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Alto el fuego, Armas, Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Kursk, Minsk, Rusia, Ucrania

Reminiscencias de Minsk

“Queridos estadounidenses, queridos ucranianos, no desperdicien esta oportunidad. El mundo entero los está observando hoy en Yeda. ¡Buena suerte!”, posteó ayer por la mañana en las redes sociales Donald Tusk, primer ministro de Polonia y cuyo ministro de Asuntos Exteriores lleva varios días de polémica con quien actualmente parece ejercer de vicepresidente oficioso de Estados Unidos, Elon Musk. Polonia, el país modelo en lo que respecta al aumento del gasto militar, ya superior en porcentaje del PIB al estadounidense, es uno de los Estados que con más ahínco ha apoyado a Ucrania y exige que se le siga apoyando mientras sea necesario. Eso sí, alegando que ha de priorizar su propia defensa, Varsovia no tiene intención de participar en la misión de disuasión que preparan Emmanuel Macron y sir Keir Starmer como alternativa europea a las garantías de seguridad estadounidenses que Washington ha insistido en que no aportará. Tusk se refería, por supuesto, a la reunión que se celebró ayer en la ciudad saudí y en la que un trajeado Andriy Ermak, cardenal verde de Ucrania y mano derecha de Zelensky, se reunió con Marco Rubio en un encuentro con dos temas principales: el acuerdo de minerales y el camino hacia una resolución diplomática a la guerra.

Horas antes, Ermak había publicado en The Guardian un artículo específicamente preparado para la ocasión. En él se unen el agradecimiento que JD Vance exigía de Zelensky en la Casa Blanca, las alabanzas al liderazgo estadounidense, apelación a la unidad europea y menciones a una paz duradera para todo el continente. “Con el liderazgo de Estados Unidos y el apoyo europeo, nosotros los ucranianos podemos por fin tener paz. Pero no permitan que Rusia se salga con la suya”, titula en un artículo en el que da a Estados Unidos el crédito a la posibilidad de que Ucrania alcance la paz y exige a los países europeos un mayor compromiso, todo ello enmarcado en la idea de la autonomía estratégica europea y la necesidad de enfrentarse con dureza a Rusia.

“Creo que, junto con un firme liderazgo estadounidense, podemos alcanzar este objetivo. La perspectiva de la paz, largamente esperada, obliga a cada ucraniano a reflexionar sobre nuestra gratitud, preocupación y determinación compartidas”, escribe Ermak sin tratar de esconder que el objetivo del artículo es ensalzar el valor de sus aliados y sin recordar los siete años en los que Ucrania mantuvo artificialmente el estado de guerra para evitar tener que implementar el único acuerdo de paz que se ha firmado a lo largo de este conflicto. “Gratitud por el apoyo y la confianza que hemos recibido en los últimos años, preocupación por el futuro de Europa y determinación para reafirmar las convicciones democráticas y europeas de Ucrania”, insiste desde el país que lleva diez años prohibiendo partidos y que utilizó la vía militar contra su propia población para tratar de resolver un problema político que se había comprometido a solucionar por medio de un diálogo inclusivo. “Nadie desea el fin de la guerra más que nuestro pueblo, pero hay que encontrar una paz que sea justa y sostenible”, sentencia reflejando una opinión que aumenta en el país a juzgar por las encuestas, la defensa de la paz aunque implique concesiones, a pesar de que esa no haya sido la postura del Gobierno, que sigue apostando por una paz por medio de la fuerza que implica más fuerza que paz y que insiste en la adhesión a la OTAN o en la presencia militar de países de la Alianza, condiciones que garantizan la continuación de la guerra o, como opción más optimista, una paz armada potencialmente inestable.

La receta de Ermak es tan simple que tan solo contiene tres puntos. “En primer lugar, Ucrania debe recibir garantías de seguridad que den credibilidad a un futuro acuerdo de alto el fuego”, explica el jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania, que no insiste en la definición de esas medidas, pero que es evidente que implican presencia militar de países de la OTAN en Ucrania, militarización del país y de la frontera, apoyo militar externo de Washington y una amplia financiación europea para mantener el elevado coste. “En segundo lugar, Europa debe actuar con decisión para reforzar y aumentar las sanciones contra Rusia. Y tercero, Europa debe tomar el control de los activos rusos congelados para permitir un apoyo continuado y creciente a Ucrania”, explica Ermak, que más adelante alaba las medidas europeas de presión contra Rusia pese a que en ningún momento han logrado su objetivo de hacer imposible que Moscú pudiera continuar luchando y exige más de esa actuación fallida.

