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Budanov, Ejército Ucraniano, GUR, Minsk, Rusia, SBU, Ucrania

Todo está justificado

“Estados Unidos cree que la amenaza de represalia del presidente ruso, Vladimir Putin, contra Ucrania por su ataque con drones del pasado fin de semana aún no se ha producido en serio y es probable que se trate de un ataque significativo y múltiple, según afirmaron oficiales estadounidenses”, escribía ayer Reuters, que añadía que Washington especula sobre el momento en el que se producirá lo que considera la verdadera respuesta a los ataques contra las bases estratégicas rusas de hace una semana, aunque espera que se produzca “en cuestión de días”. La versión estadounidense que ofrece Reuters es coherente con la percepción de que los últimos bombardeos, especialmente duros en la ciudad de Járkov la noche del viernes y muy extendidos por toda la geografía del país respondía en realidad a la escalada de la guerra y a los sabotajes ucranianos en las infraestructuras ferroviarias en territorio de Rusia según sus fronteras internacionalmente reconocidas. Como recogían desde el bombardeo ruso del viernes los medios ucranianos y occidentales, el presidente ruso Vladimir Putin presentó el ataque como represalia a “ataques terroristas”.

El momento y el comentario de Rusia hicieron que la prensa diera por hecho que ese terrorismo se refería a los bombardeos ucranianos contra las bases aéreas rusas, de la que Moscú ha preferido no hablar en exceso y para los que el Kremlin en ningún momento ha utilizado ese calificativo. Aunque mucho más espectaculares que cualquier otra operación que Ucrania haya podido hacer en los años de guerra, los ataques contra Engels y otras bases estratégicas rusas no han conseguido debilitar el esfuerzo bélico ruso y por su complejidad son difíciles de repetir. Sin embargo, como muestran otros intentos de repetir los sabotajes como el que hizo chocar un tren de pasajeros, la frontera rusoucraniana no es difícil de penetrar y es relativamente sencillo colocar artefactos explosivos en las vías de un país de la extensión de Rusia, haciendo menos fiable el transporte de carga -tanto civil como militar, especialmente importante en la cadena logística de la guerra- y de pasajeros.

Ambos tipos de operaciones, tanto los sabotajes menos espectaculares como los ataques que la prensa occidental considera audaces y que enaltece calificándolos irracionalmente del Pearl Harbor ruso pese a su capacidad para activar la doctrina militar de Rusia, dependen ampliamente de las estructuras de inteligencia. Ese aspecto ya había sido destacado en el pasado por medios como The New York Times y The Washington Post como ámbito de amplia colaboración entre Ucrania y Estados Unidos. Con Trump dando un paso atrás como pacificador, al menos por ahora, Ucrania dependerá más que nunca de sus servicios de inteligencia”, escribe ahora David Ignatius, uno de los columnistas estrella de The Washington Post, que en su texto sobre el SBU y el GUR insiste en que “han demostrado su capacidad para golpear a las fuerzas rusas en lo más profundo de su país y en todo el mundo. “La guerra sucia no ha hecho más que empezar”, sentencia Ignatius, que sin el más mínimo espíritu crítico añade que “SBU y el GUR, las dos agencias de espionaje de Ucrania, llevan más de tres años trabajando para cumplir el lema de las fuerzas especiales ucranianas: «Voy a por ti»”. El objetivo, insiste el periodista estadounidense, “ha sido atacar en lugares inesperados por medios tortuosos y hacer sangrar a Rusia mucho más allá de las líneas del frente en Ucrania”. Y prácticamente a modo de anuncio, escribe que “la línea del frente dentro de Ucrania seguirá siendo un infierno de drones y artillería. Pero las operaciones encubiertas podrían ampliarse a una guerra sucia más allá del frente, con más asesinatos selectivos, sabotajes y ataques a los países que suministran armas a Ucrania y Rusia, respectivamente”.

