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Economía, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Minerales, intereses económicos y garantías de seguridad

El miércoles por la noche, con más de dos meses de retraso y sin la ceremonia con la que iba a realizarse en presencia de los dos presidentes, Ucrania y Estados Unidos anunciaron haber firmado el famoso acuerdo de asociación económica, más conocido como acuerdo de extracción de minerales o acuerdo de tierras raras (pese a que este elemento, el primero en llamar la atención de Donald Trump a instancias de Lindsey Graham, ha perdido peso en la retórica, posiblemente debido a la escasez de esos minerales en el país). El anuncio y una imagen publicada posteriormente por la viceprimera ministra Yulia Svyrydenko son los únicos detalles que han trascendido del acto de ratificación del acuerdo, o de una parte del mismo, ya que ni siquiera se conoce a ciencia cierta si se firmó la primera parte, un documento entre los Gobiernos tal y como exigía Ucrania, o las tres partes, que Kiev alega que han de firmarse una vez la Rada apruebe el primer texto. Hasta ayer, cuando el documento fue publicado por diferentes medios, incluido Fox News, poco se conocía del contenido salvo que era mucho menos detallado que el filtrado hace unas semanas por Financial Times y que era aún más duro que el propuesto inicialmente. Frente a las más de 50 páginas de ese segundo intento de acuerdo, el firmado el miércoles no alcanza la decena, con gran parte del documento centrado en cuestiones preliminares y explicaciones previas que realmente solo presentan la situación, sin comprometerse a nada vinculante.

Por el momento, se conoce únicamente la versión ucraniana, que previsiblemente será muy similar a la de Donald Trump, ya que la Oficina del Presidente está esmerándose en presentar el acuerdo como una victoria clara tanto para Ucrania como para el presidente de Estados Unidos, bastante necesitado de algún resultado tangible ahora que se cumplen sus primeros 100 días de mandato sin grandes éxitos de los que jactarse. Según la versión ucraniana, la asociación estratégica, que implica la creación de un fondo común -en el que Kiev asegura que Estados Unidos no tiene derecho a veto, algo que habrá de comprobarse con el tiempo- en el que Kiev aportará una parte importante de sus ingresos, será aplicable a futuras extracciones, sin incluir las actuales como especificaba la segunda versión del acuerdo, aún más punitiva que la primera.

Ucrania considera un gran éxito que Estados Unidos ya no hable de los 350.000 millones de dólares que Donald Trump afirma falsamente que Washington ha aportado a la guerra, por lo que las aportaciones ucranianas no serán ya a modo de reparación. Medios como la BBC presentaban ayer como una gran victoria de Ucrania el hecho de que el documento exprese la necesidad de que los recursos minerales no queden en manos de países enemigos sino que deban estar en manos de aquellos Estados que han apoyado a Kiev a luchar contra la invasión rusa. Sin embargo, ese aspecto ya estaba igualmente expresado en la anterior versión del acuerdo. El único cambio real es que se incluye de forma explícita la mención a Estados Unidos y otros países que han apoyado a Ucrania, una diferencia en la formulación para hacer el documento compatible con las aspiraciones europeas de Kiev.

La ministra Svyrydenko se ha mostrado también orgullosa de haber conseguido que Ucrania no aparezca en el documento como deudora y ha insistido en que el texto abre la puerta a que Estados Unidos continúe la asistencia militar a Ucrania. En realidad, una de las primeras declaraciones de Washington ha sido insistir en que “en teoría con este acuerdo, Estados Unidos podría obtener 350.000 millones de dólares de ingresos”. En otras palabras, pese a que los términos se hayan eliminado de la formulación del documento, el objetivo de la Casa Blanca sigue siendo el mismo, lucrarse de los recursos ajenos, que ya no se limitan a tierras raras y otras extracciones puramente mineras, sino también al petróleo, gas u otros aspectos de la economía. Ucrania ya no es presentada como un Estado en deuda con quien le ha entregado armas durante tres años, pero sigue siendo el país que pone sobre la mesa sus recursos naturales para ofrecer a su principal proveedor una parte de las riquezas naturales que deberían contribuir a la recuperación económica de la posguerra. Sin embargo, ese aspecto nunca fue un problema para Kiev, que siempre vio en la presencia de Estados Unidos en el país una garantía de que su causa no sería abandonada como lo fue la del Afganistán de los veinte años de ocupación estadounidense.

