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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Sanciones, Ucrania

«Como niños peleando»

“Gracias por la oportunidad de transmitir la verdad”, escribió para finalizar su post Pavlo Palisa jefe adjunto de la Oficina del Presidente de Ucrania, único gobierno efectivo que existe ahora mismo en el país, para describir su comparecencia ante la audiencia más importante de Kiev: senadores y senadoras estadounidenses. Parte de la verdad de Palisa es afirmar que “desde 2022, Rusia ha recibido más de 8,4 millones de proyectiles de artillería en forma de ayuda. Están construyendo activamente alianzas antioccidentales, aunque ellos mismos hablan de aislamiento”. Aunque no los menciona, Palisa se refiere evidentemente a algunas de las obsesiones habituales de su audiencia, la República Popular de Corea e Irán, blancos de las políticas de sanciones y amenazas militares de Estados Unidos durante décadas, y posiblemente también a China, rival y oponente en la actual batalla por la hegemonía.

Todos ellos, de diferente manera, han colaborado con Rusia ya sea por medio de la adquisición de tecnologías -los Shahed iraníes-, munición -proyectiles de artillería norcoreanos-, el reciente acuerdo según el cual tropas de norcoreanas han luchado en Kursk o simplemente no sumándose a las sanciones occidentales y continuando el comercio habitual. Sin embargo, al contrario que Ucrania, a la que Occidente ha subvencionado la guerra, no porque, como alega Palisa, “Ucrania no solo se defiende a sí misma; luchamos por los mismos principios de libertad y justicia que ustedes”, sino por el interés común de debilitar a un enemigo histórico. Rusia, que es además el aliado más cercano del verdadero rival, está sola en la financiación de esta guerra. La ayuda que menciona el representante ucraniano no es sino un ejemplo de adquisiciones comerciales pese a que Kiev, sus aliados y la prensa afín traten de presentar los hechos de diferente manera, por ejemplo, insistiendo repetidamente en la participación china, un mantra útil para la propaganda, aunque imposible de probar al ser inexistente. El papel de China no es militar, sino el de un aliado que ayuda a base de mantenerse al margen tanto de la batalla -Beijing no ha contribuido un solo dólar al esfuerzo bélico e incluso humanitario ucraniano-, como de la guerra económica occidental.

Según mostraba el inicio de su mensaje, en el que escribía que hablaba “en nombre del personal militar ucraniano en apoyo del proyecto de ley de sanciones del senador Lindsey Graham”, el principal objetivo de Ucrania es siempre lograr más sanciones contra Rusia. Como Ucrania, que desde 2022 trata de conseguir que China se aleje de Rusia y cumpla con las sanciones occidentales que, al igual que Moscú y gran parte del Sur Global, ve como ilegítimas al no proceder del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, también el proyecto de Graham mira a Beijing. Mientras trata de convencer aún a Donald Trump de lo adecuado de adoptar una legislación que implica un 500% de aranceles a los países que adquieran petróleo, gas o uranio ruso, la última propuesta del beligerante senador Republicano ha sido excluir de esas sanciones a los países que apoyen a Ucrania (por ejemplo Estados Unidos, que según diversas fuentes sigue adquiriendo uranio ruso). “Si quiere evitar los aranceles, que ayude a Ucrania”, se ha mofado Graham, que si consigue salirse con la suya con Donald Trump, habrá encontrado la forma de castigar, de un plumazo a dos de sus enemigos personales, China y Rusia.

“Las sanciones son una herramienta probada contra Putin”, afirmó, en la misma línea que Palisa, Andriy Ermak, que añadió que “ahora están discutiendo sanciones verdaderamente duras y efectivas, estamos hablando de energía, petróleo y el sector bancario”. Kiev no se conforma con las sanciones secundarias a países que aún comercian con Rusia, sino que sigue presionando en busca de algo lo más parecido posible al sueño de imponer contra la Federación Rusa el bloqueo de Cuba. Ermak, como el resto de oficiales ucranianos, no se molesta en explicar por qué, si las sanciones son una herramienta que ha probado su eficiencia, son necesarias más rondas después de las diecisiete que se han aprobado desde 2022. De la misma forma que en el frente, también en la guerra económica hace falta pretender que todo va bien y que una última ofensiva va a derribar las defensas enemigas.

El segundo objetivo de Palisa en su discurso a los senadores, como el de Ermak en su reunión con el Departamento de Estado y las de Svyrydenko con el Tesoro, es presentar la guerra de Ucrania como una oportunidad para Estados Unidos e insistir en que, contrariamente a las afirmaciones de hace unos meses de Donald Trump, Kiev no está “perdiendo la guerra”. También en este punto, el discurso de Palisa está perfectamente coordinado con el de Ermak, que afirmó que “Ucrania no va a perder esta guerra y Rusia no va a ganarla”. Eso sí, en la argumentación, Ermak deja ver que, es posible que Kiev no vaya a perder la guerra, pero tampoco puede ganarla. “Después de más de tres años de guerra, estamos sobreviviendo, luchando y somos capaces de conseguir una paz duradera”, explicó. La supervivencia podría ser el objetivo en 2022, pero dejó de ser el resultado esperado, por ejemplo, cuando Ucrania prometía llegar a Crimea en los meses de preparación de la contraofensiva de 2023 o lo que Zelensky esperaba cuando se jactaba del control de sus tropas de una parte de la región de Kursk.

