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El camino de Minsk

El pasado fin de semana, para comentar su reunión con el presidente ucraniano, el canciller alemán se reafirmó en la idea de apoyar a Ucrania, es decir, continuar financiando el Estado y suministrando asistencia militar, “mientras sea necesario”. Apenas unas horas después, en una entrevista, Olaf Scholz parecía contradecirse apostando por la diplomacia. Aparentemente, la postura conciliadora contradice, no solo las declaraciones que se habían producido ese mismo día, sino la actuación general de Alemania en los últimos dos años y medio, en los que Berlín, en ocasiones contra la voluntad de su canciller, se ha guiado por la misma lógica de guerra hasta el final que ha marcado Estados Unidos.

En febrero de 2022, cuando los servicios secretos occidentales daban por hecho que iba a producirse la invasión de Ucrania, el líder alemán realizó una última visita al Kremlin, donde mantuvo una reunión con Vladimir Putin que fue tan breve que solo puede considerarse una formalidad. El último intento de evitar la guerra entre Rusia y Ucrania no se produjo en Moscú sino con una llamada a Volodymyr Zelensky. La propuesta del canciller era simple: el cumplimiento de los acuerdos de Minsk para terminar la guerra en Donbass y recuperar la parte del territorio que Ucrania podía lograr por la vía diplomática, acceso rápido adhesión a la Unión Europea y renuncia a la OTAN. Kiev, que nunca ha estado dispuesta a renunciar a la OTAN, mucho más importante que el acceso a la UE, que hace tiempo que se da por hecho, jamás iba a aceptar esa condición por recuperar el territorio menos importante, Donbass, renunciado de facto al que sí lo es, Crimea. Esa ingenua propuesta, que implicaba además el cumplimiento de un acuerdo que, en 2019, Zelensky dejó claro a la predecesora de Scholz que Ucrania no tenía intención de cumplir, fue la aportación más relevante del político alemán al intento de evitar la invasión rusa en el último minuto.

La llamada de Vladimir Putin el 22 de febrero de 2022 para anunciar a Olaf Scholz y Emmanuel Macron que Rusia se disponía a reconocer la independencia de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk dio paso a la intervención militar rusa dos días después, momento en el que la política europea pasó a la lógica de la guerra y quedaron aparcados todos los tímidos intentos de avanzar sobre la vía de Minsk, único acuerdo de paz que se ha firmado en la década que dura ya el conflicto ucraniano. Pese a las reticencias iniciales y a las acusaciones de que, mientras otros países enviaban armamento pesado Berlín únicamente enviaba cascos y camillas -puede que Scholz quisiera dar tiempo a las negociaciones de Estambul antes de incorporarse definitivamente a la coalición de suministro bélico-, Alemania se ha convertido en el segundo mayor donante de Ucrania. En varios momentos, las súplicas al Gobierno alemán se han producido bajo la premisa de que sus armas, concretamente los tanques Leopard y los misiles Taurus, ambos de fabricación alemana y considerados superiores a sus equivalentes de otros países, iban a ser el punto de inflexión definitivo que diera a Ucrania la superioridad militar que requiere la victoria. La decepción de la contraofensiva de 2023, en la que los Leopard no pudieron marcar la diferencia no ha hecho reducir las esperanzas de que los Taurus, si es que el grupo de presión que forman Ucrania y sus aliados más firmes consigue convencer a Scholz para que levante su veto, vayan a ser las armas milagrosas que busca este guerra.

“Debería ampliarse la ayuda militar alemana, sobre todo en forma de sistemas de armas de largo alcance como Taurus”, ha afirmado en una entrevista publicada la pasada semana por Berliner Zeitung el polémico exembajador de Ucrania en Alemania, que tantos insultos profirió a Olaf Scholz por su actitud demasiado pacifista en las primeras semanas tras la invasión rusa. Ucrania no se ha resignado ante la negativa del canciller y sigue insistiendo en que recibir esos misiles sería un arma militar y política necesaria. Es más, Andriy Melnyk pronuncia esas palabras tras referirse a una posible apertura de la vía diplomática. “Si se negocia, sería vital que Ucrania tuviera muy buenas cartas en la mano -preferiblemente los cuatro ases en la manga- para obligar a Rusia a retirarse”, alega justo antes de insistir en la necesidad de que Alemania envíe misiles de largo alcance con los que atacar objetivos en la Federación Rusa. En la situación actual, la exigencia de misiles y los argumentos sobre una negociación no son contradictorios sino que son entendidos con una falaz e ingenua, sin no cínica, relación de causa-efecto. De esa forma, más guerra, ya que Rusia, sin duda, se vería obligada a responder, es el camino a la paz justa.

