Un día de reacciones, análisis de brocha gorda y posicionamientos interesados del mensaje de cada una de las partes directa o indirectamente participantes en la guerra, el martes transcurrió entre la incertidumbre de la señal enviada el lunes por Donald Trump, la esperanza exagerada de quienes ya se ven vencedores y el temor de aquellos que dudan sobre si el presidente de Estados Unidos realmente cumplirá sus amenazas. “50 días”, se lamentaba Anne Applebaum, una de las propagandistas habituales de esta guerra, sugiriendo que el anuncio de Trump será solo un farol. “Trump no puede amilanarse y no ayudar a Ucrania”, titulaba el editorial de ayer de The Washington Post utilizando el acrónimo “TACO”, Trump always chickens out”, Trump siempre se amilana, utilizado por Chuck Schumer y otros Demócratas para alegar que el presidente de Estados Unidos es un gallina que primero amenaza y posteriormente se arrepiente. “Ucrania necesita más armas. Pero Putin necesita más presión para acabar la guerra”, escribe el medio, que insiste en que “hasta ahora, Putin ha calculado que el tiempo es su aliado; podría esperar a que se agotara la paciencia de Occidente con una guerra de desgaste agotadora y costosa. Trump está tratando de cambiar las suposiciones de Putin, forzando negociaciones sustantivas en un plazo límite mediante el blandido de un arma económica -sanciones secundarias- que Estados Unidos ha dudado en utilizar” porque, como admite el medio, son también una amenaza a la economía mundial.
Exigir el cumplimiento y alabar la medida ha sido también la posición oficial de la Unión Europea, en la que, sin embargo, se han dado dos posturas. A modo de poli bueno que siempre trata de agradar a Trump, el presidente de Finlandia escribió que celebra “la decisión del presidente de Estados Unidos de dotar a Ucrania de más armas en su lucha contra la guerra de agresión ilegal de Rusia. El plazo de 50 días para un alto el fuego, sumado a la amenaza de sanciones, entre ellas las incluidas en el paquete de Lindsey Graham y Richard Blumenthal, constituye un avance importante para obligar a Rusia a sentarse a la mesa de negociaciones. Continúa la colaboración con los aliados hacia una paz justa y duradera”. Como Irán cuando fue atacado, Rusia estaba ya sentada en la mesa de negociación, aunque no en posición de debilidad y ante la necesidad de aceptar incondicionalmente los términos ofrecidos por Occidente. El contrapunto a Alexander Stubb fue, previsiblemente, Kaja Kallas, para quien los 50 días de gracia que Trump ha otorgado a Vladimir Putin para lograr un acuerdo imposible teniendo en cuenta que Ucrania no ha enviado nunca una delegación con la orden de negociar cuestiones políticas es “muy largo”. Ninguna medida puede satisfacer completamente a las y los halcones más beligerantes del continente.
Mientras tanto, continúa el trabajo del enviado de Trump para Ucrania, que permanecerá en el país durante una semana que, en términos de logística y planificación, se presenta importante. “Me reuní con el General Keith Kellogg: una voz clara de fuerza y estrategia. Hablamos de armas, sanciones y el principio de la paz a través de la fuerza. Agradecemos al presidente de Estados Unidos sus firmes decisiones. Eso es lo que se necesita para detener a Putin: fuerza. Ucrania recuerda a quienes lideran con valentía”, escribió Andriy Ermak, embriagado de éxito desde que ha conseguido colocar a su delfín, Yulia Svyrydenko, como candidata a primera ministra y ha logrado de Estados Unidos exactamente lo que Kiev estaba buscando: un gran paquete de armas que no vendrá acompañado de ninguna restricción. Así lo afirmaban ayer medios como Axios o The Washington Post, cada uno citando sus propias fuentes en el Pentágono o en la Casa Blanca, que anunciaban que Ucrania no tendrá restricciones en el uso del armamento del que dispone actualmente.
