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Estados Unidos, Crimea y el precedente de Kosovo

“Lo dije en sentido figurado, y lo dije como una exageración”, afirma en referencia a la famosa promesa de conseguir el final de la guerra en 24 horas, Donald Trump en la entrevista exclusiva concedida a la revista Time con motivo de los cien primeros días de su administración. Cansado de ser cuestionado por la lentitud con la que está avanzando el proceso de negociación, insiste en que “obviamente, la gente sabe que cuando dije eso, se dijo en broma, pero también se dijo que se acabará”. Ese sigue siendo el principal objetivo del presidente de Estados Unidos, que pese a las evidentes diferencias de opinión entre Rusia y Ucrania o entre Washington y sus aliados europeos de la OTAN, confía que en que el acuerdo llegará pronto. A lo largo de la entrevista, en la que la guerra de Ucrania ocupa un lugar secundario y reducido, el líder estadounidense repite constantemente dos ideas básicas con las que justifica el proceso de diálogo y la dirección que ha tomado: la culpa de la guerra es de Barack Obama y todo sería mucho peor si él no hubiera sido presidente.

“No creo que puedan entrar nunca en la OTAN. Creo que eso ha sido, desde el primer día, creo que eso ha sido, creo que lo que provocó que empezara la guerra fue cuando empezaron a hablar de entrar en la OTAN. Si no se hubiera hablado de eso, habría habido muchas más posibilidades de que no hubiera empezado”, responde Trump a la cuestión de la futura adhesión de Ucrania a la Alianza, siempre sin recordar que la política de la Casa Blanca en los cuatro años de su primera legislatura fue exactamente la misma que la de su predecesor, y que no se resolvieron entonces las dos cuestiones que podrían haber impedido la invasión rusa: la guerra de Donbass y la cuestión de la seguridad. Trump, tan orgulloso de autoproclamarse artista de los tratos – “Art of the deal” es el título de su biografía y base sobre la que ha construido su personaje mediático, empresarial y posteriormente político–, no fue capaz de comprometerse a impedir la expansión de la OTAN hacia la frontera rusa, implementar los acuerdos de Minsk o conseguir un trato con Rusia, para lo que envió a negociar con Vladislav Surkov a un hombre del Instituto John McCain.

“Bueno, Crimea fue a los rusos. Se la entregó Barack Hussein Obama, y no yo”, sentencia Trump en relación al tema de la semana. “Dicho esto, ¿podrán recuperarla? Han tenido a sus rusos. Han tenido sus submarinos allí mucho antes de cualquier período del que estemos hablando, durante muchos años. La gente habla mayoritariamente ruso en Crimea. Pero esto fue dado por Obama. Esto no fue dado por Trump. ¿Me lo habrían quitado como se lo quitaron a Obama? No, no habría ocurrido. Crimea, si yo fuera presidente, no habría sido tomada”, vuelve a insistir para culpar de la toma a su predecesor. Para disgusto de Ucrania, para Donald Trump la cuestión de Crimea está terminada y Ucrania no va a poder recuperar el territorio, algo que militarmente quedó claro hace mucho tiempo y que de ninguna manera va a ser entregada a Kiev si no es en condiciones de una derrota completa de la Federación Rusa, una cuestión que los representantes europeos y parte de la prensa occidental parecen no querer comprender. La única esperanza ucraniana de recuperar el territorio pasaba por el uso de la fuerza. Tras tres años de intentar acercarse a la península, la realidad objetiva ha sido suficiente para Estados Unidos, que se conforma con culpar a Barack Obama, pero no para Kiev y sus aliados europeos, que han reaccionado a la propuesta de Washington de reconocer la soberanía rusa sobre Crimea volviendo a alzar la bandera de una integridad territorial que siempre fue una quimera.

Pese a las duras declaraciones que se han producido desde que Axios y The Telegraph publicaran el contenido de la propuesta final que Estados Unidos había entregado a Ucrania la semana anterior en la primera reunión en la que participaron representantes europeos, la cuestión territorial no podía ser una sorpresa. En una guerra en la que Ucrania es consciente de que no puede ganar -entendiendo ganar como derrotar a Rusia en el campo de batalla, expulsando a las tropas rusas de gran parte de su territorio, con la posibilidad de exigir a Moscú la retirada unilateral por la vía de la imposición política de quien ha conseguido irremediablemente la iniciativa en el frente-, la exigencia de recuperar la integridad territorial según las fronteras de 1991 es, desde hace tiempo, simplemente un lema de propaganda. Curiosamente, ayer Ucrania se refería a la forma de hablar de Trump, a sus maximalistas demandas y como “una estrategia de comunicación”, algo en lo que el Gobierno ucraniano tiene gran experiencia. “Al enviar esas señales públicas, la parte estadounidense intenta impulsar el proceso de paz”, afirmó el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania Georhiy Tiji en referencia a la amenaza de Trump de abandonar el esfuerzo diplomático (y quizá la asistencia a Ucrania). Ucrania continúa dispuesta a interpretar cada palabra y acto de Estados Unidos de la forma más conveniente para Kiev, incluso ante el peligro de tensar tanto la cuerda que la paciencia de Trump, escasa con Volodymyr Zelensky, finalmente se rompa.

