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«Ahí es donde vivo»

«Han pasado casi seis años desde que Volodymyr Zelensky fue elegido presidente de Ucrania, pero aún se estremece ante todo el latón pulido y las lámparas de araña que abarrotan su despacho. El lugar parece bastante llamativo, como una habitación sacada directamente de Mar-a-Lago, y Zelensky no deja de disculparse por ello mientras me lo enseña una tarde de marzo. Dice que preferiría desechar los muebles, derribar las pilastras y utilizar pintura blanca para ocultar el pan de oro del techo», escribe el periodista Simon Shuster en su apertura del reportaje de portada de la revista Time de esta semana. «Pero, ya sabes, no hemos tenido mucho tiempo para renovaciones, especialmente estos últimos años», continúa citando al presidente ucraniano. Zelensky no tuvo tiempo de renovar sus oficinas en los casi tres años entre su elección y la invasión rusa. Tampoco lo tuvo para resolver, tal y como había prometido, el conflicto de Donbass, uno de los temas estrella de la campaña tras la que no dio opción a su rival, Petro Poroshenko, cuyo programa pasaba por la continuación de la guerra de baja intensidad contra Donetsk y Lugansk hasta conseguir concesiones por parte de Rusia o hasta que la guerra llegara a otro nivel, provocando la intervención externa.

Frente al programa del candidato, la gestión del presidente Zelensky rápidamente se asimiló al ideario de su predecesor, algo que ahora algunos de sus principales aliados justifican culpando a terceros. «No es un hombre irracional. Fue elegido como un pacificador», afirmó recientemente Boris Johnson, una de las personas que marcó el final de la diplomacia en la primavera de 2022. No lo hizo en forma de orden -su «vamos a luchar» ha sido manipulado para presentarlo como un dictado contrario a los deseos de su interlocutor- sino como muestra de que Ucrania iba a disponer del material necesario, armamento, munición, inteligencia y financiación, para hacer lo que ya quería hacer, continuar la guerra hasta lograr una situación de fuerza en la que limitar al máximo las concesiones a Moscú.

«En 2019 intentó llegar a un acuerdo con Putin», señala intentando mostrar con su lenguaje corporal las dudas sobre la diplomacia, pero finalmente añade que «según recuerdo, su problema principal es que…,sabe,…los nacionalistas ucranianos no podían aceptar el compromiso». Ese compromiso al que Zelensky se había referido durante la campaña y que era considerado una capitulación por la extrema derecha en el país y por la diáspora norteamericana como colectivo eran los acuerdos de Minsk, que hasta febrero de 2022, todas las partes implicadas, incluido el Gobierno ucraniano, definían públicamente como la única vía de resolución del conflicto. Sin embargo, ya en diciembre de 2019, apenas unos meses después de su toma de posesión, Zelensky notificó a Emmanuel Macron y Angela Merkel que los puntos políticos de esa hoja de ruta no iban a implementarse, lo que equivalía a rechazar el único acuerdo de paz que se ha firmado hasta ahora. «Se puede entender por qué no», sentencia Boris Johnson para referirse a lo que califica de compromiso, que no era sino el cumplimiento del acuerdo que había negociado para Ucrania Angela Merkel. La guerra contra Rusia, y ya entonces el conflicto contra Donetsk, Lugansk y su población era para la extrema derecha nacionalista y para el Estado, demasiado importante a la hora de crear el mito fundacional de la Ucrania de Maidan como para permitir un compromiso que implicara una concesión tan dura como garantizar los derechos lingüísticos y culturales a Donbass, algo a lo que no estaban dispuestos ni los grupos armados ni ninguno de los gobiernos que ha habido en los últimos once años. Como muestran la inacción de los países europeos y Estados Unidos y las palabras de personas como Boris Johnson, esa opinión se extiende también a los aliados de Kiev, que nunca hicieron nada por obligar a Ucrania a implementar el acuerdo que había firmado y en nombre del cual seguía exigiendo concesiones a Rusia sin ofrecer nunca promesas tangibles de cumplimiento propio.

