Intensa por las circunstancias internacionales en las que se ha producido, pero insulsa por la total ausencia de avances relevantes, la cumbre del G7 ha dado paso a la preparación del encuentro anual de la OTAN que se celebra en La Haya la próxima semana y que se prevé mucho más disputado. Al fin y al cabo, el G7 está actualmente compuesto por un bloque en el que impera un único pensamiento y del que solo se desmarca Donald Trump. Quizá para lidiar con la situación en Oriente Medio o solo por desinterés en una reunión en la que no tenía nada que ganar, el presidente de Estados Unidos abandonó precipitadamente Canadá para regresar a Washington a continuar con las amenazas contra Irán, reunirse con futbolistas en la Casa Blanca y tratar la cuestión de la guerra contra Irán como un guionista prepara un cliffhanger para acabar cada capítulo y obligar a la audiencia a no perderse el siguiente. Después del frívolo comentario en el que afirmaba que “nadie sabe lo que voy a hacer”, Donald Trump anunció el jueves que, ante la posibilidad de que se produjera algún tipo de diplomacia -con una pistola en la cabeza, ya que, en mayúsculas y públicamente ha exigido la rendición incondicional de Irán-, se da un tiempo para decidir si Estados Unidos intervendrá en la fase ofensiva de esta guerra contra la República Islámica de Irán. Washington, al igual que Londres, participa ya en la defensa del país agresor, Israel, que sigue exigiendo que, ante una peligro inminente imaginario, Estados Unidos intervenga de su lado.
Según Donald Trump, la decisión se producirá en algún momento indeterminado de las próximas dos semanas. Garantizada la atención constante a cada uno de sus pasos, el presidente de Estados Unidos se mueve entre la opción de utilizar las armas más potentes en su arsenal para tratar de destruir las infraestructuras nucleares iraníes más importantes, las de Fordow, protegidas en el subsuelo, o apoyar a Israel en la distancia. Cualquiera de las dos opciones acabará, como lo hizo la campaña contra los hutíes de Yemen, con una proclamación de victoria. Estados Unidos habrá derrotado -de forma real o imaginaria- a Irán pase lo que pase, ya que en caso de acuerdo diplomático Trump alegará, como hiciera en el caso de India y Pakistán, haber evitado una guerra nuclear que no existía, mientras que cualquier destrozo estadounidense en Irán será presentado como algo inédito. Donald Trump duda así entre dar un paso con el que pueda poner su nombre a una guerra -Bush tuvo la de Iraq, Obama la de Libia- o buscar una paz rota por su aliado y proxy con la que ganarse los premios que también busca.
Cualquiera de los dos escenarios implica actualmente continuar apoyando a Israel en su intento de derribar drones y misiles iraníes, aspecto en el que incluso Tel Aviv admite estar teniendo dificultades. El jueves, el ratio de interceptaciones había descendido del 90% inicial al 65% y el viernes por la mañana, la escalonada defensa aérea israelí no fue capaz de derribar el único misil lanzado desde Irán. Los refuerzos estadounidenses y británicos están de camino. La situación implica también que Trump continúe más interesado en la guerra en Oriente Medio, una región mucho más interesante para el magnate, que desde su primera legislatura se ha rodeado siempre de halcones obsesionados con Irán, que en cuestiones de las que ya ha insistido en que está harto, como es el caso de la guerra de Ucrania. Aunque molesto con Vladimir Putin por no haber cedido en sus líneas rojas a pesar de que Estados Unidos ofreciera alicientes relevantes -el retorno de las empresas estadounidenses a Rusia, posible readmisión en lo que Keith Kellogg llamó las “naciones adecuadas” y, por un momento, el reconocimiento de iure del control de Crimea-, Donald Trump no ha seguido el camino que esperaba Zelensky para pasar a dar todo su apoyo a Ucrania.
A juzgar por el extenso reportaje que Politico dedica a Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky, Ucrania tiene actualmente un problema de comunicación con Estados Unidos, harto del cardenal verde, al que ambos partidos parecen ver como excesivamente exigente. Esa es la coyuntura en la que Volodymyr Zelensky tratará, por segunda vez en menos de una semana, de mantener una reunión directa con Donald Trump para presentarle su plan de adquisición de un paquete militar centrado en la defensa aérea, un material finito y escaso en el que ahora tiene que competir con un país mucho más importante para Estados Unidos, Israel. Ayuda a Kiev que la guerra en Oriente Medio haya repetido los dos bloques que ya se hicieron presentes en la guerra en Ucrania.
Los países occidentales han mostrado su apoyo explícito a Israel, calificando su agresión de “derecho a defenderse” ante el “país que está desestabilizando la región” -aunque no es Teherán quien ha bombardeado o atacado en el último año Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Yemen e Irán-, con los países europeos completamente alineados con la maximalista postura de Estados Unidos. Como la Casa Blanca, también Francia o Alemania, cuyo canciller ha sido la persona más honesta al admitir que “Israel está haciendo nuestro trabajo sucio”, se unen a los países que exigen a Irán renunciar a algo a lo que tiene derecho, el enriquecimiento de uranio para fines civiles. Según el Tratado de No Proliferación, del que Irán es firmante, existen dos tipos de países: los que disponen de armas nucleares y los que no. Occidente quiere ahora crear un tercer tipo, Irán, al que se le imponga una restricción inexistente para el resto.
