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Alto el fuego, Armas, Crimea, Diplomacia, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, OTAN, Putin, Rusia, Trump, Ucrania, Zelensky

Punto muerto

“Creo que tenemos un acuerdo con los dos, espero que lo hagan”, afirmó la noche del miércoles al jueves en una comparecencia ante los medios en el Despacho Oval Donald Trump. El presidente de Estados Unidos precisaba que “creía que iba a ser más fácil lidiar con Zelensky. Por ahora, está siendo más difícil”, añadió, aunque insistió en que “no pasa nada”. El optimismo de Trump contrastaba con el caos que se había vivido a lo largo del día y ponía en cuestión la capacidad del líder Republicano de valorar correctamente la realidad. La estrategia de comunicación de la Casa Blanca puede resumirse en una frase pronunciada el 5 de febrero de este año, cuando la administración llevaba apenas dos semanas en el cargo y gran parte del gabinete ni siquiera había sido confirmado por el Senado. En aquel momento, y sin nada sobre lo que basar sus palabras, la portavoz de Donald Trump afirmó que “hay tantas buenas noticias, tantas victorias de la Casa Blanca de Trump en este momento que los principales medios de comunicación tradicionales no pueden seguir su ritmo”. Los éxitos imaginarios son tan válidos como los reales, aunque en ocasiones haya que rectificar rápidamente. Las palabras del presidente de Estados Unidos contradecían la sensación que se había producido a lo largo de todo el día a pesar de las afirmaciones del general Kellogg y de Andriy Ermak sobre su “constructiva” reunión.

Como comentaban ayer varios medios, incluida la BBC, uno de los motivos del enfado de Marco Rubio fue conocer que Ucrania se disponía a acudir a la reunión para discutir con Estados Unidos la posibilidad de una tregua de 30 días en lugar de dar respuesta a la hoja de ruta hacia una resolución del conflicto entregada a Kiev la semana anterior, que Washington ha presentado como propuesta final y definitiva y que Ucrania pareció no tomarse en serio hasta ayer mismo, cuando uno de los términos resultó repentinamente inaceptable. Desde la llegada al poder de Donald Trump, sus representantes han insistido en que Ucrania no va a ser capaz de recuperar su integridad territorial por medio de un acuerdo diplomático y el Secretario de Estado insistió la pasada semana en que “no hay solución militar a esta guerra”. Ninguno de los dos bandos cuenta con la fuerza suficiente para infligir una derrota tan severa que su oponente quede a merced de sus dictados. En esas condiciones, y con el trumpismo como único interlocutor aceptado por ambos bandos -Ucrania ya rechazó al Vaticano, a Lula da Silva y a la delegación africana encabezada por Cyril Ramaphosa-, la proposición de Washington era algo a lo que Kiev tenía la obligación de responder.

Para sorpresa de Trump, Zelensky reaccionó con una actuación equiparable a la mantenida durante la saga de la negociación del célebre acuerdo de minerales, con el que Washington se asegura unos ingresos con los que desea recuperar 100.000 millones de dólares (una reducción significativa desde los 350.000 que exigía en un principio, aunque siga siendo una forma de expolio en busca de convertir donaciones en préstamos) y que el pasado mes de febrero fue el motivo del primer gran encontronazo entre las administraciones estadounidense y ucraniana. De una forma un tanto intrépida, Zelensky se presentó en Washington dispuesto a negociar a su favor un documento que Estados Unidos consideraba listo para su ratificación. El resultado fue la humillación pública y semanas de nuevas negociaciones, tras las que el documento resultante es, en muchos sentidos, más duro que el original. La reacción ucraniana ha vuelto a tratar de renegociar el aspecto que Kiev considera más importante: la aportación ucraniana a ese fondo común -en el que Estados Unidos tiene capacidad de veto y prioridad a la hora de obtener beneficios- no ha de vincularse únicamente a la futura reconstrucción de Ucrania, sino a garantías de seguridad vinculantes de Estados Unidos. La semana pasada, la viceprimera ministra Svyrydenko firmó una declaración de intenciones, pero Ucrania insistió en mantener abierta la posibilidad de seguir negociando. Ayer, por segunda vez, la fecha marcada en el calendario para la firma del acuerdo pasó sin que se produjera ese acto de unión económica desigual entre los dos países. Con esta táctica, Ucrania no ha conseguido un acuerdo mejor, sino ahondar en el descontento de Donald Trump, cuya actuación se basa, en muchos casos, en las relaciones y el favor personal.

