“El ejército ucraniano sigue controlando más de 1.000 kilómetros cuadrados de terreno en la región rusa de Kursk, casi un mes después de una descarada incursión transfronteriza que ofreció a las fuerzas de Kiev una inyección de moral muy necesaria y asestó al Presidente ruso Vladimir Putin un golpe humillante”, escribía ayer France 24 para resaltar el éxito que supone para Ucrania haber logrado cierto control de la zona fronteriza de la región de Kursk. Nada ha cambiado en ese sector y Ucrania permanece allí sin poder avanzar más profundamente, pero consolidando sus posiciones para hacer más difícil que Rusia pueda recuperar el territorio. Como confirmó Zelensky en una entrevista concedida a NBC, las autoridades ucranianas aspiran a mantener indefinidamente esos territorios capturados. El objetivo es claro: además de la humillación que entiende que supone la presencia ucraniana en Rusia, ese control podría ser de utilidad como herramienta de presión en un futuro, posiblemente a largo plazo.
Por el momento, la situación hace imposible para Rusia entablar negociaciones con Ucrania, algo que beneficia, sin duda, a la parte más reticente a regresar a la vía diplomática. De ahí que Kiev sí hable ahora de invitar a Rusia a una posible segunda cumbre de paz, en la que la oferta que recibiría Moscú no sería una negociación sino la aceptación de las condiciones ucranianas, un planteamiento ingenuo y que no se corresponde con la correlación de fuerzas en el frente. La táctica de la Oficina del Presidente y de Andriy Ermak, arquitecto de la cumbre de Suiza, parece ser la de forzar a Rusia a rechazar la invitación ucraniana, una circunstancia que eximiría a Ucrania de toda culpabilidad por la ausencia de diplomacia, prerrequisito de Donald Trump para continuar apoyando militarmente al país en caso de victoria en las elecciones de noviembre.
Pese a que la ofensiva de Kursk ha hecho desaparecer de los medios los rumores sobre posibilidades de congelar el frente y proceder a algún tipo de negociación, la sombra de la diplomacia sigue estando presente. Ucrania ha dejado claras sus intenciones, que pasan por forzar las líneas rojas de Moscú. Kiev busca mantener control sobre territorio ruso, continuar atacando Crimea y obtener misiles ATACMS para presionar a Rusia en su propio territorio. Por el momento, la actuación ucraniana ha conseguido sus objetivos tan solo parcialmente. En primer lugar, el territorio ruso bajo control ucraniano es claramente insuficiente para obligar a Moscú a plantearse aceptar las condiciones de Ucrania. En segundo lugar, el portavoz del Pentágono ha vuelto a sugerir en que no ha de entenderse los ATACMS como un arma milagrosa, ya que Rusia ha retirado prácticamente todas sus aeronaves fuera de su rango. Se trata de una forma de restar importancia a unas armas que Washington se resiste a enviar a Ucrania por problemas logísticos y de producción, pero también por el riesgo a la escalada que supondría (y que posiblemente implicaría un riesgo electoral para Kamala Harris). Esta semana, Sergey Lavrov ha afirmado que no debe jugarse con las líneas rojas de la Federación Rusa, que en los últimos días ha endurecido su respuesta a la situación en Kursk. En tercer lugar, aunque Estados Unidos considera que la batalla por Crimea está funcionando para Kiev, que ha dejado prácticamente fuera de juego a la flota rusa y ha obligado a Moscú a retirar recursos, haciendo perder a la península importancia para el esfuerzo bélico, en ningún momento ha quedado cuestionado el control del territorio. Es ingenuo pensar que Kiev pueda conseguir expulsar a Rusia de Crimea, línea roja absoluta para Moscú, a base de ataques con misiles como parece creer Boris Johnson, que en su absoluto desconocimiento de la situación militar, creyó hace un año que las Fuerzas Armadas de Ucrania podían tener éxito en su contraofensiva -en dirección precisamente al mar Negro- haciendo que los misiles hicieran la labor de cobertura aérea de la aviación.
