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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Contradicciones, traiciones y amenazas

“Ucrania ataca la base aérea rusa de Borisoglebsk y constata varios impactos contra aviones y arsenales”, titulaba ayer Europa Press en un texto cuya única fuente era la información oficial de las Fuerzas Armadas de Ucrania, parte de la guerra y, por lo tanto, escasamente parcial. Los medios no tienen la posibilidad de comprobar gran parte de los titulares que publican, aunque sí la opción de presentar los partes de guerra como alegaciones de una de las partes y no como verdades absolutas que no precisan del más mínimo trabajo periodístico. Sin embargo, habiendo elegido parte y como proveedores de la fuerza militar que actúa como proxy en la guerra común contra Rusia, los medios no han dudado en dar por buena cualquier afirmación de Kiev mientras que se duda de toda palabra llegada de Rusia, incluso aquellas que estén acompañadas de pruebas. De esta forma, los medios compaginan la publicación de artículos en los que hacen suya la triunfalista afirmación de que ataques como el de ayer son “parte de la reducción de las capacidades del enemigo para lanzar ataques aéreos” con el alarmismo que se ha producido esta semana ante la posibilidad de que Estados Unidos suspenda o reduzca su entrega de misiles Patriot a Ucrania, base de la defensa aérea ucraniana. Es decir, mientras Ucrania se jacta de reducir las capacidades aéreas rusas como una gran victoria, vuelve a alentar el igualmente falso peligro de una derrota -no solo propia, sino para toda Europa- para revertir la decisión del Pentágono de priorizar sus necesidades, las de sus aliados más cercanos y la de la región considerada estratégica.

“Los van a necesitar para defenderse… Van a necesitar algo porque están siendo golpeados muy duro”, afirmó el viernes Donald Trump tras la conversación con Volodymyr Zelensky. Sus palabras suponen un indicio de que los interceptores pueden ser retirados de la lista de armas cuya entrega está suspendida, pero no suponen tampoco el compromiso de hacerlo. Es más, horas antes, Trump había insistido, dando a entender que la asistencia a Ucrania ha sido excesiva, que “seguimos dándole armas a Ucrania y ayudándola. Biden ha enviado tanto que ha agotado nuestros propios suministros; también debemos priorizar nuestra propia defensa”. Teniendo en cuenta que gran parte de la estrategia de Trump sobre la guerra en Ucrania es dejar la responsabilidad en manos de los países europeos, es previsible que la Casa Blanca busque que sean los aliados continentales de Kiev quienes se hagan cargo de la cuestión. En cualquier caso, perduran tanto la incertidumbre sobre qué hará Estados Unidos y la contradicción entre destacar la necesidad de la entrega de armas y el rechazo a suministrarlas, detalle que no se ha pasado por alto en Ucrania.

También en este sentido destacan las contradicciones. Consciente de su absoluta dependencia de los aliados occidentales y con la experiencia de la humillante visita a la Casa Blanca el pasado febrero, Volodymyr Zelensky y su equipo han optado por una estrategia de alabar constantemente a Donald Trump y su equipo y destacar el valor de Ucrania en la defensa común de Europa y, por extensión, del mundo occidental, es decir, de Estados Unidos. Más allá de lo exagerado del planteamiento y de la aceptación implícita de ser la fuerza proxy que muere -y mata- por la causa común, esta narrativa es el reflejo de la posición de inferioridad de Kiev, a merced de sus proveedores para continuar haciendo lo que desea hacer, luchar hasta conseguir la imposible posición de fuerza con la que dictar los términos de la resolución de la guerra a Rusia.

Pero esa no es la única postura que se ha producido esta semana en Ucrania, donde la negativa -al menos por el momento- a imponer aún más sanciones a Rusia y el anuncio de la suspensión de entrega de algunas armas ha sido vista como una forma de traición. “Como predije, el secretario del Comité Parlamentario de Seguridad Nacional, Defensa e Inteligencia de Ucrania, Roman Kostenko, acusó a Estados Unidos de «atacar» a Ucrania. «Fuimos atacados por dos garantes del Memorándum de Budapest. Algunos intentan arrebatarnos nuestros territorios, otros, nuestros minerales», declaró Kostenko. No mencionó directamente a Estados Unidos, pero Ucrania firmó con ese país un acuerdo sobre minerales, parte del cual es secreto”, escribió a principios de semana Ivan Katchanovski, que destacaba que la idea de traición y de sentirse como un país utilizado aparecería en algún momento en Ucrania.

