“Ucrania, con vistas a las elecciones de posguerra, se fija en los modelos europeos”, titulaba hace unos días el medio estadounidense Político en un artículo en el que apuntaba a Moldavia, especialmente al referéndum para introducir en la Constitución el objetivo euroatlántico de la política exterior, como el modelo más atractivo para Kiev. Aunque el artículo se refiere fundamentalmente al intento de incluir en el proceso a la población residente en el exterior, el interés de Ucrania por el referéndum es muy diferente. El voto de la población moldava residente en el país dio una ventaja al no y fue el recuento de las papeletas llegadas desde los países occidentales el que finalmente otorgó una mínima victoria al sí. Al igual que Moldavia, incluso antes de la invasión rusa, Ucrania cuenta con una numerosa diáspora de personas emigradas por motivos laborales o descendientes de población ucraniana nacida y educada en los países occidentales, votos que aspira a utilizar Kiev para compensar cualquier disidencia interna de quienes tienen que padecer los efectos de la guerra o el modelo económico privatizador, elitista y dañino para las clases trabajadoras que es la seña del libertarianismo de Zelensky y su equipo. También como ocurre en Moldavia, una respetable cifra de ciudadanos reside en el país enemigo, Rusia, o en territorios considerados bajo el control e influencia de Moscú. Al contrario que el de la diáspora en los países correctos, su voto, en muchos casos contrario a los postulados oficiales, no solo es menos importante, sino que ha de ser contenido y, si es posible, evitado.
Zelensky y su equipo, en el caso más reciente Andriy Ermak, han dejado claro que no habrá ningún proceso electoral mientras dure la guerra, un argumento más para tratar de extender el conflicto, ya que las encuestas no parecen especialmente optimistas para las perspectivas electorales del actual presidente. Y aunque tampoco Petro Poroshenko sale especialmente bien parado en los estudios sociológicos realizados recientemente, el expresidente aspira a volver a ser el rival de quien le doblegó con facilidad y sin necesidad de una gran campaña en el año 2019. En aquel momento, darse a conocer como alguien opuesto a Petro Poroshenko fue suficiente para el aspirante Zelensky, que se aprovechó de la sensación de incompetencia e incapacidad de mejorar la situación económica y terminar la guerra en Donbass del presidente elegido en las primeras elecciones tras la victoria de Maidan. El lema “fe, ejército, lengua ucraniana” con el que Poroshenko acudió a las elecciones no convenció y pese a contar con el apoyo de los sectores nacionalistas vinculados a Svoboda, la situación del país hacía prácticamente imposible la reelección del presidente. Pesó además el espectáculo dado por Ucrania meses antes, cuando Poroshenko envió dos embarcaciones a atravesar sin permiso ruso el puente de Kerch para que fueran aprehendidas, elevar la histeria colectiva contra Rusia y decretar así la ley marcial que habría retrasado las elecciones. El acto, una evidente provocación incluso para los partidarios de Ucrania, siempre fue visto como una treta del presidente para evitar perder unas elecciones en las que no tenía ninguna opción y en las que quedaba claro que iba a ser derrotado por “un payaso”, como se conocía entonces al cómico Volodymyr Zelensky.
Casi seis años después, Petro Poroshenko trabaja para postularse como una alternativa de continuidad a la presidencia de guerra de Zelensky, de la que se jacta de haber colaborado decisivamente. Y lo ha hecho en la circunscripción electoral más codiciada, los alrededores del poder en Estados Unidos. “Durante una charla retransmitida en directo en el Consejo de Relaciones Exteriores, con sede en Nueva York, a principios de este mes, Poroshenko reveló que se reunió con Zelensky pocas horas después de que Rusia lanzara por primera vez sus ataques con misiles contra Ucrania, y propuso un frente unido contra Putin y sus generales al frente de la invasión. Zelensky aceptó al instante, relató Poroshenko, «y esto nos ha ayudado a salvar Kiev»”, escribe Forbes en un artículo en el que narra, de una forma que fácilmente podría confundirse con una pieza de apoyo político al candidato, los actos que ha realizado recientemente el expresidente.
