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La industria en el frente

“Ucrania se asienta sobre trillones de dólares en minerales que podrían ayudar a la economía estadounidense”, afirmó hace unos meses el beligerante senador Republicano Lindsey Graham, que buscaba un argumento de peso para captar la atención de Donald Trump y justificar la necesidad de continuar luchando hasta que Ucrania recupere sus territorios perdidos, donde se encuentra una parte importante de esa riqueza natural. “Ucrania no es sólo el granero de Europa; también es una superpotencia mineral con algunas de las mayores reservas de 117 de los 120 minerales más utilizados del mundo. De los 50 minerales estratégicos identificados por Estados Unidos como fundamentales para su economía y su seguridad nacional, muchos de los cuales son bastante raros pero clave para determinadas aplicaciones de alto valor, Ucrania suministra 22. Ucrania posee las mayores reservas de uranio de Europa; las segundas mayores reservas de mineral de hierro, titanio y manganeso; y las terceras mayores reservas de gas de esquisto, titanio y manganeso, así como grandes yacimientos de metales de tierras raras, según la empresa canadiense de análisis de riesgos geopolíticos SecDev. Estos minerales son esenciales para la producción de bienes vitales que van desde aviones, teléfonos móviles y vehículos eléctricos al acero y la energía nuclear”, añadía el comentarista conservador Marc Thiessen en un artículo publicado por The Washington Post específicamente dirigido a convencer a Donald Trump de la necesidad de controlar esos recursos para que no queden en manos de Rusia o China. Todas las guerras tienen un componente económico y a las cuestiones de seguridad y territoriales hay que añadir también el control de recursos.

Los artículos e informes occidentales que destacan la importancia económica y estratégica de controlar los recursos ucranianos -tanto para su explotación en beneficio propio como para evitar que sean potencias rivales las que los exploten- suelen centrarse exclusivamente en el potencial agrícola y en los recursos minerales, una tendencia similar a la que han mantenido desde 2014 los diferentes gobiernos. Desde el cambio de régimen que supuso la victoria de Maidan, Ucrania ha centrado sus ambiciones económicas en convertirse en una superpotencia agrícola, facilitar la venta de las tierras agrícolas a inversores extranjeros y explotar sus riquezas naturales. La derrota definitiva del sector político más vinculado a la industria, el clan Yanukovich, con base en Donetsk y del que formaba parte Rinat Ajmetov, facilitó el abandono de la industria como fuente principal de crecimiento económico, un cambio que se había gestado progresivamente desde la independencia del país, pero que se aceleró en el momento en el que el camino euroatlántico se convirtió en la razón de ser del Estado.

La industria, considerada en muchos casos un lastre, un vínculo indeseado con la Unión Soviética y el pasado obrero y proletario del que aún se enorgullece una parte del territorio que Ucrania sigue considerando propio, fundamentalmente Donbass, quedó en un tercer plano tanto por la actitud del Gobierno ucraniano como por el desinterés de la Unión Europea. El hecho de que los procesos de adhesión a la UE vayan acompañados de reconversión industrial -cierre de industrias que Bruselas considera obsoletas y deslocalización de las que aún entiende como útiles- en favor de la terciarización de la economía y la certeza de que el único mercado para los productos industriales ucranianos estuviera en Rusia, país con el que la nueva Ucrania quiso desde el principio construir un muro, fueron dos argumentos de peso para el rechazo de la población de Donbass a Maidan y al Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Aunque activamente ignorado por los medios de comunicación y por el análisis académico, más cómodo explicando los hechos como una revuelta instigada por Rusia o con base nacionalista identitaria, las perspectivas económicas de futuro fueron un factor importante en el estallido de las protestas de Donbass que dieron lugar a la operación antiterrorista de Ucrania, la guerra que dio lugar a todo lo que ha ocurrido después.

Pese al profundo desinterés del Estado por la industria, antaño considerada la base de su economía y de su crecimiento, en momentos concretos, el sector ha obtenido grandes titulares, fundamentalmente por el intento de Ucrania de deshacerse de esos activos. Es el caso del intento de la venta de Motor Sich, una empresa estratégica capaz de construir motores aeroespaciales y que se encontraba a punto de ser vendida a inversores chinos en el momento en el que John Bolton, en aquel momento Asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, intervino para vetar el procedimiento y obligar a Ucrania a buscar un comprador aprobado por Estados Unidos, cuya seguridad nacional se veía, según Washington, amenazada por esa transacción. Desde la invasión rusa, la industria ha sido parte integral de la defensa de Ucrania, que ha hecho de los grandes complejos industriales búnqueres en los que alargar batallas urbanas que ya se encontraban perdidas. Azovstal, en el pasado una empresa sin igual en la Unión Soviética y con escasos homólogos en el resto del mundo, adquirió relevancia no por su capacidad de producción de acero sino por la protección que otorgó a la Brigada Azov y otras unidades ucranianas que se resguardaron en ella tras la derrota en la batalla por la ciudad. Yuzhmash, la factoría única en el país que producía los misiles balísticos intercontinentales soviéticos, no ha adquirido presencia mediática por su importancia en la producción actual, sino por ser el escenario elegido por la Federación Rusa para probar por primera vez su misil balístico de alcance medio Oreshnik, disparado sin carga explosiva y a modo de advertencia.

