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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

La lógica de la guerra

“La destrucción masiva de zonas residenciales en Kiev es verdaderamente impactante”, afirmó ayer en su primera visita a Ucrania Johann Wadephul, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, principal proveedor europeo de las Fuerzas Armadas de Ucrania y segundo, solo por detrás de Estados Unidos, en el cómputo general. La conclusión del jefe de la diplomacia alemana era clara e inequívoca, “Putin está librando una guerra de terror, pues claramente intenta quebrar la voluntad de resistencia del pueblo ucraniano”, como también lo era la solución, que pasa por no “ignorar esta guerra,. Debemos apoyar a Ucrania, porque el plan de Putin no debe tener éxito. Durante las últimas dos semanas, nos hemos centrado mucho en el conflicto con Irán. Pero esta guerra continúa, y acabamos de ver que Putin está utilizando esta situación para continuar la guerra en esta región. La solución de este conflicto es una tarea central de la política exterior alemana y de la política exterior europea”. Tras justificar abiertamente la agresión estadounidense e israelí contra Irán, en cuya capital se produjeron imágenes como la que observaba el ministro, y tras admitir Friedrich Merz que “Israel está haciendo nuestro trabajo sucio”, Alemania exige que los países europeos vuelvan a concentrarse en la otra guerra proxy que libran contra otro enemigo histórico.

“O ganamos juntos aquí, o perdemos juntos”, sentenció el sustituto de Annalena Baerbock, que como acostumbraba a hacer su predecesora, dio por hecha la obligación moral de Alemania y la Unión Europea de apoyar a Ucrania mientras sea necesario, pero no aportó su definición sobre qué entiende que es vencer. La dinámica de victoria-derrota a la que se aferran los países europeos implica continuar luchando hasta llegar a un escenario que Kiev decida que puede presentar como un éxito y que posiblemente vaya mucho más allá de lo que puede obtener por la vía militar en una guerra en la que ha quedado claro que es capaz de asestar golpes muy duros a Rusia, pero que también ha demostrado que no puede ganar. Las condiciones de la batalla, la fortaleza de ambos ejércitos (el ejército ruso con sus recursos propios y el ucraniano gracias a contar con los donados por sus aliados, que sostienen también al Estado) y la superioridad de las defensas sobre los ataques apunta a un final no concluyente que supondrá la necesidad de una negociación para lograr algún tipo de resolución.

Por el momento, solo Estados Unidos ha comprendido esa realidad, aunque su fracaso en el intento de lograr una negociación que dé lugar a un alto el fuego ha sido estrepitoso hasta el momento, en parte a causa de la falta de experiencia del equipo de política exterior de Trump. Dificulta aún más la posibilidad de acuerdo el creciente peso de Keith Kellogg, el más proucraniano de los miembros del equipo de la Casa Blanca, que sin ningún esfuerzo ha conseguido sustituir la hoja de ruta planteada por Estados Unidos por la contrapropuesta europea y ucraniana, que hace prácticamente inviable una respuesta afirmativa de Rusia. En esta dinámica de ausencia de negociación, el general Kellogg acusaba el lunes a Moscú de dilatar la negociación. Lo hacía sin necesidad de admitir que Rusia no puede negociar con un equipo cuyo mandato es precisamente la prohibición de tratar cualquier tema político. “Las afirmaciones rusas de que son Estados Unidos y Ucrania quienes están estancando las conversaciones de paz son infundadas. El presidente Trump ha sido constante e inflexible en su compromiso de avanzar para poner fin a la guerra. Instamos a un alto el fuego inmediato y a avanzar hacia conversaciones trilaterales para poner fin a la guerra. Rusia no puede seguir ganando tiempo mientras bombardea objetivos civiles en Ucrania”, escribió el general estadounidense retirado dando órdenes a Moscú. Horas antes, Rusia había negado que su intención sea dejar pasar el tiempo a la espera de una situación más favorable y había acusado a Ucrania de actuar de esa manera, una idea coherente con la postura europea -y estadounidense, claramente compartida por Keith Kellogg, hasta la llegada al poder de Trump- de conseguir que Kiev pueda negociar en posición de fuerza. Pese a que Peskov no incidió en  ello, la intención de dilatar al máximo las negociaciones en busca de concesiones del otro lado o simplemente a la espera de un momento mejor es exactamente un modus operandi que a lo largo de este conflicto puede adjudicársele más a Kiev que a Moscú.

