Trump “está bastante impaciente por las acciones rusas, sus planes y los retrasos sobre el alto el fuego”, se regocijó Alexander Stubb el domingo tras su fin de semana en Mar-a-lago, donde acompañó al presidente de Estados Unidos en su afición favorita, el golf. El presidente de Finlandia, que insistió en que eso “es algo bueno”, añadió que había intentado “explicar que eso es un comportamiento ruso normal. Primero se negocia algo y luego las condiciones se cambian una y otra vez”. Teniendo en cuenta los siete años en los que Ucrania trató de reescribir sin cesar los acuerdos de Minsk modificando las condiciones y a cambio de vagas promesas de cumplimiento parcial teniendo en cuenta los términos, el comentario suena a simple invocación del viejo dogma franquista del Rusia es culpable.
La alegría de Stubb no se debe a que la paz pueda estar más cerca, sino a la posibilidad de mantener el statu quo y especialmente la idea de apoyar a Ucrania mientras sea necesario. Para ello, los países europeos continúan negociando consigo mismos -ayer mismo en el formato Weimar+ de Francia, Alemania, Polonia, Reino Unido, Italia, España y la Unión Europea, representada por Kaja Kallas- unos términos de resolución para Ucrania que posteriormente pretenden imponer a Rusia, que no tendría voz ni voto. Pero incluso los más optimistas son conscientes de que un acuerdo interno entre un puñado de países aliados de Ucrania, ni siquiera todos ellos, no puede llegar a término sin la participación de al menos una de las dos potencias implicadas en la guerra. “Si las cosas van verdaderamente mal, Estados Unidos se involucrará”, ha llegado de decir Stubb, que con el comentario deja claras las intenciones euroeas de tensar la cuerda bajo la certeza de que Washington acudirá en su rescate. “De la Realpolitik de Bismarck a «Yo la lío y tú me sacas las castañas del fuego, te guste o no»”, comentaba ayer el catedrático en Historia Francisco Veiga. La autonomía estratégica de los países europeos es depender de su amigo americano si las cosas van mal, algo que no tardaría en ocurrir en caso de acercarse, por ejemplo, a un enfrentamiento entre las fuerzas rusas, forjadas en tres años de guerra, y las francesas o británicas, cuyo paso por las trincheras se limita a maniobras que esos ejércitos han recuperado recientemente.
Sin embargo, la alegría de Stubb no estaba fuera de lugar, ya que, por primera vez de forma tan clara, Donald Trump mostró su enfado con su homólogo ruso. Dos días antes, posiblemente como venganza por los comentarios de Zelensky sobre la pronta muerte del líder ruso, Vladimir Putin había puesto sobre la mesa la inviable idea de dejar el Gobierno de Ucrania en manos de una administración transicional dirigida por Naciones Unidas. Además de sus aliados incondicionales, también el secretario general de Naciones Unidas se apresuró a ratificar la legitimidad de Volodymyr Zelensky. Y aunque Donald Trump no se unió al coro, dejó claro que estaba “muy enfadado” y “muy cabreado”. Sus palabras fueron claras en lo que los países europeos han entendido como un primer indicio del cansancio del presidente de Estados Unidos de la actitud del presidente ruso. “Si Rusia y yo no somos capaces de llegar a un acuerdo para detener el derramamiento de sangre en Ucrania y si creo que fue culpa de Rusia -que podría no serlo-, pero si creo que fue culpa de Rusia, voy a poner aranceles secundarios al petróleo, a todo el petróleo que salga de Rusia”, afirmó Trump, como se apresuraron a recoger los shows políticos estadounidenses de los domingos.
Trump había pronunciado las palabras mágicas que los países europeos aliados de Ucrania llevaban semanas esperando escuchar. El intento de culpar a Rusia de la ausencia de avances en un alto el fuego que Kiev, Londres, París o Bruselas nunca habían buscado alegando que beneficiaba a Moscú tiene el objetivo claro de conseguir que Donald Trump culpe a Vladimir Putin de la situación. Es probable que la esperanza sea la aplicación del plan Kellogg-Fleitz, que supeditaba a la negociación el suministro de armas a Ucrania pero que proponía aumentarlo en caso de que fuera Rusia quien rechazara negociar, contra Moscú de la misma manera que ya se aplicó contra Kiev. A principios de marzo, durante alrededor de diez días, Estados Unidos negó a Kiev suministros militares e inteligencia al entender que su postura era un obstáculo para la paz.