“Es probable que Poroshenko y Zelensky estén coordinando sus campañas para buscar el apoyo estadounidense, especialmente el del presidente entrante Trump, para contrarrestar o poner fin a la invasión rusa”, añade Forbes, que da voz a Poroshenko en su insistencia en el camino de la paz por medio de la fuerza o en la idea de que no hay que preocuparse por las amenazas nucleares de Vladimir Putin -en realidad, las últimas palabras sobre la cuestión nuclear del presidente ruso han sido para desechar la posibilidad ante la existencia de otros métodos, como los misiles balísticos de medio alcance-, ya que, según Poroshenko, el presidente ruso es consciente de que sería el fin “de su régimen”. Poroshenko repite así el discurso oficial ucraniano, que llama a la constante escalada porque Rusia no podrá hacer nada. En otras palabras, no hay ningún peligro en intensificar la guerra porque la respuesta no será nuclear. El hecho de que la invasión de Kursk reanudara los ataques a las infraestructuras críticas ucranianas o que los bombardeos con misiles occidentales en territorio ruso los hayan intensificado, complicando aún más la vida de la población civil no parece ser un factor a tener en cuenta ni para el actual presidente ni para su predecesor, para quienes los únicos aspectos importantes son las cuestiones de poder interno y geopolítico.
En su acto en el Atlantic Council -como Zelensky, Poroshenko conoce a la perfección cuál es la audiencia a la que debe convencer-, el expresidente trata de equilibrar otorgarse medallas por los éxitos actuales, generalmente adjudicados a Zelensky, con desmarcarse de la actual presidencia dando a la suya un valor imprescindible para las actuales victorias. Poroshenko define lo que considera las tres fases de la guerra: demolición, contraataque y atrición.
En la primera, en la que afirma que la intención era ocupar toda Ucrania y por eso “no bombardeaban hospitales ni escuelas, las querían para ellos mismos”, Rusia fue derrotada gracias fundamentalmente a los sistemas antitanque Javelin. La afirmación es más que cuestionable teniendo en cuenta que no fue ese tipo de armamento el que destruyó los convoyes que, sin la cobertura aérea necesaria, avanzaron imprudentemente hacia Kiev. Cuando ese frente entró en las trincheras, fue la artillería y no los sistemas antitanque los que causaron bajas masivas que hicieron que el comando ruso optara por la retirada, que Shoigu trató de presentar infructuosamente como un gesto de buena voluntad en favor de la negociación que entonces se producía en Turquía.
La segunda, que según Poroshenko se extiende desde abril de 2022 hasta finales de 2023, Ucrania fue protagonista, con sus victorias en Jersón y Járkov, en una fase en la que el expresidente percibe a los HIMARS como el arma que hizo posible expulsar a Rusia de esas regiones. Finalmente, la fase actual está marcada por la guerra de trincheras, la ausencia de cambios en el frente y tiene como protagonista a los drones, el arma del futuro que ha cambiado la guerra. Para Poroshenko, los tanques y blindados son cosa de guerras del pasado -¿será quizás una forma de desmarcarse de la desastrosa contraofensiva terrestre de su aliado Zaluzhny en 2023?- y lo único que importa ahora son los misiles y vehículos aéreos no tripulados.
