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Kursk y la diplomacia

El 13 de agosto, cuando apenas habían pasado unos días desde el inicio de las operaciones militares ucranianas en la región rusa de Kursk, a punto de ser sustituido por alguien incluso más beligerante, el aún líder de la diplomacia de la Unión Europea, Josep Borrell anunciaba haber “tratado con Dmitro Kuleba los últimos acontecimientos en el frente y la contraofensiva de Kursk”. En ese mensaje, el Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea mostraba su aprobación a la operación ucraniana en territorio ruso y, sobre todo, dejaba clara la naturaleza de la más reciente ofensiva. Casi dos semanas después de que las tropas ucranianas sorprendieran a Rusia cruzando otra línea roja más de las muchas que sean atravesado ya, la situación se estabiliza. No se trata de la estabilización que alegan algunas fuentes rusas, que desde hace varios días hablan de sus éxitos, bajas ucranianas y destrucción de equipamiento, sino a la cronificación de una situación que, salvo sorpresa, se prolongará durante un tiempo.

El viernes un artículo publicado por The Washington Post daba voz a soldados ucranianos que habían participado en la incursión y que confirmaban el intento ucraniano de extender su ofensiva también a la región de Belgorod, donde se encontraron con una resistencia que impidió ningún avance. Las experiencias anteriores con grupos como el RDK y otras formaciones afiliadas al GUR de Kirilo Budanov ya habían dejado claro que Belgorod era una zona que Rusia debía proteger. Es más, esa fue la lógica rusa para iniciar la ya prácticamente olvidada aventura del norte de Járkov, donde las tropas siguen enfangadas en una lucha por Volchansk, a apenas ocho kilómetros de la frontera, que nunca debió durar meses. La zona de amortiguación que Vladimir Putin afirmó que se buscaba con la incursión se ha convertido en otro frente estancado que no ha podido impedir la continuación de los bombardeos de ciudades como Shebekino, que en lugar de disminuir, incluso han aumentado. Aun así, la cantidad de tropas sobre el terreno y la experiencia previa han hecho que, al menos por ahora, no se haya producido en este sector una irrupción ucraniana como sí ha ocurrido, y con una facilidad pasmosa, en la región de Kursk.

Sin duda, el avance relativamente profundo en Kursk en una zona aún acotada y abandonada por las tropas rusas supone estirar un poco más al ejército ucraniano, que aun así sigue disponiendo de suficientes efectivos  y equipamiento para abrir un nuevo frente y causar grandes dificultades a Rusia. Las tropas ucranianas hablan ahora de lograr una zona de amortiguación en Rusia, se refieren como “liberadas” a las localidades que capturan, se permiten aplicar su ley anticomunista destruyendo estatuas de Lenin y tumbas de soldados soviéticos o retiran las banderas del Partido Comunista de la Federación Rusa y, lo que es más preocupante para Moscú, hacen estallar puentes para minar la logística rusa.

Hace varios días que Ucrania capturó la localidad de Suya, de alrededor de 5000 habitantes y junto a la frontera. Su tamaño haría de la captura un éxito menor de no tratarse del lugar en el que se encuentra el único gasoducto que aún surte gas ruso a varios países de la Unión Europea, especialmente Hungría y Eslovaquia, con los que Kiev mantiene una tensa relación por su postura favorable al paso del conflicto a la vía diplomática. Esa es una de las claves de la actual fase de la guerra, precisamente porque la sugerencia de la posibilidad de negociaciones no procedía en los últimos meses solo de aquellos países que lo habían planteado como vía alternativa a la solución militar, sino también desde quienes hasta ahora habían defendido la resolución en el campo de batalla como única negociación posible. La necesidad de negociaciones ha sido comentada incluso por el Gobierno ucraniano, hasta ahora la parte más reticente a iniciar contactos diplomáticos.

En el contexto de la especulación sobre cuáles son los objetivos estratégicos que Ucrania busca en Kursk -los tácticos sí están claros: minar la logística rusa y obligar a Moscú a desviar recursos para luchar por una zona que no esperaba tener que defender-, el asesor de la Oficina del Presidente Mijailo Podolyak ha dejado claro lo que cualquier analista debió comprender desde el principio: Kiev busca lograr una posición de fuerza para obligar a Rusia a “una paz justa”. Esa afirmación de Podolyak y la mención de Borrell a la “contraofensiva” son suficientes para comprender que la operación de Kursk busca exactamente los mismos objetivos que el gran ataque terrestre del verano de 2023. Si a ello se añade lo que revela NBC, que afirma que la actual ofensiva estaba siendo planeada desde hace un año, es decir, desde que quedó claro que los tanques en dirección a Crimea no iban a conseguir los objetivos, la situación queda aún más clara.