La mención de Trump a sanciones secundarias al petróleo ruso sería incluso más positivo para los intereses bélicos de los aliados europeos de Ucrania que un aumento del flujo militar, ya que contribuiría a la guerra económica que la UE y el Reino Unido libran contra Moscú desde febrero de 2022. “Supondría que si compras petróleo de Rusia, no puedes hacer negocios en Estados Unidos”, afirmó Trump, que precisó que habría “un arancel del 25% sobre todo el petróleo, un arancel de 25 a 50 puntos sobre todo el petróleo”. Nada satisfaría más a Zelensky que la imposición de esa medida, que Trump ya ha anunciado contra Venezuela. Al fin y al cabo, Ucrania no ha renunciado en ningún momento a la utopía de lograr la desestabilización interna de Rusia por medio de la presión occidental. “Putin teme a su sociedad”, afirmó la semana pasada Zelensky, que añadió en referencia a sus socios occidentales que “si ponen presión contra Putin, la sociedad se desestabilizará y Putin tendrá miedo”. El hecho de que la dura presión económica, política, diplomática e incluso militar no haya causado inestabilidad interna -aunque en ocasiones representantes ucranianos la hayan anunciado- no es motivo para pensar que no es posible en el futuro.
Pero mientras los aliados europeos de Zelensky contenían la euforia, después de una de cal, llegó la de arena. Por la noche, en una de sus múltiples apariciones ante la prensa, el presidente de Estados Unidos volvió a cargar contra Volodymyr Zelensky. El día anterior, la viceprimera ministra de Ucrania y ministra de economía había calificado de “documento de trabajo” pendiente de revisión y negociación el borrador del acuerdo de minerales (o de tierras raras según Donald Trump, pese al creciente consenso de que la presencia de esos minerales en Ucrania es mínima), que Estados Unidos considera final y, lo más preocupante de todo para Ucrania, acordado. A juzgar por las palabras de Donald Trump, el acuerdo solo precisaría de la firma para quedar ratificado y Estados Unidos exige que sea así a la mayor brevedad y aparentemente sin cambios. En la reacción de Kiev a la publicación del borrador confluyen dos aspectos que molestan especialmente a la actual Casa Blanca: la reiteración de la exigencia de garantías de seguridad y la mención a que los términos podrían afectar a la adhesión de Ucrania a la Unión Europea, uno de los chivos expiatorios a los que apela recientemente Donald Trump.
“Zelensky, por cierto, veo que está intentando retirarse del acuerdo sobre tierras raras”, afirmó Trump a bordo del Air Force 1, “si lo hace, tendrá problemas, gravísimos… Quiere ser miembro de la OTAN, pero nunca lo será. Lo entiende”. Las palabras de Trump indican su enfado por el hecho de que Ucrania quiera negociar el acuerdo que Estados Unidos ha redibujado completamente y entregado para que sea firmado incondicionalmente y sin derecho a voz ni voto, pero también por la cuestión de las garantías de seguridad, uno de los motivos por los que Ucrania no puede aceptar el acuerdo.
La situación actual, con el presidente de Estados Unidos mostrando su ira contra los dos presidentes, Volodymyr Zelensky y Vladimir Putin, no es reflejo de que Donald Trump sea un buen mediador que se molesta por las infracciones de ambos bandos, sino de la difícil situación actual. Durante la campaña electoral, el confiado candidato Republicano se jactó de su capacidad para llegar a acuerdos y dio por hecho que lograría rápidamente un acuerdo para resolver un conflicto mucho más complejo de lo que imagina. Sus planes han chocado con una realidad en la que las líneas rojas de los dos países son incompatibles, una situación que no puede solventarse con amenazas de aranceles o un rapapolvos ante toda la prensa mundial. El problema de Trump no son las palabras de Putin o Zelensky, sino que se ha comprometido a resolver un conflicto en cuya resolución no sabe cómo avanzar, no solo por las exigencias de unos y otros, sino también por el desconocimiento propio sobre cómo surgió el conflicto, por qué él mismo no fue capaz de resolverlo en su primera legislatura y cómo abordar ahora un escenario mucho más complicado.
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