Estas declaraciones, a las que apenas se ha prestado atención, muestran que el descontento por la situación no se limita a una parte importante de la población, que en un reciente sondeo es masivamente partidaria del compromiso para terminar la guerra aunque implique pérdidas territoriales, sino que se extiende también al establishment político, que pone al mismo nivel a Rusia, el enemigo al que Ucrania lleva tres años enfrentándose militarmente y Estados Unidos, el que ha sido el principal proveedor de una guerra en la que, pase lo que pase a partir de ahora, Ucrania ha perdido mucho. “Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, el país ha perdido el 40% de su población en edad laboral. Para recuperar la economía, necesita entre 4 y 5 millones de personas. Así que todos los patriotas de salón que llaman a los refugiados “traidores” que no deberían regresar tal vez deberían comenzar con los conceptos básicos de economía. Y también entiendan esto: cuanto más se prolongue la guerra, más pobre y despoblado estará el país”, escribió Marta Havryshko haciéndose eco de la grave situación demográfica a la que se enfrenta el país. “Incluso bajo la improbable suposición de que entre 4 y 5 millones de refugiados regresen este año, la ONU pronostica que la población de Ucrania se reducirá a 15 millones para 2100. La guerra supuestamente busca salvar la identidad [de Ucrania], pero destruye el potencial de regeneración de la sociedad que la porta”, añadía el sociólogo ucraniano Volodymyr Ischenko, destacando también la catástrofe que la guerra ha supuesto para el país.

“A Estados Unidos (todavía) aún no le cuesta nada derrotar a Rusia”, titulaba a finales de 2024, cuando ya era evidente que Rusia no estaba perdiendo la guerra de Ucrania, un artículo de CEPA en el que recordaba que “el destacado analista financiero Tim Ash provocó un gran debate en 2022 con un análisis coste-beneficio que mostraba que la ayuda estadounidense a Ucrania resultaba barata a ese precio”. La conclusión, la misma a la que llegó otro artículo publicado por The Los Angeles Times en la misma época era que, efectivamente, el coste-beneficio de la guerra sigue siendo positivo. La guerra está siendo rentable para Occidente, que ha invertido unos recursos cuya pérdida no es existencial en una guerra en la que el país que dice defender se está viendo diezmado de recursos y de personas.

Las palabras de Kostenko sobre el ataque que supone el acuerdo de minerales a cambio de la asistencia militar , una reacción a la percepción de que el país está siendo utilizado como ejército subsidiario para, además, exigirle parte de sus riquezas, se suman al rechazo que se ha producido a lo largo de la semana a causa de las noticias sobre la probable reducción de las entregas de armas de Estados Unidos. A las acusaciones implícitas de deslealtad hay que añadir otras declaraciones que van un paso más allá. “El Pentágono va a suspender el suministro de algunas de las municiones prometidas a Ucrania. En respuesta, el famoso azovita y oficial de la Tercera Brigada de Asalto Dmytro «Slip» Kucharchuk, amenaza a Estados Unidos con el poder del ejército ucraniano: «No vengas a pedir ayuda cuando tu propio imperio se derrumbe. Al fin y al cabo, todos los imperios caen». Me pregunto qué piensan de todo esto los congresistas que quieren restablecer la prohibición estadounidense de armas a Azov”, escribió Havryshko para destacar un agresivo mensaje publicado por una de las caras más conocidas de la parte de Azov que estos meses está reconvirtiéndose en el Tercer Cuerpo del Ejército bajo el liderazgo de Andriy Biletsky.

En el simplista discurso de esta guerra, en la que las donaciones se convierten en créditos, el suministro de armas en exigencia de contrapartidas, la ayuda en acuerdos extractivistas coloniales, las plegarias rápidamente pueden convertirse en amenazas, algo que no es tan fácil de calcular en términos de coste-beneficio.

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