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Armas, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Exigencias y amenazas

Ayer, Financial Times anunciaba que estaban limándose los últimos detalles del ya famoso acuerdo económico entre Estados Unidos y Ucrania, más conocido como acuerdo de minerales, pese a que, en gran parte debido al enfrentamiento del Despacho Oval y el intento de Zelensky de renegociar unos términos que Washington consideraba finalizados, incluye ahora más que únicamente tierras raras y minerales. Según el diario, habían vuelto a surgir problemas de última hora, con Kiev tratando de reescribir aspectos que teóricamente habían sido acordados el pasado fin de semana, cuando Trump dio a entender tras su breve encuentro con el presidente ucraniano que el pacto estaba a punto de ratificarse por fin. Pese a que todo indica que se trata únicamente de retórica y no comporta ningún aspecto vinculante de apoyo económico -y menos aún militar, como Ucrania lleva meses primero dando por hecho y posteriormente exigiendo-, el que el texto del documento mencione la asociación estratégica entre los dos países hace a Ucrania recuperar la confianza perdida, que en las últimas horas se ha traducido en una renovada arrogancia que Kiev había perdido desde que se viera sorprendida por el giro pacificador de Donald Trump y el posterior escarnio público al que fue sometido su presidente. A ello ha contribuido también la imagen de los dos presidentes en la basílica de San Pedro y la rebaja de la retórica contra Zelensky por parte del líder estadounidense. Con ello, Ucrania parece sentirse más fuerte pese a que las condiciones del frente no se presten especialmente a que Kiev alardee de sus éxitos.

“Tras superar el fuego de la guerra, los ucranianos han descubierto el secreto más importante de la Federación Rusa: la fuerza del imperio resultó ser un mito propagandístico. Hoy, Ucrania lleva a cabo con éxito una defensa activa e incluso controla parte del territorio ruso. Nada nos obliga a rendirnos, ni siquiera cuatro años después de la invasión”, escribió ayer, tras doce días alejado de las redes sociales, Mijailo Podolyak. Al asesor del jefe de la Oficina del Presidente parece habérsele pasado por alto la pérdida de presencia ucraniana en todas y cada una de las localidades de Kursk que las tropas de Kiev habían capturado el pasado agosto, el hecho de que Ucrania siga aguantando a duras penas el frente de Donetsk y sea Rusia quien realiza una defensa activa en la región de Sumi para prevenir otra posible aventura suicida ucraniana en Kursk y quizá en parte a modo de castigo por una operación que no ha obtenido ningún resultado tangible.

En su afán de protagonismo, Podolyak se ha atrevido incluso a mezclar la guerra rusoucraniana con la escalada que se vive en la línea de control, frontera de facto entre las partes de Cachemira controladas por India y Pakistán. El oficial ucraniano ha dado por hecho que no se producirá una “guerra a gran escala”, pero, aun así, ha añadido que “la guerra que amenaza hoy a esta región acelerará los intentos de resolver correctamente”, es decir, según los términos de Kiev, “el problema de la guerra de Ucrania”. Aunque no haya ninguna relación real entre la guerra en Ucrania y la situación en el subcontinente indio, el intento de Podolyak de equiparar situaciones no es único. Kiev intentó también aprovecharse de las consecuencias del 7 de octubre y la reacción israelí para identificarse con la parte que entendía que tenía “derecho a defenderse”. Incluso ahora, para explicar la contrapropuesta ucraniana y europea a la oferta final de Estados Unidos, el entorno de Zelensky ha explicado la exigencia de garantías de seguridad vinculantes de Estados Unidos, que el documento expresa como “equivalentes a las del Artículo 5 de la OTAN”, como “similares a las que recibe Israel”.

Sin embargo, y pese a las constantes peticiones de asistencia y de más armas, como Donald Trump afirmó que Zelensky le había exigido en su cumbre en el Vaticano, Ucrania se cree aún la barrera de contención perfecta para una oleada, el ataque ruso, que está, a la vez, detenido y derrotado -incluso invadido- pero es un peligro existencial imposible de solucionar sin Ucrania, que a su vez sigue dependiendo del armamento que sus aliados deben suministrarle eternamente, ya que la continuación de la guerra es preferible a un acuerdo que no se produzca exactamente en los términos de Ucrania. “Sí, un conflicto brutal y prolongado dista mucho de ser un escenario ideal. Pero un resultado aún peor sería un acuerdo que formalizase la pérdida de territorio y el rechazo de las alianzas internacionales. Aunque solo fuera porque tal acuerdo sentaría las bases para divisiones populistas en nuestra sociedad herida y promesas de venganza. También alentaría a Rusia a lanzar una agresión aún más amplia y a perseguir un genocidio deliberado y a gran escala de los ucranianos”, escribió Podolyak. Sus constantes acusaciones de genocidio chocan con los datos. La cifra de menores asesinados por Israel en Gaza, con una población de alrededor de 2 millones de personas en un año y medio supera la de civiles fallecidos en Ucrania a ambos lados del frente en los tres años de guerra entre una población que, según Kiev, supera los 40 millones.