“Según me ha informado una fuente implicada en la decisión, es probable que esto incluya el permiso para utilizar los 18 misiles ATACMS de largo alcance que ahora se encuentran en Ucrania a su máximo alcance de 300 kilómetros (unas 190 millas). Eso no llegaría hasta Moscú o San Petersburgo, pero sí permitiría atacar bases militares, aeródromos y depósitos de suministros en el interior de Rusia que ahora están fuera de su alcance. El paquete también podría incluir más ATACMS”, escribía ayer David Ignatius en The Washington Post. Moscú y San Petersburgo forman parte también de la especulación que circuló a lo largo de todo el día a causa de las alegaciones de Ignatius y de los periodistas de Finnacial Times Max Seddon, Christopher Miller y Henry Foy. “«Volodymyr, ¿puedes atacar Moscú? ¿Puedes atacar también San Petersburgo?», preguntó Trump en la llamada, según las fuentes. Zelensky respondió: «Por supuesto. Podemos si nos das las armas»”, escribían ayer en una alegación que la Casa Blanca trató de negar más adelante. “Que sientan el dolor”, habría añadido, en referencia a la población de las dos capitales rusas, Donald Trump, que según The Washington Post estaría incluso valorando la posibilidad de enviar a Ucrania misiles Tomahawk, con capacidad para alcanzar ambas ciudades.
Si el armamento ahora sobre el terreno no va a tener restricciones a su uso, es de esperar que tampoco lo tengan las armas que se envíen a Kiev a partir de ahora y con las que Estados Unidos sacará un importante beneficio económico, motivo por el que el equipo de Donald Trump se congratula actualmente en la prensa. “Se acabaron los días en que Estados Unidos enviaba una cantidad ilimitada de dinero de los contribuyentes para defender a Ucrania. El presidente de Estados Unidos ha tomado una decisión muy inteligente y ha llegado a un acuerdo con la OTAN, que estipula que Europa y Canadá pagarán las armas; Estados Unidos las fabricará”, se jactaba el embajador de Estados Unidos en la OTAN en una entrevista concedida a Fox News. Los socios europeos, orgullosos de que Estados Unidos se acerque progresivamente a su postura del uso de la fuerza y la necesidad de escalar la guerra un paso más cerca del enfrentamiento directo con una potencia nuclear, han respondido mostrando su orgullo por ser los elegidos para costear las armas con las que Donald Trump se una final y completamente a la guerra proxy común contra la Federación Rusa. “El presidente Trump tomó hoy una iniciativa importante: Estados Unidos proporcionará a Ucrania armas de gran escala si sus socios europeos lo financian”, escribió en las redes sociales el canciller Friedrich Merz, que añadió haber garantizado a Trump que “Alemania desempeñará un papel decisivo”, sentenció Merz. Tan decisivo que el ministro de Defensa Boris Pistorius, del SPD, ha insistido en que los soldados alemanes estarán preparados para matar soldados rusos en caso de un ataque, una advertencia completamente gratuita que, en el contexto actual, en el que Alemania se erige como líder continental en el discurso de envío masivo de armas para la guerra, suena a amenaza. “Esto”, añadió Merz en referencia al suministro de armas occidentales, “ayudará a Ucrania a defenderse del terrorismo con bombardeos rusos. Solo así aumentará la presión sobre Moscú para que finalmente negocie la paz. En definitiva, estamos demostrando que estamos trabajando juntos como socios en política de seguridad”, sentenció Merz para describir una sociedad en la que una parte carga con los costes y la otra obtiene réditos económicos.
“Es improbable que la amenaza de imposición de sanciones secundarias del 100% si Rusia no llega a una acuerdo en 50 días vaya a tener éxito”, escribió el académico ucraniano-canadiense Ivan Katchanovski, que añdió que “así lo ha demostrado el fracaso de numerosas sanciones previas contra Rusia y la imposición de aranceles incluso más altos contra China, que tuvo que revertir a causa de los aranceles recíprocos impuestos por China contra Estados Unidos y sus consecuencias económicas para Estados Unidos”. Centrándose en el tema puramente militar, la analista Patricia Marins añadía que “si Putin confía en forzar un avance en 60 días y lograr sus objetivos, Trump le ha dado 50 días”, resumía, por ejemplo. “Eso es ser pragmático”, añadía, “si [Putin] logrará o no esos objetivos es su propio problema. Lo que no se puede hacer es retrasar indefinidamente el fin de la guerra a través de la política”. Esa última frase resume perfectamente la forma de pensar de Donald Trump, que pese a que no se ha producido ningún tipo de proceso de paz sino negociaciones aisladas con Ucrania y sus aliados europeos y conversaciones iniciáticas con la Federación Rusa, está convencido, no solo de que el proceso de paz ha existido, sino de que estaba a punto de resolver el conflicto. “No he terminado con él, pero estoy decepcionado”, ha afirmado Donald Trump, añadiendo, increíblemente, que creyó “que habíamos llegado a un acuerdo cuatro veces y luego llegas a casa y ves que acaba de atacar una residencia de ancianos o algo así… Dije: «¿Qué demonios ha sido todo eso?»». Donald Trump no ha notado que Ucrania hizo descarrilar un tren de pasajeros causando víctimas mortales civiles, pero sí ha sido informado de un bombardeo inexistente contra una residencia de ancianos.
