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Armas, Donbass, Ejército Ucraniano, Minsk, Rusia, SBU, Ucrania

«Algún progreso»

“Estamos intentando parar la guerra”, afirmó el lunes en rueda de prensa Donald Trump. El final del ciclo electoral no ha conseguido que el presidente electo muestre un esbozo de sus planes sobre cómo piensa detener una guerra que no pudo acabar cuando era mucho más sencilla, pero no ha eliminado su deseo de lograrlo ni su confianza en poder hacerlo. “La gente se está matando allí a niveles que nadie ha visto nunca”, añadió en su habitual tono de hipérbole que esconde un profundo desconocimiento del conflicto que piensa solucionar rápidamente y que considera “uno duro, uno desagradable”. “Son campos muy llanos, lo único que detiene una bala es un cuerpo”, añadió en referencia a la topografía en un intento de mostrar conocimiento sobre la realidad de la guerra. “Y el número de soldados que están siendo asesinados en ambos lados es astronómico”, sentenció con la afirmación más realista de todas las que ha pronunciado hasta ahora.

Naciones Unidas ha actualizado su recuento de civiles muertos y heridos hasta las 12.340 personas fallecidas, 667 de ellas menores, unas cifras que palidecen al lado de las causadas los últimos 14 meses por Israel en Gaza, pero a las que hay que añadir una cifra desconocida pero tremendamente elevada de soldados. El último recuento de UALosses ha identificado 66.622 soldados ucranianos muertos y Mediazona añade 82.050 por parte de Rusia (entre los que se encuentran numerosos ciudadanos ucranianos que se alistaron en las milicias de Donbass). Solo con las cifras confirmadas, previsiblemente subestimadas, ya que no se cuentan en ellas los cuerpos desaparecidos, las bajas que las partes tratan de esconder o las personas civiles muertas desaparecidas o enterradas sin paso previo por las autoridades, las cifras de bajas se encuentran en los centenares de miles, argumento suficiente para considerar necesaria una política que busque el fin del derramamiento de sangre.

Siempre dispuesto a jactarse de sus éxitos, reales o imaginarios, Donald Trump afirmó también haber logrado “algún progreso” en su tarea de lograr un alto el fuego y el inicio de una negociación en busca de la resolución del conflicto. Al igual que si es preguntado por su plan para conseguir sus objetivos, el futuro presidente no precisó cómo había logrado esos avances ni especificó en qué área pueden encontrarse, posiblemente porque la realidad actual no ofrece ningún motivo para el optimismo. La semana pasada, Ucrania rechazó de partida la propuesta de alto el fuego navideño y un masivo intercambio de prisioneros propuesta por Viktor Orbán, aún al frente de la presidencia de turno de la Unión Europea. En su habitual costumbre de variar el discurso, Ucrania se molestó primero por la propuesta y posteriormente afirmó que el presidente húngaro no había presentado ninguna. Orbán realizó la propuesta por medio de sendas conversaciones telefónicas con Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky tras su más reciente reunión con Donald Trump (aunque nunca quedó claro si actuaba a título individual o como emisario del futuro presidente de Estados Unidos). “Ucrania necesita relaciones directas con Estados Unidos”, afirmó ayer Zelensky, que añadió que Kiev no necesita “países como Hungría”. Tras precisar no estar refiriéndose a la población sino a sus dirigentes, insistió en su rechazo a personas “como el primer ministro Orban, que quiere, ya sabes, jugar a dos bandas. No funcionará. No le dejaré entrar. Ni a gente como él. Necesitamos relaciones directas con Estados Unidos. Somos un país fuerte, lo demostramos en el campo de batalla durante todas las agresiones de Putin. ¿Alguien en Europa tiene un ejemplo así? Nadie. ¿Tiene Orbán un ejército así? No. ¿Cómo va a presionar a Putin? ¿Cómo va a presionar a Putin? Es una broma”. Aunque actualmente, la fortaleza de Ucrania se mide en subsidios de Estados Unidos y la Unión Europea, esa realidad no obliga a Zelensky a tratar con un mínimo de respeto a los líderes de los países que están sosteniendo el Estado para que pueda continuar luchando.

El rechazo ucraniano al intento de Orbán de apuntarse un tanto y conseguir una palmada en la espalda por parte de su amigo americano se extiende también a otro tipo de negociación. La negativa de Kiev no se debe a considerar un alto el fuego temporal una iniciativa propagandística o absurda, sino a las condiciones en las que se encuentra en el frente. “¿Qué tipo de negociaciones?”, se preguntó ayer Podolyak. “Sobre derecho internacional, por favor. Sobre la inviolabilidad de los territorios, por favor. Sobre garantías de seguridad, por ejemplo, la arquitectura de seguridad colectiva de Ucrania como miembro de la Alianza, por favor”, afirmó respondiéndose a sí mismo y dejando claro qué puntos está dispuesta a negociar Kiev. Las condiciones de la guerra, la situación del frente y el equilibrio de fuerzas hace poco realista ese tipo de negociación, por lo que su superior en la Oficina del Presidente añadió que “las verdaderas negociaciones sobre una paz duradera sólo comenzarán cuando al enemigo no le queden recursos para continuar la guerra, por lo que nos espera un trabajo increíblemente grande”. Como declaró el presidente Zelensky al presentar su plan de resiliencia, “puede que Ucrania tenga que vivir más que alguien en Moscú para alcanzar todos los objetivos”.

