada que Rusia no tenga más remedio que ceder. Para ello se escuda en falsos peligros como la futura invasión rusa de países de la OTAN, un argumento falaz, pero útil en el continente. Otro de esos argumentos es la elevación de un tuit al nivel de amenaza nuclear, una salida de tono fuera de lugar teniendo en cuenta que uno de los pocos acuerdos entre Rusia y Estados Unidos ha sido desde 2022 precisamente evitar un enfrentamiento directo entre ambos países. Trump, que ha criticado a Joe Biden por arriesgarse a una confrontación con una potencia nuclear, eleva la retórica no solo con sanciones que pretende que sean definitivas ni con la posibilidad de enviar misiles de largo alcance sin limitaciones a su uso en territorio ruso, sino con el elemento que más nerviosismo puede causar en el Kremlin, la cuestión nuclear. Es probable que Moscú no haya olvidado que no hubo condena ni lamento estadounidense tras el ataque ucraniano a los bombarderos nucleares rusos, un signo de confrontación que la prensa, aún dispuesta a creer que Trump favorece a Rusia, prefirió no ver.
Aunque no es la primera vez, la guerra se encamina esta semana a un momento incierto. La retórica de Estados Unidos y de Ucrania apunta de forma clara a la escalada. En un contexto diferente, la visita de Keith Kellogg a Kiev y Steve Witkoff a Moscú podría apuntar a un nuevo intento de lograr una negociación entre las partes. Sin embargo, al menos a juzgar por sus palabras, Trump ha renunciado a esa posibilidad en favor de un escenario de aplicación del ultimátum europeo de alto el fuego. Más fuerte en el frente y firme en la diplomacia de lo que Estados Unidos desearía, Rusia se mantiene impasible en su determinación de no ceder a lo que percibe como un chantaje externo para obligar a una resolución inaceptable y que no se corresponde con el equilibro de fuerzas en la guerra. La táctica de Trump es aprovechar tanto las falsas esperanzas de éxito como los falsos peligros para justificar una política de endurecimiento de las postura estadounidense hacia Rusia, una forma de elevar tanto la tensión que el oponente no tenga más remedio que ceder y aceptar el escenario que parece presagiar Donald Tusk. Sin embargo, contra un oponente tan fuerte como Rusia, una potencia nuclear poco dispuesta a someterse al dictado externo en una cuestión existencial como su frontera occidental, el cálculo puede resultar erróneo y la idea de escalar para desescalar, como Trump hiciera en Irán creando los hechos consumados a base de bombas para posteriormente dar la orden de alto el fuego a su proxy, puede llevar simplemente a una nueva fase de empeoramiento de la guerra.
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