La visión de la guerra del expresidente Poroshenko es interesante por su manera de presentar los hechos para conseguir, a la vez, equipararse y diferenciarse de Zelensky e involucrar a Estados Unidos en los éxitos de Ucrania, que aun así ha de ser representada como un país valiente y unido, una de las principales causas de las derrotas que ha sufrido Rusia. No es casualidad que Poroshenko mencione los Javelin como arma milagrosa de la primera fase de la guerra. Los Javelin tienen dos puntos a su favor: fueron enviados por Donald Trump, que rompió con la política de Obama y Biden de no enviar a Ucrania armas ofensivas, y que fue Petro Poroshenko quien las consiguió. En la primera fase de la guerra, en la que se resaltaba la épica de David contra Goliat, se inventaban fantasmas de Kiev, se resaltaba el sacrificio mortal que habían hecho los marineros de la isla de las Serpientes en lugar de entregarse a Rusia (aunque en realidad lo hicieron y fueron intercambiados como prisioneros de guerra semanas después de que se les concedieran medallas a título póstumo) y se hacía creer a la población que una anciana había derribado drones rusos con un bote de pepinillos, los Javelin fueron rebautizados San Javelin, aunque su papel no fuera el decisivo en esa fase. Poroshenko se aprovecha ahora del crédito que se puede otorgar pese a que en aquel momento llevaba ya tres años fuera de un cargo que abandonó tras una debacle electoral que ahora quiere hacer olvidar para mostrarse presidenciable de nuevo.
Es relevante también que Poroshenko resalte los HIMARS como arma decisiva en la segunda fase de la guerra, momento en el que Ucrania logró varios éxitos, no solo a base de artillería sino especialmente de infantería. Solo en el caso de Jersón, donde la logística rusa dependía de un único puente sobre el Dniéper fueron clave los HIMARS, siempre utilizados de forma combinada con la mucho más abundante munición soviética. Sin embargo, es más sencillo entender esa fase de la guerra como un ejemplo de superioridad de las armas estadounidenses sobre las soviéticas o rusas, especialmente si se trata de elogiar el trabajo del país al que hay que convencer de que es preciso continuar suministrando armas, que recordar la superioridad numérica de la que disfrutaba entonces Ucrania en un frente que se extendía a lo largo de mil kilómetros. Para comprender la efectividad de los HIMARS hay que recordar las palabras de Zaluzhny, que admitió que las tropas rusas aprendieron a derribar sus proyectiles, y observar el equilibrio de efectivos actualmente en el frente. No es la escasez de HIMARS sino de personal la que está minando el esfuerzo de Ucrania, a la defensiva desde hace meses.
El discurso de Poroshenko busca no entrar al detalle en lo ocurrido en la contraofensiva terrestre de 2023, posiblemente porque fue obra de Valery Zaluzhny, defendido por el entorno del expresidente como el héroe que necesitaba Ucrania y apartado por Zelensky, temeroso de que el general le restara popularidad. Sin ningún interés por el frente de Donbass, algo que también comparte con su sucesor, Poroshenko se centra en la guerra por los cielos, fundamentalmente en el uso de drones o misiles. El objetivo es claro: hacer ver a Estados Unidos que sus enemigos están logrando sus objetivos y están haciendo más que Washington, que debe elevar la apuesta para no verse avergonzado por países que ni siquiera son grandes potencias militares. Para ello, Poroshenko utiliza los argumentos que cabría esperar: un elevado porcentaje de drones Shahed son de producción iraní, al igual que una parte de los misiles balísticos son, según el expresidente, norcoreanos. Ese suministro, ese material que Rusia habría comprado a esos países, implica que tanto Irán como la República Popular de Corea son participantes directos en la guerra de Ucrania. Por algún motivo que ni Poroshenko ni Zelensky explican y que los periodistas que les entrevistan tampoco han querido preguntar, los más de cien millones de dólares que Ucrania ha recibido en forma de armamento occidental de los países miembros de la OTAN no supone la participación directa de Estados Unidos, Alemania o el Reino Unido en la guerra. Es más, tras presentar como milagrosas las armas occidentales, todas ellas estadounidenses, la labor de Poroshenko es contribuir a convencer a Donald Trump, el hombre que inició el flujo de armas ofensivas a Ucrania, de que aumente la presión, incremente el suministro militar y favorezca la continuación de la guerra participando de forma aún más directa en la guerra hasta la victoria final.
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