Las revelaciones que varios medios occidentales han publicado esta semana tanto en Alemania como en Estados Unidos sobre lo ocurrido el 26 de septiembre de 2022 en el gasoducto que unía a Rusia con su principal cliente europeo deberían haber supuesto una cierta presión para los gobiernos cuya actuación ha quedado en entredicho. Esta semana, tanto Berlín como Kiev han tenido que leer publicaciones en las que su posición queda seriamente minada. En el caso de Alemania, supuestamente advertida sobre los riesgos existentes de un atentado contra el Nord Stream, su silencio de estos dos años continúa ante la incapacidad del Gobierno alemán de defender sus infraestructuras críticas y responder a la práctica certeza de que un aliado ha atentado contra sus intereses. Ha quedado en evidencia la debilidad de quien no ha sido capaz siquiera de responder a las revelaciones y sigue suministrando armamento al país en el que se gestó la trama y lo hace adquiriendo material en el que la conoció y no hizo lo suficiente para evitar que se llevara a cabo. Ayer mismo, Estados Unidos autorizaba la venta de sistemas Patriot a Alemania, que busca reponer sus existencias tras haber donado a Ucrania una parte de los que se encontraban en su poder.
Aunque ligeramente matizado en el cuerpo, un artículo publicado por Frankfurter Allgemeine, uno de los principales medios del país, abre afirmando que “si es cierto, se puede considerar una acción defensiva permisible. Ucrania debe defenderse de forma efectiva contra Rusia”. En realidad, la reacción del establishment liberal puede resumirse en esa idea. Un tuit del exeurodiputado liberal español Luis Garicano, profesor de la prestigiosa London School of Economics, lo sintetiza a la perfección: “La destrucción del Nord-Stream 2 por parte de Ucrania está totalmente justificada. ¡El país está luchando por su existencia! Europa debería tener más agallas y comprender lo que está en juego. Y Alemania tiene que dejar de lado este ridículo procedimiento penal. Es indignante”, escribió para añadir posteriormente que el Nord Stream nunca debió existir. Esa es también la postura de Ucrania y posiblemente del resto de los países de la Unión Europea, que en masa han guardado silencio ante la realidad de que un aliado haya atacado y destruido infraestructuras vitales de uno de los países miembros.
La debilidad de Scholz, incapaz de reaccionar a los hechos, ha pasado completamente desapercibida en la prensa, que tampoco ha querido centrarse en la posición en la que las revelaciones de The Wall Street Journal dejan a Volodymyr Zelensky y a Valery Zaluzhny, ahora embajador de Ucrania en el Reino Unido, un puesto diplomático del más alto nivel. En ocasiones, las reacciones de los países afectados son tan importantes como la información desvelada por los medios. Esta semana, ha podido comprobarse que, a pesar de verse señalado incluso por prensa afín, Volodymyr Zelensky no ha sentido la necesidad de dar ninguna explicación o matizar las informaciones publicadas. Según el medio estadounidense, el presidente ucraniano habría aprobado rápidamente una trama para destruir el gasoducto y solo habría retirado su apoyo a la operación tras recibir la reprimenda de la inteligencia estadounidense. Más allá de si el presidente ucraniano acató las órdenes de Washington y dio la orden de cancelar la operación o si, por el contrario, decidió morder la mano de quien le da de comer -Alemania, segundo proveedor de Ucrania- contra los deseos de su principal patrocinador, la realidad es que Zelensky ha quedado señalado. Eso sí, la amplia voluntad occidental de justificar cualquier ocurrencia de Ucrania y jalear como heroica y justificada cualquier actuación, ha evitado que el debate se centre en que el ataque no fue solo a un enemigo, Rusia, sino también a un aliado, Alemania.
Esa postura, unánime en los medios europeos, que se centran estos días en reprochar a Berlín el lento abandono de la energía rusa o prefieren referirse a la autodefensa ucraniana olvidando que el ataque fue también contra Alemania, contrasta con la de los primeros días tras los atentados. La rapidez con la que se ha justificado la supuesta actuación de Ucrania es proporcional a la que produjo en septiembre de 2022 cuando una enorme cantidad de argumentos apuntaban a la mano de Moscú. No habían pasado más que unas horas desde que se confirmaran las explosiones cuando Bloomberg publicó un artículo que condenaba los actos y los explicaba viendo el intento ruso de involucrar a la OTAN en la guerra. Rusia no solo se había atacado a sí misma, sino que lo hacía para lograr algo que ha dejado claro que quiere evitar: enfrentarse a la Alianza en el campo de batalla.
“Nosotros, los aliados, nos hemos comprometido a prepararnos, disuadir y defendernos contra el uso coercitivo de la energía y otras tácticas híbridas por parte de actores estatales y no estatales”, rezaba en aquellos primeros momentos el comunicado de Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, que daba a entender que podría haber una respuesta colectiva al ataque de un enemigo. Esa retórica ha desaparecido completamente en el momento en el que el principal sospechoso ha resultado ser, no solo un aliado, sino un proxy al que es preciso seguir surtiendo armas. “«Cualquier ataque deliberado contra las infraestructuras críticas de la Alianza recibirá una respuesta unida y decidida», añaden los países aliados, evocando así el lenguaje utilizado por la Unión Europea en respuesta a las fugas de gas en el mar Báltico pero dándole una nueva dimensión al tratarse de una organización militar”, escribió el 29 de septiembre la corresponsal en Bruselas de La Vanguardia, periódico en el que su subdirector afirmaba tres días más tarde que “Nadie tiene, de momento, datos irrefutables para señalar a Rusia como autora del sabotaje a los gasoductos Nord Stream. Eso sí, la acción encaja con sus actuales intereses tácticos”.
