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Armas, Putin, Zelensky

Soluciones simples a problemas complejos

La capacidad de ofrecer soluciones sencillas a problemas complejos es un arte que las autoridades ucranianas dominan a la perfección y que les han otorgado grandes réditos en la última década. Es así como Kiev ha ido consiguiendo poco a poco el armamento que ha considerado necesario en cada momento. Pero es también como ha logrado el apoyo político de las potencias occidentales en todas las fases del conflicto, no solo desde la invasión rusa, sino también en los ocho años anteriores. La táctica de la simplificación del conflicto hasta prácticamente la parodia ha permitido a Kiev presentar los hechos como una lucha entre el bien y el mal que no comenzó el 22 de febrero de 2022 sino mucho antes: en la lucha política por Crimea o durante el Maidan. En el tiempo transcurrido desde entonces, los diferentes gobiernos ucranianos -los de Turchinov, Poroshenko y Zelensky- siempre han seguido la misma línea: Rusia es culpable y los pasos que Occidente ha de dar para resolver la cuestión son sencillos. Generalmente, esas soluciones exigidas pueden resumirse en sanciones contra Rusia, armas para Ucrania y apoyo político explícito y claro a la postura de Kiev fuera cual fuera, también si la política oficial era dinamitar el único acuerdo de paz que se ha firmado en esta guerra.

El conflicto era simple cuando Ucrania saboteaba deliberadamente los acuerdos de Minsk, que no le devolvían el territorio que Kiev quería recuperar, Crimea, y que le obligaban únicamente a conceder derechos lingüísticos y culturales a una región cuya población le había sido desleal a raíz del cambio irregular de gobierno de febrero de 2014, percibido allí de forma generalizada como un golpe de estado. Aunque Ucrania reniega ahora de esos años y no duda en recordar que Angela Merkel siguió adelante con la construcción del Nord Stream-2 e insistió en el cumplimiento de Minsk-2 (eso sí, sin ejercer ningún tipo de presión real sobre Ucrania para que cumpliera con los compromisos adquiridos), ese periodo de siete años consolidó la idea de que hiciera lo que hiciera, Kiev seguiría contando con el apoyo prácticamente incondicional de los países occidentales.

La invasión rusa no solo supuso el inicio de un flujo de suministro militar que hace posible que las Fuerzas Armadas de Ucrania sigan luchando, sino el incremento del apoyo político. El ejemplo más claro de que Kiev puede permitirse más lujos que cualquier otro Estado cliente o proxy es el caso del Nord Stream. Pese al largo reportaje publicado por The Wall Street Journal en el que se detalla cómo Volodymyr Zelensky aprobó un ataque que supone una agresión a un aliado, Ucrania no solo no ha tenido que rendir cuentas o justificarse ante, por ejemplo, Alemania, sino que los hechos han sido presentados como un acto necesario para corregir el verdadero error: la existencia de los gasoductos y de la relación comercial y antaño también política ente Berlín y Moscú. Aunque Zelensky ha tratado de desmarcarse de los hechos, el silencio cómplice de Alemania, o mensajes como el de Donald Tusk, exigiendo que sean quienes promovieron el proyecto quienes pidan perdón y callen, han hecho el trabajo sucio y Ucrania, probable agresor, parece haber logrado exactamente lo que buscaba. La solución al problema de la excesiva energía rusa que, incluso a pesar de la guerra, transitaba a la Unión Europea ha resultado ser sencillo: solo era necesario hacer explotar el gasoducto colocando a Ucrania como país clave en esos envíos. El único gas que transita ahora desde la Federación Rusa a los países de la Unión Europea que no han podido o querido deshacerse de esa fuente de energía barata lo hace a través de Ucrania, que se reserva el derecho a interrumpir o no renovar el contrato de paso a discreción y sin que otros países implicados -fundamentalmente Hungría y Eslovaquia- tengan derecho a voz ni a voto.

