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Alto el fuego, Armas, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Francia, Putin, Reino Unido, Rusia, Trump, Ucrania, Zelensky

Exigencias en forma de ultimátum

“Me alegra informarles de que el general Keith Kellogg ha sido nombrado enviado especial para Ucrania”, escribió el sábado Donald Trump en su red social personal, método por el que acostumbra a proclamar sus nombramientos, alabanzas o amenazas. El mensaje no era realmente el anuncio de un nombramiento, sino de un matiz. Aunque estos días se ha rumoreado que Kellogg había sido apartado del equipo negociador de Trump, el general era hasta ahora considerado enviado especial para Rusia y Ucrania, es decir, el equivalente a Kurt Volker en la primera legislatura trumpista. La misma semana en la que se ha informado en los medios occidentales del supuesto veto ruso a reunirse con Kellogg -algo que era previamente conocido, ya que el exgeneral era visto en Moscú como excesivamente cercano al complejo militar-industrial-, el exmilitar es confirmado aunque con una definición limitada del puesto. En realidad, el cambio en la denominación del trabajo de Kellogg responde a una realidad que ya se había puesto de manifiesto: el hecho de que Estados Unidos, dueño y señor de las negociaciones al ser la parte con capacidad de ofrecer tanto alicientes como presiones a ambas partes de la guerra, ha optado por una diplomacia separada en sus relaciones con Moscú y Kiev.

Hasta el momento, todos los contactos realizados, desde las llamadas telefónicas a los presidentes, encuentros presenciales o conversaciones telefónicas entre ministros de Asuntos Exteriores, han tenido una naturaleza estrictamente bilateral. Esa actuación, que provocó un tremendo nerviosismo entre el establishement europeo y ucraniano al verse excluidos de la reunión de Riad entre Marco Rubio y Sergey Lavrov, en la que se trataron cuestiones entre los dos países, por lo que nada justificaba la presencia de Kiev o de Bruselas, se repetirá hasta el momento en el que Washington considere que el marco del acuerdo ha sido impuesto ya y Rusia y Ucrania tengan que resolver cuestiones que no son del interés de Estados Unidos, como los intercambios de prisioneros o la situación de la población civil bajo control de la otra parte (derechos de la población ucraniana en los territorios rusos y de la población de habla rusa en Ucrania). Hasta que llegue ese momento, todo indica que habrá dos direcciones en la diplomacia de Estados Unidos: la dirigida por Kellogg, posiblemente la persona más proucraniana del equipo de Trump, que se encargará de presionar e incentivar a Ucrania y la que gestionará Steve Witkoff haciendo lo propio con la Federación Rusa.

Además de confirmar el nombramiento del cuestionado Kellogg, una figura más importante de lo que aparenta su cargo ya que es su plan el que está siendo aplicado para presionar a las partes a aceptar una negociación, Donald Trump confirmó el buen trato que había recibido Steve Witkoff en Moscú (frente a los rumores de que el Kremlin le había hecho esperar nueve horas) y anunció que el lunes habrá nuevas informaciones sobre el alto el fuego, uno de los dos ejes centrales de la agenda ucraniana actualmente. “Me dirigí a la reunión de líderes europeos y afirmé que el camino hacia la paz debe comenzar sin condiciones”, escribió el sábado por la noche Volodymyr Zelensky, que añadió que “si Rusia no lo desea, debe ejercerse una fuerte presión hasta que lo hagan. Moscú entiende un solo lenguaje”. Kiev ha repetido en tantas ocasiones que Rusia solo entiende el lenguaje de la fuerza que no hace falta precisar a qué lenguaje se refiere el presidente ucraniano cuando exige más presión contra Moscú para que acepte el alto el fuego de forma incondicional. Bajo un lenguaje muy similar al del ultimátum, con una humillación pública y la posterior interrupción del suministro de armas e inteligencia, Ucrania aceptó en Arabia Saudí un alto el fuego que no deseaba -el propuesto por Ucrania era mucho más modesto, limitando únicamente aquellos aspectos que más benefician a Rusia, pero sin cese completo del fuego-, aunque ese acto es suficiente para que aliados como sir Keir Starmer califiquen a Kiev “el partido de la paz”.

Hasta ahora, Ucrania había utilizado dos conceptos como base de su discurso: la idea de la paz justa, una paz en la que Kiev consiga todos sus objetivos (territoriales, de seguridad y compensación por parte de Rusia) y pueda imponer sobre toda la población su modelo social y político de país, y la paz por medio de la fuerza, que siempre ha tenido más de fuerza que de paz. La insistencia estadounidense en lograr un final para la guerra ha obligado a Kiev a modificar su táctica y tratar de lograr el máximo en unas condiciones mucho más complicadas. La cercana relación existente entre Biden y Zelensky no ha podido repetirse y la reunión en el Despacho Oval mostró una hostilidad de Donald Trump hacia el presidente ucraniano, al que una semana antes había calificado de dictador, que posiblemente se remonte al intento estadounidense de presionar a Ucrania en busca de material comprometido sobre Hunter Biden, hijo del entonces candidato Biden.