Mientras disponga de financiación de sus socios y munición con la que seguir luchando, Ucrania no tendrá ninguna prisa por negociar con Rusia más que cuestiones ajenas a la política y a la resolución del conflicto. El único aspecto en el que parece haber algún tipo de progreso es en la negociación para un gran intercambio de prisioneros, proceso que han confirmado tanto Kiev como Moscú, aunque esto no debe llevar a error. Este tipo de procesos han sido la norma desde el estallido de la guerra en 2014 y han continuado incluso en los peores momentos de los enfrentamientos. En 2019, el acuerdo para un numeroso intercambio navideño elevó rápidamente las falsas esperanzas de que Rusia y Ucrania conseguirían poner en marcha los acuerdos de Minsk pese a que en la cumbre de París Zelensky había notificado a Merkel y Macron su voluntad de incumplimiento.

Mientras los líderes europeos sienten que deben exagerar la amenaza para impedir un alto el fuego y hacer prevalecer el régimen de guerra para justificar así el aumento en inversión militar y Donald Trump vive de progresos que solo existen en su imaginación, sobre el terreno se dan pasos que dificultan aún más cualquier diálogo entre las partes. Apenas unos días después de que fuera asesinado por medio de un coche bomba el jefe de la prisión de Elenovka (en la RPD, donde se produjo el ataque que costó la vida a decenas de prisioneros de guerra ucranianos, sobre todo miembros de Azov), en Moscú fue asesinado a tiros el científico Mijaíl Sijatsky, experto en el desarrollo de misiles. Esos asesinatos pueden enmarcarse en el programa de asesinatos selectivos creados por los dos servicios de inteligencia ucranianos -el SBU o inteligencia civil y el GUR o inteligencia militar-, admitidos inicialmente por Valentin Nalyvaichenko en una entrevista concedida a The Economist en septiembre de 2022 y un secreto a voces desde las ejecuciones de Givi, Motorola o Alexander Zajarchenko y el largo goteo de coches bomba contra fiscales y cargos políticos de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. Hasta entonces, esos casos en los que la participación de Ucrania era perfectamente visible eran definidos en Kiev como actos de “luchas internas” o se apuntaba a “la mano de Moscú”.

Ayer, el SBU, que revindicó el atentado de la misma forma que lo hacen los grupos no estatales que utilizan para la violencia política el método del objeto bomba, logró el mayor éxito de su programa de ejecuciones sumarias. Con una bomba instalada en la batería de un patinete eléctrico a las puertas de su casa, Ucrania asesinó al general Igor Kirilov y a su asistente. Kirilov era desde 2017 el jefe de la defensa radiológica, química y biológica de Rusia y una de las caras conocidas del alto mando de la Federación Rusa. El general adquirió presencia mediática internacional a causa de los ataques químicos en Siria y el asunto Skripal, el uso de armas químicas en territorio británico contra un exespía ruso. Kirilov fue también el portavoz de la teoría de la conspiración favorita de Rusia, la de los laboratorios biológicos estadounidenses en Ucrania. Horas antes de su asesinato, Kirilov fue señalado por Ucrania como culpable del uso -Kiev tampoco se priva a la hora de inventar conspiraciones- de armas químicas en la guerra rusoucraniana.

“Kirillov era un criminal de guerra y un objetivo absolutamente legítimo, ya que dio órdenes de utilizar armas químicas prohibidas contra el ejército ucraniano”, afirmó a AFP una fuente del SBU, consciente de su total impunidad y de que ya no es preciso esconder este tipo de acciones, justificadas por sus aliados sin necesidad de dar ninguna explicación.

El atentado de ayer constituye un acto más de constatación de que Trump se equivoca al entender que Rusia y Ucrania están cansadas de matarse entre ellas y es un recordatorio de que Kiev se ha propuesto, como han afirmado abiertamente oficiales ucranianos, tomarse la justicia por su mano haciendo pagar con su vida a aquellas personas que, sin necesidad de juicio, considera culpables. La ejecución de Kirilov, una actuación similar a las realizadas por el Mossad israelí, ejemplo a seguir para Ucrania, y que posiblemente haya complacido a algunos de los aliados de Kiev, no puede considerarse un intento de descarrilar las posibles negociaciones antes de su comienzo. No se trata de un acto aislado, sino del mayor éxito en un extenso programa de ejecuciones sumarias que se extiende a lo largo de la última década y que previsiblemente continuará, puede incluso que más allá de la paz.

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