“La noche del 5 al 6 de junio de 2025, Rusia lanzó un ataque combinado en Ucrania contra las ciudades de Kiev, Ternopil, Lutsk, Chernigov y la región de Lviv”, escribía ayer en su parte de guerra Ukrainska Pravda, que aportaba los datos suministrados por Yuri Ignat según los cuales la aviación ucraniana alegaba que “Rusia desplegó 452 proyectiles aéreos, entre ellos misiles y drones. Las defensas aéreas derribaron 406 objetivos, con impactos registrados en trece localizaciones y daños causados por la caída de metralla”. Como es habitual, la elevada tasa de interceptaciones alegadas por la aviación ucraniana choca tanto con las imágenes que se publicaron a lo largo del día como con las plegarias de una Ucrania supuestamente a merced de los misiles rusos y extremadamente necesitada de nuevos sistemas de defensa aérea.
La realidad que muestran las observaciones de los expertos y la cantidad de imágenes de objetivos alcanzados por los misiles y drones rusos -en muchas ocasiones vídeos suministrados por las fuerzas rusas para mostrar sus éxitos, algo que también hizo Ucrania en su gran ataque del pasado fin de semana- está lejos del derribo de la práctica totalidad de proyectiles rusos. Uno de los vídeos publicados ayer mostraba el trabajo de las defensas aéreas de Kiev tratando, sin éxito, de derribar un misil ruso, tras lo que se observa una fuerte explosión en tierra, presumiblemente del sistema de defensa aérea. Esa parte, la de la escasez de munición para la defensa contra los misiles y drones rusos sí está basada en la realidad y es uno de los motivos por los que los bombardeos rusos logran más éxitos con menos misiles -no hacen falta tantos proyectiles para superar unas defensas que ya no son tan potentes- que hace unos meses.
Según el Ministerio de Defensa ruso, los objetivos del ataque nocturno habían sido lugares de diseño y producción de armas, talleres de reparación y de montaje de drones, centros de entrenamiento de vuelo y almacenes de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Entre los impactos registrados se encontraba, según el diario ucraniano Strana un hotel de Lutsk en el que se alojaba la selección ucraniana de atletismo. Según las imágenes publicadas por los propios deportistas, ninguno de los cuales resultó herido, uno de ellos indica que varios militares que también residían en el hotel sí sufrieron daños. El ataque ruso, en el que según Volodymyr Zelensky se utilizaron 40 misiles y 400 drones afectó a amplias zonas del país y causó al menos cuatro muertos y una veintena de heridos, unas cifras que difícilmente pueden justificar titulares como el de El País, que ayer afirmaba que “Rusia lanza su mayor bombardeo sobre Ucrania tras la amenaza de venganza de Putin”. El medio español añadía que “Kiev es el principal objetivo de un ataque masivo con más de 400 drones bomba y 45 misiles varios días después de la operación ucrania contra bases aéreas rusas”.
Una vez más, Putin ataca ciudades, hogares y civiles. No son objetivos militares, sino actos de barbarie. Entre los muertos había miembros de los Servicios de Emergencia del Estado que trabajaban incansablemente para salvar y proteger vidas”, afirmó, con una indignación que no acostumbra a mostrar para comentar los bombardeos israelíes, el ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, David Lammy. El modus operandi europeo es claro y consta de dos puntos muy simples: ignorar cualquier ataque ucraniano y condenar todos y cada uno de los movimientos rusos como si se tratara de ataques deliberados contra la población civil sea cierto o no. El objetivo no es otro que justificar más implicación occidental, especialmente de Estados Unidos, si es que la cambiante opinión de su presidente aún puede ser modificada para continuar el suministro de inteligencia en tiempo real renovar el de armas una vez que se agote la financiación heredada de la era Biden.