Sin embargo, y aunque su discurso no difiere en exceso del que recientemente está manteniendo el Gobierno ucraniano y que ha utilizado en un medio alemán incluso el halcón Melnyk, las palabras de Olaf Scholz afirmando que cree que “es el momento de discutir cómo podemos conseguir la paz más rápido de lo que se está haciendo actualmente” han sorprendido a Ucrania. El canciller alemán se ha mostrado partidario de que Rusia participe en una segunda cumbre de paz, algo que tampoco contradice de ninguna manera el argumentario ucraniano ni las palabras de su presidente el pasado fin de semana en Ramstein. La sorpresa ha llegado por medio de la información publicada por el medio italiano La Repubblica, que afirma que Scholz prepara su propio plan de paz. El canciller alemán, preocupado por la cuestión electoral ante un escenario en el que ascienden partidos que rechazan mantener la asistencia militar indefinida y que ven en la situación en Ucrania uno de los motivos de los problemas que está sufriendo la industria alemana (la pérdida de la energía barata rusa, entendida como una de las bases de su competitividad), habría decidido convertirse en la persona que lograra la paz. Al contrario que Donald Trump, que se ha mostrado confiado en ser capaz de conseguirlo en pocas horas, pero que nunca ha dado ningún indicio de tener una idea concreta de cómo lograrlo, Scholz sí tendría un plan. Según fuentes del SPD citadas por La Repubblica, el canciller alemán buscaría un acuerdo análogo a los acuerdos de Minsk, tres palabras que causan rechazo en Rusia, Ucrania y Donbass, y partirían de la base de que Kiev estaría dispuesta a hacer concesiones territoriales.

Esta aparente propuesta, cuyos detalles no se conocen y que, sin duda, vendría acompañada de letra pequeña (quizá la cuestión de la OTAN) para reducir el rechazo ucraniano, implicaría, probablemente, congelar el frente en su situación actual. Y aunque esa idea de parar la guerra e incluso aceptar concesiones temporales, siempre sin renunciar oficialmente esos territorios, a cambio de acceso rápido a la Alianza Atlántica ha sido una propuesta que inicialmente partió de la Oficina del Presidente de Ucrania, recientemente tanto Volodymyr Zelensky como su entorno han negado en rotundo esa posibilidad. Por si quedaba alguna duda, el lunes, la mano derecha del presidente ucraniano, Andriy Ermak, que patrocinó ese plan que presentó su lobista Anders Fogh Rasmussen, escribió: “Solo la fórmula de paz de Ucrania, las normas del derecho internacional, integridad territorial y soberanía ucraniana. Ese es el único camino a la justicia”.

Es altamente improbable que Ucrania, que rechazó abiertamente cumplir con sus compromisos según los acuerdos de Minsk fuera a aceptar voluntariamente un plan que implicara la renuncia al casi 20% del territorio de Ucrania según sus fronteras de 1991 que actualmente se encuentran bajo control ruso. Y aunque el Kremlin pudiera ser más favorable a la propuesta siempre que incluyera la renuncia a la OTAN, algo difícil de imaginar teniendo en cuenta que esa fue una de las causas del fracaso de las conversaciones de Estambul, una resolución que pudiera ser comparada a Minsk causaría rechazo en amplios sectores de la sociedad rusa. Frente a la radicalidad que la prensa occidental adjudica a Vladimir Putin, los sectores nacionalistas siguen viendo la actuación rusa como excesivamente blanda y reniegan de palabras como las que pronunció el presidente ruso la semana pasada anunciando que Donbass es el objetivo prioritario de la guerra.

Por ahora, Ucrania se mantiene en su exigencia de recuperar sus fronteras de 1991 y obtener el acceso a la UE y la OTAN como vía de resolución del conflicto, un planteamiento inaceptable para Rusia tanto en términos territoriales como de seguridad, que solo se vería obligada a aceptar en caso de ser militarmente derrotada. Igualmente inviable, aunque más realista teniendo en cuenta la correlación de fuerzas, es la contrapropuesta rusa, que exige la renuncia ucraniana a los cuatro oblasts que Rusia reconoce como propios (Donetsk, Lugansk, Zaporozhie y Jersón), además de Crimea, algo que Kiev solo podría aceptar tras una derrota en la guerra. El plan que parece buscar Scholz sería un paso intermedio, una opción territorialmente más viable, pero que chocaría tanto con el rechazo de las partes, como con los problemas que lastraron el esfuerzo de Minsk, empezando por la falta de voluntad de una de las partes de cumplir, incluso parcialmente, con sus compromisos. Frente a las conversaciones de Estambul, en las que se detallaba un marco político y se daban detalles de la actuación militar, Minsk fue siempre un planteamiento que exigía la buena fe de las partes y la capacidad de los países mediadores de obligar a su cumplimiento, algo que, durante siete años, tanto Francia como Alemania rechazaron hacer.

Las palabras de Scholz sobre la paz y el suministro de armas no son contradictorias, sino que reflejan a la perfección el momento. Sin una de las partes claramente superior a la otra y sin posibilidad de una victoria militar completa de Rusia o de Ucrania, no va a darse ninguna de las dos versiones: ni el retorno a las fronteras de 1991 ni la renuncia ucraniana a los cinco territorios bajo control ruso. Eso da más responsabilidad a los países que aspiren a mediar, que tendrán que buscar soluciones creativas y deberán ser capaces de presionar tanto a sus aliados como a sus enemigos hacia un acuerdo que posiblemente no convenza a nadie. Y eso es lo que hace un Minsk-3, un planteamiento odiado a ambos lados de la línea del frente, más probable. Eso sí, en su búsqueda del camino de Minsk, Scholz no solo se enfrentaría a las reticencias de Moscú y Kiev, sino especialmente a las de aquellos actores internacionales que esperan conseguir con la guerra su objetivo de debilitar a Rusia. Entre ellos destacan sus aliados de Washington, Londres, París y Bruselas, pero también sus socios de Gobierno.

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