El líder estadounidense simplemente proyecta la frustración de su fracaso a la hora de iniciar un proceso de paz que debía pasar por el diálogo directo entre las partes y que, debido a la complejidad de las causas y lo contradictorio de las líneas rojas de ambos países, siempre iba a ser largo, duro y difícil, algo muy diferente tipo de negociación del que Trump disfruta. Incapaz de conseguir un acuerdo y sin la posibilidad de aplicar contra Rusia las medidas que aplicó contra Irán en el momento en el que comprendió que Teherán no iba a aceptar el acuerdo inaceptable que ofrecía como única opción, sin posibilidad de negociar, el presidete de Estados Unidos pasa a la fase de amenazas.
Entendiendo el fuerte aumento de entrega de armamento que se supone se producirá a lo largo de los próximos días, semanas y meses como el equivalente contra Rusia al ataque militar sobre Irán, analistas como David Ignatius se referían a la intención de “escalar para desescalar”, un concepto ampliamente utilizado por Israel para describir sus bombardeos para obligar a sus numerosos enemigos regionales a aceptar, por la fuerza, las condiciones impuestas por Tel Aviv. Sin embargo, no es lo mismo amenazar e incluso atacar a un país menor, sometido a sanciones durante décadas y bajo un embargo de armas que solo se ha levantado en los últimos años, que a una potencia nuclear cuya población cada vez se muestra más cercana al discurso oficial de que no se enfrentan a Ucrania sino a Occidente como colectivo.
“Ya hemos pasado por todo esto… Lo estamos superando y lo superaremos”, afirmó Lavrov en una declaración que contrasta con la del portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, que no restó importancia a las amenazas de Trump, que calificó de “muy serias”. En este contexto, la prensa no solo trató ayer de descifrar qué hará Trump a medio plazo, sino también cuál será la respuesta de Vladimir Putin a corto. “Putin tiene la intención de seguir luchando en Ucrania hasta que Occidente acepte sus condiciones de paz, y sus demandas territoriales podrían ampliarse a medida que las fuerzas rusas avancen, dijeron a Reuters tres fuentes cercanas al Kremlin. El presidente ruso cree que la economía de Rusia y sus militares son lo suficientemente fuertes como para hacer frente a las medidas occidentales adicionales, dijeron las fuentes. Una de las fuentes afirmó que Moscú podría detener su ofensiva tras conquistar las cuatro regiones orientales de Ucrania si encuentra una fuerte resistencia. «Pero si cae, habrá una conquista aún mayor de Dnipropetrovsk, Sumi y Járkov»”, escribía ayer la agencia de noticias Reuters. Sin posibilidad de negociar -a la que Rusia no se ha cerrado, pero como recordó ayer Sergey Lavrov, Ucrania no ha respondido a la propuesta de una nueva reunión-, la única opción para Rusia es la defensa activa, el intento de consolidar sus posiciones en el frente, debilitar al máximo al contingente terrestre ucraniano en lugares clave como Krasnoarmeisk-Pokrovsk, Konstantinovka, Kupyansk o Sumi y preparar sus defensas aéreas para el uso masivo de drones ucranianos acompañados de misiles de producción occidental.
Si no hay acuerdo en 50 días «pasarán cosas malas», «sanciones y más cosas», sentenció ayer por la tarde Donald Trump. Las amenazas continúan e irán en aumento a medida que pase el tiempo y se acerque la fecha tope. «Si Putin y otros se preguntan qué sucederá el día 51, les sugeriría que llamen al Ayatolá», afirmó, envalentonado con sus recientes éxitos, el senador Lindsey Graham, cuyo fanatismo no es nuevo, como no lo es tampoco el intento de llevar la guerra a Rusia, un discurso que cada vez se acerca más a ser el oficial.
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