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Diplomacia, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Putin, Rusia, Ucrania, Zelensky

Jugando con fuego

Apenas unas horas después de unas declaraciones en las que parecía afirmar que Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos levantaban todas las restricciones a Ucrania para el uso de armamento en Ucrania, ayer el canciller Merz se desdijo parcialmente de las implicaciones que se habían sugerido. El anuncio del líder alemán siempre debió resultar extraño, ya que el representante de un país no puede permitirse el lujo de comunicar unilateralmente las condiciones de otros tres gobiernos. Ayer, Friedrich Merz precisó que esas restricciones se habían levantado meses atrás, con lo que se puede deducir que el canciller alemán se refería al permiso concedido por Joe Biden del uso de misiles estadounidenses contra objetivos en el territorio de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente recocidas. Ese permiso se sumaba al del uso de misiles Storm Shadow o SCALP británicos y franceses respectivamente, para el que sir Keir Starmer y Emmanuel Macron llevaban semanas suplicando al entonces presidente de Estados Unidos. El paso dado a finales de 2024 era conocido y ha sido utilizado, ya que Ucrania ha disparado ese material occidental en oblasts rusos fronterizos con Ucrania.

Con una reducida cantidad de misiles occidentales en sus arsenales, Kiev no logró grandes resultados, algo previsible ya que para minar el esfuerzo bélico de un país tan amplio y militarmente descentralizado como Rusia es precisa una cantidad de misiles que Ucrania no tenía, y regresó a su táctica original, el uso masivo de drones, más difíciles de detectar para las defensas aéreas y posiblemente más eficientes en términos de coste y resultado. Recientemente han sido los drones, no la amenaza de misiles, los que han provocado el endurecimiento de la guerra en el aire. Sin embargo, las palabras de Merz provocaron una rápida reacción de Rusia, que dio por hecho que el anuncio de Merz era en realidad la confirmación de que Alemania suministraría finalmente los deseados misiles Taurus, capaces de alcanzar Moscú y cuya entrega implicaría la participación de soldados alemanes en su uso. El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, calificó la medida de importante escalada y dio el pistoletazo de salida a la especulación sobre si Alemania habría trasladado a Ucrania ya los misiles y si el reconocimiento estadounidense del Mar Negro el pasado fin de semana se debía a la preparación de un ataque contra el objetivo más probable, el puente de Kerch.

Nada indica, por el momento, que los misiles se hayan entregado, especialmente porque la rapidez implicaría que habría sido el canciller Scholz y no Merz quien lo habría aprobado, algo improbable teniendo en cuenta que esas entregas habían sido la principal línea roja del anterior jefe del Gobierno alemán. En cualquier caso, las palabras de Merz han cumplido con parte de su comedido, causar nerviosismo en Rusia ante la posibilidad de tener que enfrentarse a una nueva arma. Es presumible que el mismo objetivo, causar tensión, sea el motivo de las palabras del canciller alemán ayer, que insistió en que “las guerras generalmente acaban por el agotamiento económico o militar de una o las dos partes”, por lo que, según Merz, “tenemos que prepararnos para una guerra más larga”. El escenario de la continuación de la guerra, que favorecen los países europeos ante las evidentes reticencias a que Ucrania tenga que negociar con Rusia en posición de debilidad, implicaría, a juzgar por las declaraciones y exigencias de los países europeos, una nueva escalada, ya que, en las condiciones actuales, la prolongación del statu quo beneficia al Estado con mayor capacidad de recursos, en este caso, la Federación Rusa.

Ante la posibilidad de renuncia de Rusia o de Estados Unidos, los dos únicos países con autonomía, a la vía diplomática, Ucrania necesita un contexto más favorable para seguir luchando con unas garantías mínimas. La ira de Donald Trump preguntándose qué le ha ocurrido a Vladimir Putin para volverse “completamente loco” han hecho estallar el optimismo de los representantes más radicales del sector belicista de Ucrania, que apelan directamente al presidente de Estados Unidos en busca de un paquete que incorpore los dos aspectos necesarios: sanciones contra Rusia y fuerte aumento del suministro militar de Kiev. Fracasados todos los demás argumentos, oficiales como Mijailo Podolyak han optado por apelar directamente al ego del presidente de Estados Unidos. “Es evidente que Putin ha optado por atacar cínicamente la reputación personal del presidente Trump, contando con su disposición a dialogar «con un ruso»”, escribió ayer a modo de reto al líder estadounidense, al que insiste que los últimos bombardeos rusos “son descaradamente demostrativos”. Esa línea es la marcada el pasado fin de semana por Volodymyr Zelensky, que se reafirmaba en que los bombardeos rusos eran “políticos” y carecían de “objetivos militares”. Ese análisis solo resultaría creíble si se ignorara que los ataques rusos eran la represalia por el fuerte aumento del uso de drones, no siempre contra objetivos militares, en la Federación Rusa y que los objetivos rusos fueron fundamentalmente industrias vinculadas a la producción militar.