Actualmente, la única industria relevante para el Gobierno ucraniano y que merece apoyo, financiación, inversión extranjera e incluso exenciones al reclutamiento para el personal, es la que produce material militar. Los proveedores extranjeros suministran el material pesado, pero no necesariamente elementos como drones en las cantidades que Ucrania precisa. Esa es la única reactivación industrial que a día de hoy interesa a las autoridades ucranianas. Sin embargo, la industria militar no es la única importante en el país, en el que la metalurgia, aún con capacidad exportadora, mantiene una presencia relevante. Esa producción, que requiere de grandes cantidades de energía, depende actualmente de garantizar el suministro de elementos como el carbón de coque, una materia prima en la que Ucrania es rica y cuyo suministro no había resultado un problema hasta ahora. La situación ha cambiado con la lenta pero progresiva aproximación de las tropas rusas a Pokrovsk-Krasnoarmeisk, donde se encuentran las infraestructuras clave.

“Era tarde por la noche y Anton Telegin conducía hacia una extensa mina de carbón cerca de la línea del frente oriental de Ucrania, aprovechando la oscuridad para evadir los drones de ataque rusos”, escribe un reportaje publicado por The New York Times en referencia a la mina de Pokrovsk, de cuyo control depende el funcionamiento habitual de la industria metalúrgica ucraniana, importante también para garantizar la producción militar que tanto interesa actualmente a Kiev. “Telegin había venido a cobrar su salario y el de algunos compañeros mineros, como hacía al final de cada mes. Pero este viaje, el día después de Navidad, era diferente: Las tropas rusas estaban en una de las puertas más lejanas de la mina, y se preguntó si sería su último viaje al lugar donde había trabajado durante 18 años. En los últimos meses, él y sus colegas habían trabajado bajo la escalada de los ataques rusos”, añade el medio, confirmando lo que ya se había especulado, el cese de operaciones de la mina, propiedad de Metinvest.

A pesar de la importancia de la industria metalúrgica a la hora de obtener ingresos por exportaciones y también como materia prima para la producción industrial, la mina se encuentra en una parte del frente que ha dejado de ser prioritaria para Ucrania, que prefiere utilizar gran arte de sus recursos para mantener sus posiciones en Kursk a defender recursos económicos clave como la mina de la que depende la producción metalúrgica o el campo de litio que Ucrania aspira a explotar en el futuro y que también está situado en los alrededores de Pokrovsk. “El cierre de la mina, situada justo al sureste de la asediada ciudad de Pokrovsk, puso fin a un desesperado esfuerzo de Ucrania por mantenerla en funcionamiento hasta el último momento. Como última mina operativa de Ucrania que producía carbón de coque -un combustible esencial para la producción de acero- era vital para la industria siderúrgica del país y, en última instancia, para su esfuerzo bélico”, afirma The New York Times, que no se molesta en explicar que Kiev ha sacrificado recursos que sus tropas solicitan en Donbass para la aventura rusa de Kursk.

“Ahora se espera que el cierre de la mina conmocione la economía. Según Oleksandr Kalenkov, presidente de la Asociación de Siderúrgicos de Ucrania, se prevé que la producción de acero se reduzca a menos de la mitad, de 7,5 millones de toneladas este año a menos de 3 millones el próximo. Las consecuencias afectarán al comercio -los productos metálicos y siderúrgicos fueron la segunda mayor exportación de Ucrania el año pasado-, reducirán los ingresos fiscales y despojarán al ejército de materiales esenciales para la producción de blindados”, añade el medio, que repasa la trayectoria de acercamiento de las tropas rusas el último año sin mencionar que, en ningún momento del proceso, Ucrania ha considerado prioritario defender esta región o que la plantilla ha continuado trabajando meses después de que Kiev diera a la población civil la orden de evacuación.

En diciembre, cuando la aproximación rusa era ya irreversible, “mineros, en colaboración con los militares, empezaron a perforar agujeros bajo el pozo para colocar explosivos, según varios trabajadores”. El 20 de diciembre, esos explosivos fueron detonados destruyendo una parte importante de la mina. “Un directivo de Metinvest, que pidió el anonimato porque no estaba autorizado a hablar, dijo que también se habían colocado explosivos en los otros dos pozos de la instalación, más al oeste, cerca de las aldeas de Kotlyne y Udachne, que aún siguen bajo control ucraniano. No está claro si ya han sido detonados”, añade el medio, que apunta a un plan de destrucción completa de una mina imprescindible para Ucrania. Desde la publicación del artículo, Rusia ha capturado Kotlyno y ha alcanzado y avanza ya sobre la localidad de Udachnoe. Los planes sugieren que Kiev es consciente de que no recuperará el control de esos recursos, por lo que su destrucción es preferible a que quede en manos rusas, una estrategia que Ucrania ya ha seguido con las infraestructuras industriales de Donbass, que estratégicamente ha utilizado para resguardar a sus tropas, consciente de que serían el principal blanco de los ataques rusos.

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