Ucrania, que en boca de Kirilo Budanov prometió entrar en Crimea antes del verano de 2023, posiblemente también una estrategia de comunicación, quiere seguir manteniendo el mando y considera que todo es negociable, incluso aquello que, ya pactado de antemano, se presenta en un documento calificado de propuesta final. Reescribir los términos a su antojo ha sido el modus operandi de Ucrania, no solo en el acuerdo de minerales, sino durante los acuerdos de Minsk e incluso en los inofensivos acuerdos de Ginebra antes incluso de que la situación en Donbass se elevara a conflicto militar. Esa es la voluntad de Kiev ahora que, con el apoyo de sus aliados europeos, trata a toda costa de conseguir que Estados Unidos retire de la oferta de acuerdo de paz el reconocimiento de la soberanía rusa sobre la península del Mar Negro. En ello cuenta también con el apoyo de la prensa liberal occidental, que esta semana se ha volcado con la cuestión.

“Los defensores del plan argumentarán que simplemente reconoce la realidad, es decir, que Rusia ocupa alrededor del 19% del territorio ucraniano (una superficie del tamaño de Virginia) y que es improbable que sea desalojada en un futuro próximo”, escribe esta semana The Washington Post, “pero el plan socava uno de los pilares básicos del orden mundial posterior a 1945, que también ha sido un principio fundamental de la política exterior estadounidense durante casi un siglo”. El medio se refiere a la “prohibición de la guerra de conquista, base de la Carta de Naciones Unidas, que afirma que todos los Miembros, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”. El calificativo de guerra de conquista para rechazar el reconocimiento de la soberanía rusa de Crimea es llamativo por varios motivos, ante todo por no tener en cuenta la diferencia entre lo ocurrido en la península en la primavera de 2014 y la forma con la que Rusia ha obtenido, por ejemplo, las partes de Jersón y Zaporozhie bajo su control.

La ausencia de disparos es suficiente para negar el calificativo de guerra y tanto el proceso de elección de las nuevas autoridades tras la victoria de Maidan, acorde a la legislación ucraniana, como el camino a la declaración de independencia, en el que, guste o no a Occidente, existía una mayoría evidente favorable a la secesión de Ucrania y adhesión a Rusia, está protegida por el precedente de Kosovo. La Opinión de la Corte Internacional de Justicia sobre la declaración unilateral de independencia de Kosovo concluye el principio general de no ilegalidad de las declaraciones de independencia formuladas por los representantes de un determinado pueblo. Durante su alegato en busca del voto favorable del poder legislativo ruso, que debía aprobar la anexión, Sergey Lavrov añadió al precedente de Kosovo -una independencia reconocida por Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Alemania, países que ahora exigen respeto al principio de integridad territorial- y mencionó otro precedente: el de la reunificación de dos Estados, concretamente la reunificación alemana, en la práctica una anexión de la RDA por parte de la RFA.

Quizá lo más significativo sea el trato diferencial que la propuesta estadounidense da al caso de Crimea, un detalle que, quizá por lo incómodo de la comparación, ha sido ignorado por los medios y establishment político. Estados Unidos está dispuesto a reconocer la soberanía rusa sobre un territorio en el que la intervención militar fue notoriamente inferior a la utilizada por la OTAN para independizar Kosovo, sin violencia y con un apoyo de la población admitido incluso por las fuentes occidentales en la década posterior. Al contrario que en el caso balcánico, la declaración unilateral de independencia de Crimea, primer paso hacia la adhesión a Rusia, no se produjo contradiciendo una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

El trato que Estados Unidos se ofrece a dar a Crimea, que no se extiende a los territorios en los que se ha producido uso de la fuerza militar -como autodefensa contra la operación antiterrorista ucraniana en Donbass y tras la invasión rusa en Jersón y Zaporozhie- ha sido el clavo ardiendo al que se han agarrado Kiev y sus aliados para rechazar la propuesta estadounidense apelando a la necesidad de restablecer la integridad territorial. La exigencia es significativa teniendo en cuenta que hace muchos meses que Ucrania ha dejado claro que su prioridad es la cuestión de la seguridad y que en el pasado se ha verbalizado la posibilidad de renunciar temporalmente a los territorios ocupados como compromiso en busca de la paz. El nerviosismo europeo y ucraniano es más llamativo aún teniendo en cuenta que, según la contrapropuesta de Ucrania y sus aliados continentales presentada a Estados Unidos en Londres y publicada ayer por Reuters, “las cuestiones territoriales se debatirán y resolverán tras un alto el fuego total e incondicional” y “las negociaciones territoriales se realizarán sobre la base de la línea de control”. Quizá esa apertura a un acuerdo, retirada en el momento en el que se conoció la posibilidad de reconocimiento estadounidense de Crimea, argumento utilizado por Kiev para volver a presionar a sus aliados, sea también una forma de hablar, una táctica de la comunicación.

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