La guerra es hoy la razón de ser del Estado ucraniano, algo que Zelensky heredó en 2019 de su predecesor Petro Poroshenko y que no quiso o no pudo modificar pese a la amplia mayoría favorable a la paz que le había elegido como presidente en gran parte por ese motivo. En diciembre de ese año, cuando Zelensky consiguió la deseada reunión del Formato Normandía que utilizó para lograr de Rusia el compromiso del nuevo acuerdo de tránsito de gas, nada quedaba ya de ese peacenick al que se  refiere Boris Johnson. Cinco años después de su elección y tres desde la invasión rusa, Zelensky se enorgullece de ser un presidente de guerra. Y no lo hace únicamente con su vestimenta, que le valió el primer reproche de Donald Trump en su llegada a la Casa Blanca para firmar el acuerdo de extracción de minerales que finalmente no pudo firmarse, sino también con el atrezo de su oficina.

«En el fondo de su despacho, detrás de la versión ucraniana del Resolute Desk, hay un espacio que Zelensky siente como su hogar: una pequeña habitación con una cama individual y un conjunto de cuadros que él mismo eligió. No son piezas de museo. En el bazar local, unas similares podrían alcanzar como mucho unos cientos de dólares. Pero son importantes para el presidente por lo que representan, escribe Shuster. «El que cuelga sobre su cama muestra un buque de guerra ruso hundiéndose en el Mar Negro. Otro muestra a las tropas ucranianas luchando recientemente en territorio ruso. La tercera, la favorita de Zelensky, muestra el Kremlin envuelto en llamas. «Cada una trata de la victoria», dice mientras nos apiñamos en el espacio para ver las fotos. «Ahí es donde vivo»». Ese es el espacio en el que vive el presidente ucraniano, un mundo en el que se exageran hasta la saciedad las victorias ucranianas pasadas -tanto el hundimiento del Moskva como la aventura de Kursk, que ha resultado no serlo- y en el deseo de las futuras.

Las circunstancias no favorecen esos acontecimientos y la presión del aliado que tiene en su mano las cartas de la diplomacia que marcan lo que se puede negociar y lo que no han llevado a Zelensky a una disonancia cognitiva en la que sus palabras contradicen sus deseos. Los cuadros del Kremlin ardiendo, por ejemplo, chocan con la retórica de exigencia de alto el fuego y narrativa de paz lo antes posible que ahora presenta Bankova y que suena extraña en comparación con sus actos y palabras de hace apenas unas semanas. A ello ha contribuido su catastrófica visita a la Casa Blanca y la evidente necesidad de reconducir las relaciones con el trumpismo. Conseguirlo era uno de los objetivos de la invitación de la Oficina del Presidente a la revista Time, que detalla las intenciones de Zelensky al acudir a la reunión con su homólogo estadounidense, a la que llegó cargado de regalos que iban a conseguir el favor de Donald Trump. El obsequio estrella era el cinturón de campeón del mundo del boxeador ucraniano Oleksandr Usyk, que el presidente ucraniano no consiguió utilizar.

“Cuando tomó asiento en el Despacho Oval, Zelensky colocó el cinturón en una mesa auxiliar cerca de su codo derecho, con la intención de alcanzarlo y entregárselo a Trump delante de los periodistas reunidos. En lugar de eso, cuando comenzó la sesión informativa televisada, Zelensky cogió otro de sus regalos. Era una carpeta que contenía una serie de fotografías horripilantes de prisioneros de guerra ucranianos tras su cautiverio en Rusia. Algunos de sus cuerpos estaban grotescamente demacrados. Otros mostraban signos de tortura. «Es algo muy duro», dijo Trump, con el rostro pálido, mientras cogía las fotos de Zelensky y empezaba a hojearlas”, relata Shuster, que ve las fotografías como el catalizador, o quizá incluso el causante, del descarrilamiento posterior. “Esas fotos, según algunos oficiales estadounidenses, marcaron el momento en que la reunión se torció. Si Zelensky hubiera ofrecido el cinturón de campeón, el gesto podría haber relajado los ánimos”, añade.