Los representantes occidentales actúan en este sentido en perfecta coordinación con el Gobierno ucraniano, cuya línea de comunicación está siempre dirigida a Washington. “Rusia debe rendir cuentas por esto. Desde el primer minuto de esta guerra, han estado atacando ciudades y pueblos para destruir vidas. Hemos hecho mucho junto con el mundo para que Ucrania pueda defenderse. Pero ahora es precisamente el momento en que Estados Unidos, Europa y el mundo entero pueden detener esta guerra juntos presionando a Rusia”, publicó Zelensky en las redes sociales. Sin embargo, en esta ocasión no quiso quedarse ahí y añadió que “si alguien no presiona y le da a la guerra más tiempo para cobrar vidas, eso es complicidad y responsabilidad”. Suministrar a Ucrania armamento y aumentar aún más la presión de las sanciones contra Rusia ya no es solo una forma de defensa de la civilización occidental o una obligación moral, sino que es obligatoria para no ser tachado de colaboracionista. Para disgusto de Kiev, en declaraciones a la prensa desde el Air Force One, Donald Trump declaró que Ucrania «dio a Putin la razón para bombardearlos».
El bombardeo de ayer, que ha continuado con ataques muy centrados en Járkov en las últimas horas y que puede considerarse muy duro, pero que no es ni el más potente ni el que más bajas ni daños ha causado, no solo se produce después de la Operación Telaraña, tras la que Vladimir Putin advirtió en su conversación con Donald Trump que habría una respuesta rusa, sino después de una serie de ataques ucranianos en la retaguardia rusa, el fuerte aumento de los sabotajes en infraestructuras civiles, pero también militares -que dejaron siete víctimas mortales civiles en el descarrilamiento de un tren de pasajeros- y la certeza de que la intensidad de la guerra seguirá aumentando hasta que se pacte un alto el fuego, si es que esa tregua es posible. Conscientes de que la diplomacia no va a dar resultados rápidos, algo que también Donald Trump parece haber admitido y ahora ve los acontecimientos permitiendo que los niños se peguen un rato, tanto Kiev como Moscú quieren mostrar su fuerza por la vía militar. Ucrania carece, salvo en una pequeña zona de Kursk, donde sin ningún sentido militar sigue atacando Tyotkino, de lugares en los que avanzar en el frente, por lo que, mientras Rusia avanza hacia Pokrovsk, Konstantinovka y captura aldeas de Sumi, el trabajo ucraniano se concentra en la retaguardia.
“En Ucrania, el enemigo lanzó drones contra la retaguardia rusa y las zonas fronterizas casi simultáneamente. Se trata del segundo ataque masivo en los últimos cuatro días: el anterior tuvo lugar el 2 de junio. Según los informes, al menos 176 drones ucranianos fueron derribados. El trabajo de la defensa aérea se hizo notar en los cielos de las regiones de Belgorod, Briansk, Voronezh, Kaluga, Kursk, Oryol, Rostov, Ryazan, Saratov, Tambov y Tula. Varios grupos más de drones ucranianos fueron derribados al aproximarse a la capital rusa y sobre el territorio de la República de Crimea. Además, según el Ministerio de Defensa ruso, el enemigo utilizó misiles antibuque Neptune para el ataque, aunque todos ellos fueron interceptados en el Mar Negro”, escribía en su parte de guerra de ayer la fuente rusa Rybar para describir los ataques ucranianos, a los que hay que sumar un nuevo sabotaje de una línea ferroviaria. En las inmediaciones de la importante base de Engels, atacada el pasado domingo, Ucrania atacó también una refinería, segundo incidente de los últimos días de ataques contra infraestructuras energéticas tras el bombardeo de una subestación eléctrica que dejó sin luz a miles de personas en Zaporozhie.
La incertidumbre sobre el proceso diplomático, en el que la confianza es tan inexistente que incluso los hasta ahora sencillos intercambios de soldados muertos suponen actualmente un problema, sumada a la necesidad de mostrar fuerza militar y al uso del ataque como forma de defensa hace que la guerra aérea que se ha recrudecido notablemente a lo largo de las últimas semanas vaya a continuar, quizá incluso recrudeciéndose. Así lo advierte también la Fuerza Aérea de Ucrania, que tras reivindicar ataques contra las bases de Engels y Diagulevo, advirtió que “quedan cosas por venir”.

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