Prácticamente perdida la baza de Kursk, aunque Zelensky se aferra a seguir afirmando que sus tropas han logrado el objetivo y siguen luchando por mantener sus posiciones, la carta de negociación que le queda a Ucrania es la fortaleza de sus aliados. En esos momentos en los que la UE y Kiev se vieron expulsadas de una reunión que entendieron que era el principio de la gestión de un acuerdo entre grandes potencias y a sus espaldas, Ucrania y sus aliados pusieron en marcha el lema “nada sobre Ucrania sin Ucrania y nada sobre Europa sin Europa”. Sin embargo, Kiev nunca ha querido negociar por sí misma, sino repitiendo el Formato Normandía de los años de los acuerdos de Minsk, presentándose en las cumbres con el apoyo incondicional de sus aliados, capaces, o esa era la esperanza ucraniana, de obligar a Moscú a aceptar los términos que se le presentaban. Esa fue la vía por la que Ucrania fracasó en su intento de reescribir el acuerdo de paz exigiendo concesiones más allá de la letra y el espíritu del documento firmado mientras dejaba claro a Alemania y Francia, garantes de aquel proceso, la intención de no implementar los puntos políticos de la hoja de ruta. La aceptación incondicional de los términos ofrecidos vuelve a ser el centro de la táctica ucraniana. Todo ha de producirse por medio del dictado ucraniano y no como parte de un diálogo entre las partes en conflicto. Es así ahora y lo fue también durante los años en los que era Ucrania quien atacaba militar y económicamente a Donbass, negándose a cesar el fuego y el bloqueo económico, de transporte y bancario con el que intentó conseguir lo que su ejército no había logrado.

La incondicionalidad se manifiesta ahora en el intento de Ucrania y sus aliados de que Rusia acepte, sin siquiera poder plantear la pregunta de quién y cómo va a monitorizar el alto el fuego, un cese temporal de la guerra en el que Kiev siga reforzándose y sus aliados continúen intentado debilitar a Rusia. En la reunión virtual convocada por Keir Starmer, aspirante a líder militar europeo, el premier británico afirmó que Ucrania y sus aliados han acordado “mantener el flujo de asistencia militar a Ucrania y seguir endureciendo las restricciones a la economía rusa para debilitar la maquinaria de guerra de Putin y atraerle a la mesa [de negociación]”. En las palabras de Starmer parece evidente el uso que pretende darse al alto el fuego, frente a la idea rusa y estadounidense de utilizar este parón como primera fase de una negociación que busque, no una concatenación de procesos de alto el fuego al estilo de Minsk, sino una resolución final. En realidad, Rusia aspira desde hace meses a estar en esa mesa, aunque con voz y voto, no para ratificar las decisiones tomadas por Francia y Alemania como esperan los líderes europeos.

En diciembre de 2023, cuando incluso Volodymyr Zelensky había admitido el fracaso de la contraofensiva terrestre con la que Ucrania aspiraba a lograr la posición de fuerza que obligara a Moscú a aceptar el diktat de Kiev, Mijailo Podolyak, el más explícito de los asesores de la Oficina del Presidente, afirmó en declaraciones recogidas por Fokus.ua que “no habrá negociaciones en el sentido clásico del término. Habrá unas exigencias en forma de ultimátum a la Federación Rusa al más alto nivel y Rusia las tendrá que aceptar´. Esto no es una paradoja, es el desarrollo objetivo de la guerra que tenemos”. En aquel momento, era obvio que no iba a haber un final concluyente de la guerra y ninguna de las partes iba a conseguir un desequilibrio de fuerzas que le permitiera dictar los términos de la resolución. La alternativa a la negociación no era el ultimátum que deseaba la Oficina del Presidente sino la guerra eterna por la que ha luchado la Unión Europea hasta esta misma semana.

La realidad de la guerra, la correlación de fuerzas o las capacidades de imponer un acuerdo sobre la otra parte no es un factor para Kiev, ni tampoco para sus aliados europeos, que aún no comprenden cómo es posible que el realismo llegue de Washington. Excluidos hace unas semanas de la mesa de negociación, la Unión Europea y aquellos países que aspiran a seguir percibiéndose como potencias iniciaron un proceso interno para lograr imponer una determinada salida al conflicto. El hecho de que el plan que se plantea dependa de la participación de Estados Unidos no es un argumento que haga pensar a Keir Starmer y Emmanuel Macron que su plan nace con ciertas fisuras.

“Nuestros ejércitos se reunirán el jueves de esta semana aquí en el Reino Unido para poner en marcha planes firmes y sólidos que respalden un acuerdo de paz y garanticen la seguridad futura de Ucrania”, afirmó Starmer tras anunciar que se pasa ya a la “fase operativa” del plan, la propuesta anglofrancesa de una misión de paz o de disuasión que se destinaría a las zonas de la retaguardia y que contaría con los miles de soldados ucranianos protegiendo el frente y Estados Unidos aportando un “mecanismo de seguridad”, cobertura de aviación y vigilancia del frente. La autonomía europea precisa de la participación de Washington. A las palabras del primer ministro británico hay que añadir las de Emmanuel Macron, que afirmó que solo exigirá “unos pocos miles de hombres por país” y que no exigirá el visto bueno de Rusia. En otras palabras, el Reino Unido y Francia pretenden imponer un plan de paz, que entre otros aspectos implica la posibilidad de un enfrentamiento directo entre Rusia y países de la OTAN, sin una negociación previa. No habrá negociaciones, soñaba en voz alta Podolyak, solo un ultimátum. Starmer y Macron pretenden seguir ese camino. Quizá hacia el abismo.

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