Por supuesto, Ucrania exige también recibir los casi 300.000 millones de euros en activos públicos y privados rusos, cuya incautación definitiva, una forma de piratería moderna tiene la capacidad de desestabilizar todo el sistema financiero europeo. Así trató de explicárselo hace unos meses Olaf Scholz a su homólogo polaco en un episodio en el que el canciller alemán perdió los nervios tratando de dejar claras las consecuencias negativas que tendría esa actuación y el mensaje que enviaría a otros actores internacionales. Pero Ucrania insiste en hacerse con ese dinero, ya que “permitir a Rusia recuperar esos fondos después de su guerra de agresión tendría unas consecuencias catastróficas”. No las tendría, o a Ermak no parece importarle, enviar a países como China el mensaje de que sus fondos en Europa nunca estarán completamente seguros.

El interés de Ucrania, como el artículo de Ermak no trata de esconder, es garantizarse un lugar en la estructura de seguridad europea -entendiendo Europa como el territorio comprendido entre Portugal, Reino Unido, los países nórdicos, Ucrania y el Mediterráneo-, mantener el apoyo de Estados Unidos, alentar el rearme continental y mantener el flujo económico para mantener el gasto militar más allá de la guerra. Para ello, Kiev se escuda en el tema del mes, la independencia militar del continente europeo como una forma de garantizar su soberanía y no de hipotecar el futuro de los estados del bienestar. “El creciente reconocimiento de la necesidad de aumentar la autonomía estratégica europea en materia de defensa, respaldada por la flexibilidad fiscal en el gasto de defensa, es un paso importante”, afirmó Ermak para añadir que “la decisión de Europa de tomar prestados conjuntamente hasta 150.000 millones de euros para gastos de defensa de los Estados miembros es fundamental. Esto, combinado con los 20.000 millones de euros que se podrían destinar a la defensa de Ucrania, supondrá una contribución tangible al establecimiento de una sólida arquitectura de defensa para toda Europa”.

Además de los 30.600 millones que la Unión Europea ha prometido a Ucrania para el mantenimiento del Estado, Ermak exige otros 20.000 millones para el gasto militar ucraniano pese a afirmar que “el alto el fuego está más cerca que nunca. Con un pedir que parece dar, Ermak afirma que “nuestro objetivo común es una Europa más fuerte, más segura y más resistente desde el punto de vista militar, político y económico. Garantizar un alto el fuego significativo es el primer paso. Para ello es necesaria una Europa resistente desde el punto de vista económico y político. Europa debe estar dispuesta a actuar para garantizar su propia seguridad, y Rusia debe comprender el coste político y económico del uso de la fuerza para conseguir sus fines”. La gratitud ucraniana es una forma de exigir más financiación, el llamamiento a la autonomía estratégica europea busca presencia militar en el país y las alabanzas al liderazgo estadounidense son una forma de pedir a Washington que participe en las garantías de seguridad que Kiev lleva tres años demandando a su principal aliado.

Para lograr ese último objetivo, Ucrania lucha por hacerse ver como defensora de la paz, a pesar que su actuación durante años se basara en ese discurso mientras dilataba sin cesar las negociaciones, para lograr que sea Moscú quien rechace la propuesta de alto el fuego. Desde que comenzaron las conversaciones, Rusia insiste en que no es favorable a un parón, algo en lo que hasta ahora había coincidido con Ucrania. Sin embargo, recientemente, la postura ucraniana ha cambiado, consciente de que de ello depende mantener o recuperar el apoyo de Estados Unidos. El efecto de la interrupción del suministro de asistencia militar e inteligencia en tiempo real fue inmediato y Ucrania comprendió sus ansias de paz menos de 24 horas después del anuncio.

