Sin duda el factor más decisivo para determinar cómo continuará la guerra en Ucrania y qué depara a la población el próximo año es la llegada al poder de Donald Trump. Como ha insistido recientemente Volodymyr Zelensky, las garantías de seguridad que puedan otorgar los países europeos no son suficientes sin Estados Unidos, clave en la financiación, suministro de equipamiento, producción de las armas necesarias para continuar luchando y, sobre todo, en el apoyo político y diplomático que hace posible que la vía militar sea la única vía de resolución aceptable. Desde principios de noviembre, convencer a Trump de las bondades de la guerra, la necesidad de luchar contra Rusia hasta el último ucraniano y los beneficios de hacerlo ha sido la principal obsesión de la OTAN y gran parte de sus países miembros, que buscan la forma de aumentar su contribución a la Alianza para complacer al nuevo presidente de Estados Unidos y de fomentar un aumento del gasto militar que permita compensar una posible reducción de los fondos de Washington.
Ecléctica en su composición y contradictoria en muchas de sus posturas políticas, la coalición MAGA (Make America Great Again) cuenta en sus filas con personas como JD Vance, futuro vicepresidente, que afirmó en televisión no estar interesado por cuál será el futuro de Ucrania, o Donald Trump JR., que muestra en las redes sociales su desprecio por Ucrania sin el más mínimo pudor. Pero forman parte del círculo del nuevo presidente también Mike Waltz, que habló de “quitar las esposas al uso de misiles de largo alcance” como herramienta para obligar a Rusia a negociar, y Keith Kellogg, que condenó el último ataque de misiles rusos no solo por los daños que causó sino, sobre todo, por producirse el día de navidad. Una tercera corriente, esta desde la definición más literal de la política America First (Estados Unidos, confundido con todo el continente, primero) intenta convencer a su líder de la necesidad de derrotar a Rusia en Ucrania por motivos económicos, no políticos, ni militares o de seguridad. Hasta ahora, su principal exponente en Estados Unidos ha sido Lindsey Graham, que acostumbrado a decir en voz alta lo que otros solo se atreven a pensar, afirmó en una aparición en los medios de comunicación que “Ucrania se asienta sobre trillones de dólares en minerales que podrían ayudar a la economía estadounidense”. El senador estadounidense, que en estos diez años de conflicto en Ucrania ha utilizado todos los argumentos a su alcance para convencer a la Casa Blanca de aumentar la ayuda a Kiev, no precisó la localización de esas materias primas a cuyo control aspira, ni recordó que una parte de ellas se encuentra en el territorio bajo control ruso, por lo que su propuesta de proteger o capturar esas riquezas a beneficio de Estados Unidos implican necesariamente luchar, como él mismo ha llegado a afirmar, “hasta el último ucraniano”. Esa es también la visión de Zelensky, que incluso introdujo un punto para especificar la posibilidad de compartir los recursos minerales ucranianos con los aliados occidentales en su Plan de Victoria, una forma de ofrecer beneficios económicos a los inversores de los países que suministren a Ucrania las armas con las que continuar la guerra.
Desde ese punto de vista, entendiendo la riqueza mineral de Ucrania como un elemento prácticamente existencial para Estados Unidos, está escrito el artículo de Marc Thiesen, habitual de Fox News y miembro de American Enterprise Institute, uno de los think-tanks más beligerantes y antirrusos de Estados Unidos, publicado en The Washington Post. La premisa del artículo es coherente con la forma actual de pensar del establishment estadounidense, tanto Republicano como Demócrata y en la que la política económica se aleja ligeramente de los grandes poderes financieros y se equipara a la seguridad nacional. La consecuencia es que el control de recursos es visto como un juego de suma cero en el que cualquier ganancia de otros actores es percibida como una pérdida propia y potencias como Estados Unidos no pueden permitir quedarse al margen de la lucha por ningún recurso, pese a que sea visto como innecesario, porque la ausencia de Washington en el control significa necesariamente la captura de esas riquezas económicas por parte de un enemigo u oponente. De esta forma, Ucrania, uno de los países más empobrecidos del continente europeo, se convierte en escenario de una lucha económica irrenunciable entre Estados Unidos por una parte -en el argumento norteamericano no caben tampoco los aliados europeos, cuya opinión y necesidades son irrelevantes- y China y Rusia por otra. Thiesen, como toda la corriente que defiende este tipo de expansionismo, es consciente de que ese es el tipo de lucha que Trump y su corriente acusada falsamente de aislacionismo está dispuesta a mantener. Al fin y al cabo, en su primera legislatura, Donald Trump afirmó que las tropas estadounidenses se encontraban en Siria “solo por el petróleo”, un expolio que para Estados Unidos era mínimo, pero que privaba al Estado de unos ingresos cuya ausencia ha sido uno de los factores de la crisis económica que ha acabado por derribar a la República Árabe Siria.