Mientras Kellogg y posteriormente Trump querían ver en la reunión de Ermak un progreso hacia un acuerdo entre Rusia y Ucrania, Kiev y sus aliados europeos retrocedían a tiempos pasados aferrándose al punto más sorprendente para Estados Unidos: Crimea. En noviembre del año pasado, Volodymyr Zelensky afirmaba que “si queremos detener la fase caliente de la guerra, tenemos que tomar bajo el paraguas de la OTAN el territorio de Ucrania que tenemos bajo nuestro control”, aunque añadía que “tenemos que hacerlo rápido. Y luego, en el territorio [ocupado] de Ucrania, Ucrania puede recuperarlo de forma diplomática”. Era la primera vez que Zelensky, siempre a cambio de algo que desea más que el territorio, como la OTAN, admitía públicamente la posibilidad de un acuerdo que no implicara la recuperación de la integridad territorial, idea que ha repetido posteriormente incluso cuando la opción de la adhesión a la Alianza había quedado ya descartada por Estados Unidos. Sin embargo, ayer, repentinamente, cualquier pérdida de facto de territorio fue considerada inaceptable y desde Ucrania, Francia, Reino Unido o la Comisión Europea se vuelve a exigir la integridad territorial. Sin embargo, es llamativo que el motivo de la ira de Zelensky no hayan sido los territorios que Ucrania ha perdido desde la invasión rusa, esos que Rusia estaba dispuesta a abandonar en caso de ratificarse el preacuerdo de Estambul, sino lo perdido hace once años. “Crimea desata las tensiones entre Estados Unidos y Ucrania más de una década después de la anexión rusa”, titulaba ayer Europa Press, que insistía en que “la maniobra de Putin en 2014 aunó a Occidente contra Rusia, pero ahora Trump apunta a la soberanía rusa de la península como imprescindible para la paz”. Con el apoyo de sus socios europeos, que rechazan firmemente que se siente un precedente que ellos mismos impusieron en Kosovo, la cuestión de Crimea ha vuelto a convertirse en el centro de la discusión sobre el proceso diplomático para tratar de lograr la paz. Desde Sudáfrica, Volodymyr Zelensky afirmó estar dispuesto a “todo” lo que le exijan sus aliados en busca del final de la guerra, pero añadió no poder “ceder Crimea”. En realidad, ni siquiera Donald Trump está exigiendo un reconocimiento ucraniano de la pérdida, que seguiría siendo de facto, como lo ha sido esta última década, en la que Kiev ha insistido en la recuperación del territorio “por todos los métodos a su alcance”, como proclamaba en la “Declaración Crimea”. Mantener la ficción de la posibilidad de devolver la bandera azul y amarilla a Yalta, Sebastopol o Simferópol, donde comenzó el levantamiento contra Ucrania, es demasiado importante para Kiev, que ha utilizado esa pérdida como una de las bases de sus exigencias de apoyo económico y militar a Occidente.

Sin duda el territorio más deseado, Crimea ha sido uno de los ejes centrales de la estrategia política de Ucrania contra Rusia desde 2014 y fue incluso uno de los motivos por los que Kiev rechazó implementar los acuerdos de Minsk, que le habrían devuelto el control sobre Donbass, pero no el de la península, cuestión que no se trataba en dicha hoja de ruta. Asumir la pérdida de Crimea posiblemente sea para Kiev el paso más doloroso, pero es también el que en menor medida cambiaría la situación en Ucrania, que desde que comenzaron las protestas nada más producirse la victoria de Maidan, no ha tenido en la península más influencia que su labor de impedir el paso del agua al canal Crimea-Norte, un muro con el que dificultar el suministro y arruinar la agricultura del territorio.

