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Armas, Donbass, Ejército Ucraniano, Ermak, Estados Unidos, Ucrania

La paz y sus condiciones

La semana pasada, el presidente electo de Estados Unidos anunció que Ucrania estaba dispuesta a llegar a un acuerdo con Rusia. Sus palabras fueron rápidamente desmentidas por Volodymyr Zelensky, cuyo equipo lleva toda la semana insistiendo en que no será aceptable cualquier paz. La máxima de que una mala paz es mejor que una guerra no es válida tras años de lucha, algo que también sintió durante años la población de Donbass, que nunca vio con buenos ojos los acuerdos de Minsk, que les habrían devuelto bajo control de Ucrania aunque con ciertos derechos políticos. Años de guerra y de penurias no podían cerrarse en falso con un acuerdo en el que Donbass no consiguiera una mínima autonomía política -Minsk no la ofrecía pese a que Ucrania y sus socios lleven años afirmando lo contrario- y garantía de que fueran a respetarse los derechos políticos, culturales y lingüísticos de la población, que quedaban a merced de la voluntad de Ucrania. Lo mismo puede alegar ahora Kiev, que busca no cerrar la guerra en falso, algo en lo que coincide plenamente con Moscú, que no desea encontrarse con una situación de paz armada similar a la de Corea, con dos bandos fuertemente atrincherados, la OTAN en sus fronteras y elevadas posibilidades de nuevo estallido de unas hostilidades que podrían no ser solo una guerra subsidiaria sino directa con los aliados de Kiev.

Sin embargo, los reproches ucranianos no se deben al temor a un acuerdo de paz incompleto o a una posible reanudación de la guerra, sino a la certeza de que una negociación en las condiciones actuales obligaría a Ucrania a cruzar las líneas rojas que ha marcado, de forma explícita o no, desde 2014, ya fuera en la cuestión territorial, la de la OTAN o incluso ambas. Rusia avanza lentamente, pero de forma consistente en el frente de Donbass, amenaza posiciones absolutamente clave para Ucrania, recupera terreno acercándose a Suya en Kursk (única plaza relevante bajo control ucraniano en el oblast ruso) y puede que el paso del tiempo no mejore la posición negociadora de Kiev. “Probablemente, el Kremlin se detendrá allí donde logre lo que considera más importante que el territorio: la neutralidad de Ucrania, la desmilitarización y los derechos lingüísticos, religiosos y culturales [para la población rusoparlante de Ucrania], pero seguirá utilizando el territorio como castigo por la intransigencia, que ha sido su método desde que comenzó la guerra abierta”, ha escrito esta semana el periodista opositor ruso Leonid Ragozin después de los comentarios de Sergey Narishkin, jefe de la inteligencia, que afirmó que Rusia está cerca de conseguir sus objetivos. El comentario indica nuevamente algo que Vladimir Putin y Sergey Lavrov han repetido en numerosas ocasiones, que Rusia está dispuesta a negociar sobre la base de los acuerdos de Estambul. Así lo repitió ayer en su visita a China Dmitry Medvedev, mucho más duro que el presidente o el ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa y considerado uno de los halcones del Kremlin.

En términos territoriales, Ragozin señala dos posibles objetivos: la mina de Pokrovsk, de cuyo carbón de coque depende la industria metalúrgica ucraniana y el yacimiento de litio Shevchenko. Rusia está a 8 kilómetros de la mina y a 11 del yacimiento. Según el periodista, su captura otorgaría a Rusia cierto control sobre importantes grupos del poder económico. El peligro de perder esas relevantes posiciones debería ejercer también de incentivo para Kiev y como llamada de atención sobre la posibilidad de que su postura negociadora se debilite aún más. Sin embargo, la práctica certeza de que las próximas semanas no van a cambiar los equilibrios en el frente, con una Rusia cada vez más fortalecida a medida que Ucrania se repliega lentamente en la guerra terrestre y no consigue hacer daño en la retaguardia rusa con sus misiles occidentales no es un argumento que pueda, por el momento, forzar a Kiev a modificar su postura. Ayer mismo, el jefe de la Ofician del Presidente se reafirmaba en la negativa ucraniana a negociar en las condiciones actuales. Andriy Ermak insistía en que Kiev no es lo suficientemente fuerte, por lo que el diálogo es inviable actualmente y es preciso reforzar a Ucrania -es decir, enviar más armas, especialmente misiles, comprometer ayudas de futuro y ofrecer la ansiada invitación de adhesión a la OTAN- para hacer posible una negociación en la que sea posible dictar los términos a Rusia, objetivo ucraniano desde que comenzó la guerra en 2014.

