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Armas, China, Diplomacia, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Herramientas de presión, mensajes contradictorios y amenazas

Es el momento de propuestas concretas de Moscú y Kiev para terminar la guerra de Ucrania. Ese es el mensaje lanzado esta semana por Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos y desde el jueves también asesor de seguridad nacional en funciones (mientras se busca sucesor al cesado Mike Waltz, nominado al cargo de representante de Estados Unidos en la ONU). Esas palabras llevan a preguntarse qué entiende por propuesta concreta la administración trumpista. No se ha filtrado la respuesta rusa a la oferta final de Estados Unidos a Rusia y Ucrania, pero sí se conoce la contrapropuesta europea y ucraniana, tan concreta que sigue al pie de la letra los bloques y el orden del texto estadounidense para añadir los matices que Londres, París, Berlín y Kiev consideran necesarios. La versión de Marco Rubio ni siquiera es coherente con la de otros sectores de la administración estadounidense. En una entrevista concedida a Fox News esta semana, JD Vance planteaba una situación muy diferente en la que, según el vicepresidente de Estados Unidos, Donald Trump ha conseguido un gran avance, ya que ha conseguido que las partes sean conscientes de las exigencias de su oponente. De forma explícita Vance, que asegura ser consciente de que la guerra no acabará de forma inminente o incluso rápida, afirmó que, ahora que Kiev y Moscú han entregado sus propuestas, son los dos países los que han de llegar a un acuerdo.

La versión de Vance es más similar que la del secretario de Estado a la que presentó el jueves Tammy Bruce, portavoz del Departamento de Estado, que afirmó que “no vamos a ser mediadores. No vamos a volar al otro lado del mundo en un abrir y cerrar de ojos para moderar reuniones. Ahora, el trabajo debe de hacerse entre ambas partes”. Según esta postura, el trabajo de Estados Unidos, lograr abrir la vía diplomática y que las partes dispongan de la propuesta de su oponente, es el inicio de lo que JD Vance afirma que puede ser “uno de los acuerdos de paz más importantes del siglo XXI”. Pero es ahí donde Estados Unidos se ha bloqueado y, ante la comprensión de que esta guerra no tiene una resolución rápida y sencilla, como parecía esperar Donald Trump, da vaivenes a la hora de seguir adelante, imponerse como país mediador, reducir el perfil de la representación aunque manteniendo la presencia en caso de que haya un acuerdo (en cuyo caso Washington se otorgaría todo el mérito) o abandonar.

Mientras un sector de la administración da por finalizada la tarea de mediación, otra, en la que se encuentra Rubio, insiste en que “no vamos a rendirnos”, aunque precisa que “se llega a un punto en el que el presidente tiene que decidir cuánto tiempo más va a dedicarle a esto el nivel más alto del Gobierno”, ya que “hay asuntos incluso más importantes en el mundo, aunque eso no es decir que la guerra de Ucrania no sea importante, pero diría que lo que está ocurriendo en China es más importante a largo plazo”. Lo que está ocurriendo en China es la escalada del enfrentamiento económico provocado por Donald Trump con su guerra arancelaria, en la que intenta obligar a todos los países del mundo a elegir entre comerciar con Washington o con Beijing y de minar al máximo la economía china.

China, el único oponente real con capacidad de eclipsar la hegemonía de Estados Unidos, es la verdadera preocupación del Gobierno estadounidense. A Beijing se dirigen fundamentalmente las sanciones secundarias contra Irán anunciadas por Donald Trump el jueves, que pretenden obligar a terceros países a renunciar a adquirir petróleo iraní, cuyo principal cliente es precisamente China. Esa es también la medida que el trumpismo se guarda en la manga para aplicar conta la Federación Rusa en caso de considerar que, como se le exige, no llegue a un acuerdo rápido con Ucrania para finalizar la guerra. “Ahora mismo, Rusia tiene una gran oportunidad para conseguir una paz duradera”, afirmó el diplomático John Kelley, que ha culpado a Moscú de la continuación del derramamiento de sangre, en referencia a “los desgraciados” casos “que han causado pérdidas humanas, incluyendo civiles inocentes”. Es posible que Estados Unidos se haya molestado también por los casos en los que los drones ucranianos han causado víctimas civiles en territorio bajo control ruso, como el bombardeo que asesinó a ocho civiles en un mercado de la región de Jersón este jueves, aunque la espectacularidad de los misiles hace que los ataques rusos sean más mediáticos que los numerosos bombardeos con drones que diariamente amenazan las vidas de civiles a ambos lados del frente. “Es cosa de los líderes de esos dos países”, afirmó Kelley en referencia a Rusia y Ucrania, “decidir si la paz es posible. Si ambos bandos están dispuestos a terminar la guerra, Estados Unidos apoyará completamente su camino a una paz duradera”.