“Los países fronterizos con Ucrania podrían convertirse en nuevos campos de batalla a medida que continúe la guerra. Un ejemplo es Transnistria, una región escindida de Moldavia en la frontera occidental de Ucrania que está alineada con Moscú y alberga una fuerza rusa de «mantenimiento de la paz». Utilizando desertores rusos y otras fuerzas locales, Ucrania consideró una operación para atacar a las tropas rusas allí, pero decidió no abrir este nuevo frente”, explica Ignatius, que pone comillas a la misión de las tropas rusas en Transnistria -única garantía real de que no pueda haber un intento de Chisinau de seguir la vía que Ucrania siguió en Donbass en 2014-, pero que en ningún momento pone en duda ni las operaciones ucranianas, su resultado, legalidad ni, por supuesto, las cifras aportadas por personas como Kirilo Budanov, parte de cuyo trabajo es precisamente la desinformación. Ignatius no tiene ningún problema en dar por buenos los motivos, métodos y cifras aportadas por el GUR sobre operaciones realizadas, por ejemplo, en Sudán contra soldados de Wagner. Al igual que el artículo de la BBC al que enlaza, Ignatius olvida mencionar el carácter islamista del ataque contra soldados malienses y rusos en el que Ucrania se jactó de haber colaborado.

Los olvidos y omisiones son parte importante de los dos artículos que esta semana se han publicado a modo de enaltecimiento de las operaciones de la inteligencia ucraniana lejos del frente. Ignatius no menciona, por ejemplo, que el papel del SBU ha sido clave en el esfuerzo bélico ucraniano no solo desde 2022, sino desde 2014, año en el que, según los dos grandes diarios estadounidenses, comenzó una estrecha colaboración entre las inteligencias ucraniana y estadounidense. “Bajo la dirección de Maliuk, el SBU se ha convertido rápidamente en una agencia temida y creativa que atacó instalaciones militares rusas, equipos y figuras militares y proguerra en una serie de ataques descarados. Maliuk ha adoptado las nuevas tecnologías, en particular los drones, y es experto en detectar los puntos débiles de Rusia y atacarlos con resultados espectaculares, según los oficiales”, escribe The Wall Steet Journal en su reportaje sobre el actual director del SBU titulado “La agencia ucraniana de espionaje detrás del impresionante ataque contar la flota de bombarderos rusos”.

Ni que Ignatius, cuyo única mención a los asesinatos selectivos de la inteligencia ucraniana es el asesinato de Daria Dugina, supuestamente criticado en privado por Estados Unidos -pero tras el que acciones similares han continuado produciéndose- ni The Wall Street Journal profundizan en exceso en el programa que el SBU ha realizado desde que comenzó la guerra en Donbass y que Valentyn Nalivaychenko, entonces director de la agencia de inteligencia, admitió abiertamente en septiembre de 2023 en un reportaje publicado por The Economist.

“El servicio de seguridad ha llevado a cabo audaces asesinatos en territorio ruso. Utilizó un scooter explosivo para matar a un general ruso en Moscú y una bomba oculta en una estatuilla para eliminar a un bloguero de guerra ruso en San Petersburgo. La agencia también ha estado activa en Ucrania cazando espías y saboteadores”, afirma The Wall Street Journal para resumir, sin dar más detalles, que el ingenio de las operaciones espectaculares un programa que existe desde hace más de una década y con el que Ucrania ha asesinado a cargos públicos, fiscales o, en el caso de Alexander Zajarchenko, a uno de los firmantes del acuerdo de Minsk. Durante años y hasta la implícita confesión de Nalivaychenko en 2023, Ucrania alegó luchas internas o la mano negra del Kremlin deshaciéndose de sus proxis.

Además de la operación contra las bases estratégicas rusas y los asesinatos selectivos, evitando siempre cualquier crítica, la otra operación que destacan tanto The Washington Post como The Wall Street Journal es el ataque contra el puente de Crimea. “En un ataque de octubre de 2022 planificado y ejecutado por el SBU, un camión cargado de explosivos detonó en el puente de Kerch que une la Rusia continental con Crimea. La explosión prendió fuego a los vagones de combustible del tren de carga que transitaba y dañó el puente, un proyecto agasajado por Putin y crítico para su logística militar”, escribe The Wall Street Journal. Los olvidos y omisiones no se limitan a los asesinatos selectivos, sino también a este ataque contra el proyecto de Putin, en el que es más cómodo para Ucrania no recordar utilizó un camión bomba en el que el conductor, una persona inocente que no era consciente de la carga que portaba ni de cuál era su objetivo, fue enviado a la muerte como conductor suicida.

Nada importa salvo el resultado, no solo el de los ataques sino la implicación de estos. “Como resultado de estos éxitos, la reputación del SBU se ha disparado entre el público ucraniano. La confianza en la agencia se situó en el 73% el pasado septiembre, según una encuesta de la encuestadora Rating, con sede en Kiev, frente al 23% de 2021. El servicio postal de Ucrania ha lanzado un sello especial para celebrar las operaciones del SBU”, insiste The Wall Street Journal. La guerra crea héroes y los medios los magnifican.

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