Boris Johnson fue uno de los protagonistas de la aparición de ayer de Vladimir Putin en Vladivostok. El presidente ruso volvió a insistir en lo ocurrido en 2022, último momento en el que la diplomacia fue directa y continuada, aunque finalmente se llegara a la ruptura. “De no ser por el Reino Unido, Zelensky habría aceptado perder Crimea y Donbass”, afirmó el exprimer ministro británico en una conversación trucada con Vovan y Lexus, en la que Johnson creía hablar con el aún primer ministro francés Gabriel Attal. El político británico se jactaba así, de forma clara y personal, de la ruptura de Estambul, un discurso muy útil para Vladimir Putin, que ha vuelto a insistir en la idea de que las partes estaban de acuerdo y fue la intervención británica la que hizo imposible que la guerra acabara hace más de dos años. Esta narrativa es conveniente para Rusia -también para Boris Johnson y el Reino Unido, cuyo interés por debilitar a Rusia es más importante que los intereses de Ucrania-, aunque ignora otros factores que impidieron el acuerdo. Este discurso común de Putin y Johnson prefiere también olvidar que las negociaciones continuaron durante varios meses después de la visita del primer ministro británico.
La intervención occidental supuso para Kiev la certeza de mantener el apoyo a largo plazo y la promesa de disponer de las armas necesarias para continuar luchando. En ese contexto, Ucrania prefirió luchar aunque eso implicara arriesgarse a una mayor pérdida de territorio, que en aquel momento parecía una certeza, en lugar de aceptar unos términos que consideraba imposibles. Como ya es de sobra conocido, Rusia exigía un compromiso oficial de neutralidad, una reducción de la potencia militar de Ucrania y garantías de derechos lingüísticos y culturales a la población rusoparlante. En términos territoriales, las garantías de seguridad que la Federación Rusa ofrecía, y que esperaba compartir con otras potencias, no se extendían a Crimea y una parte aún por determinar de Donbass. En la práctica, eso implicaba la renuncia ucraniana a la península y a las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, cuyas fronteras habrían de determinarse en una reunión entre presidentes de la que saliera un tratado de paz que pusiera fin a las hostilidades y también al conflicto político entre los dos países.
La oferta rusa dejaba claro que el Kremlin era consciente de que no contaba con la fuerza militar y política necesaria para capturar toda Ucrania, por lo que toda retórica occidental o ucraniana que anuncia futuras invasiones de otros países europeos ha de considerarse simplemente propaganda. El planteamiento de Estambul también mostraba las prioridades rusas: detener la expansión de la OTAN hasta su frontera, proteger Crimea y defender la parte de Donbass en la que se había producido durante ocho años la agresión ucraniana. Más de dos años después, ni la situación ni las prioridades han cambiado. Ayer, las agencias de noticias presentaban como noticia de última hora las palabras de Vladimir Putin en las que afirmaba que “el objetivo prioritario es capturar Donbass”, a lo que añadía que Rusia sigue dispuesta a negociar con Ucrania. Rusia es consciente de que no hay negociación posible entre las partes, cuyas exigencias cruzadas son contradictorias e inasumibles mientras ninguna de ellas haya sido militar, económica o políticamente derrotada. Al margen de esa apertura a unas negociaciones que el presidente ruso es consciente de que no van a producirse, la mención a Donbass ratifica lo que se ha observado en los últimos meses y especialmente en las últimas semanas. Ucrania aspiraba a lograr que, ante el nerviosismo de la humillación de Kursk, Rusia se viera obligada a trasladar allí a sus mejores tropas, que actualmente luchan en el frente claramente prioritario para Moscú: Donbass, más concretamente, Donetsk.
La importancia de las declaraciones de Putin no es la admisión implícita de que Moscú no aspira a llegar a Kiev, o incluso al Dniéper en gran parte del territorio, o a recuperar la ciudad de Jersón, sino que marca claramente las jerarquías. El discurso del Kremlin ratifica lo que ha podido observarse en el frente: en estos momentos, Donbass no solo es la parte más importante del territorio ucraniano, sino que es prioritaria incluso con respecto a Kursk. Ante todo, es relevante que, por primera vez en casi dos años y medio, las prioridades políticas y militares están alineadas con los recursos sobre el terreno. Solo ahora ha sido posible para Rusia avanzar al oeste de Gorlovka o realizar operaciones ofensivas solventes en los alrededores de Ugledar, escenario de sonoros fracasos y donde decenas de soldados rusos y republicanos han perdido la vida sin sentido en operaciones que en aquel momento eran inviables. El avance sobre Ugledar parece definitivo, momento en el que el frente se centrará por fin en Krasnoarmeisk-Pokrovsk, donde Ucrania se prepara para abandonar a su suerte a la parte de la población que aún permanece. Al anuncio del cierre de los bancos y de la central de carbón hay que sumar el del servicio ferroviario, vía más práctica de salida de la ciudad, con lo que hay que entender que Kiev da por hecho que se aproxima rápidamente el inicio de la batalla urbana por el último gran nudo logístico y centro de mando de Ucrania en el oeste de Donetsk.
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