El petróleo es precisamente el punto de partida de Thiesen, que escribe que “Donald Trump suele decir que liberar Irak sin obtener sus recursos petrolíferos fue uno de los mayores errores de Estados Unidos en política exterior” para añadir que el futuro presidente “tiene la oportunidad de evitar un error similar en Ucrania”. Desde su puesto en un grupo de presión muy centrado en los intereses económicos, Thiesen parece no haber comprendido en los 20 años transcurridos desde la invasión de Irak que Estados Unidos no precisaba el petróleo para sí mismo sino para que estuviera disponible para sus aliados sin depender de sus oponentes, gestionado por un Gobierno impuesto y aprobado por Washington y que lo comerciara en dólares de Estados Unidos y no en euros o yuanes. Estados Unidos controla el petróleo de Oriente Medio gracias a esos gobiernos leales y países cuya soberanía puede infringir en cualquier momento. Ucrania, que igualmente ha renunciado a su soberanía pese a presentar el actual conflicto como una guerra de liberación nacional, ofrece un escenario similar, en el que Estados Unidos ha demostrado su capacidad de imponer las medidas económicas y controlar que los recursos estratégicos no queden en manos de enemigos como Rusia u oponentes como China.
“Ucrania no es sólo el granero de Europa; también es una superpotencia mineral con algunas de las mayores reservas de 117 de los 120 minerales más utilizados del mundo. De los 50 minerales estratégicos identificados por Estados Unidos como fundamentales para su economía y su seguridad nacional, muchos de los cuales son bastante raros pero clave para determinadas aplicaciones de alto valor de alto valor, Ucrania suministra 22. Ucrania posee las mayores reservas de uranio de Europa; las segundas mayores reservas de mineral de hierro, titanio y manganeso; y las terceras mayores reservas de gas de esquisto, titanio y manganeso, así como grandes yacimientos de metales de tierras raras, según la empresa canadiense de análisis de riesgos geopolíticos SecDev. Estos minerales son esenciales para la producción de bienes vitales que van desde aviones, teléfonos móviles y vehículos eléctricos al acero y la energía nuclear”, describe Thiesen para resaltar -y exagerar- la importancia de Ucrania. Tras esa exposición, Thiesen lanza una pregunta directa a Donald Trump. “La pregunta para el presidente electo es: ¿quiere que Rusia y China se hagan con ese tesoro de recursos naturales? ¿O quiere desarrollar con ellos Ucrania y beneficiar al pueblo estadounidense?”. Pese a mencionar también el desarrollo de Ucrania, el matiz de aprovechamiento de los recursos naturales de otro Estado, principal definición del imperialismo, es claro y lo es también la falaz tentativa de presentar la invasión rusa como un intento de beneficiarse de los recursos naturales ucranianos.
“Si la riqueza mineral de Ucrania cayera en manos rusas, supondría una bendición estratégica y económica para China, que ha establecido una asociación «sin límites» con Rusia. Mientras tanto, Estados Unidos necesita fuentes fiables amigas de estos minerales críticos. Si ayudamos a Ucrania a asegurar y desarrollar sus recursos naturales, también podemos asestar un golpe estratégico a Pekín y Moscú, al tiempo que reportamos enormes beneficios económicos al pueblo estadounidense”, añade Thiesen, que deja claro que la guerra contra Rusia y el enfrentamiento con China forman parte de un mismo conflicto.
La riqueza de Ucrania no se limita a las materias primas, sino también a la industria, como la administración Trump demostró en su primera legislatura en el poder. Cuando Ucrania se disponía a finalizar la venta de una de sus industrias estratégicas, Motor Sich, a China, John Bolton intervino utilizando los mismos argumentos que ahora utiliza Thiesen: la venta ponía en peligro la seguridad nacional de Ucrania. La venta no se produjo y Estados Unidos mostró la evidencia de ser capaz de controlar la economía de un país en el que ni siquiera mantiene presencia militar. Sin embargo, eso no parece suficiente para una parte de la coalición que le ha llevado al poder, que ahora utiliza el argumento del imperialismo económico y un imaginario riesgo de seguridad nacional en caso de aislacionismo para justificar una doble guerra contra dos enemigos: militar en el caso de Rusia para llevar a la OTAN a sus fronteras o imponer una zona desmilitarizada con fuerte presencia militar occidental y económica en el de China.
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