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Donbass, Donetsk, DPR, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

En busca de normalidad

La pasada semana, un artículo publicado por El País calificaba de gris la ciudad de Donetsk, en la que el periodista percibía unas viviendas destartaladas y aparente dejación en la conservación de las infraestructuras, una descripción que ignora tanto la situación de los últimos años como los efectos de los años de la independencia, además de la temporada en la que nos encontramos. Conocida como la ciudad del millón de rosas, la capital de Donbass, de donde huyó el comercio occidental pero perduraron el teatro, el ballet e incluso la ópera, florece en primavera, cuando los parques y jardines se llenan de flores, perfectamente cuidadas incluso durante los años más duros de la guerra. Las actuales carencias, que se suman a la desatención ucraniana de la región obrera, causa del mal estado del parque de viviendas, se han percibido especialmente en esos años del bloqueo económico y bancario ucraniano. Ese tiempo dejó una situación desesperada que se habría convertido en una enorme crisis humanitaria de no ser por el acceso a la frontera rusa, desde donde llegaban productos para los comercios y financiación para paliar ligeramente la pobreza, el flujo de refugiados habría sido inmenso.

La ciudad volvió a vaciarse de nuevo a partir del verano de 2022, cuando comenzó la campaña ucraniana de bombardeos indiscriminados diarios que, a modo de doctrina del shock, buscaba mantener a la población en vilo de forma constante. Solo los avances rusos hacia el oeste, que finalmente han conseguido expulsar a las tropas ucranianas a una distancia que impide el uso de la artillería de 155 milímetros contra la ciudad, ha conseguido que pueda hablarse, como lo hizo la semana pasada Denis Pushilin, de una relativa vuelta a la normalidad, en este caso a la situación anterior al 24 de febrero de 2022.  Tras años a escasos kilómetros de la batalla y a tiro de la artillería, Donetsk ha dejado de ser una ciudad en la línea del frente, garantizando por fin una mínima seguridad para la población civil de la aglomeración urbana que rodea a la capital de la RPD, que antes de la guerra contaba con más de un millón de habitantes.

La normalidad es también el objetivo de otras ciudades situadas en el frente a ambos lados de la línea de separación que, en una parte importante, está marcada por el río Dniéper. Es el caso de Energodar, ciudad sobre la que escribía ayer The Washington Post sin siquiera la necesidad de pisar el territorio. Al contrario que El País, que pese a su tendenciosa descripción de una ciudad que lleva once años en estado de guerra, por lo menos había visitado el territorio, el diario estadounidense solo necesita los testimonios de la antigua administración o personas que observan la realidad desde el otro lado del río. Desde Nikopol y con “trabajo adicional” desde Riga, Letonia, The Washington Post describe la situación en Energodar sin ningún intento de dar más que la versión oficial ucraniana en la que prácticamente toda la población se ha marchado y no queda más que el 20% de quienes residían allí antes de la guerra, aunque el medio no se molesta en estimar qué parte huyó hacia el lado ucraniano y cuál hacia el ruso. Al fin y al cabo, en la única mención a la posibilidad de que una parte de la población pueda favorecer a Rusia, el artículo cita al exalcalde Orlov -al que pese a no poder acceder a la ciudad aún sigue tratando como vigente- admitiendo que “posiblemente, una pequeña parte de la población está colaborando voluntariamente con los rusos”.

El centro del reportaje sobre Energodar escrito desde Nikopol es, como no podía ser de otra manera, la cuestión de la central nuclear de Zaporozhie que, como recuerda el artículo, es la más grande de Europa. Como era previsible, el texto no menciona que la Ucrania independiente heredó las infraestructuras de la República Socialista Soviética de Ucrania, que construyó en 1986 una de las centrales más modernas de Europa y que ha demostrado ser capaz de soportar el peso de la artillería. “Los ministerios rusos de Defensa y Asuntos Exteriores no respondieron a una petición de comentarios sobre las acusaciones, pero afirman periódicamente que las fuerzas ucranianas bombardean la planta y llevan a cabo «terrorismo nuclear»”, afirman los autores en la única mención a los golpes de artillería contra la central.

