“Mantened la calma. Las emociones precipitadas son innecesarias hoy”, escribía ayer Mijailo Podolyak, uno de los más beligerantes miembros del Gobierno ucraniano y que reaccionaba a la ola de pesimismo y, en ocasiones, histeria que se generalizó en el continente europeo a lo largo del día de ayer, centrado en analizar las implicaciones de la conversación telefónica entre Vladimir Putin y Donald Trump y las declaraciones posteriores del presidente de Estados Unidos. “La conversación Trump-Putin rebaja la tensión, pero a costa de Ucrania”, afirmaba la BBC británica antes de que el spining político consiguiera crear de una conversación inicial cuyo único acuerdo es seguir conversando, una crisis continental. Porque pese a los adjetivos que se están utilizando para calificar el contacto entre los dos presidentes o la forma en la que se produjo, el resultado de la llamada fue la reafirmación mutua de la importancia de la paz y la puesta en marcha de los mecanismos para programar una reunión entre los dos líderes, que previsiblemente será en Arabia Saudí, e iniciar un proceso de negociación.
Según confirmó el Kremlin, no hay acuerdos específicos sobre la visita de Trump a Rusia, no se han formado los equipos de negociación y en la conversación no se trató la cuestión de la retirada de sanciones contra Rusia ni el reconocimiento de Crimea y Sebastopol, rusas desde hace casi once años, ni Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporozhie. En otras palabras, esas cuestiones quedan para una futura negociación y siguen siendo herramientas con las que Estados Unidos puede presionar a Rusia. La cuestión territorial no parece prioritaria para Donald Trump y su equipo que, por el contrario, sí ha mostrado interés en utilizar las medidas coercitivas para favorecer a Ucrania y, sobre todo, a sí mismo. Es el caso de las repetidas declaraciones de Mike Waltz, Keith Kellogg o el propio Donald Trump sobre las sanciones al petróleo ruso, competidor del estadounidense en el mercado y una de las principales fuentes de financiación del Estado ruso. Hacer caer el precio del crudo de manera abrupta ha sido una de las formas con las que el presidente estadounidense ha querido minar la capacidad rusa de continuar luchando. Y como confirmó en Kiev el secretario del Tesoro, reafirmando lo ya dicho por Donald Trump, Estados Unidos continuará financiando a Ucrania, eso sí, a cambio de un “nuevo acuerdo económico” que el Gobierno ucraniano ha recibido ya y que Zelensky se ha comprometido públicamente a revisar rápidamente para que pueda ser firmado a la mayor brevedad.
Quizá la parte más sorprendente de todo lo ocurrido en las últimas horas es la perplejidad con la que han reaccionado quienes deberían haber comprendido cuál es la situación sobre el terreno y, sobre todo, cuáles son las intenciones de quien actualmente ostenta el poder en el país al que han subordinado su política exterior. Desde que comenzó su campaña el pasado año, Donald Trump rechazó la idea de continuar la guerra de la forma en la que estaba siendo gestionada por Joe Biden y ha abogado repetidamente por la negociación rápida para lograr una resolución inmediata al conflicto. Y como los propios países europeos han destacado, la postura de Trump hacia la OTAN siempre ha sido más transaccional que ideológica y no ha habido en ella especial énfasis en la ampliación sin fin, política oficial de la Alianza desde los años 90. Trump no ha negado tampoco su intención de dialogar directamente con Vladimir Putin. Pero, aun así, los países europeos no esperaban de Donald Trump el brutal realismo con el que les sorprendió el miércoles.
Por una parte, la administración Republicana fue acusada de sacrificar de antemano sus mejores cartas de cara a una negociación, algo que se ha entendido como una forma de favorecer a Rusia y debilitar a Ucrania. El miércoles, ante los aliados europeos y la prensa, el secretario del Pentágono Pete Hegseth pronunció de forma pública lo que ha sido evidente desde que comenzó la guerra, que la adhesión Ucrania a la OTAN no es un resultado que pueda esperarse de una negociación. Negar la realidad ha sido una de las herramientas con las que los países europeos, la administración Biden, el Gobierno ucraniano y su prensa afín han conseguido crear un discurso en el que la OTAN no era el motivo principal de esta guerra -todo era fruto de las ambiciones territoriales de Vladimir Putin-, sino que debía ser la solución. Es posible que los países europeos no esperaran realismo de la administración Trump, pero siempre ha quedado claro que Rusia no iba a aceptar la adhesión de Ucrania a la Alianza como parte de ningún acuerdo si no se encontraba militarmente derrotada. Eso lleva a la segunda carta que el discurso de Hegseth supuestamente eliminó de la negociación, la cuestión territorial.
“Estamos preparados para aumentar nuestro apoyo a Ucrania”, afirmaba el comunicado Weimar+ firmado por los ministros de Asuntos Exteriores de Francia, Alemania, Polonia, Italia, España y Reino Unido, así como por Kaja Kallas, encargada de la diplomacia de la UE. Además de conceder de partida el deseo de Estados Unidos de que sean los países europeos quienes carguen con el coste “abrumador” de financiar a Ucrania, el grupo añade que está comprometido con “su independencia, soberanía e integridad territorial en vistas de la guerra de agresión de Rusia”. El objetivo, continúa, es “seguir apoyando a Ucrania hasta que se consiga una paz justa, completa y duradera” por lo que “nuestro objetivo común debe ser colocar a Ucrania en una posición de fuerza”. Desde la invasión rusa, los países europeos y la administración Demócrata de Estados Unidos han basado su discurso en presentar la unidad euroatlántica como una de las fuentes principales de fortaleza de Ucrania frente a la debilidad del aislamiento ruso. También Ucrania ha querido creer que el tiempo le favorecía, ya que los recursos del bloque que le apoya, la OTAN, superan ampliamente a los rusos, un aspecto prácticamente definitivo en una guerra de desgaste. Sin embargo, ni Kiev dispone de esos recursos ni el tiempo ha conseguido poner a Ucrania ante una situación en la que sea previsible lograr una posición de fuerza a corto, medio e incluso largo plazo. La idea de continuar apoyando a Ucrania -es decir, armando a su ejército y sosteniendo a su Estado- mientras sea necesario, hasta lograr una posición de fuerza, es la receta perfecta para la guerra eterna.
