Cada actor con sus intereses, Estados Unidos, Rusia, Ucrania y la Unión Europea continúan reuniéndose y planificando sus siguientes pasos hacia la versión de paz que cada uno de ellos defiende. La última reunión del Consejo Europeo, por ejemplo, afirma en su comunicado conjunto -al que no se sumó Hungría, defensora de la vía estadounidense hacia la resolución de la guerra- “su apoyo constante e inquebrantable a la independencia, soberanía e integridad territorial de Ucrania dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas”. Pese a ese tipo de declaraciones, incluso Bruselas es consciente de que las condiciones actuales hacen imposible para Kiev recuperar sus territorios perdidos si no es por medio de un brutal aumento del flujo de asistencia militar y financiera imposible sin Estados Unidos. De ahí que los países europeos hayan virado finalmente su discurso de la guerra eterna a la paz armada. Con esa narrativa, Londres, París y Bruselas son capaces de compaginar sus ansias de rearme, exigencias de más sanciones contra Moscú e incremento de la asistencia militar a Kiev con el discurso de paz justa.
Sin embargo, pese a las constantes reuniones en las que los países miembros ratifican su apoyo incondicional a Kiev, la Unión Europea sigue sin encontrar su sitio en el proceso de diplomacia poco ortodoxa que incluye amenazas y alicientes, hechos y hechos alternativos con el que Donald Trump trata de conseguir un alto el fuego y el inicio de la negociación final para lograr una paz definitiva. Washington ha convocado tanto a Ucrania como a Rusia a reuniones que se celebrarán el lunes en Arabia Saudí, primer momento en el que las partes en conflicto se encontrarán en el mismo lugar y en el mismo momento. Las reuniones muestran el tipo de proceso que está llevándose a cabo con la administración estadounidense como cabeza pensante y mediadora. La Casa Blanca consolida su forma de actuar con una doble negociación -Estados Unidos-Rusia y Estados Unidos-Ucrania- que no se fusionará en una única hasta el momento en que hayan quedado marcadas las líneas generales de un futuro acuerdo y Estados Unidos se haya garantizado sus intereses.
En ese sentido, pese a la importancia de la reunión del próximo lunes, en la que se producirá un tipo de shuttle diplomacy, diplomacia de lanzadera entre las distintas habitaciones en las que se encuentren las delegaciones, cada conversación mantenida por Donald Trump con sus homólogos ruso y ucraniano es mirada con lupa en busca de signos de cuál será la dirección en la que transcurrirá el proceso. Es el caso de los contactos de esta última semana, en la que Trump no consiguió que Vladimir Putin apoyara incondicionalmente la propuesta de 30 días de alto el fuego completo y fue el presidente estadounidense el que finalmente adoptó como propia la proposición rusa de compromiso mutuo de no atacar instalaciones energéticas. El éxito de la medida está siendo relativo y la noche del jueves al viernes ardió tras un ataque el gasoducto ruso de la localidad de Suya, recientemente recuperada por las tropas rusas. Con rapidez, el proceso de negociación ha retornado a los años de Minsk, en los que Kiev acusaba de cada uno de sus ataques a Moscú alegando que eran las tropas rusas las que bombardeaban sus propias posiciones para desacreditar al ejército ucraniano. Las partes se culpan mutuamente del ataque, alegaban ayer los medios después de que el Estado Mayor de Ucrania afirmara que “la propia Rusia ha atacado la estación de medición de Suya para culpar a Ucrania”.
“El índice de referencia europeo TTF vuelve a subir tras vídeos sin confirmar que circulan en las redes sociales que supuestamente muestran la estación de bombeo de Suya, justo en la frontera entre Ucrania y Rusia, en llamas. Esta estación de bombeo es crucial para el retorno del gas ruso por gasoducto”, escribió el experto de Bloomberg Javier Blas, que apenas 24 horas antes había publicado un post en el que alertaba de las bajas reservas de gas en los países de la Unión Europea y presentaba como solución la recuperación del tránsito de gas ruso a través de las tuberías disponibles. Parece evidente que Rusia no tenía ningún incentivo para bombardear sus propias instalaciones, apenas una semana después de haberlas recuperado. El ataque se produce al día siguiente del último ataque a la base militar rusa de Engels, con la que Ucrania quiso recordar que sigue teniendo armas con las que hacer daño a Rusia muy lejos del frente y de la frontera. El bombardeo de Engels no es el primero y posiblemente tampoco sea el último. Aun así, en un momento de derrota y de pérdida de la principal carta de negociación, la de Kursk, Ucrania ha querido exagerar su poder. “Tenemos las cartas en nuestras manos. Y, lo que es más importante, también tenemos un mapa detallado de Rusia. Ucrania se ha unido al exclusivo club de estados con la capacidad técnica, la experiencia y la determinación para proyectar su poder mucho más allá de sus fronteras”, escribió en las redes sociales Mijailo Podolyak en claro tono de amenaza.
Pese al intento de la Oficina del Presidente de presentar a Ucrania como un actor dueño de sus actos, la dependencia ucraniana de Estados Unidos se ha puesto de manifiesto este último mes con el cambio de discurso de Ucrania, que de hablar de lo imposible de un alto el fuego sin acuerdo previo de garantías de seguridad ha pasado a hacerse ver como principal defensora de la paz a la mayor brevedad. La humillación de la Casa Blanca no provocó el rechazo de Kiev a su aliado estadounidense, sino más sumisión, como lo hiciera posteriormente la interrupción temporal del suministro de armamento e inteligencia estadounidense. Ucrania aceptó primero el acuerdo de minerales, el acuerdo de tregua de 30 días propuesto por Estados Unidos y posteriormente el alto el fuego parcial, aunque ambas contradicen la postura inicial de Kiev.
