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Alto el fuego, Donbass, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania, Zelensky

Entre el optimismo y el realismo

Como había exigido y como forzaron Emmanuel Marcon y Keir Starmer, Zelensky logró el sábado mantener una conversación con Donald Trump. En línea con la tónica habitual, la parte ucraniana elevó el nivel y los resultados de la reunión del Vaticano hasta niveles nunca vistos y además de constructiva, calificó la conversación de “potencialmente histórica”. Eso sí, la calificación ucraniana puede considerarse moderada en comparación con las palabras del cardenal Zuppi, en su momento enviado del papa Francisco para mediar entre Rusia y Ucrania y quien en Kiev recibió únicamente reproches. “El papa Francisco hizo un milagro, porque reunió a Trump y a Zelensky, hablando, el día de su funeral”, afirmó. No había sido el fallecido papa sino el presidente de Francia quien había gestionado el fotogénico encuentro en la basílica de San Pedro.

En la era de la hipérbole nada ha de ser justificado y cualquier calificativo es válido aunque sea contradicho por los acontecimientos. Colaboraban con la exagerada valoración ucraniana algunas de las declaraciones de Donald Trump que, en su hábito de repetir las ideas de la última persona con la que se ha reunido, afirmó que comienza a pensar que Vladimir Putin le está “dando largas” y planteó la posibilidad de introducir sanciones bancarias y secundarias, lo que ha provocado grandes titulares y creado la esperanza de un cambio de actitud del presidente de Estados Unidos hacia la guerra y, sobre todo, hacia Rusia. A su regreso a Estados Unidos, Donald Trump halagó nuevamente a Volodymyr Zelensky, a quien dice apreciar pese a lo que pudo verse en directo el 28 de febrero en el Despacho Oval. Preguntado por si la relación entre ambos mandatarios ha mejorado, el presidente de Estados Unidos insistió en que “nunca ha sido mala. Tuvimos una pequeña disputa porque no estaba de acuerdo con algo que había dicho y las cámaras estaban grabando y a mí no me importó”, afirmó para añadir que actualmente le ve “más calmado”.

Con rapidez y aprovechando el aparente momento proucraniano de Trump, el siempre beligerante senador Lindsey Graham recordaba al líder de la Casa Blanca su reciente iniciativa legislativa contra Rusia. “Aprecio mucho al presidente de los Estados Unidos Donald Trump y a su equipo por trabajar diligentemente para poner fin a la guerra en Ucrania —creada por la invasión bárbara de Putin— de una manera honorable y justa. En cuanto a sanciones adicionales contra la Rusia de Putin, tengo una legislación bipartidista con casi 60 copatrocinadores que impondría aranceles secundarios a cualquier país que compre petróleo, gas, uranio u otros productos rusos. El Senado está dispuesto a avanzar en esa dirección y lo hará de forma abrumadora si Rusia no acepta una paz honorable, justa y duradera”.

Además de las ansias sancionadoras del halcón Graham, responde a esa medida una voluntad de castigar al verdadero oponente de Estados Unidos, China, principal socio comercial de la Federación Rusa y blanco de la actual guerra económica que trata de iniciar el trumpismo. También Fox News, recuperando la retórica de su anhelada Guerra Fría, ha exigido a Trump que actúe presionando a Moscú de la forma que Ronald Reagan utilizó con Mijaíl Gorbachov. La cadena favorita del presidente de Estados Unidos aboga por más sanciones económicas y por la retirada de los incentivos económicos, es decir, del único aliciente real que Washington ha ofrecido a Rusia para iniciar las conversaciones que actualmente se llevan a cabo y en las que no solo se negocia la cuestión ucraniana, sino Oriente Medio, cuestiones armamentísticas de importancia internacional, una rebaja de las tensiones que tanto se han elevado en la última década y media y la reintroducción de la Federación Rusa en el mercado occidental.

Las esperanzas de los sectores más radicalmente proucranianos como Lindsey Graham pasan por una lectura selectiva de los mensajes de Donald Trump, que en el mismo texto en el que criticaba duramente a Vladimir Putin insistía nuevamente en lo imposible de que Ucrania vaya a recuperar Crimea, que ahora mismo es el centro de la narrativa ucraniana y europea en lo que respecta a la cuestión territorial. En el mismo mensaje en el que Trump reprochaba la postura de la Federación Rusa, que públicamente no ha mostrado preocupación por los reproches aunque sí ha querido mostrar una posición más constructiva insistiendo en que está dispuesta a dialogar con Ucrania, el presidente de Estados Unidos insistía en la cuestión de Crimea y se defendía -a su manera, atacando a Barack Obama por “entregar Crimea” y a Joe Biden por causar la actual guerra, siempre olvidando que, entre ellos, hubo una legislatura intermedia cuya política fue exactamente la misma- de las acusaciones de preparar un trato inaceptable para Ucrania vertidas por medios liberales como The New York Times. Según Donald Trump, el medio insiste en que “Ucrania tiene que recuperar territorio, incluyendo, supongo, Crimea, y en otras ridículas exigencias para detener una matanza que es peor que nada desde la Segunda Guerra Mundial”.

Más allá del siempre presente eurocentrismo -numerosas guerras, algunas de ellas muy recientes, si no actuales, han supuesto matanzas comparables o superiores a la cifra de bajas (especialmente civiles) que está dejando el conflicto ruso-ucraniano-, el comentario indica que, pese a la moderación de la retórica contra Ucrania y endurecimiento contra Rusia y de los vaivenes de Donald Trump, el presidente de Estados Unidos mantiene una constancia en lo que respecta al pragmatismo con el que se observa la cuestión territorial, al que Washington espera que se sumen el resto de sus aliados.