“El Kremlin está alimentando la guerra, poniendo a prueba la determinación de la Casa Blanca de cumplir sus palabras. El presidente de Estados Unidos aún tiene una opción. La primera: respaldar sus palabras sobre la «locura» de Putin con acciones concretas. Imponer nuevas sanciones, impulsar un embargo comercial total contra Rusia, aprobar más entregas de armas y fortalecer las defensas aéreas de Ucrania. La segunda: rendirse, admitir que el problema es demasiado complejo y retirarse del proceso de negociación para el fin de la guerra. El Kremlin confía en que esto es exactamente lo que sucederá”, continuaba Podolyak en su mensaje, en el que daba al presidente de Estados Unidos la opción de ser un líder fuerte o rendirse mostrando su debilidad. Aunque infantil, este argumento de convencer a Trump de que continuar en un proceso diplomático en el que una parte no tiene intención de negociar de buena fe -dando por hecho que Ucrania sí va a hacerlo, cuestionable teniendo en cuenta los palos en la rueda que oficiales como Podolyak insisten en poner- es ahora mismo la base sobre la que se fundamenta el discurso oficial europeo.

La actual presión a Estados Unidos en busca de una posición más cómoda para los países europeos y Ucrania, más preocupados por la posibilidad de un acuerdo que no les sea favorable que por la continuación de una guerra que está destruyendo Ucrania, se produce en un momento de incertidumbre en el que ni los oficiales continentales ni la prensa occidental comprenden realmente cuál es la postura de la Casa Blanca o si hay siquiera una política oficial sobre la cuestión de la diplomacia. Ayer, The Wall Street Journal afirmaba que Washington se plantea la introducción de sanciones a Rusia y baraja incluso abandonar completamente el diálogo con Rusia. Las palabras de ayer, en las que advirtió a Vladimir Putin de que “está jugando con fuego”, son un indicio más del hartazgo de Donald Trump con un proceso que nunca creyó que fuera a ser complicado y que aún no es consciente de que no ha hecho más que comenzar y carece de garantías de éxito.

Pero frente a quienes dan por hecho un nuevo volantazo de la Casa Blanca y ya han olvidado que solo hace ocho días de la euforia del presidente de Estados Unidos ante el inicio de conversaciones que fueran más allá de un alto el fuego y buscaran la resolución del conflicto o cuatro días desde que se preguntara si el alto el fuego era el primer paso para “algo grande”, las últimas declaraciones de Keith Kellogg son signo de continuidad. En su última aparición en el programa matinal de Fox News, conocido por ser el espacio favorito de Donald Trump, el general Kellogg calificó al presidente de Estados Unidos como “la única persona” capaz de negociar un acuerdo entre Rusia y Ucrania e insistió en el enorme esfuerzo que está realizando y en su gran frustración con los ataques “indiscriminados” de los últimos días. Repitiendo nuevamente una idea antigua, que Trump ha hecho en estos 120 días más que ninguna otra persona por lograr el final del conflicto y tras calificar los bombardeos rusos de violaciones a la Convención de Ginebra, el enviado de Trump para Ucrania se centró en el lugar en el que se encuentra el trabajo de diplomacia de lanzadera que está realizando Estados Unidos. Según Kellogg, Estados Unidos conoce ya, o cree conocer, la postura de Ucrania, sus exigencias, qué espera conseguir de la diplomacia y hasta qué punto está dispuesta a ceder.

Se trata del plan de 22 puntos que el general Kellogg considera “un buen plan” pese a incluir aspectos que contradicen abiertamente la hoja de ruta propuesta por Estados Unidos. Ese plan europeo implicaría la presencia militar de países de la OTAN en Ucrania, daría a Ucrania de partida las exigencias territoriales que plantea (especialmente la devolución de la central nuclear de Energodar), dejando completamente en el aire el estatus del resto de territorios, algo excesivamente similar a los acuerdos de Minsk, una situación que es clara línea roja para Rusia. En cuanto a las sanciones, el plan implicaría que Moscú aceptara que solo van a levantarse, y de forma progresiva bajo supervisión de Kiev, las sanciones estadounidenses. La propuesta de 22 puntos que Kellogg trata de imponer supondría para Rusia aceptar de partida una situación de conflicto económico y político a largo plazo con Ucrania y sus aliados europeos, algo que difícilmente puede aceptar si no es en forma de dura derrota diplomática. A esta presión diplomática se debe el intento ruso de demostrar su fuerza en el campo de batalla, principal herramienta de presión en manos de Moscú en estos momentos.

En sus declaraciones, el general Kellogg dio valor al memorando que Rusia ha prometido y que él califica de “hoja de condiciones”, es decir, la posición de negociación, no la posición de máximos, de la Federación Rusa. Una vez recibido, el representante de Estados Unidos afirmó que ambos documentos serán “mezclados” y se procederá a decidir cómo pueden combinarse de la mejor manera posible. Ese y no las declaraciones y los reproches mutuos es el punto de partida de la diplomacia. Así lo entiende Kellogg, que admite que ninguna de las partes está contenta con las propuestas de su oponente e insiste en la frustración que supone pero cree que Trump “debe seguir con ello”. “No hay forma de que esta guerra vaya a acabar por la fuerza”, insistió Kellogg, que añadió que “va a ser por medio de negociaciones”, por lo que su continuación es la única opción. Si esa negociación se produce en Ginebra como sugirió Kellogg y con presencia de los tres presidentes o si se precipita al vacío a base de sanciones y amenazas en lugar de incentivos dependerá de la actuación y las palabras de Rusia y Ucrania, pero también del estado de ánimo de Donald Trump, cuya impaciencia y frustración es un factor a tener en cuenta.

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