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Donbass, DPR, Ejército Ucraniano, Kursk, Minsk, Rusia, Ucrania

Fortaleza militar y discurso mediático

“El presidente ruso, Vladimir Putin, acusó el jueves a Ucrania de intentar atacar la central nuclear de Kursk”, escribía ayer AFP en un titular que precisaba que lo hacía “sin presentar ninguna prueba”. La situación en el frente sigue siendo la misma, con Rusia avanzando peligrosamente sobre localidades de cierta importancia en Donbass y Ucrania haciendo lo propio en Kursk. Todo ello manteniendo la tendencia de que cualquier acusación rusa precisa de evidencias para ser dada por válida -como debe ser para mantener los estándares periodísticos-, mientras que el relato ucraniano es percibido como creíble y publicable aunque carezca de todo sentido. Es el caso de la seguridad nuclear, tema en el que los medios dieron por buena la acusación de la semana pasada de Volodymyr Zelensky que, sin ninguna prueba, acusó a Rusia de causar un incendio en la central nuclear de Zaporozhie, situada en Energodar y bajo control ruso desde marzo de 2022. Las acusaciones de autobombardeos han sido recurrentes en los últimos diez años y los grandes medios no parecen haberse planteado la posibilidad de que todo ello sea propaganda para justificar la escalada de la guerra, plantear exigencias o simplemente demonizar a Moscú.

El discurso mediático occidental sigue centrado en especular cuál puede ser el objetivo estratégico que Ucrania busca en Kursk. Las posturas se dividen entre quienes ven la ofensiva con escepticismo y perciben los riesgos y quienes solo observan beneficios. “Más de dos semanas después del inicio de su sorpresiva ofensiva en el oeste de Rusia, el avance de Ucrania se ha desacelerado y sus tropas solo han logrado avances marginales en territorio que ya controlan”, se lamentaba, por ejemplo, The New York Times. La realidad es que los éxitos en Kursk se están produciendo a costa de pérdidas en Donbass, frente original de este conflicto y donde las tropas de Kiev llevan una década luchando. En referencia a la situación en la región de Donetsk, Maksym Zhoryin, comandante adjunto de la ya célebre Tercera Brigada de Asalto -la enésima formación nacida del movimiento Azov y comandada por su líder, el coronel de las Fuerzas Armadas de Ucrania Andriy Biletsky-, ha afirmado que “la guerra nunca se libra por el territorio, sino para destruir al enemigo. Una vez que el enemigo no esté en esos territorios, los liberaremos”. El pensamiento mágico del argumento no oculta que no es Rusia quien corre peligro de desaparecer del territorio y que es Ucrania quien maneja, aunque como última opción, la retirada estratégica de una parte de ese frente que durante ocho años fue la razón de ser de las Fuerzas Armadas de Ucrania y de grupos como Azov.

Sin embargo, para las autoridades políticas Donetsk parece haber dejado de existir y se ha optado por el triunfalismo de su aventura rusa para exigir más a sus socios y presentar una imagen completamente tergiversada de la guerra. “La administración de la Federación Rusa se da cuenta de que actualmente es incapaz de contrarrestar las acciones de las fuerzas ucranianas en la región de Kursk. Tradicionalmente, en situaciones de fracaso militar propio, el Kremlin hace hincapié en las operaciones de información, dirigidas principalmente contra sus propios ciudadanos. Para calmar la creciente ansiedad entre la población, la pérdida de territorio y el avance del ejército ucraniano en el país se están presentando como una «nueva normalidad.» Se pide a los rusos que recuerden la experiencia de sus abuelos, acepten enviar reclutas al combate, hagan donaciones a la ayuda humanitaria para los refugiados y, después, enciendan la televisión y se olviden de lo malo”, publicó ayer en las redes sociales Mijailo Podolyak en un texto en el que imagina una desestabilización interna en Rusia que no existe y que prefiere olvidar que Ucrania es incapaz de contrarrestar las acciones de las fuerzas rusas en la región de Donbass, que trabaja duro por hacer hincapié en las operaciones de información, lleva años enviando reclutas al combate, exige ayuda humanitaria no solo para los refugiados, sino incluso para pagar salarios y pensiones y ha “unificado” los informativos televisivos para mantener el control completo de la visión de la guerra que obtiene la ciudadanía. Leyendo el mensaje de Podolyak, nadie imaginaría que casi el 20% del territorio que Ucrania considera propio se encuentra fuera del control del Gobierno, una parte de él desde el año 2014.

A duras penas, las tropas ucranianas impiden la ruptura del frente en la dirección más importante, Krasnoarmeisk, cuya pérdida podría ser desastrosa para Kiev, y lo hacen a base de grandes pérdidas e innumerables recursos que precisan ser repuestos siempre a base de solicitar más armas y financiación a sus socios occidentales, cuya paciencia con Ucrania parece ser infinita. Aun así, más allá de los objetivos militares de la aventura de Kursk, donde Ucrania vuelve a avanzar, aunque ya no con la rapidez que lo hiciera durante los primeros días, lo que Kiev espera conseguir es claramente mostrar una imagen de fortaleza muy por encima de la real. De ahí que la táctica que están utilizando el Gobierno ucraniano y sus aliados con menos miedo a manipular la realidad sea utilizar los éxitos de Kursk para defender que se trata de un paso hacia la paz justa que Kiev dice estar buscando.