En su intervención en Meet the Press, el secretario de Estado Marco Rubio afirmó, al ser preguntado por si el acuerdo está cerca, que “está más cerca de lo que ha estado en tres años”, ya que existe un proceso de diálogo. La firmeza con la que la administración Biden y sus socios europeos de la OTAN habían descartado toda solución no militar para el conflicto hace posible que el trumpismo, desde su equipo sin experiencia ni especial conocimiento en Rusia o Ucrania, pueda presentarse a sí mismo como un paso constructivo. “Hay motivos para el optimismo”, afirmó Rubio, “pero también para el realismo”. Estados Unidos insiste en que solo continuará en el proceso de diálogo si existen perspectivas de avance. Preguntado por si puede confiar en Vladimir Putin, Donald Trump respondió que podrá contestar en un par de semanas, dando a entender que Washington cree estar dando los últimos pasos de esta fase de negociaciones.

En ellas, siempre han destacado por encima del resto dos cuestiones, la seguridad y el territorio, que van a determinar si puede o no haber acuerdo entre las partes en estos momentos de práctica paralización de la línea del frente. Ayer, Sergey Lavrov planteó públicamente las exigencias de Rusia, que comienzan por el levantamiento de la prohibición ucraniana de negociar con Vladimir Putin. Pese a las buenas palabras de Trump y su insistencia en que Zelensky desea llegar a un acuerdo, Kiev no ha revocado el decreto que hace imposibles las negociaciones. El ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa añadió a esa exigencia básica que sean retiradas las medidas con las que Ucrania ha tratado de eliminar la lengua y cultura rusa y la aceptación tanto de la neutralidad como del reconocimiento internacional de la soberanía rusa de Crimea y los cuatro territorios ucranianos actualmente bajo control ruso, algo que no solo no va a realizar Ucrania, sino tampoco Estados Unidos, cuya única oferta de reconocimiento se limita a Crimea.

Centrada en los detalles y no en la imagen general, ya que el acuerdo no se hace imposible solo por la propuesta de máximos rusa pronunciada ayer por Lavrov sino también por la presentada por Ucrania y sus socios europeos la pasada semana y a la que responde el actual endurecimiento ruso, la prensa y el establishment político siguen centrándose en la cuestión de Crimea, la más clara de todas las exigencias. Para sorpresa de todos, posiblemente también de Volodymyr Zelensky, Trump contestó con un “oh, creo que sí” a la pregunta de si el presidente ucraniano está dispuesto a “ceder Crimea”. En realidad, no se puede exigir a Ucrania ceder un territorio cuyo control y población perdió hace once años, sino que solo se le pide aceptar esa pérdida, un matiz que no cambia la postura ucraniana de rechazar completamente toda posibilidad.

Esa posición ucraniana es compartida por sus socios europeos, para los que la guerra sigue siendo más cómoda que una paz en la que tenga que encargarse del coste y la gestión de una frontera de facto tan militarizada o más que la coreana y en la que su aliado estadounidense haya reconocido a su enemigo la soberanía sobre el territorio que considera más importante. “Similar a la capitulación” fue, por ejemplo, el calificativo utilizado pro el ministro de Defensa de Alemania, Boris Pistorius, en una entrevista concedida a ARD. Según cita The Guardian, Pistorius señaló que “Kiev es consciente de que un acuerdo de paz puede implicar concesiones territoriales. «Pero éstas no irán, desde luego,…tan lejos como en la última propuesta del presidente estadounidense”. El ministro insistió en que “por sí misma, Ucrania podría haber conseguido hace un año lo que se incluye en esta propuesta”.

Las palabras del representantes alemán reflejan una verdad, que Ucrania podría conseguir un trato más favorable en ciertos sentidos -no se vería expoliada por su aliado con el acuerdo de extracción de minerales- negociando directamente con Rusia, pero también algunas mentiras. En términos territoriales, el acuerdo más favorable para Ucrania es y será siempre el firmado en Minsk en 2015 y por el que Alemania nunca presionó a Kiev en busca de su implementación. En comparación con la oferta rusa de Estambul, lo que actualmente se plantea es la representación de las fuerzas sobre el terreno, ya que no puede exigirse a Rusia la devolución del territorio tras tres años de lucha en los que Ucrania no ha podido expulsar a las tropas rusas. La contrapartida que ni Pistorius ni sus homólogos europeos quieren ver es que la actual oferta estadounidense da a Kiev y las capitales continentales la posibilidad de realizar su plan de rearme y militarización general de una frontera en la que construir un nuevo telón de acero que parta a Europa en dos, algo que, evidentemente, Ucrania no podría conseguir dialogando directamente con Rusia (lo que quizá implicaría también perder a sus aliados y parte de su suministro militar).

La opción de diálogo directo con Moscú no es viable, ya que Ucrania insiste en realizar cualquier negociación una vez acordados los términos con sus aliados y bajo su presencia. La postura europea hace que tampoco las capitales continentales vayan a aportar una actitud constructiva, lo que deja todo en manos de la administración Trump, única dispuesta, al menos temporalmente, a mediar entre las partes en conflicto. La diplomacia no avanza a base de milagros ni declaraciones alejadas de la realidad con las que ver la situación tal y como se desea en lugar de tal y como es, sino con un trabajo que requiere de tiempo y voluntad política, cuya presencia no está garantizada en todos los actores.

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