Sin embargo, aunque ese fue el planteamiento de Zelensky desde 2022, cuando comenzaron a realizarse foros en los que Ucrania presentaba su modelo de cooperación público-privada en los que ofrecía el país a los fondos buitre y al gran capital occidental para vincular los intereses económicos de las grandes empresas estadounidenses y británicas al destino de su país -y en muchos casos de su Gobierno-, el paraguas económico que ofrecían las primeas versiones de este acuerdo fueron el motivo por el que Zelensky se presentó a la reunión del Despacho Oval con la intención de renegociar los términos.

“El nuevo acuerdo sobre recursos naturales indica a Rusia que la Administración Trump está comprometida con un proceso de paz centrado en una Ucrania libre, soberana y próspera” afirmó ayer Scott Bessent, encargado junto a Yulia Svyrydenko de firmar el acuerdo. Como deseaba Zelensky, sin especificar cómo un acuerdo económico con una de las partes muestra compromiso con el proceso de paz. “Esta alianza demuestra la dedicación de ambas naciones a la recuperación y la seguridad a largo plazo de Ucrania. Ningún país ni individuo que apoyó la maquinaria militar rusa se beneficiará de la reconstrucción de Ucrania”, añadió. Es evidente que el planteamiento de Estados Unidos responde al beneficio económico y al lucro. Siguiendo la lógica del secretario del Tesoro, ningún país que Washington decida que apoyó a Rusia -es evidente que, en algún momento, la Casa Blanca decidirá gracias a informes de la inteligencia ucraniana que China ha colaborado con Moscú- podrá lucrarse de la reconstrucción de Ucrania. Ese privilegio está limitado a los aliados europeos y a Estados Unidos como país excepcional y principal proveedor, que aporta unas garantías de seguridad que poco tienen que ver con las que Zelensky y Svyrydenko quieren dar a entender que son posibles gracias a este acuerdo.

El documento firmado el miércoles sigue sin incluir las garantías de seguridad que Ucrania exigía que fueran parte del acuerdo. Ingenuamente, el presidente ucraniano confiaba en que su capacidad de negociación fuera a conseguir que la Casa Blanca cediera e incluyera un punto militar en un acuerdo que es puramente económico. Ahora, tras su fracaso a la hora de incorporar la cuestión militar al documento de forma explícita, Ucrania intenta convencerse de que el hecho de que el texto sí mencione que cualquier futura aportación militar estadounidense sería considerada una inversión de capital -es decir, un gasto que Washington esperaría recuperar- podría ser el principio del cambio de opinión de Trump. Kiev no pierde la esperanza de que el presidente de Estados Unidos opte por prolongar el suministro masivo de armas a Ucrania, es decir, continuar financiando la guerra. Sin embargo, como deja clara la letra y el espíritu de la formulación, no hay en el documento ningún compromiso vinculante de Estados Unidos. Las esperanzas de Kiev se basan únicamente en sus deseos y no en la realidad o la literalidad del texto ya firmado.

“Tenemos un acuerdo en el que nuestro dinero está protegido”, afirmó ayer Donald Trump para dejar claro el principal objetivo del acuerdo. “Podemos empezar el trabajo de minería y hacer lo que tenemos que hacer. También es bueno para los ucranianos, porque habrá presencia americana allí. Y la presencia americana, creo, disuadirá a muchos malos actores de atacar el país, o por lo menos la zona en la que estemos minando”, sentenció. Las prioridades están claras y la defensa de Ucrania se limita a las zonas en las que Estados Unidos tenga presencia económica. Sin embargo, tampoco eso puede considerarse una sorpresa. Hace varios meses, cuando Donald Trump ya había dejado claro que los países europeos tendrían que aportar el grueso del armamento que precisara Ucrania, NBC publicó un artículo en el que se afirmaba que Estados Unidos estaba dispuesto a enviar tropas para proteger sus intereses mineros en Ucrania. La defensa del país es secundaria y está siempre supeditada al beneficio económico estadounidense.

Los ingresos que Estados Unidos puede obtener de la guerra no se limitan a los recursos naturales. Desde hace varios meses, un sector conservador ejerce de grupo de presión para hacer de Ucrania una cliente del sector militar industrial de Estados Unidos en lugar de receptora de asistencia. Según informó ayer The Kiyv Post, tras la firma del acuerdo económico, Washington aprobó el primer contrato de exportación de armas a Ucrania, un primer envío muy modesto, apenas 50 millones de dólares, pero quizá el inicio de una relación comercial en la que Kiev utilice la financiación de la Unión Europea para adquirir armamento estadounidense y garantizar que esta guerra -o la paz armada posterior- nunca carezca de armas.

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