La sorpresa de Estados Unidos en su reacción a la ira ucraniana y europea se debe a la voluntad de Washington de hacer oficial lo que es una realidad desde hace más de una década. Zelensky tiende a poner sus esperanzas en el día después de Vladimir Putin, siempre sin querer comprender que no hay en Rusia ninguna fuerza política con representación parlamentaria o social ni va a haberla en el futuro a medio plazo dispuesta a devolver el control de Crimea a Kiev al margen de si hay o no reconocimiento estadounidense de la soberanía rusa. Sin embargo, ese posible paso estadounidense destruiría las esperanzas de obtener el apoyo diplomático y militar que sería necesario para tratar de recuperar el territorio que, para Rusia, es más importante. El valor estratégico de la península es también el motivo por el que el reconocimiento estadounidense, que sin duda no se extendería a los países europeos o a Ucrania, sea una buena herramienta para Washington como aliciente para atraer a Moscú a un acuerdo en el que ese premio compense concesiones claras que incluye la propuesta filtrada esta semana. A juzgar por los detalles que han trascendido sobre el documento, Rusia tendría que renunciar a toda aspiración de reducción de las fuerzas ucranianas, punto que sí estaba presente en Estambul, y posiblemente tuviera que convivir con una misión armada de países de la OTAN en su frontera de facto, posibilidad de el Kremlin ha señalado hasta ahora como una clara línea roja.

Los argumentos contra el proceso de diálogo con Rusia no se limitan actualmente a la cuestión de Crimea, sino que Kiev exige nuevamente el alto el fuego incondicional que sus aliados europeos repiten sin cesar desde que Ucrania tuviera que aceptar bajo presión estadounidense la propuesta de tregua de 30 días que finalmente no prosperó. El interés europeo y ucraniano por una negociación en la que Kiev dialogue únicamente con sus socios y los términos sean impuestos unilateral e incondicionalmente a Rusia implica que la batalla continúa sin visos del “acuerdo” al que se refiere Donald Trump. Tras meses de relativa tranquilidad en la capital ucraniana, ayer, un gran ataque con misiles encendió el cielo de Kiev, causando graves daños en infraestructuras que Moscú afirma que albergaban producción militar.

“Zelensky denuncia los bombardeos más mortíferos en Kyiv en nueve meses”, titulaba ayer la BBC. El bombardeo de la capital ucraniana y otras ciudades del país con alrededor de 70 misiles y 140 drones mató a doce personas. Aunque los ataques con misiles no son nuevos -y menos aún los de los drones de larga distancia, utilizados a diario por ambos bandos, poniendo en peligro a la población de la retaguardia a centenares de kilómetros del frente-, el hecho de que los misiles atacaran lugares de la ciudad de Kiev ha sorprendido tanto a Ucrania, cuyo presidente ha cancelado parcialmente su visita a Sudáfrica para regresar rápidamente, como a sus aliados. “No estoy contento con los ataques rusos contra Kiev. Innecesarios y en un mal momento. Vladimir, ¡BASTA! Mueren 5000 soldados a la semana. ¡Consigamos el acuerdo de paz!” escribió en su red social Donald Trump, que apenas unas horas antes había afirmado que “creo que tenemos un trato con Rusia. Tenemos que tener uno con Zelensky”, había insistido Donald Trump, cuyo discurso sigue la línea de jactarse constantemente de éxitos imaginarios rápidamente negados por el día a día.

“Mientras afirmaba buscar la paz, Rusia lanzó un ataque aéreo mortal sobre Kyiv. Esto no es una búsqueda de la paz, es una burla de ella. El verdadero obstáculo no es Ucrania sino Rusia, cuyos objetivos bélicos no han cambiado”, escribió Kaja Kallas. En esta lucha por hacer ver a su proxy como el garante de una paz a la que se ha resistido siempre que ha considerado que no iba a producirse en sus términos, Kallas, como el resto de la representación ucraniana prefiere no admitir que el diálogo ni siquiera ha comenzado debido a las contradictorias exigencias de las partes. Ucrania ofrece un alto el fuego y una vaga promesa de negociación directa con Rusia en caso de cumplimiento de esa tregua, que ha de ser incondicional, es decir, según los términos occidentales. Con siete años de experiencia observando el uso ucraniano de los bombardeos para dilatar y obstaculizar las negociaciones de paz, Moscú exige una hoja de ruta hacia una resolución para aceptar un alto el fuego. Solo el diálogo, y posiblemente un interlocutor más interesado en el destino de los dos países que Donald Trump, van a ser capaces de romper ese bucle, que está condenando el actual proceso a un bloqueo eterno similar al de los acuerdos de Minsk y cuya consecuencia es la continuación de la guerra y la acumulación de muerte y destrucción.

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