El 6 de mayo de 2023, cuando el tiempo era suficiente evidencia para comprender que no iba a encontrarse ninguna evidencia de la tan esperada trama rusa, Enric Juliana, convencido creyente de la causa de que Rusia siempre es culpable, afirmaba que “televisiones escandinavas apuntan la presencia de naves rusas en la zona del sabotaje antes de que este se produjese”. Ahora, desde ese mismo medio, quienes creyeron en la teoría de la conspiración de que Rusia se había atacado a sí misma esconden su credulidad sin necesidad de evidencia alguna que apuntara a Moscú acusando a quienes quisieron creer otra teoría, la de Hersh, que también carecía de ellas. “¿Pero entonces lo de los buceadores madelman traídos de Panamá por la CIA era un INVENT del mentirolo Seymour Hersh? Me pinchan y no sangro”, ha escrito Pedro Vallín, que ante la publicación del veterano periodista escribió que “la información, si estuviera bien hecha, provocaría un escándalo internacional. Pero como es una chapuza, es pasto de podcast”. Hersh, cuyos contactos en el tema Rusia-Ucrania son notoriamente débiles, tenía tan solo una fuente, de ahí los insultos y burlas de periodistas que no necesitaron ninguna. El artículo de The Wall Street Journal, que recoge los datos que ya habían sido filtrados y que cuenta con numerosas fuentes, no ha causado ningún escándalo. La necesidad de seguir apoyando a un aliado hace imposible que se produzca ninguna reacción política real contra el sabotaje.
“El escape de gas del Nord-Stream 1 no es más que un ataque terrorista planeado por Rusia en su agresión contra la Unión Europea”, escribió Mijailo Podolyak el 27 de septiembre de 2022, cuando la tendencia de acusar a Moscú hacía de las explosiones un ataque terrorista. Rusia quería “desestabilizar la situación económica en Europa”, para lo cual, “la única respuesta: tanques para Ucrania”. Kiev pedía carros blindados al país al que una trama supuestamente aprobada por su presidente había atacado. “Moscú ofreció oficialmente a Europa suministrar gas a través de la tubería Nord Stream 2, el proyecto personal de Putin”, añadía el 5 de octubre de ese año. “«No querían acordar buenos términos, pues ahí tienen», dicen, de facto, los rusos. ¿Queda alguna duda sobre quién saboteó el mar Báltico?”, argumentaba utilizando un razonamiento que él mismo había inventado. Sin embargo, en aquel momento, la pista rusa era aún la versión oficial que no ponían en duda ni autoridades políticas ni medios de comunicación occidentales. La teoría de la conspiración era entonces que Rusia no se había atacado a sí misma. Pero incluso cuando la mano rusa se convirtió en la mano ucraniana, el mediático asesor de la Oficina del Presidente se mantuvo firme. “Aunque disfruto recopilando entretenidas teorías de la conspiración sobre el Gobierno ucraniano, tengo que decir: Ucrania no tiene nada que ver con el desastre en el mar Báltico y no tiene información sobre grupos proucranianos. ¿Qué pasó en las tuberías del Nord Stream? Se hundieron, como dicen en la propia Federación Rusa”, afirmó nuevamente inventando un argumento que Rusia no había realizado. Sus declaraciones han sido citadas en los medios como comunicaciones oficiales de la Oficina del Presidente sin poner en duda su credibilidad.
La moraleja de la historia de los atentados contra el Nord Stream es la voluntad de creer aquello que, en cada momento, resulta más conveniente, aunque provenga de voces que se han destacado en el pasado por utilizar la mentira en beneficio propio. Quienes respondieron rápidamente señalando a su enemigo y lo acusaron de cometer un acto de terrorismo, un ataque injustificado, ecocidio o una irresponsabilidad callan ahora o pasan a defender el acto como un mal menor, un mal necesario o incluso una llamada de atención a un aliado al que reprochan la apertura a países más allá de su círculo más íntimo. Para creer no hacen falta pruebas, fuentes periodísticas o un relato mínimamente creíble, sino la fe. Y cuando los hechos se vuelven en contra, queda en evidencia la teoría de la conspiración y el culpable resulta ser un amigo y no un enemigo, no hace falta sino subirse al relato oficial de restar importancia al ataque, insultar a quienes mantuvieron una postura contraria, ignorar la realidad o simplemente negarla.
No puede resultar una sorpresa que el Gobierno ucraniano se haya sumado a esa última opción. “Tal acto solo puede haber sido cometido con unos amplios recursos técnicos y financieros…¿y quién tenía todo eso en el momento en el que se produjo la explosión? Solo Rusia”, afirmó Podolyak tras la publicación del artículo de The Wall Street Journal, cuya base es precisamente que no eran necesarios grandes recursos para destruir el gasoducto. Sin ningún argumento en el que apoyarse, Ucrania parece haber optado por mantenerse firme en una teoría de la conspiración en la que ya nadie cree, pero que ha sido siempre, y parece que seguirá siendo, el relato ucraniano. De momento, el relato ha sido suficiente para Ucrania para mantener el apoyo occidental a una visión de la guerra que presenta el conflicto como una lucha entre el bien y el mal absoluto.
Comentarios
Aún no hay comentarios.