Como ya había anunciado Sergey Leschenko, asesor de la Oficina del Presidente, Kiev puso sobre la mesa de Yeda una tregua aérea y marítima, pero no terrestre, alegando que eso podría dar a Rusia tiempo para reforzarse. Ucrania no solo olvidaba que son sus tropas las que están más desgastadas y a punto de sufrir una dura derrota en su aventura rusa, donde el frente de Kursk está al borde del colapso final, sino que trataba de equiparar su uso de drones con el de la aviación y misiles rusos para hacer pasar una propuesta claramente desequilibrada como justa. A ello estaba dirigido el ataque masivo de más de 300 drones que ayer causó tres muertos y daños materiales en infraestructuras civiles. Pese a los argumentos de Ucrania, este uso de drones contra ciudades como Moscú es equiparable al uso de la artillería de 155 milímetros contra la ciudad de Donetsk prácticamente a diario desde mayo de 2022 hasta que la captura de Kurajovo hizo imposible para Kiev alcanzar la capital de Donbass. Los ataques no tenían más objetivo militar que la demostración de fuerza de quien solo busca aterrorizar gratuitamente a la población.

Sin necesidad de ocultar el objetivo, Andriy Kovalenko, portavoz del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, afirmó ayer que Rusia “debería estar interesada en un alto el fuego desde el aire”, ya que los drones “pueden sobrevolar a gran escala y de forma continua no solo sobre las refinerías de petróleo, sino también sobre Moscú”. En otras palabras, Ucrania afirma ser capaz de realizar ataques como el de ayer, el más amplio de los últimos tres años, como argumento para afirmar que sería equiparable que Kiev renunciara a ese uso de drones sin la más mínima incidencia militar con que Moscú hiciera lo propio con sus misiles, drones y aviación.

El objetivo de Ucrania ha sido esta semana presentarse como garante de la paz mientras únicamente busca un alto el fuego que le beneficie. A ello ha añadido, como era de esperar, la idea de un intercambio de prisioneros bajo la fórmula todos por todos, también desequilibrado teniendo en cuenta que la cifra de prisioneros en manos rusas es notablemente superior a aquellos que se encuentran cautivos en Ucrania.

Kiev no logró en Yeda imponer completamente su visión, aunque sí consiguió lo más importante. “La pelota está sobre el tejado de Rusia”, afirmó Marco Rubio, un neocon sancionado por Rusia y China y del que no puede esperarse ningún trato de favor hacia Moscú. Washington impuso sobre Ucrania su visión y Kiev aceptó la propuesta de alto el fuego -sin que se precise que es únicamente aéreo y naval- prorrogable periódicamente siempre que también Rusia cumpla con las condiciones. Ucrania se ha garantizado así las palabras de Mike Waltz, que afirmó que Kiev comparte con Estados Unidos el deseo de paz, un nuevo intento para firmar el acuerdo de extracción de minerales y otra invitación para que Zelensky visite la Casa Blanca y, sobre todo, la reanudación del flujo de armamento e inteligencia.

Como afirmaba el plan Kellogg-Fleitz publicado hace casi un año, el suministro militar estadounidense estaría supeditado a que Ucrania aceptara negociar y aumentaría en caso de que Rusia lo rechazara, principal esperanza de Kiev actualmente. Un parón ahora, que solo quienes no vean en las actuales maniobras un eco de la táctica ucraniana de dilación y sabotaje de los acuerdos de Minsk, protegería a Ucrania en Kursk y daría a Kiev tiempo para trasladar a sus reservas y tropas retiradas de ese frente a Donbass. Pero, ante todo, coloca a Moscú en posición de aceptar un alto el fuego en cuya negociación no ha participado o arriesgarse a ser vista como el obstáculo a la paz, haciendo que la ira de Donald Trump se dirija ahora a Rusia.

Los años de proceso de Minsk, una concatenación de procesos de alto el fuego siempre incumplidos, muestra que no es viable ningún tipo de parón si no existe un marco político que lo soporte. Por el momento, ese marco no existe, lo que provoca las reminiscencias de siete años de diálogo fallido y negociaciones saboteadas.

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