La realidad de la guerra y la certeza de que, en las condiciones actuales, ninguno de los dos bandos será capaz de derrotar completamente a su oponente hacen imprescindible un proceso de negociación que dé lugar a un alto el fuego, armisticio o un tratado que ponga fin al conflicto. Desde hace semanas, los medios estadounidenses cercanos a la Casa Blanca se refieren a la posibilidad de una negociación parcial, mediada por terceros países. Esa opción, pospuesta por Rusia a causa del inicio de la ofensiva de Kursk y los ataques contra la central nuclear de Zaporozhie, ha sido erróneamente vista como una apertura al compromiso. Nada más lejos de la realidad, las declaraciones de las autoridades ucranianas estos días apuntan a no prestar atención a las líneas rojas rusas -entre las que se encuentran el ataque a su territorio o la seguridad nuclear- en una nada velada sugerencia de escalada de la guerra.

Recuperando la idea de la paz justa -solo para Kiev, siempre sin tener en cuenta a la población cuyos territorios Ucrania quiere reconquistar-, el Gobierno ucraniano pretende utilizar su renovada fuerza, sea real o no, para impulsar de nuevo el fallido plan de paz de Zelensky. En su tendencia de ofrecer conversaciones en los momentos en los que no es posible y rechazarlas cuando sí lo es (los siete años de Minsk, las conversaciones de Estambul o incluso septiembre de 2022 tras la debacle rusa en Járkov y la pérdida de Jersón, momento en el que Kiev habría negociado en posición de fuerza), Ucrania desea negociar. Eso sí, no quiere hacerlo con Rusia, sino con terceros países que posteriormente negocien con Moscú. Según afirma Político, “la base de lo que Ucrania quiere es un plan de 10 puntos elaborado por el presidente Volodymyr Zelensky en 2022, que abarca una serie de temas como la seguridad alimentaria y energética, la restauración de la integridad territorial de Ucrania y la retirada de las tropas rusas. Andriy Yermak, jefe de la oficina del presidente y principal responsable de política exterior de Zelensky, ha declarado a European Pravda que se están creando 10 grupos de trabajo, con embajadores y expertos, para elaborar planes de acción y calendarios”.

El hecho de que el plan carezca de todo realismo ya que exige la rendición unilateral de Rusia no es un factor a tener en cuenta para el medio que, dando credibilidad al propagandístico formato de la cumbre de Suiza, afirma que “Zelensky quiere que de las reuniones que Ucrania inició durante esa cumbre salga una propuesta de paz conjunta. Se supone que los países amigos de Rusia que participen en la aplicación del programa de paz presentarán sus propuestas a Moscú durante una segunda cumbre de paz que Kiev quiere organizar a finales de este año”. El plan no puede estar más claro: la preparación de una hoja de ruta hacia la capitulación que sería presentada a Moscú. Por motivos obvios, Rusia ha rechazado participar en este simulacro de paz justa, por lo que, como añade Político, “los ucranianos han decidido que Moscú necesitaba un empujón” y cita a un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania afirmando que “tan pronto como Rusia acepte la restauración de una paz justa, concretamente basada en la fórmula de paz que lleva a esa paz, antes desaparecerán las redadas de las fuerzas de defensa ucranianas en territorio ruso”.

Por la paz, Rusia propició una negociación que llevó a los acuerdos de Minsk, obligando a las milicias de Donetsk y Lugansk a no avanzar sobre Mariupol en septiembre de 2014 y más allá de Debaltsevo en 2015. Los términos de ese acuerdo, que Occidente ha considerado la paz del vencedor para justificar el flagrante incumplimiento ucraniano, implicaban la vuelta de la RPD y la RPL bajo control ucraniano a cambio de una serie de derechos políticos que Ucrania nunca tuvo intención de otorgar. La respuesta de Ucrania a unos términos perfectamente asumibles fue la continuación del bloqueo económico, el uso de los bombardeos de la línea del frente como herramienta de presión y el rechazo a cumplir con los compromisos adquiridos. En 2022, tras la invasión rusa, Moscú retiró sus tropas de todo el norte de Ucrania para favorecer una negociación con la que Kiev trataba de ganar tiempo para que sus socios pusieran en marcha el flujo de armamento que le permitiera conseguir sus objetivos sin concesiones territoriales -Crimea y Donbass- y, sobre todo, la neutralidad con garantías de seguridad que Rusia ofrecía.

Ahora, pretendiendo encontrarse en posición de fuerza y esperando poder recuperar los territorios perdidos tal y como afirmaba Zhoryn, con la mágica retirada rusa, Ucrania ofrece simplemente la rendición. Más allá del triunfalista discurso mediático, en el que ni siquiera creen parte de sus aliados, Kiev carece de la fuerza de la supremacía militar, económica y política que requiere exigir a su enemigo la capitulación, que seguirá demandando a base de su gran potencia mediática. Mientras sus socios continúen suministrando financiación para las fuerzas armadas y el sostenimiento del Estado, Ucrania continuará intentándolo. El precedente de los últimos diez años indica que la única paz que Kiev está dispuesta a aceptar es la que se imponga bajo su dictado sin tener en cuenta la opinión de poblaciones como las de Crimea o Donbass.

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