La guerra es también un problema sencillo, una cuestión de matemáticas, como escribió Mijailo Podoliak. Desde la simplificación extrema, la resolución de la guerra se limita a los tres aspectos que Kiev lleva años pregonando. Es preciso aumentar las sanciones a pesar de que no han logrado minar la producción militar rusa ni aislar económica y políticamente a Rusia. En la arrogancia de quien mira al resto del mundo viéndose superior, Occidente consideró que sus sanciones se aplicarían a nivel mundial y el temor a sanciones secundarias -las que afectan a países o empresas que comercien con entidades sancionadas- sería suficiente para convertir a Rusia en un paria a nivel internacional. En segundo lugar, es necesario aumentar el flujo de armamento, levantar los vetos a su uso y potenciar la producción militar de Ucrania y sus países proveedores para equilibrar las fuerzas. Esa visión de la guerra prefiere no recordar que Kiev lleva más de dos años y medio recibiendo enormes cantidades de armamento y munición mientras prometía que Rusia se quedaba sin tanques, misiles o personal que enviar a la guerra. Rusia, que depende de sí misma para financiar, fabricar y enviar al frente el material necesario para continuar la guerra, sigue superando en producción militar, se queja Ucrania, un país que, pese a la ideología ultraliberal de su Gobierno, ha visto completamente subvencionado su esfuerzo bélico. Y aun así, en ocasiones, incluso sus aliados han sentido que Kiev olvidaba, por ejemplo, dar las gracias por los masivos envíos de armamento y financiación por parte de los países occidentales. Finalmente, como Mijailo Podoliak no se cansa de repetir, es preciso no prestar atención a la propaganda rusa, entre la que el asesor de la Oficina del Presidente incluye, no solo a los medios rusos, ampliamente censurados en los países occidentales, sino también a cualquier publicación crítica con Ucrania o que informe sobre las contradicciones del discurso ucraniano. Fue el caso, por ejemplo, del artículo con el que The New York Times desmontaba la narrativa ucraniana de que un misil ruso había impactado deliberadamente contra un mercado en la localidad de Konstantinovka, región de Donetsk, causando decenas de muertos y heridos y provocando acusaciones de genocidio por parte de las autoridades ucranianas. Como probaba el medio estadounidense, la explosión se debió al mal funcionamiento de un misil de la defensa aérea ucraniana, una realidad incómoda que las autoridades ucranianas quisieron silenciar a base de acusaciones de propaganda. La facilidad con la que los medios aceptan el discurso ucraniano, por muy incoherente que llegue a ser en ciertos momentos, hace sencillo este tipo de acusación.

Simple es también resolver la situación actual, en la que Ucrania muestra músculo en Kursk, pero se muestra más débil de lo habitual en su respuesta a los misiles rusos y ya no defiende en Donbass con la solvencia que lo hiciera en años anteriores. En la reunión de ayer en la base estadounidense de Ramstein en Alemania, Zelensky se adhirió a la teoría de las armas milagrosas para resolver rápidamente la guerra y presentarse como el presidente que busca la paz justa y quiere acelerar al máximo su llegada. Aunque la situación en Donbass es complicada para Ucrania, que intenta contraatacar en varios puntos como Niu York o Selidovo para ralentizar el avance ruso, un nuevo aumento del flujo de armamento puede lograr este mismo otoño lo que dos años y medio de entregas ininterrumpidas no han conseguido: la derrota rusa o, en palabras del presidente ucraniano, “motivar a Rusia para que busque la paz”, es decir, para que se rinda. “Hagamos de este otoño el momento en que caiga la agresión rusa, de una forma que ponga fin a la guerra y restablezca un orden internacional de seguridad fiable”, afirmó el presidente de un país que se ha jactado de incumplir el acuerdo de paz que había firmado, ha prohibido por decreto negociar con la otra parte de la guerra y cuya definición de paz justa es obtener misiles para bombardear con armamento occidental una potencia nuclear independientemente del riesgo de escalada que supone y que entiende la diplomacia como el ejercicio de exigir a sus socios que obtengan la capitulación de su enemigo. Solo desde la desvirtuación absoluta del conflicto puede esperarse que utilizar F-16 de países de la OTAN para disparar misiles franceses, británicos o estadounidenses contra territorio de la Federación Rusa vaya a acercar el conflicto a la paz en lugar de a una escalada peligrosa no solo para Rusia y Ucrania.

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