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Estados Unidos y sus intereses: el expolio de Ucrania

“Es necesario seguir trabajando con Estados Unidos para detener el conflicto y conseguir una paz que garantice la soberanía y seguridad de Ucrania”, afirmó Giorgia Meloni en su participación en la cumbre celebrada el jueves en París. La primera ministra italiana intenta mantener el equilibrio en una posición que no es ni la de la defensa a ultranza de la actuación de Trump siguiendo el ejemplo húngaro o el rechazo absoluto a la vía dialogada hacia la resolución que defienden los demás países europeos, que insisten en que Rusia ha de aceptar incondicionalmente el plan anglofrancés de Macron y Starmer que no tiene siquiera el consenso de los países europeos. El caso italiano, con un Gobierno de la extrema derecha aceptable, favorable a la OTAN y a la asistencia a Ucrania, entra en terreno pantanoso al intentar reunir en una postura coherente la idea de lucha contra Rusia con el sometimiento al trumpismo, que insiste en un proceso diplomático que dé lugar a un acuerdo, imposible si Londres y París siguen insistiendo en enviar, sin previo pacto con Moscú, una misión armada a Ucrania. Sin embargo, cualquier contradicción es mínima comparada con la insistencia de Ucrania y de sus defensores occidentales en la idea de soberanía y la situación actual.

Durante los días anteriores a la celebración de la enésima cumbre de apoyo a Ucrania, en una entrevista concedida a Le Figaro, el presidente ucraniano insistía en la necesidad de garantías de seguridad para el futuro y mencionaba concretamente la exigencia de que se entregue a Kiev los casi 300.000 millones de dólares en activos rusos públicos y privados incautados desde febrero de 2022 para financiar el enorme ejército de la absolutamente militarizada Ucrania del futuro. “Para nosotros, hoy la victoria consiste en salvar nuestra nación, nuestra independencia. Se trata de tener la libertad de no pertenecer a Rusia ni a su forma de ver el mundo”, añadía Zelensky, insistiendo en la idea de soberanía e independencia, básicas a la hora de presentar el actual conflicto como una guerra de liberación nacional en la que se obvia el hecho de que una parte de la población optó hace muchos años por defender la causa rusa. Pero ni ese detalle aparentemente menor ni el hecho de que la integridad de la nación no haya estado en peligro en ningún momento -al menos no desde que los convoyes rusos quedaron detenidos en las trincheras camino a Kiev, momento en el que estuvo claro que Rusia no iba a ganar militarmente la guerra- han hecho disminuir la intención de utilizar los argumentos de las luchas anticoloniales del siglo XX como uno de los ejes del discurso ucraniano.

Ese discurso ha adquirido nueva vida a raíz de lo que está siendo visto como un doble imperialismo, una pinza de Trump y Putin para dividirse Ucrania de la misma manera que las potencias europeas se repartieron África desde los despachos del Congreso de Viena. El equilibrio de fuerzas y la certeza de los países europeos y la administración Biden de que cualquier guerra era mejor que una paz negociada -entre ellas la de Minsk, que no habría hecho a Ucrania perder más territorio que Crimea o la de Estambul, en la que la pérdida de territorio habría sido negociable y limitada a Donbass-, han derivado en el escenario actual, en el que la lucha está entre la paz por medio de la fuerza de los países europeos y el realismo de la administración Trump, que no solo busca un final al conflicto, sino su propio lucro.

Frente a las declaraciones altisonantes de sus primeras semanas en el cargo, Donald Trump ha dejado de insistir en dar cifras sobre el valor de la asistencia que Estados Unidos y los países europeos han aportado a Ucrania estos últimos tres años. Dar cifras que fácilmente podían comprobarse como falsas no ha resultado más que en reproches de sus aliados a los que el presidente de Estados Unidos no podía responder con argumentos, pero la Casa Blanca no ha renunciado a su actitud de ataque. El acuerdo de minerales quedó aparcado tras la catastrófica reunión del Despacho Oval el 28 de febrero, cuando Zelensky fue públicamente humillado y animado a abandonar la residencia presidencial estadounidense sin que se produjera ninguna firma. Ucrania había conseguido negociar una versión menos agresiva del primer borrador que Scott Bessent, secretario del Tesoro, había presentado al presidente ucraniano días antes en Kiev y que Zelensky había rechazado firmar en ese momento.

Aquel documento, rebajado notablemente tras duras reuniones con Estados Unidos, cifraba en 500.000 los millones de dólares a los que Washington aspiraba y para los que Ucrania debía entregar la mitad de los ingresos por todo tipo de extracciones minerales presentes y futuras. El acuerdo que la Oficina del Presidente creía tener atado y preparado para firmar en su visita a Estados Unidos, incluía un fondo conjunto cuyos detalles aún estaban por negociar y una frase que hacía a Zelensky mantener la esperanza de que esos ingresos a los que Ucrania renunciaba fueran a comprar las garantías de seguridad que Kiev sigue buscando. El documento afirmaba que Estados Unidos apoya la búsqueda de garantías de seguridad para Ucrania, una formulación que difícilmente puede entenderse como una promesa de futuro.