El mensaje de Keith Kellogg, que recientemente ha utilizado la imagen del impacto de un misil ruso contra una fábrica militar para denunciar ataques a objetivos civiles, incidía también en la misma idea repetida ayer por el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania en Kiev, la intencionalidad rusa de atacar blancos que no son militares. Ante el edificio derruido en el ataque del 22 al 23 de junio en Kiev, Wadephul se horrorizaba de las consecuencias de la guerra cuya continuación ha sido siempre -desde 2014- la política de gran parte de los países europeos. En estos años, las visitas al frente o a los lugares afectados por los ataques han tenido un efecto de refuerzo de las opiniones previas. La visita a Bucha de la delegación africana -a la que Mijailo Podolyak afirmó que no estaban al nivel de la negociación de la guerra rusoucraniana- no supuso un cambio de parecer sino la reafirmación de que esta guerra debía terminar, para lo que era preciso un proceso diplomático en el que se ofrecían a mediar. En Kiev, Wadephul vio la necesidad de seguir suministrando armamento a Ucrania para que la lucha pueda continuar hasta conseguir los objetivos mínimos. Esa postura implica la continuación de los ataques terrestres y aéreos, la imposibilidad de un alto el fuego que permita reducir el sufrimiento humano que es la guerra y también una manipulación del discurso.

“Zelensky y los medios de comunicación tergiversaron el derribo de un misil ruso como un ataque con misiles y drones rusos que destruyó toda una sección de un edificio residencial de gran altura y mató a 9 personas, incluido un niño”, escribía esta semana Ivan Katchanovski en relación al edificio frente al que ayer se fotografió el ministro alemán. Como fue evidente desde el primer momento, no se trató de un ataque deliberado contra una zona civil, pese a que ese ha sido, y sigue siendo, el relato de las autoridades políticas ucranianas. “En la noche del 22 al 23 de junio de 2025, un misil ruso derribado destruyó una sección de un edificio residencial de cuatro plantas en el distrito Shevchenko de Kiev. El coronel Yury Ihnat advirtió que un impacto directo habría causado daños aún mayores. Fuente: Coronel Yury Ihnat, jefe del Departamento de Comunicaciones del Comando de la Fuerza Aérea de Ucrania, en declaraciones a Radio NV”, escribía el medio ucraniano, admitiendo lo que el Gobierno prefiere no aceptar, ya que implicaría renunciar a utilizarlo como argumento. Pese a que las bajas y los daños causados por misiles rusos derribados son adjudicadas también a Rusia, culpable de poner en peligro a la población civil por el lanzamiento de proyectiles -algo que no se repite al otro lado del frente y se culpa también a Rusia por cualquier víctima o daño causado por proyectiles ucranianos derribados por las defensas rusas-, el argumento es mucho más débil y menos espectacular que la afirmación de que Rusia busca derribar edificios de viviendas.

La lógica de la guerra pasa por calificar de civil a cualquier objetivo alcanzado por los misiles, drones o proyectiles rusos y negar siquiera la posibilidad en el caso de los ataques ucranianos. De esa manera, ayer los medios destacaban como gran operación un ataque con drones ucranianos en diferentes puntos de la Federación Rusa y se insistía en lo ocurrido en el lugar más alejado del frente. “El 27 de junio de 2025, Ucrania lanzó con éxito un ataque con drones contra el aeródromo de Marinovka”, afirmaba ayer el parte de guerra de la inteligencia británica que, sin necesidad de grandes pruebas, añadía que dos aeronaves SU-34 habían sufrido daños en un ataque a 270 kilómetros de la frontera. La inteligencia británica -una fuente que pese a la labor de desinformación que implica cualquier operación de comunicación de un servicio de seguridad sigue siendo admitida por los medios como imparcial- añadía que “durante el fin de semana, Ucrania también ha realizado ataques exitosos con drones contra operaciones de helicópteros en la base aérea de Kirovskoe (Crimea) y contra un almacén de munición en Briansk”.

Menos protagonismo tenían en los medios los ataques con misiles realizados el lunes por la noche tanto en Crimea como en Donetsk, donde las imágenes del mercado Sokol, blanco habitual de la artillería ucraniana cuando aún se encontraba cerca de la ciudad, dejaban poco lugar a dudas. Ucrania ha tratado de alegar que sus ataques contra el centro de Donetsk se produjeron contra un centro de mando del ejército ruso, pero los stands del mercado ardiendo y el cuerpo de una civil alcanzada por la metralla eran lo suficientemente gráficos para negar el discurso ucraniano. Sin embargo, con la voluntad de creer cada palabra procedente de las autoridades políticas de Kiev -incluso las negadas por sus propias autoridades militares- y de ignorar cualquier opinión, declaración o incluso imagen procedente de los territorios rusos o bajo control ruso hace que, pase lo que pase, el canciller Merz y otros líderes europeos puedan seguir jactándose de que Ucrania no bombardea objetivos civiles.

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