Aunque enviando señales contradictorias, el trumpismo no ha cambiado de objetivo, conseguir la paz entre Rusia y Ucrania, ni tampoco el método para conseguirlo. Los ejemplos de presión a Ucrania han sido notorios y han llegado a incluir detener el suministro de armamento e inteligencia. Sin embargo, las amenazas no se limitan a Kiev, sino que se han extendido también a Moscú desde el momento en el que la administración estadounidense ha comprendido que el proceso de negociación no iba a ser el paseo que la Casa Blanca parecía ingenuamente esperar. “Si no hacen un trato, le daremos mucho”, ha declarado Donald Trump en una entrevista dirigiéndose a Vladimir Putin y en referencia a la asistencia militar a Zelensky. “Más de lo que ha tenido nunca”, insistió. Esta lógica es exactamente la que cabría esperarse teniendo en cuenta la estrategia de alicientes y amenazas que siempre fue el plan Kellogg-Fleitz, que preveía vincular la asistencia militar a Ucrania a la aceptación de una negociación, pero amenazaba a Moscú con aumentar ese flujo en caso de que fuera Rusia quien rechazara la apertura a la diplomacia.

Pese a que las advertencias se dirigen actualmente más a Moscú que a Kiev, especialmente teniendo en cuenta que Ucrania ha aceptado finalmente firmar el acuerdo de extracción de minerales con Estados Unidos, los países europeos insisten en ver en la Casa Blanca signos de voluntad de abandonar la causa ucraniana en manos rusas. La única prueba al respecto es el plan presentado por Washington como oferta final, que ministros europeos han calificado de “equivalente a la capitulación” pese a contener aspectos favorables a Ucrania y dejar la puerta abierta a la presencia militar de países de la OTAN en Ucrania.

La preocupación europea ante el riesgo de un acuerdo pactado con Rusia es tal en las capitales europeas, partidarias de continuar luchando hasta que Kiev pueda imponer los términos sobre Moscú, que las autoridades buscan ya un plan B en caso de abandono estadounidense, especialmente en lo que respecta a las sanciones, la herramienta más potente a disposición de los aliados europeos. “La Unión Europea prepara un plan B sobre cómo mantener las sanciones contra Rusia en caso de que la administración Trump abandone las conversaciones de paz y busque un acomodo con Moscú”, escribía esta semana Reuters que, citando a Kaja Kallas, afirmaba que “vemos signos de que están contemplando la posibilidad de abandonar Ucrania y no intentar llegar a un acuerdo porque es muy difícil”. Ese plan, del que la jefa de la diplomacia continental no da ningún detalle, busca la forma con la que preservar -y posiblemente seguir aumentando- las sanciones en caso de que, tras el abandono de Estados Unidos, países como Hungría amenacen con bloquear la extensión de las actuales medidas económicas contra Rusia.

El arma económica es la principal herramienta de bloqueo a disposición de los aliados europeos de Ucrania para impedir la firma de un acuerdo que no sea a su gusto y que se alcance por medio de unas negociaciones en las que sigue sin jugar el papel clave al que aspira. “Hay un plan B, pero también hay que trabajar por el plan A”, insistió Kallas en referencia a la actual actuación europea, que pasa por aumentar la aportación militar a Ucrania para compensar cualquier reducción de suministro militar estadounidense o su abandono total y por incrementar aún más la presión de las sanciones, pese a haberse demostrado que nunca han conseguido su objetivo de destruir la economía rusa o impedir a su industria producir el material necesario para continuar luchando. Pero tan importante como conseguir la militarización de Ucrania mientras continúe la guerra y en la posterior paz armada, es lograr mantener la fractura continental que ha supuesto la guerra también en términos económicos. Mientras el trumpismo trata de llegar a un acuerdo con Rusia precisamente para aprovecharse de la apertura económica que supondría la paz pactada, los países europeos luchan con todas las armas a su alcance para que ese momento no llegue. No es de extrañar así que la contrapropuesta europea a la oferta final de Estados Unidos no solo incluya aspectos militares que hacen inviable cualquier acuerdo, sino que presta especial atención a la cuestión de las sanciones, para especificar que el levantamiento de las medias económicas coercitivas puede producirse únicamente de forma progresiva y bajo control ucraniano y que ha de limitarse a las sanciones estadounidenses, mucho más limitadas que las europeas, que han llegado para quedarse y que la UE y el Reino Unido pretenden preservar más allá de una posible paz.

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