Desde el inicio del actual conflicto en 2014, la estrategia de negociación de Ucrania siempre ha utilizado el frente y la intensidad de los bombardeos como elemento de presión. De ahí que no haya que entender la actual ofensiva como una contradicción a las palabras de Zelensky y Kuleba sobre los contactos diplomáticos. Sí es preciso recordar la idea de la “paz justa”, algo que en toda la trayectoria diplomática de Ucrania tiene también un sentido claro: Kiev ha rechazado siempre realizar concesiones políticas, ese es el significado de la palabra. Durante el transcurso de la guerra de Donbass, la paz que exigía Ucrania era aquella en la que fuera Rusia quien realizara las concesiones para que Kiev recuperara, sin necesidad de cumplir sus compromisos, el territorio perdido. En el contexto actual, en el que Ucrania sigue publicando encuestas sobre qué hacer con los territorios de Donbass y Crimea “después de su liberación” y se jacta de que la población rechaza realizar compromisos territoriales, toda mención a la “paz justa” lleva implícita la habitual exigencia de Kiev: la recuperación de la integridad territorial de Ucrania según sus fronteras de 1991, es decir, la rendición unilateral de Rusia.

En este sentido, el actual ataque en Kursk, que aspira a extenderse a otras regiones rusas, poner en peligro el control de una central nuclear en territorio ruso y que ha dejado claro que pretende desestabilizar internamente la situación en la Federación Rusa tiene el mismo fin que la contraofensiva de 2023. Ni entonces ni ahora se trataba de avanzar pueblo a pueblo hasta las fronteras de 1991, sino de colocar a Rusia entre la espada y la pared, obligada a someterse al dictado ucraniano y occidental. La misión resultó fallida hace un año en el momento en el que las columnas de tanques chocaron contra la defensa rusa, mucho más solvente de lo deseado por la OTAN ante un ataque convencional terrestre. Ucrania no pudo poner en peligro el control de Crimea, principal carta para obligar a Rusia a negociar en posición de debilidad, por lo que se ha visto obligada a innovar. A la exigencia a sus socios de recibir armamento para atacar objetivos militares en todo el territorio ruso y el énfasis en golpear Crimea para hacer insostenible el control ruso (una estrategia que también se aplica a la central de Energodar, en ese caso jugando con la seguridad nuclear) se suma ahora la ofensiva en Kursk, que abiertamente busca llevar la guerra a la población rusa con la esperanza de que el caos mine el control del Estado.

Pese a la victoria que supone para la propaganda cada imagen de soldados ucranianos en la Federación Rusa -aunque quizá no la presencia de simbología de las SS, que ya ha sido constatada-, la dificultad de obtener éxitos lo suficientemente estratégicos en Kursk que obliguen a Moscú a retirar tropas de Donbass, donde Rusia sigue avanzando, hace del cálculo ucraniano un riesgo que ya ha tenido consecuencias. Como desvelaba ayer The Washington Post, Rusia ha cancelado los contactos indirectos en Qatar con los que los países mediadores buscaban unas negociaciones en busca de una reducción de la intensidad de la batalla y una tregua en instalaciones críticas como la centrales de producción eléctrica. “O todas las conversaciones coordinadas sobre el alto el fuego que procedían de Ucrania este el último mes (más esta reunión sobre el alto el fuego) han sido operaciones psicológicas de distracción para la incursión sorpresa de Ucrania en Kursk o una facción pro guerra dentro de Ucrania lanzó la incursión en Kursk para poner fin a las conversaciones sobre el alto el fuego”, comentaba ayer el periodista Mark Ames. En realidad, tensar la cuerda para obligar a la otra parte de aceptar términos inaceptables siempre ha sido el modus operandi de Ucrania. Si su objetivo era obligar a Rusia a renunciar a ataques contra centrales eléctricas, ¿qué mejor presión que amenazar no una sino dos centrales nucleares? Evidentemente, la situación en Kursk hace imposible para Rusia cualquier compromiso, por lo que no es de extrañar la inminente cancelación en las conversaciones indirectas con Ucrania.

El optimismo de los últimos meses, en los que analistas y expertos han querido creer al pie de la letra las declaraciones de Zelensky sin recordar que, en la última década, Ucrania ha utilizado las negociaciones para ganar tiempo o conseguir sus objetivos, no necesariamente la paz, solo fue una ilusión óptica. Las exigencias de las partes para un compromiso siguen siendo contradictorias, ambas mantienen la capacidad de seguir luchando y ninguna se encuentra en un riesgo inmediato de colapso, por lo que las condiciones para una negociación con aspiración a llegar a una resolución política simplemente no existen. Mucho puede cambiar en caso de una operación mucho más amplia de Ucrania en Rusia (algo improbable) o un colapso ucraniano en Krasnoarmeisk que provoque un efecto dominó en los frentes este y sur, pero, por el momento, la guerra parece más dirigida a continuar indefinidamente en el estado de constante escalada actual -ya con permiso de Occidente para atacar cada vez más objetivos en la Federación Rusa- que hacia algún tipo de alto el fuego, incluso parcial. La guerra es demasiado importante como para pensar en la paz.

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