Por el contrario, The Washington Post se extiende más para dar la versión ucraniana, según la cual Rusia utiliza las instalaciones para jugar a la guerra. “Yurii Bahno, de 40 años, jefe interino de la administración regional militar de Nikopol, dijo que, desde la incautación de la planta, la inteligencia ucraniana ha documentado que las fuerzas rusas la están utilizando para entrenar reclutas para practicar ataques con artillería y drones contra su ciudad. Hasta ahora, 79 residentes han muerto y 400 han resultado heridos”, afirma sin precisar que la inteligencia ucraniana es también la fuente que lleva años afirmando que es Rusia y no Ucrania quien bombardea las instalaciones utilizando artillería y drones. En otras palabras, según las autoridades ucranianas, las tropas de Moscú no solo utilizan el lugar para disparar contra Ucrania e instruir a sus tropas -algo que nunca ha sido constatado por la delegación del Organismo Internacional de la Energía Atómica, presente en la planta- sino también para bombardearse a sí mismas, algo que Kiev nunca ha conseguido explicar y que la prensa no le ha exigido que aclare.

Las centrales nucleares ucranianas han vuelto a ser de actualidad en los últimos meses a raíz de los ataques rusos contra otras infraestructuras energéticas. Casualmente, la única central nuclear en activo que ha sufrido bombardeos es la de Energodar, algo que ni The Washington Post ni Ucrania mencionan en ningún momento, ya que habría que explicar por qué, teniendo los medios para hacerlo, Rusia ha elegido atacar la única que está bajo su control y en la que supuestamente se instruye a sus tropas. Ucrania, que hasta este último año no había renunciado al sueño de convertirse en gran exportadora de energía eléctrica, tampoco suele explicar por qué ha sido capaz de sobrellevar los ataques rusos y el país no ha quedado a oscuras. Considerada primera barrera y posible escenario de la batalla en caso de un enfrentamiento con Occidente durante la Guerra Fría, Ucrania fue preparada para soportar una guerra como la actual y la enorme inversión soviética en una red diversificada de producción de energía ha sido estos años un salvavidas que Kiev jamás agradecerá a la economía planificada de la Unión Soviética. El potencial de la URSS y su capacidad de construcción de infraestructuras también se ha puesto de manifiesto en el momento en el que Donald Trump mostró sus aspiraciones a adquirir la posesión de las infraestructuras. Más de 30 años después de la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos sigue considerando aquellas centrales competitivas.

Obtener el control de la central de Energodar se ha convertido en una obsesión para Ucrania, que no desea que las infraestructuras caigan en manos de Washington como sus minerales estratégicos. Al contrario que las tierras raras, cuya existencia ni siquiera se considera probada por la autoridad geológica estadounidense, la central de Energodar, que antes de la guerra producía el 20% de la energía ucraniana, es un activo importante para Ucrania. Aunque The Washington Post, más interesado en presentar un texto que exige la entrega unilateral de la central, no lo menciona, recuperar Energodar era uno de los objetivos claros de Kiev con su aventura en Kursk.

Perdida esa baza como territorio que intercambiar, a Ucrania le quedan únicamente dos cartas: Estados Unidos y la exigencia de unilateralidad. “Volodymyr Kravchuk, de 64 años, que pasó décadas como técnico y formador en la planta, dijo, que no le importa si Trump se hace cargo – si eso significa que los rusos finalmente se van. «Incluso puede convertirla en el Estado 51 en lugar de Canadá», dijo, «si eso significa que puedo volver a casa»”, escribe The Washington Post para cerrar el reportaje. El sueño americano de quienes ven en el hecho de que la central rusa sea una garantía de que la guerra continuará -posiblemente no se equivoquen en eso, aunque sí en quién continuará bombardeándola, Ucrania y no Rusia- no es del agrado de Zelensky, que en su ambición desea que se presione a Rusia para que Moscú entregue voluntariamente el control de la central a Ucrania, que recuperaría una parte importante de su potencial energético y dispondría de un caballo de Troya en pleno territorio ruso.

“«La estación debe estar definitivamente bajo control ucraniano», dijo Bahno. «No debe hablarse de cederla. Si perdemos la estación, será un golpe masivo para la economía y las infraestructuras»”, afirma el reportaje citando al jefe adjunto de la administración militar en Nikopol. Ajena a la realidad, Ucrania continúa hablando de lo que puede o no puede hacer, lo que es o no inaceptable, sin comprender que hace tres años que nada de ello es una opción. Kiev, que ha llegado a enviar una misión del GUR a realizar un desembarco anfibio en una operación fallida para recuperar por la fuerza las instalaciones, habría recuperado el control de la central y de la ciudad de Energodar de haber continuado por la vía diplomática tras las conversaciones de Estambul, cuando Rusia estaba dispuesta a devolver a Ucrania todos los territorios capturados más allá de Donbass. Ucrania eligió la vía militar, con la que no ha logrado su objetivo. Tras ese fracaso, ofrece ahora la vía diplomática de exigir la devolución unilateral. Es la nueva normalidad de Ucrania.

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