No se pasa por la cabeza ni del periodista ni de Zelensky que el motivo por el que las fotografías cambiaron el ambiente de la reunión no fue la falta de obsequios o la dureza de las fotografías, sino el hecho de que el presidente ucraniano pretendía utilizarlas para justificar más guerra en lugar del trabajo por la paz. En realidad, el error de cálculo de Ucrania es reincidente. Kiev aún no ha aceptado que, para aquellos actores que ven que una mala paz es mejor que una buena guerra, la escenificación de la violencia no causa solidaridad con Ucrania, sino que reafirma la necesidad de lograr el final del conflicto. Así ocurrió hace más de un año con la visita de la delegación de una docena de países africanos liderados por el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, que pese al paso obligado por Maidan y Bucha, partió de Ucrania con la idea de la necesidad de diplomacia reforzada.

Esa fue también la reacción de Donald Trump, que esperaba una reunión plácida en la que otorgarse el crédito por el acuerdo de minerales en lugar de un reproche de Zelensky en busca de unas garantías de seguridad que Estados Unidos no iba a ofrecer a cambio de esa firma. Halagar al presidente de Estados Unidos no es algo que se hace únicamente con obsequios -y hasta ahora Moscú ha tenido más suerte en la selección de los regalos-, sino con la capacidad de leer el momento y asumir que contradecir a Trump en lo más básico de su pensamiento, que esta es una mala guerra que hay que conseguir terminar, es lo que ofendió al equipo de la Casa Blanca, no por las imágenes en sí, sino por lo que Zelensky pretendía conseguir con ellas.

En su intento de recuperar el favor de Donald Trump, el presidente ucraniano ha comprendido que debe valorar positivamente todo esfuerzo por la paz pese a que contradiga todos sus instintos, enaltecer cada esfuerzo estadounidense por presionar a Rusia, alabar al presidente de Estados Unidos y celebrar cada uno de sus éxitos, reales o imaginarios. “Los oficiales estadounidenses, dice, han empezado a creer en la palabra de Putin, incluso cuando su propia inteligencia lo contradecía. «Creo que Rusia ha conseguido influir en algunas personas del equipo de la Casa Blanca a través de la información», me dijo Zelensky. «Su señal a los estadounidenses era que los ucranianos no quieren poner fin a la guerra, y hay que hacer algo para obligarles”, escribe Shuster. Zelensky transmite así una imagen de un Donald Trump manipulado por Vladimir Putin, un argumento que quizá sea de utilidad a nivel interno, pero que solo puede perjudicarle a nivel internacional. El presidente ucraniano prefiere creer que las invenciones de Trump a la hora de describir la realidad o de dar datos sobre la guerra son producto de la manipulación del Kremlin y no de la actuación estándar del presidente ucraniano. Y es que es improbable que haya sido Vladimir Putin quien ha metido en la cabeza del líder de la Casa Blanca que China ha tomado el canal de Panamá, que Dinamarca no es un buen aliado, que Venezuela envía deliberadamente criminales a Estados Unidos o que Cuba patrocina el terrorismo internacional.

“Este es el tipo de conversación, cierta o no, que metió a Zelensky en problemas con el equipo de Trump en primer lugar. Y lo está haciendo de nuevo. Si es una estrategia deliberada, no la entiendo”, comentó el periodista conservador estadounidense Daniel DePetris, insistiendo en que el presidente ucraniano empeora su error al reincidir en él. “Zelensky aprendió durante la guerra que si presionaba, menospreciaba y criticaba a sus principales patrocinadores, Biden y Scholz, casi siempre conseguía lo que quería; quizá ahora no pueda cambiar”, añadió Mark Ames.

Insultar a su homólogo norteamericano sugiriendo que será visto como un presidente débil o acusándole de estar siendo manipulado no hace sino empeorar la situación para Zelensky. Hacerlo en un reportaje de portada cuyo objetivo es atraer la mayor atención posible tampoco parece la actitud más recomendable. Por suerte para Ucrania, al contrario de lo que afirma públicamente, el equipo negociador y de política exterior de Trump está compuesto en gran parte por personas que se han mostrado partidarias de Ucrania y que, como Marco Rubio, han sido sancionadas tanto por China como por Rusia por su beligerante actitud.

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