La sumisión de Ucrania a su aliado estadounidense se manifiesta en el hecho de que Washington tiene la capacidad de introducir continuamente nuevas condiciones en su relación con Kiev. Tras la última conversación telefónica con Zelensky, en la que Trump informó al presidente ucraniano del resultado de la llamada a Vladimir Putin, Estados Unidos publicó en su comunicado una mención a la propiedad de las centrales nucleares ucranianas, un aspecto que no había sido mencionado en absoluto hasta entonces. La cuestión de la central nuclear de Zaporozhie, en Energodar, bajo control ruso desde marzo de 2022, ha sido una de las obsesiones de Kiev, que no ha dudado en usar su artillería y drones para hacer demasiado peligrosa la permanencia de Rusia en ella y obligar a Moscú a retirarse. Es probable que la central fuera uno de los lugares que Zelensky tenía en mente cuando afirmaba que los territorios de Kursk bajo control ucraniano servirían como baza para recuperar territorios en una negociación. Perdida esa posibilidad y con su capacidad de producción eléctrica minada por los ataques rusos de los últimos meses, busca alternativas que, como es habitual, no pasan por la negociación con su oponente. Hace siete meses, Ucrania optó por iniciar su desastrosa aventura rusa, en la que miles de soldados han muerto sin que se consiguiera más objetivo militar que causar bajas a Moscú. El inicio de aquella ofensiva impidió que comenzaran las negociaciones en las que, con la mediación de Qatar, Rusia y Ucrania iban a tratar de llegar a un acuerdo para un alto el fuego parcial similar al que trata de ponerse en marcha ahora para evitar los ataques contra infraestructuras energéticas. La actuación ucraniana provocó, en lugar del parón de los ataques, su incremento y la posición energética ucraniana es ahora mucho más grave que hace un año.
Tras los comentarios de la Casa Blanca sobre la intención de obtener la propiedad de centrales nucleares ucranianas (sin especificar cuáles ni cuántas), Volodymyr Zelensky se apresuró a negar toda posibilidad. “La idea sorprendió a funcionarios y expertos en energía de Kiev. Zelensky pareció rechazarla el jueves, afirmando que las centrales nucleares eran propiedad del Estado y no podían privatizarse, aunque acogió con satisfacción la cooperación económica con la parte estadounidense. Añadió que la cuestión de la propiedad estadounidense de las centrales no se había abordado directamente durante la llamada”, escribía ayer The New York Times, que añadía que solo una central, la de Zaporozhie, había salido en la conversación entre los dos presidentes.
“Las centrales nucleares ucranianas de la era soviética han sido la columna vertebral de su red energética durante la guerra, suministrando hasta dos tercios de la electricidad del país. Aunque Moscú ha atacado sin descanso las centrales térmicas e hidroeléctricas de Ucrania en un intento de paralizar su red, ha evitado atacar las instalaciones nucleares, lo que podría desencadenar una catástrofe radiológica”, explica el artículo, que no menciona que Ucrania sí ha atacado una de las centrales, la única bajo control ruso, siempre alegando autobombardeos rusos. The New York Times recuerda también los contratos de Westinghouse para suministrar combustible nuclear a las centrales ucranianas, que buscaban la forma de evitar comerciar con Rusia también en ese sector, signo de los intereses económicos de Estados Unidos en Ucrania. Sin embargo, al menos teóricamente, Estados Unidos no podría adquirir las centrales nucleares ucranianas, propiedad de Energoatom, ya que legalmente no pueden ser privatizadas.
El jueves, Zelensky negó la posibilidad de que Washington adquiera ninguna de las centrales nucleares ucranianas. Sin embargo, en el habitual estilo de afirmar de forma tajante algo para matizar posteriormente y acabar por defender lo contrario, el presidente ucraniano añadió un matiz. “Estamos abiertos a debatir si Estados Unidos quiere invertir en modernizar la central, pero no la propiedad. No vamos a discutir ese tema”, afirmó Zelensky, que en la misma comparecencia añadió en referencia a las instalaciones de Energodar que “es peligroso porque Rusia controla la central nuclear. No está operativa porque Rusia no sabe cómo operarla”. El presidente ucraniano pretende hacer creer que Rusia, una de las principales potencias nucleares, cuyos expertos se han formado en la Unión Soviética, país que construyó la central, o con su legado, no es capaz de operar esas infraestructuras. Zelensky, que abrió la puerta a que Estados Unidos gestione la central en caso de que Ucrania la recupere, añadió que “recuperar únicamente la planta no es suficiente porque debe tener la infraestructura correcta, suministro de agua, personal técnico y muchos otros pasos necesarios”.
A lo largo de la última semana, Donald Trump y su equipo se han referido en varias ocasiones a la central nuclear de Zaporozhie, dando a entender que iba a ser exigida a Rusia como concesión a Ucrania. Con sus palabras, Zelensky se une implícitamente a esa exigencia, pero añade un deseo más. La central no es suficiente y Kiev quiere más territorio, una forma de introducir una isla en territorio ruso, un caballo de troya ucraniano. Ucrania trató de conseguirlo con una operación militar de asalto anfibio para capturar la central que resultó en un fracaso absoluto y varios soldados muertos antes incluso de alcanzar la otra orilla del Dniéper. Ahora, cuando gran parte de su fortaleza recae en sus aliados, la capacidad de Estados Unidos de presionar a Rusia es la única esperanza de Ucrania para recuperar la central nuclear perdida o cualquiera de los demás territorios del sur de Ucrania o Donbass.
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