Desde este punto de vista, una mala guerra es preferible a una mala paz y cualquier mención a una negociación, incluso una en la que el resultado es más que incierto, supone una amenaza, una puñalada por la espalda. “¿Sin adhesión a la OTAN, sin botas sobre el terreno? Suena como abandonar Ucrania. Los delegados están volando a Múnich no para negociar, sino para entregar a Zelensky las malas noticias. Si este acuerdo produce un trozo de papel que garantice la paz para nuestro tiempo, deberíamos llamarlo Múnich 2”, escribió, por ejemplo, Gabrielius Landsbergis, que en su condición de exministro (de Asuntos Exteriores de Lituania) pudo permitirse ir más allá que sus colegas actualmente en el cargo, pero que reflejaba la perplejidad y el rechazo de una parte muy importante de la clase política europea y del establishment ucraniano. “Incluso antes de que el Presidente Volodymyr Zelensky llegue a la Conferencia de Seguridad de Múnich mañana para renovar su defensa de la independencia de Ucrania ante los EE.UU., el destino de su país parece estar sellado”, sentenciaba Bloomberg adhiriéndose a la hipótesis del abandono de Ucrania. “¿Por qué les damos todo lo que quieren incluso antes de que las negociaciones hayan comenzado? Eso es la política de apaciguamiento. Nunca ha funcionado”, afirmó ayer Kaja Kallas, encargada de la diplomacia europea, que añadió que “cualquier acuerdo a nuestras espaldas fracasará, porque se necesita que Europa y Ucrania lo implementen”. “Sin nosotros en la mesa, pueden acordar cualquier cosa, pero fracasará, sencillamente porque no habrá implementación. No funcionará. No detendrá la matanza”, continuó abriendo la puerta al rechazo europeo y ucraniano a un acuerdo entre los dos países con capacidad de decisión, Rusia y Estados Unidos. A diferencia de su oponente, Ucrania depende de terceros, sobre todo de Washington, para continuar luchando, una decisión que no puede tomar de forma independiente sino teniendo en cuenta la postura de sus proveedores. Si el principal se retira, sus posibilidades de seguir en la batalla disminuyen notablemente.
Pese al pesimismo europeo, el Gobierno ucraniano trata de poner buena cara, camuflar el golpe o incluso negar la realidad. “El verdadero éxito de la política exterior estadounidense (y, por supuesto, del propio presidente Trump), así como el de cualquier otro actor político global, no estará determinado únicamente por el deseo de terminar la guerra rápidamente. Después de todo, podría haberse hecho ayer con los términos del ultimátum de Rusia, pero eso no tendría ningún sentido”, escribió Miajailo Podolyak apelando a “términos que sean racionales, razonables en esta etapa de guerra, estratégicamente sólidos y económicamente justificados” de los que entiende que depende “la reputación internacional” de Estados Unidos.
Zelensky, por su parte, trató de equilibrar la postura más dura con la apertura a Donald Trump. “Lo digo muy claro”, insistió en la misma línea que el comunicado Weimar+, “cualquier negociación bilateral sobre Ucrania sin nosotros, no la aceptaremos”. Pese al aparente rechazo al planteamiento estadounidense, el presidente ucraniano calificó de “realmente buena” la conversación que mantuvo con Donald Trump tras la llamada telefónica entre los presidentes de Rusia y Estados Unidos. Zelensky insistió en que su homólogo estadounidense, al que le transmitió no confiar en Vladimir Putin, comprendió su postura y supo ver cuáles son los deseos de Ucrania.
Pese a la realidad sobre el terreno y la declaración inequívoca y sin ambigüedades de Estados Unidos sobre las perspectivas atlánticas de Ucrania en los próximos años, parte del Gobierno ucraniano se resiste a aceptar los hechos. En el reparto de tareas entre quienes han pedido mantener la calma y quienes rechazan cualquier acuerdo, el ministro Umerov ha jugado el papel más ingenuo. “Ucrania quiere ser y será un país de la OTAN”, afirmó el ministro de Defensa. Mantener la moral de la población, aunque sea a base de falsas esperanzas que no van a cumplirse en los próximos años, ha sido siempre una parte importante del discurso ucraniano. Hasta ahora, a él se sumaban también los países de la Unión Europea y Estados Unidos. Las posturas han cambiado rápidamente y ayer mismo, Mark Rutte afirmaba en rueda de prensa que la Alianza nunca había prometido a Ucrania la adhesión como parte de un acuerdo de paz. Junto a Umerov, solo Chrystia Freeland, aspirante a sustituir a Justin Trudeau al frente del Partido Liberal y del Gobierno canadiense, se atrevió ayer a contradecir a Estados Unidos y presentar la OTAN como el destino de Ucrania. “Ucrania tiene que ser miembro de pleno derecho de la OTAN”, sentenció mostrando una postura en la que hasta hace unos días no estaba tan sola. Durante los últimos once años, ese ha sido también el discurso de la Unión Europea, que ahora se centra únicamente en lograr un asiento en la mesa de negociación que tanto ha tratado de evitar.
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