Ucrania es también la salvación de Europa. “Nuestra capacidad de acción se valora más en tiempos en que los tratados y memorandos pierden su significado. Cabe destacar que Ucrania defiende el territorio de la OTAN con mayor eficacia que su propia pertenencia a la OTAN, donde la confianza en el artículo sobre defensa colectiva se está desvaneciendo”, añadió Podolyak, con un aparente desprecio por la pertenencia a la Alianza Atlántica que Ucrania sigue exigiendo en el documento presentado a Estados Unidos la semana pasada. Ante el temor a que la defensa común no se active, queda la mejor defensa, la existencia de Ucrania y la continuación de la guerra. “Nuestra experiencia resistiendo a la maquinaria militar rusa es única y está transformando la doctrina de seguridad europea. Ahora es evidente para todos que la mejor garantía de seguridad para Ucrania y para Europa son los propios ucranianos. Por eso, la voz ucraniana se escucha con más fuerza en cada negociación, e imponernos acuerdos injustos no es posible ni racional”, sentenció.

Pese al discurso triunfalista de la defensa activa en Rusia y el muro que supone Ucrania en la protección de Europa y la OTAN, Ucrania no descansa en su intento de conseguir una vinculación directa de sus aliados, fundamentalmente del socio excepcional, Estados Unidos, en la lucha común contra Moscú. De la lectura del texto de Podolyak podría deducirse que Ucrania se encuentra en una posición de fortaleza en el frente, con un oponente acorralado y atemorizado al que pronto no le quedará sino plegarse al dictado de Kiev. En esa misma línea se están mostrando analistas y defensores del discurso proucraniano, que se han empeñado en ver motivos ulteriores en la propuesta de Vladimir Putin de tres días de tregua entre el 8 y el 10 de mayo, coincidiendo con la semana del Día de la Victoria, posiblemente la festividad más importante de Rusia -y hasta 2014 también de Ucrania- y un momento en el que no es la primera ocasión que se ofrece un alto el fuego. Es más, la oferta no es diferente a la realizada por Vladimir Putin el Domingo de Pascua, aunque ha causado una reacción diferente en los medios de comunicación y en el discurso ucraniano.

“Putin está aterrorizado de que Ucrania sabotee el Día de la Victoria”, escribió ayer Mark Galeotti, habitual columnista de The Times para promocionar su última columna “sobre la última oferta cínica de alto el fuego de Putin”, publicada por The Spectator. “Por alguna razón, se supone que todos deben esperar hasta el 8 de mayo antes de un alto el fuego, solo para que Putin tenga silencio durante su desfile”, afirmó, con mirada retadora, el presidente de Ucrania Volodymyr Zelensky, dando alas a quienes utilizan los medios de comunicación y las redes sociales para insistir en que el desfile del Día de la Victoria, en el que participan cientos de miles de personas, es un objetivo militar legítimo que Ucrania debería considerar atacar para “forzar a Rusia a la diplomacia”. El discurso y la actuación de Rusia muestran, sin ninguna duda, que cualquier amenaza a ese acto, considerado prácticamente sagrado por la actual cultura rusa -no solo en sus élites sino también a nivel popular- supondría la reafirmación rusa del sentimiento de agresión externa y, lejos de suponer un aliciente para que Rusia se sentara en la mesa de negociación tal y como exige Ucrania, para aceptar un alto el fuego “incondicional” que dé lugar a los siguientes pasos de su inviable plan, acercaría a Moscú a rechazar cualquier acuerdo con Kiev.

El principal objetivo ahora no es lograr un alto el fuego o alcanzar un acuerdo de paz sino conseguir que el oponente sea visto como el obstáculo a la paz. De ahí que no haya prisa en Ucrania, país cuya población, infraestructuras y economía más está sufriendo a causa de la guerra, sino triunfalismo basado en éxitos imaginarios y exigencias. “Putin no quiere paz”, escribió ayer Andriy Ermak, experto en leer mentes ajenas, que sin tener en cuenta que las pausas en la guerra favorecen fundamentalmente al bando que se defiende con dificultad, añadió que “solo quiere un parón. Las llamadas a un alto el fuego en Ucrania ahora juegan solo a favor del Kremlin”. Cualquier escenario es mejor que un acuerdo negociado o una tregua pactada   -pese a que es Ucrania quien, pese a no quererla y haberle sido impuesta, la exige a diario-, incluso una de tres días para conmemorar la derrota del fascismo.

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