Por su simpleza y brevedad, los comentarios de Palisa sobre el discurso que pronunció, ataviado en su vestimenta de camuflaje, ante los senadores estadounidenses es representativo de los objetivos y formas de actuar de Ucrania. El jefe adjunto de la Oficina del Presidente utilizó argumentos simples y escasos, solo dos, pero eficientes para la audiencia a la que estaban dirigidos. “No estamos perdiendo esta guerra. En 2024, el enemigo capturó solo el 0,5%, y otro 0,2% desde principios de este año. Pero a costa de 167 ocupantes muertos por kilómetro. Esto no parece una victoria rápida”, explicó profundizando ligeramente en la idea planteada por Ermak, aunque no tuvo en cuenta que Rusia avanza actualmente en Sumi y en Donbass, zona más fortificada del frente y donde Ucrania tiene crecientes dificultades de personal. Fruto de ello es la noticia que se ha conocido esta semana, cuando se ha anunciado que las Fuerzas Armadas de Ucrania aceptarán voluntarios de más de 60 años. “Por fin, todos los veteranos líderes de pensamiento y patriotas profesionales tendrán la gloriosa oportunidad de dar ejemplo, mostrando a las generaciones más jóvenes cómo luchar y morir adecuadamente por la Madre Ucrania”, escribía, en tono de crítica, la historiadora ucraniana Marta Havrysko.

Para negar dificultades, Ucrania prefiere no utilizar como medida los kilómetros cuadrados y medir los avances en el segundo país más grande de Europa únicamente el porcentaje de territorio, sin mencionar la tendencia que supone ni el hecho de que se produzcan en el lugar más pareparado para la defensa. Es necesario también ocultar que, según medios ucranianos como DeepState, los avances rusos este último mes han sido los más rápidos desde el pasado noviembre a pesar de que las acciones ofensivas solo hayan aumentado un 19%, lo que indica una mayor efectividad rusa contra las minadas defensas ucranianas. Si a ello se suman unos cálculos de bajas que rozan lo delirante, el argumento es mucho más llamativo para senadores y senadoras, lobistas en potencia de la causa ucraniana.

El segundo argumento de Palisa, como no podía ser de otra manera esta semana, es la Operación Telaraña, el exitoso ataque ucraniano contra las bases militares rusas, que vino acompañado por una serie de sabotajes en las infraestructuras ferroviarias rusas que aún continúan -ayer se produjo otro en la región de Voronezh-, que el representante ucraniano prefirió no mencionar. Las víctimas civiles causadas son una justificación más pobre que los bombardeos contra instalaciones en las que se estacionan bombarderos nucleares del viejo enemigo de la Guerra Fría cuando el objetivo es convencer a representantes estadounidenses. “Expliqué por qué ya no podemos simplemente derribar misiles; necesitamos atacar su origen. La operación «Telaraña» de la SSU se convirtió en un símbolo de nuestra nueva forma de actuar: en una hora, perdimos 41 aviones rusos, incluyendo aviones AWACS”, afirmó Palisa utilizando ese dato, 41, que está convirtiéndose en el principal lema ucraniano pese a que incluso los expertos occidentales apuntan a que la cifra real de aeronaves destruidas o dañadas es más cercana a 14. En el juego de la propaganda, el impacto es más importante que los hechos.

Palisa, al contrario que Ermak, que fue recibido por el subsecretario de Estado en lugar de por Marco Rubio como esperaba, predicaba ante un público entregado y convencido. No es el Senado, donde Lindsey Graham sabe que cuenta con la mayoría necesaria para aprobar la ley que impone aranceles a los países que comercien con Rusia, a quien Ucrania trata de convencer sino a Donald Trump que, dominador absoluto de la dinámica del Partido Republicano, marca la pauta. El presidente de Estados Unidos insiste, como afirmó ayer, en que está “con Ucrania”, a lo que añadió que “lo que quiero realmente es que pare la muerte”. Y, por el momento, mantiene el freno a la legislación del Senado, aunque utilice la posibilidad de imponer esas sanciones como una amenaza continua contra la Federación Rusa, una herramienta que utilizar en el momento en el que, por medio de operaciones “impresionantes”, como según Axios calificó en privado la Operación Telaraña, y ofreciendo exactamente lo que pide, una reunión de presidentes, Zelensky le convenza de que no es el “mal tipo” que ahora percibe, sino un aliado contra el verdadero enemigo común.

Los progresos en esa dirección son limitados. Ayer, amenazando con imponer duras sanciones a Rusia, pero sugiriendo que también Ucrania podría recibir un castigo, Donald Trump volvió a mostrar su opinión de la guerra. “A veces ves a dos niños peleándose como locos. Se odian, se están pegando en el parque e intentas separarlos. No quieren que los separes y a veces es mejor dejarlos pelear un rato y luego separarlos”, sentenció, quizá para justificar los cuatro meses en los que aún no ha conseguido aún detener la guerra.

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