El intento de Zelensky por renegociar esa parte del acuerdo y modificar los términos que la Casa Blanca consideraba finales hizo descarrilar ante toda la prensa la reunión del Despacho Oval, ahondando aún más en la mala opinión que Donald Trump tenía del presidente ucraniano, que no entregó a su campaña el material comprometido sobre Joe y Hunter Biden que le habían exigido. Desde entonces, uno de los principales objetivos de Zelensky y sus aliados europeos ha sido recuperar el favor de Donald Trump, en parte a base de virar su discurso a la necesidad de paz y culpar a Rusia de la ausencia de avances -aunque los únicos que se han producido desde 2022 se están produciendo ahora y son fruto de las negociaciones entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania-, y también alabando los esfuerzos estadounidenses por la paz. “Creo que hemos vuelto al buen camino”, ha afirmado esta semana Andriy Ermak, mano derecha de Zelensky, que añadió que quiso dirigirse directamente a sus aliados. “Queridos amigos americanos, comprendéis que somos socios. Ese era nuestro objetivo”.

El jueves, el diputado ucraniano Zhelezniak publicó el último borrador del acuerdo de extracción de minerales de Ucrania que, según Scott Bessent podría firmarse tan pronto como la semana que viene. Desde entonces, varios medios occidentales y ucranianos han tenido acceso a un texto que ha puesto de acuerdo a Ukrainska Pravda, Bloomberg, Carl Bildt o Dmitry Medvedev, que ha afirmado que Zelensky podría correr la suerte de Benito Mussolini en caso de firmar el acuerdo.

“Convencido de la debilidad de Ucrania, despreciando al presidente Zelensky y enfadado por los miles de millones de dólares de ayuda proporcionados a Kiev por la administración de Joe Biden, Trump se propuso devolver todo e incluso más”, escribe The Times, que entiende que la nueva versión del acuerdo de minerales busca recuperar la inversión realizada, que queda cifrada en 100.000 millones que se presentan como un crédito, y obtener aún más beneficio. Cruza casi todas las líneas rojas previamente acordadas; priva a Ucrania de parte de su soberanía; contradice su futura adhesión a la UE; y además obliga a Ucrania a devolver toda la ayuda estadounidense de los últimos años, que Ucrania consideró gratuita. Este último enfoque abre la caja de pandora e inevitablemente provocará también una avalancha de reclamaciones de otros Estados”, añade Ukrainska Pravda. “Es un documento de expropiación”, afirma un experto del Atlantic Council citado por The Telegraph. “No hay garantías, no hay clausulas de defensa y Estados Unidos no pone nada”, sentencia, centrándose, no en el expolio que supone, sino en la ausencia de compromiso de garantías de seguridad futuras. Dependiente de sus aliados para mantener el Estado, cumplir con los compromisos de pago de salarios y pensiones y permitir que el ejército continúe luchando, poco queda ya de la soberanía de Ucrania, dispuesta a ceder aún más independencia a cambio de presencia militar estadounidense en su territorio.

Por el momento, la reacción del Gobierno ucraniano a la publicación del borrador se limita a no reconocer ninguna deuda -la financiación estadounidense nunca ha sido entregada en forma de préstamo- y no ha entrado en el contenido de un acuerdo que un Estado soberano no podría permitirse firmar. El borrador se refiere a un fondo conjunto en el que tres de los cinco miembros serían estadounidenses y dispondrían de derecho de veto. Estados Unidos afirma haber proporcionado ya 100.000 millones de dólares, por lo que los ingresos han de proceder únicamente de Ucrania por sus futuras extracciones y beneficios de la extracción de gas, petróleo, minerales y otros aspectos económicos que no acaban de definirse realmente. El acuerdo es una colonización económica de Ucrania en toda regla, que además obliga a Kiev a compensar cualquier retraso. Estados Unidos, que tendría derecho de tanteo en cada futura extracción y que se garantizaría que ninguno de los recursos ucranianos podría venderse a sus rivales, obtendría también los beneficios de fondo. Solo una vez superado el 4%, Kiev podría percibir royalties. Según Trymofiy Mylovanov, presidente del Kyiv School of Economics, Ucrania renunciaría a “todos los ingresos de recursos públicos y privados en todo el territorio, incluso en el ocupado. Las empresas privadas como DTEK [propiedad de Rinat Ajmetov] no están exentas”.

Es posible que, como ocurriera en febrero, Ucrania sea capaz de negociar una rebaja de las draconianas condiciones, aún peores que las que sorprendieron a los medios en aquel momento y que fueron comparadas a las impuestas por los aliados contra Alemania en el Tratado de Versalles o contra Alemania y Japón tras su rendición en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la reincidencia en un acuerdo que vuelve a ser colonial, que privaría a Ucrania de todo atisbo de soberanía económica muestra claramente las intenciones de Donald Trump de obligar a Kiev a subordinar al país a la voluntad de Washington en el presente y en el futuro.

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