Frente a esos países, el Sur Global, que también se movilizó de forma diplomática para tratar, sin éxito, de detener la guerra en Europa, aboga por la desescalada y un acuerdo razonable en el que todas las partes salgan ganando. Esa es también la lógica de Rusia y China, que tanto por separado como tras la conversación entre Vladimir Putin y Xi Jinping, han condenado el ataque israelí, en el caso de Vladimir Putin directamente a Donald Trump, y exigen una desescalada inmediata y un acuerdo según el cual Irán siga disponiendo del programa nuclear civil permitido por el Tratado de No Proliferación. Como el Sur Global, Moscú y Beijing advierten también del enorme peligro que supone bombardear instalaciones nucleares. Rusia, que según varios medios habría negociado con Israel la seguridad de sus nacionales que colaboran en el programa de energía nuclear iraní, ha insistido especialmente advirtiendo de la posibilidad de un nuevo Chernóbil, algo que parece no preocupar a Tel Aviv ni a Washington, que no se verían afectadas. Israel continúa bombardeando a diario instalaciones nucleares, incluidos reactores.
Pese al previsible intento de los países europeos de que Ucrania recupere presencia, todo indica que Irán e Israel dominarán la atención también de la cumbre de la OTAN que, por otra parte, estará marcada por la orden de Donald Trump de un fuerte aumento del gasto militar. Con el autoritarismo de quien se sabe el país imprescindible en la Alianza, Estados Unidos exige que todos los países miembros aumenten progresivamente el gasto en defensa hasta el 5% del PIB, con el 3,5% empleado en gasto puramente militar y el resto en seguridad en el sentido amplio (financiar a Ucrania, ciberseguridad, militarización de la policía y de las fronteras, etc.). Sin resistencia antimilitarista alguna, los únicos reproches llegan de países como España, que no cuenta con la aritmética parlamentaria para poder aumentar el gasto militar. Este debate interno que se librará esta semana tiene también el potencial de alejar más aún la conversación de los puntos deseados por Ucrania, que ya sabe que, en esta ocasión, no habrá una mención explícita a su adhesión a la Alianza y que no contará con la presencia destacada que le garantizaron los años de Joe Biden.
Consciente de que Irán le ha robado parte del protagonismo, Volodymyr Zelensky busca la forma de conseguir insertarse en el bloque occidental como un país útil en esta nueva lucha común contra otro enemigo histórico y, sobre todo, presentar ambas guerras como una sola para, sutilmente, conseguir una mayor implicación occidental. Saber que no puede permitirse ofender a Estados Unidos exigiendo un trato igual al que recibe Israel, que cuenta con la participación directa de Washington en el derribo de drones y misiles y percibe millonaria asistencia militar de forma continuada desde hace décadas, ha obligado a Zelensky a no ser tan explícito como en ocasiones anteriores. En tiempos de Biden, cuando existía la certeza de que el presidente de Estados Unidos ni iba a realizar ningún reproche público o castigar a Ucrania con la ingratitud, Ucrania llegó a exigir que sus aliados actuaran como lo hicieron hace un año, derribando los misiles iraníes como respuesta al asesinato de Ismail Haniye en Teherán en día de la investidura del nuevo Gobierno iraní. Actualmente, Kiev, que ha aprendido la lección de la humillación de Volodymyr Zelensky en el Despacho Oval, se limita a equiparar a Rusia e Irán y vincular ambas guerras con la esperanza de que sus aliados comprendan la petición implícita en el subtexto.
“Ahora mismo, Rusia está intentando salvar el programa nuclear iraní, no hay otra forma de interpretar sus señales públicas y su actividad entre bastidores. Cuando uno de sus cómplices pierde la capacidad de exportar guerra, Rusia sufre y trata de intervenir”, afirmó ayer Zelensky sin explicar cómo un programa nuclear civil tiene la capacidad de exportar guerra. “Esto es cinismo en estado puro”, insistió, “y esto, una y otra vez, demuestra que no se debe permitir que los regímenes agresivos se unan y se conviertan en socios”. En realidad, sí hay otra forma de entender la intervención rusa con Estados Unidos e Israel, una oferta de mediación para alcanzar un acuerdo nuclear que, como el de 2015, sometiera el programa nuclear iraní a las inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica, que sigue certificando no tener ningún indicio de que Teherán tuviera planes de producir armas nucleares. Sin la capacidad de sentir la más mínima solidaridad por otro país agredido, al que se amenaza con bombardeos masivos y en el que se aterroriza a la población con una orden de evacuación de su capital (de más de 9 millones de habitantes) emitida por Donald Trump a través de su red social personal, Ucrania aplica el cinismo más extremo para buscar culpar a la víctima y, colateralmente, a su enemigo ruso.
Aprovechándose de la muerte de una menor ucraniana en Israel, Andriy Ermak llevaba el argumento un paso más allá. “Desde 2022, Rusia ha estado asesinando a ucranianos, incluidos nuestros hijos, con drones iraníes. Ha lanzado ataques con misiles contra civiles. Y hoy apoya a Irán en sus ataques contra civiles en Israel”, escribía sin precisar que Israel es el país agresor y que el número de víctimas se encuentran actualmente en 24 en Israel y en más de 400 en Irán (que Teherán no ha actualizado desde hace varios días, por lo que la diferencia es aún más alta). “La misma tragedia puede ocurrir en cualquier lugar cuando los terroristas se disfrazan de Estados. Los regímenes de Irán y Rusia son terroristas. Idénticos en sus acciones y en su naturaleza”, insistió. Solo Ucrania e Israel -que ha cometido esta semana el ataque no provocado del que Occidente sigue acusando a Rusia en Ucrania- tienen derecho a defenderse y sus aliados tienen la obligación de suministrarles ayuda en una guerra que Kiev presenta como común, no solo contra Rusia, sino también contra Irán.
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