Las concesiones que ahora exigiría Rusia no serían comparables a las mínimas condiciones de Minsk, solo políticas, e irían más allá de lo ofrecido en Estambul. Moscú ha dejado claro que está dispuesta a negociar sobre la cuestión territorial, aunque no en las condiciones que la semana pasada planteó Ermak: el retorno a las fronteras de febrero de 2022. La negociación es posible, pero no volver a dos años atrás, especialmente cuando Ucrania no es capaz, pese al constante flujo millonario de armamento y munición, de amenazar realmente la posición rusa en el frente o en la retaguardia y se ve obligada a negociar públicamente los términos del futuro incluso con sus aliados. Pese a su posición de debilidad, Ucrania insiste en una postura de máximos también con sus defensores. Kiev no considera suficiente siquiera la propuesta de Emmanuel Macron de envío de un contingente de unas 40.000 tropas europeas a Ucrania en caso de alto el fuego, otra iniciativa de escalada vestida de búsqueda de la paz, pero que, según afirmó Ermak, solo será posible una vez que se reciba la invitación oficial de adhesión a la OTAN.

Las muestras de apoyo de los países de la Unión Europea, dispuestos a aumentar su gasto militar al 3% del PIB en lugar del 2% que exige la OTAN y que Donald Trump lleva años demandando, contrastan con el escepticismo de una parte del trumpismo. Para disgusto de Zelensky, el círculo más cercano al presidente no solo está compuesto por hombres que desean continuar surtiendo la guerra, sino también por quienes consideran a Ucrania un lastre. Entre ellos se encuentran Elon Musk, JD Vance y Donald Trump Jr, que ayer publicó un gif en el que una bota derribaba de una patada la portada de hombre del año de la revista Time con la portada de Zelensky para dar paso a su padre bailando y mostrando su gorra roja de “America First”.

El reportaje en el que se anuncia que el futuro presidente de Estados Unidos es el hombre de 2024 es el primero en el que Trump se pronuncia realmente sobre la situación en Ucrania y, sobre todo, la más reciente escalada occidental. La confianza del presidente electo en su capacidad para resolver el conflicto de forma rápida parece haber desaparecido y ahora afirma que “Oriente Medio es un problema más fácil de lidiar que lo que está ocurriendo en Rusia y Ucrania”. “Estoy en total desacuerdo con el envío de misiles a cientos de kilómetros en el interior de Rusia. ¿Por qué estamos haciendo eso?”, afirma según cita Time. Trump, que ha demostrado en el pasado no contar con el conocimiento necesario para comprender el conflicto entre Rusia y Ucrania y que en su primera legislatura no fue capaz de dar ningún paso hacia la paz en un conflicto, el de Donbass, mucho más sencillo de resolver, parece no querer oír lo que sus propios asesores han propuesto públicamente: el uso del permiso para atacar Rusia como herramienta de presión al Kremlin en busca de una mejor situación negociadora para Ucrania. Sus palabras de la semana pasada sobre la voluntad de compromiso de Kiev evidencian también que Trump no percibe que el objetivo no es la paz sino la victoria, por muy improbable que resulte, y que la muerte y destrucción acumulada son considerados un mal menor.

La agresiva respuesta de Ucrania a la última iniciativa de Hungría antes de abandonar la presidencia de turno de la Unión Europea es buen ejemplo de la inflexible postura de Kiev. Viktor Orbán buscaba un efecto propagandístico final y tras su reunión con Donald Trump, conversó con el presidente ruso en busca de un alto el fuego navideño y un gran intercambio de prisioneros, iniciativa rápidamente rechazada por Ucrania, aún más molesta con la llamada del líder húngaro a Moscú que con la conversación que mantuvieron Olaf Scholz y Vladimir Putin. Dmytro Lytvyn, asesor de comunicación de Volodymyr Zelensky, publicó en las redes sociales la respuesta de Ucrania a la pregunta de la prensa sobre la valoración de la posible tregua de Navidad. “La respuesta es: 1) Como siempre, Hungría no ha discutido nada con Ucrania. 2) Como siempre, Hungría no nos notificó sobre sus contactos con Moscú. 3) Como siempre, Ucrania no ha autorizado a Hungría a representarla de ninguna manera. 4) Como siempre, Ucrania está trabajando diariamente para liberar prisioneros, y durante las últimas dos semanas, se han estado llevando a cabo contactos activos para un intercambio importante para fin de año. 5) Como siempre, estamos comprometidos a lograr una paz real y duradera y estamos haciendo todo lo posible en coordinación con nuestros socios para que esto suceda, junto con los EE. UU., Europa y otros socios. 6) Como siempre, necesitamos una paz real, no trucos de relaciones públicas, y garantías de seguridad sólidas, no palabras vacías”.

Kiev se mantiene firme en su postura de equiparar la paz con su victoria, por lo que ningún alto el fuego o cese incluso temporal de las hostilidades es posible -aunque pudiera impedir avances rusos, relevar tropas o mitigar la grave situación que viven unidades enteras de las Fuerzas Armadas de Ucrania en Donbass- si no se consiguen todos los objetivos marcados. Cualquier paso que obstaculice ese discurso es considerado una traición y ha de ser criticado y su ejecutor, humillado. Aunque con ello Ucrania corra el riesgo de tensionar aún más su relación con el hombre al que pronto exigirá más armas, munición, financiación y la ansiada invitación de adhesión a la OTAN.

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